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Relatos Ardientes

La primera vez que alguien me hizo perder la cabeza

Perdí la virginidad tarde. Muy tarde. Y no porque el sexo no me interesara —me obsesionaba, me consumía, me tenía despierto hasta las tres de la madrugada con la mente acelerada— sino porque algo en mí se paralizaba cada vez que la posibilidad estaba cerca. Mido un metro setenta y tres, siempre fui delgado, y la gente me decía que tenía buena presencia. Pero ningún cumplido lograba convencerme de que yo era el tipo de persona que alguien podría desear.

Me masturbaba constantemente. Era mi único desahogo real, y no exagero si digo que lo hacía entre diez y quince veces al día en mis peores épocas. Me gustaba el olor, la textura, la sensación de control sobre algo que en el resto de mi vida se me escapaba por completo. Mi cuerpo me generaba dudas, sobre todo en lo referente al tamaño. Trece centímetros me parecían insuficientes hasta que fui entendiendo, con el tiempo y con la experiencia, que lo mío tenía más grosor que longitud, y que eso resultaba mucho más interesante de lo que yo había imaginado.

El porno llegó tarde a mi vida también. En casa no había videocasetera hasta bien entrados los noventa, y la primera vez que vi una película pornográfica ya era adulto. Me quedé paralizado. Nunca había imaginado que una mujer pudiera arrodillarse con esa actitud, con esa mezcla de disposición y disfrute, y hacer lo que aquella actriz hacía en pantalla. Desde ese momento quedé fijado. El sexo oral se convirtió en mi fantasía central, lo que alimentaba mis sesiones de masturbación, lo que me costaba dormir.

Tenía novia en ese entonces. Verónica se llamaba. Era correcta, guapa a su manera, y completamente cerrada en lo físico. Me dejaba rozarla por encima de la ropa, nada más. A veces podía apoyar la mano sobre sus caderas o sentir el calor de su espalda a través de la tela, pero nunca más. Ella nunca me tocó. Ni una sola vez en meses de relación. Y yo interpretaba ese rechazo como una confirmación de que algo en mí no funcionaba, de que había algún defecto invisible que las mujeres detectaban instintivamente.

Lo que sí me gustaba de Verónica era cuando se le escapaba el tirante del sujetador por debajo del hombro de la camiseta. Ese detalle me encendía de una manera que no sabía explicar. Sigue siendo un fetiche. Me atrae mucho una mujer que lleva ese tipo de ropa con cierta conciencia de su propio cuerpo, que sabe lo que tiene y lo deja asomarse sin hacer de ello un escándalo.

***

El primer momento que cambió algo en mí ocurrió en la facultad. Ese día iba en pantalón deportivo, cosa que no era habitual en mí. Fui a sentarme cerca de dos compañeras que estaban solas en el aula: Valeria y Sofía. Valeria era de esas personas que operan en un registro propio. Hablaba de sexo con una naturalidad que a todos nos desconcertaba un poco. A veces se tocaba el pecho delante del grupo como si estuviera ajustando ropa, sin ningún pudor. En alguna ocasión había dicho, mirando directamente a algunos compañeros, que le gustaría saber cómo eran por dentro de los pantalones. Cuando me incluía en ese tipo de comentarios, sentía que el corazón se me aceleraba y que mi cerebro entraba en cortocircuito.

Ese día me acerqué a ellas sin ninguna intención especial. Valeria extendió la mano, apuntó con el índice hacia mi entrepierna y dijo, sonriendo:—Lo tienes torcido.

Y tenía razón. Mi pene estaba en posición horizontal y se marcaba perfectamente en el pantalón, incluso flácido. Retiró el dedo de inmediato, con una sonrisa que dejaba claro que lo había hecho de manera espontánea, casi refleja. Sofía se tensó al lado. Sin pensar bien lo que decía, le respondí:—Acomódalo tú.

Valeria me miró un segundo, como evaluando si hablaba en serio. Le dije que sí. Entonces, con una calma que me resultó increíblemente excitante, apoyó la palma sobre la tela y hizo un movimiento lento, como si calculara el peso de lo que tenía debajo. No era exactamente acomodar nada. Era otra cosa completamente.

Luego metió los dedos por la cinturilla del pantalón y le preguntó a Sofía si también quería ver. Sofía se levantó de golpe, murmuró un «no» apenas audible y salió del aula. Valeria le gritó que vigilara el pasillo, sin perder la compostura.

Cuando quedamos solos, me preguntó si la dejaba mirar. Asentí. Jaló el pantalón hacia abajo, con el calzón incluido, y en ese momento un hilo de líquido preseminal se estiró entre la tela y el glande. Valeria no apartó los ojos. Se quedó mirando la escena con una sonrisa que no era burla, era algo más cercano al aprecio genuino.

Alargó el dedo con cuidado para seguir el hilo sin romperlo. Luego tocó la punta para recoger el líquido. Yo me sacudí entero, porque el tacto fue mínimo pero la situación me tenía al límite. Ella rió, se frotó los dedos entre sí, acercó la mano a la nariz y olió. Después se llevó los dedos a la boca.

—Me gusta tu pito —dijo—. Sabes muy rico.

Esa palabra. Pito. No lo había escuchado dicho así, con esa cadencia, mirándome a los ojos. Me marcó de una forma que sigue vigente hoy. Hay algo en cómo suena esa palabra en boca de ciertas mujeres que me activa de manera inmediata.

Valeria tenía una paleta de caramelo en el bolsillo del abrigo. La sacó, la lamió una vez y luego la pasó despacio por el glande, untándola del líquido que no dejaba de salir. La movía con suavidad, sin prisa, y yo quería decirle que se lo chupara, que eso era lo único que me faltaba en la vida, pero en ese momento entró Sofía corriendo.

—Ya vienen.

Me tapé como pude y me senté. La tenía completamente dura y pegajosa, y tardé varios minutos en relajarme. Valeria, sentada a mi lado, seguía saboreando la paleta con una lentitud deliberada. La lengua aparecía y desaparecía sobre el caramelo y de vez en cuando me miraba de reojo con una expresión que sabía exactamente el efecto que producía.

Después de eso intenté acercarme a ella de nuevo, pero no dio señales. No me rechazaba directamente, tampoco me ofrecía nada. Se quedó en ese territorio ambiguo que a mí me generó semanas de análisis. Me pregunté si mi tamaño no le había parecido suficiente. Me pregunté si yo no era lo que ella buscaba. Nunca lo supe.

***

Meses más tarde terminé con Verónica, por razones que no tenían que ver con el sexo aunque el sexo también pesaba. Empecé a salir más, a ir a fiestas, a intentar relacionarme de otra manera. En una de esas noches terminé en un sofá oscuro con una chica que se llamaba Rebeca. Nos enrollamos, le metí la mano, la estuve tocando un buen rato mientras ella disfrutaba sin pudor. Luego ella me devolvió el gesto durante aproximadamente un minuto y se fue. Un minuto. Me quedé solo, excitado y con esa sensación de que algo en mí no terminaba de resultar atractivo para nadie.

La fiesta era en un departamento que no conocía bien. La tía de Rebeca vivía ahí, una mujer de unos cuarenta años que respondía al nombre de Elena. No era guapa en el sentido convencional, pero sí tenía algo físico que resultaba atractivo: una presencia tranquila, unos labios carnosos, una manera de moverse que sugería que sabía exactamente lo que era. Esa noche había bebido bastante.

Cuando la mayoría se fue, Elena reorganizó el sofá para poder tumbarse. Me dijo que si quería quedarme, que el barrio quedaba lejos y la noche ya estaba avanzada. Me quedé. Nos dormimos uno al lado del otro sin tocarnos.

En algún momento de la madrugada desperté boca arriba. El muslo de Elena estaba apoyado entre mis piernas, calentándome directamente. La sensación era tan buena que no quise moverme. Empecé a hacer movimientos pequeños, casi imperceptibles, para ver si ella reaccionaba. Se despertó. Fingí seguir dormido.

La sentí moverse. Luego noté sus manos buscando la cinturilla de mi pantalón. Me tocó el brazo para despertarme, y cuando abrí los ojos me preguntó, con la voz todavía ronca de sueño:—¿Te la puedo sacar?

Le dije que sí. Me abrió el pantalón con cuidado y tardó un momento en maniobrar porque yo ya estaba completamente duro. Se escupió en los dedos y me acarició despacio. Sentí el calor de su palma, el ritmo pausado, la presión justa. Era la primera vez que alguien me tocaba con esa concentración, como si mi cuerpo le importara de verdad.

Luego me susurró al oído que la había sorprendido. Que la tenía muy grande. Mentía, y los dos lo sabíamos, pero en ese momento no importaba nada. Me pidió que cerrara los ojos y me quedara quieto.

Primero su lengua. Lenta, explorando desde la base hasta la punta. Luego sus labios cerrándose alrededor del glande, bajando, volviendo a subir. Hacía un movimiento de presión con la boca que me volvía completamente loco, algo entre succionar y ordeñar, y yo tenía que morderme el interior de la mejilla para no hacer ruido.

Alcé la cabeza para verla. Tenía el cabello suelto, revuelto, la cara húmeda y una expresión completamente entregada a lo que estaba haciendo. Se veía increíblemente bien así. Me pidió con un gesto que volviera a cerrar los ojos.

En un momento, sin previo aviso, se incorporó y se lo metió dentro. Sin condón. Me tensé de inmediato. El placer se cortó en seco, reemplazado por una incomodidad que me resultaba imposible ignorar. Le pedí que parara, que fuera a buscar un condón. Ella entendió sin que yo tuviera que explicar más.

No había condones en el departamento. Pero sí había otra opción, me dijo. Volvió a bajar.

Lo que siguió duró casi una hora. Elena no tenía prisa. Alternaba ritmos, presiones, ángulos. A veces se detenía y pasaba mi pene por sus labios como si estuviera aplicándose algo, despacio, de lado a lado. Otras veces lo apretaba contra su mejilla y cerraba los ojos. Se veía pornográfico en el mejor sentido posible. El maquillaje se le había corrido. El pelo le caía sobre la cara. Olía a salitre y a algo dulce que no supe identificar.

En un momento determinado cambió el ritmo. Se puso más intensa, más decidida, y entendí que quería que llegara. Yo lo retrasé todo lo que pude porque no quería que terminara. Cuando por fin me concentré, el orgasmo fue largo y físicamente agotador. Ella no paró. Siguió moviéndose hasta que en algún punto soltó un sonido desde el fondo de la garganta, algo entre un quejido y un suspiro, y se quedó quieta. Había llegado también, sólo con eso.

Nos dormimos después. Antes de que me fuera esa mañana, volvió a intentarlo pero no logró hacerme llegar. Terminé masturbándome delante de ella mientras me miraba, y lo que sobró lo dejé sobre su cara. Caminé a casa con el sol ya alto y la ropa arrugada, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que algo dentro de mí había cambiado de lugar.

***

Elena me escribió varias veces después. Mensajes directos, sin rodeos: que me echaba de menos, que quería repetir, que me necesitaba. La sobrina, Rebeca, también me escribió en algún momento, celosa de algo que no había presenciado del todo. Imagino que corrió el rumor.

No retomé nada con Elena. Ella quería más de lo que yo podía dar, y eso me resultaba complicado. Lo nuestro quedó en esa noche y en el hecho concreto de que me había dado lo que llevaba años esperando: alguien que disfrutara de verdad haciéndolo, que no lo viviera como un favor ni como una obligación.

Ese fue mi inicio. Tardé mucho más en tener sexo completo con alguien, pero esa noche instaló en mí algo que no se fue. La obsesión con el sexo oral. La atracción por las mujeres que tienen esa actitud desinhibida, ese placer propio que no pide permiso. Los fetiches que fui descubriendo casi sin darme cuenta: una palabra usada en el momento exacto, una mirada sostenida demasiado tiempo, una boca que sabe lo que hace y no tiene prisa en demostrarlo.

Valeria nunca me dio más. Pero tampoco se me olvidó nunca. Hay cosas que no necesitan completarse para quedarse grabadas.

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Comentarios (7)

alfesc

tremendo relato!!! me dejo pensando un buen rato. sigue publicando

NochesFrias88

Por favor tiene que haber una segunda parte, no puede quedar asi como asi. Quede con demasiadas ganas de saber como termino todo

Tomi_BA

La tension que describes al principio es increible. Se siente real, no forzado

Karina_77

excelente!!!

LectorCba

Me hizo acordar a algo parecido que me paso a mi a los 17, esa sensacion de que el tiempo se congela y no sabes como reaccionar... buenisimo

pampero_73

Valeria te la debe jajaja, que manera de dejarte con las ganas

SolMza

De los relatos mas bien escritos que encontre aca. Se nota que le pusiste cuidado

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