La primera vez que alguien me hizo perder la cabeza
Perdí la virginidad tarde. Muy tarde. Y no porque el sexo no me interesara —me obsesionaba, me consumía, me tenía despierto hasta las tres de la madrugada con la mente acelerada y la polla dura pegada al ombligo— sino porque algo en mí se paralizaba cada vez que la posibilidad estaba cerca. Mido un metro setenta y tres, siempre fui delgado, y la gente me decía que tenía buena presencia. Pero ningún cumplido lograba convencerme de que yo era el tipo de persona que alguien podría desear.
Me masturbaba constantemente. Era mi único desahogo real, y no exagero si digo que me hacía la paja entre diez y quince veces al día en mis peores épocas. Me gustaba el olor a semen impregnado en las sábanas, la textura pegajosa de la corrida entre los dedos, la sensación de control sobre algo que en el resto de mi vida se me escapaba por completo. Terminaba con la mano cubierta de leche, la respiración entrecortada, y a los veinte minutos ya estaba otra vez con la verga en la mano imaginando bocas, coños abiertos, culos alzados. Mi cuerpo me generaba dudas, sobre todo en lo referente al tamaño. Trece centímetros me parecían insuficientes hasta que fui entendiendo, con el tiempo y con la experiencia, que lo mío tenía más grosor que longitud, y que esa polla ancha, con las venas marcadas y el glande gordo, resultaba mucho más interesante de lo que yo había imaginado.
El porno llegó tarde a mi vida también. En casa no había videocasetera hasta bien entrados los noventa, y la primera vez que vi una película pornográfica ya era adulto. Me quedé paralizado. Nunca había imaginado que una mujer pudiera arrodillarse con esa actitud, con esa mezcla de disposición y disfrute, y tragarse una polla entera hasta la garganta como hacía aquella actriz en pantalla. La vi babear, mamar con los ojos cerrados, sacar la lengua para recibir la corrida en la cara, y me corrí tres veces seguidas viendo la misma escena. Desde ese momento quedé fijado. El sexo oral se convirtió en mi fantasía central, lo que alimentaba mis sesiones de masturbación, lo que me costaba dormir. Soñaba con bocas calientes cerrándose alrededor del glande, con lenguas recorriéndome los huevos, con mujeres que me chupaban con hambre real.
Tenía novia en ese entonces. Verónica se llamaba. Era correcta, guapa a su manera, y completamente cerrada en lo físico. Me dejaba rozarla por encima de la ropa, nada más. A veces podía apoyar la mano sobre sus caderas o sentir el calor de su espalda a través de la tela, pero nunca más. Ella nunca me tocó. Ni una sola vez en meses de relación. Y yo interpretaba ese rechazo como una confirmación de que algo en mí no funcionaba, de que había algún defecto invisible que las mujeres detectaban instintivamente.
Lo que sí me gustaba de Verónica era cuando se le escapaba el tirante del sujetador por debajo del hombro de la camiseta. Ese detalle me encendía de una manera que no sabía explicar. Sigue siendo un fetiche. Me atrae mucho una mujer que lleva ese tipo de ropa con cierta conciencia de su propio cuerpo, que sabe lo que tiene y lo deja asomarse sin hacer de ello un escándalo.
***
El primer momento que cambió algo en mí ocurrió en la facultad. Ese día iba en pantalón deportivo, cosa que no era habitual en mí. Fui a sentarme cerca de dos compañeras que estaban solas en el aula: Valeria y Sofía. Valeria era de esas personas que operan en un registro propio. Hablaba de sexo con una naturalidad que a todos nos desconcertaba un poco. A veces se tocaba el pecho delante del grupo como si estuviera ajustando ropa, sin ningún pudor. En alguna ocasión había dicho, mirando directamente a algunos compañeros, que le gustaría saber cómo tenían la polla por dentro de los pantalones, si la tenían gorda o larga, si se les ponía dura fácil. Cuando me incluía en ese tipo de comentarios, sentía que el corazón se me aceleraba y que mi cerebro entraba en cortocircuito.
Ese día me acerqué a ellas sin ninguna intención especial. Valeria extendió la mano, apuntó con el índice hacia mi entrepierna y dijo, sonriendo:
—Lo tienes torcido.
Y tenía razón. Mi polla estaba en posición horizontal y se marcaba perfectamente en el pantalón, incluso flácida. Retiró el dedo de inmediato, con una sonrisa que dejaba claro que lo había hecho de manera espontánea, casi refleja. Sofía se tensó al lado. Sin pensar bien lo que decía, le respondí:
—Acomódalo tú.
Valeria me miró un segundo, como evaluando si hablaba en serio. Le dije que sí. Entonces, con una calma que me resultó increíblemente excitante, apoyó la palma sobre la tela y hizo un movimiento lento, como si calculara el peso de lo que tenía debajo. Cerró los dedos alrededor de la polla por encima del pantalón, la apretó suave, la recorrió de la base al glande, y sentí cómo se me empezaba a hinchar contra su mano. No era exactamente acomodar nada. Era otra cosa completamente. Era una paja lenta con ropa de por medio, hecha a plena luz del aula.
Luego metió los dedos por la cinturilla del pantalón y le preguntó a Sofía si también quería ver. Sofía se levantó de golpe, murmuró un «no» apenas audible y salió del aula. Valeria le gritó que vigilara el pasillo, sin perder la compostura.
Cuando quedamos solos, me preguntó si la dejaba mirar. Asentí. Jaló el pantalón hacia abajo, con el calzón incluido, y la polla saltó dura, tiesa, apuntando al techo. Se le escapó un pequeño «uy» de la garganta. En ese momento un hilo de líquido preseminal se estiró entre la tela y el glande, brillante, largo, negándose a cortarse. Valeria no apartó los ojos. Se quedó mirando la escena con una sonrisa que no era burla, era algo más cercano al aprecio genuino.
—Qué gorda la tienes —murmuró—. Mírala cómo te babea.
Alargó el dedo con cuidado para seguir el hilo sin romperlo. Luego tocó la punta del glande para recoger el líquido, presionando suave el orificio con la yema. Yo me sacudí entero, porque el tacto fue mínimo pero la situación me tenía al límite. Sentí cómo un espasmo me subía desde los huevos y una gota gorda de preseminal brotó cristalina sobre el capullo. Ella rió, se frotó los dedos entre sí notando la textura pegajosa, acercó la mano a la nariz y olió. Después se llevó los dedos a la boca, los metió enteros, los chupó con los ojos cerrados.
—Me gusta tu pito —dijo—. Sabes muy rico.
Esa palabra. Pito. No lo había escuchado dicho así, con esa cadencia, mirándome a los ojos. Me marcó de una forma que sigue vigente hoy. Hay algo en cómo suena esa palabra en boca de ciertas mujeres que me activa de manera inmediata.
Valeria tenía una paleta de caramelo en el bolsillo del abrigo. La sacó, la lamió una vez y luego la pasó despacio por el glande, untándola del líquido que no dejaba de salir. Envolvió la punta con el caramelo, la giró como si estuviera pintándome la polla, y después se llevó la paleta a la boca y la chupó lento, dejando que el sabor mezclado le llenara la lengua. Volvió a bajar la paleta, la deslizó por el frenillo, la rodó alrededor del glande, y con la otra mano me agarró la base y me la sacudió despacio, apretando. Cada movimiento me arrancaba un temblor. La polla me latía sola en su puño, la vena gorda del centro se marcaba, los huevos se me tensaban contra la piel.
—Estás a punto de correrte, ¿verdad? —susurró, sin dejar de sacudirla—. Te noto cómo palpitas. Si me la meto en la boca ahora te vacías en dos segundos.
Asentí sin voz. Yo quería decirle que se lo chupara, que se tragara todo, que me dejara descargarle la leche en la garganta, que eso era lo único que me faltaba en la vida. Ella abrió la boca despacio, sacó la lengua rosada y la acercó al glande, y yo ya sentía el aliento caliente rozándome la punta cuando entró Sofía corriendo.
—Ya vienen.
Valeria retiró la mano de mala gana, dio un último lametón al aire a dos centímetros de la polla, y suspiró frustrada. Me tapé como pude y me senté. La tenía completamente dura, hinchada, pegajosa de caramelo y de preseminal, y tardé varios minutos en relajarme. La tela del pantalón se me pegaba al glande y cada roce me hacía saltar. Valeria, sentada a mi lado, seguía saboreando la paleta con una lentitud deliberada. La lengua aparecía y desaparecía sobre el caramelo y de vez en cuando me miraba de reojo con una expresión que sabía exactamente el efecto que producía. Sabía perfectamente que estaba lamiendo mi sabor, y quería que yo lo supiera también.
Después de eso intenté acercarme a ella de nuevo, pero no dio señales. No me rechazaba directamente, tampoco me ofrecía nada. Se quedó en ese territorio ambiguo que a mí me generó semanas de análisis. Me pregunté si mi tamaño no le había parecido suficiente. Me pregunté si yo no era lo que ella buscaba. Nunca lo supe.
***
Meses más tarde terminé con Verónica, por razones que no tenían que ver con el sexo aunque el sexo también pesaba. Empecé a salir más, a ir a fiestas, a intentar relacionarme de otra manera. En una de esas noches terminé en un sofá oscuro con una chica que se llamaba Rebeca. Nos enrollamos, le metí la mano por debajo de la falda, aparté el borde de las bragas y le encontré el coño empapado. La toqué despacio, con dos dedos entre los labios mojados, buscándole el clítoris hinchado y frotándolo en círculos hasta que empezó a jadearme en el cuello. Le metí un dedo, luego dos, y noté cómo se le apretaba el coño alrededor mientras se restregaba contra mi mano. La estuve haciendo un buen rato así, sintiendo cómo se ponía cada vez más resbaladiza, cómo se le escapaban gemidos ahogados en mi hombro. Luego ella me devolvió el gesto durante aproximadamente un minuto —me sacó la polla, me apretó un par de veces, me subió y me bajó la mano con desgana— y se fue. Un minuto. Me quedé solo, con la verga afuera, brillante de saliva y ganas, y con esa sensación de que algo en mí no terminaba de resultar atractivo para nadie.
La fiesta era en un departamento que no conocía bien. La tía de Rebeca vivía ahí, una mujer de unos cuarenta años que respondía al nombre de Elena. No era guapa en el sentido convencional, pero sí tenía algo físico que resultaba atractivo: una presencia tranquila, unos labios carnosos que parecían pensados para chupar, un culo redondo que se le marcaba bajo el vestido, y una manera de moverse que sugería que sabía exactamente lo que era. Esa noche había bebido bastante.
Cuando la mayoría se fue, Elena reorganizó el sofá para poder tumbarse. Me dijo que si quería quedarme, que el barrio quedaba lejos y la noche ya estaba avanzada. Me quedé. Nos dormimos uno al lado del otro sin tocarnos.
En algún momento de la madrugada desperté boca arriba. El muslo de Elena estaba apoyado entre mis piernas, calentándome directamente sobre la polla que ya estaba a medio empalmar. La sensación era tan buena que no quise moverme. Empecé a hacer movimientos pequeños, casi imperceptibles, frotándome contra su muslo con la tela del pantalón haciendo fricción sobre el glande, para ver si ella reaccionaba. Se despertó. Fingí seguir dormido.
La sentí moverse. Luego noté sus manos buscando la cinturilla de mi pantalón. Me tocó el brazo para despertarme, y cuando abrí los ojos me preguntó, con la voz todavía ronca de sueño:
—¿Te la puedo sacar?
Le dije que sí. Me abrió el pantalón con cuidado y tardó un momento en maniobrar porque yo ya estaba completamente duro. Cuando por fin la liberó, la polla se le quedó tiesa en la mano, gorda, con el glande brillante asomando entre sus dedos. Se escupió en la palma un buen escupitajo caliente y me la envolvió entera. Empezó a acariciarme despacio, subiendo y bajando con un giro de muñeca en cada pasada, apretando cuando llegaba al glande. Sentí el calor de su palma, el ritmo pausado, la presión justa. Era la primera vez que alguien me tocaba con esa concentración, como si mi cuerpo le importara de verdad. Con el pulgar me acariciaba el orificio, esparciendo el preseminal que salía de a poco, y cada roce ahí me hacía apretar los dientes.
Luego me susurró al oído que la había sorprendido. Que la tenía muy grande. Mentía, y los dos lo sabíamos, pero en ese momento no importaba nada.
—Qué polla más rica —dijo, sacudiéndola despacio contra su propia mejilla, dejándome sentir el hueso—. Qué gorda, mírala. Se te sale el líquido y todo.
Me pidió que cerrara los ojos y me quedara quieto.
Primero su lengua. Lenta, plana, explorando desde la base hasta la punta, recogiendo el preseminal que se me había derramado por el costado. Sentí cómo me lamía los huevos uno por uno, cómo se los metía en la boca y los rodaba con la lengua. Luego subió por la vena gruesa que me cruzaba el eje, arrastrando la lengua entera, y llegó al glande y lo besó con los labios apretados antes de abrir la boca. Sus labios cerrándose alrededor del capullo, bajando, tragando centímetro a centímetro hasta que sentí la punta pegándole al fondo de la garganta. Volvió a subir. Bajó otra vez. Hacía un movimiento de presión con la boca que me volvía completamente loco, algo entre succionar y ordeñar, como si estuviera intentando sacarme la leche a fuerza de vacío, y yo tenía que morderme el interior de la mejilla para no hacer ruido. Los cachetes se le hundían cada vez que subía. La lengua no paraba de trabajarme por debajo, apretándome el frenillo contra el paladar.
Alcé la cabeza para verla. Tenía el cabello suelto, revuelto, la cara húmeda de saliva y una expresión completamente entregada a lo que estaba haciendo. Un hilo de baba le colgaba del mentón hasta mis huevos. Se veía increíblemente bien así, con la boca llena de polla, los ojos entrecerrados de placer propio. Me pidió con un gesto que volviera a cerrar los ojos.
En un momento, sin previo aviso, se incorporó, se subió el camisón por encima de las caderas —vi de refilón el coño oscuro, sin ropa interior, brillando de humedad— y se lo metió dentro. Bajó despacio sobre la polla y sentí cómo me envolvía por completo, apretada, caliente, húmeda de una manera que no había sentido nunca. Sin condón. Me tensé de inmediato. El placer se cortó en seco, reemplazado por una incomodidad que me resultaba imposible ignorar. Le pedí que parara, que fuera a buscar un condón. Ella entendió sin que yo tuviera que explicar más y se levantó dejándome la polla libre, brillante de sus jugos.
No había condones en el departamento. Pero sí había otra opción, me dijo, sonriendo, mientras se lamía los labios saboreándose a sí misma. Volvió a bajar.
Lo que siguió duró casi una hora. Elena no tenía prisa. Me tomó la polla con las dos manos y empezó de nuevo, esta vez sin apuro alguno, como si tuviera toda la noche por delante. Alternaba ritmos, presiones, ángulos. Me la chupaba lento, tragándomela hasta el fondo y sosteniéndola ahí, con la nariz pegada a mi vientre, mientras la garganta le palpitaba alrededor del glande. Después salía de golpe con un ruido húmedo y me sacudía la polla contra la lengua, dejándome ver cómo goteaba la saliva mezclada con mi preseminal. A veces se detenía y pasaba mi polla por sus labios como si estuviera aplicándose algo, despacio, de lado a lado, pintándose la boca de brillante. Otras veces la apretaba contra su mejilla y cerraba los ojos, y yo veía el bulto marcado por dentro de su cara. Se metía los huevos en la boca uno tras otro mientras me hacía una paja lenta. Se veía pornográfico en el mejor sentido posible. El maquillaje se le había corrido y tenía negro debajo de los ojos. El pelo le caía sobre la cara. La saliva le chorreaba por el mentón y le mojaba el escote. Olía a salitre y a algo dulce que no supe identificar.
En un momento se giró y me presentó el culo mientras seguía mamándomela de costado. Con una mano se separó las nalgas y me dejó ver el coño abierto, los labios hinchados, el clítoris asomando gordo. Se pasó dos dedos por ahí, se los metió, los sacó brillantes, y me los acercó a la nariz para que oliera antes de volver a chupármela. El olor a coño mojado mezclado con el calor de su boca alrededor del glande casi me hace terminar en ese instante.
En un momento determinado cambió el ritmo. Se puso más intensa, más decidida. Empezó a chupar más rápido, apretando los labios contra el eje, moviendo la cabeza de arriba abajo con un ritmo constante, mientras con una mano me sacudía la base y con la otra me apretaba los huevos, y entendí que quería que llegara. Yo lo retrasé todo lo que pude porque no quería que terminara. Apretaba las nalgas, contenía la respiración, pensaba en cualquier cosa. Cuando por fin me concentré y me dejé ir, sentí el orgasmo subiendo desde los huevos como una descarga larga y física. Los primeros chorros le llenaron la boca de golpe y ella no se retiró: siguió mamando, tragando lo que podía, dejando que el resto le chorreara por las comisuras. Ella no paró. Siguió moviéndose con la boca llena de leche, chupándome mientras me vaciaba, sacándome la última gota, y en algún punto soltó un sonido desde el fondo de la garganta, algo entre un quejido y un suspiro ahogado por el semen, y se quedó quieta. Había llegado también, sólo con eso, sólo con tenerme la polla en la boca y sentirme correr.
Se incorporó despacio, sin tragar todavía. Abrió la boca para que le viera la leche blanca acumulada sobre la lengua, la revolvió con la punta como si fuera un caramelo, y después cerró los labios y tragó de una sola vez, con los ojos cerrados. Se pasó un dedo por la comisura, recogió lo que se le había escapado, y se lo lamió.
Nos dormimos después. Antes de que me fuera esa mañana, volvió a intentarlo. Me despertó chupándomela otra vez, con la polla ya en la boca antes de que abriera los ojos, y estuvo un rato largo con la cabeza entre mis piernas, cambiando de mano, cambiando de ángulo, escupiendo sobre el glande para tenerla siempre resbaladiza. No logró hacerme llegar; me tenía duro pero vaciado por completo. Terminé masturbándome delante de ella, con la polla en mi propia mano y ella arrodillada al lado del sofá mirándome sacudirla, con la boca abierta y la lengua afuera esperando. Cuando por fin sentí que iba a salir, apunté hacia arriba, y lo que sobró lo dejé sobre su cara: le cayeron dos chorros gruesos, uno sobre la mejilla y otro cruzándole la frente hasta el pelo. Ella no se limpió. Se pasó los dedos por la cara, recogió el semen y se lo llevó a la boca despacio, mirándome fijo. Caminé a casa con el sol ya alto y la ropa arrugada, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que algo dentro de mí había cambiado de lugar.
***
Elena me escribió varias veces después. Mensajes directos, sin rodeos: que me echaba de menos, que quería repetir, que necesitaba tenerme la polla otra vez en la boca. La sobrina, Rebeca, también me escribió en algún momento, celosa de algo que no había presenciado del todo. Imagino que corrió el rumor.
No retomé nada con Elena. Ella quería más de lo que yo podía dar, y eso me resultaba complicado. Lo nuestro quedó en esa noche y en el hecho concreto de que me había dado lo que llevaba años esperando: alguien que disfrutara de verdad chupándomela, que no la viviera como un favor ni como una obligación, que se corriera sólo con tener mi polla en la boca.
Ese fue mi inicio. Tardé mucho más en tener sexo completo con alguien, pero esa noche instaló en mí algo que no se fue. La obsesión con el sexo oral. La atracción por las mujeres que tienen esa actitud desinhibida, ese placer propio que no pide permiso. Los fetiches que fui descubriendo casi sin darme cuenta: una palabra usada en el momento exacto, una mirada sostenida demasiado tiempo, una boca que sabe lo que hace y no tiene prisa en demostrarlo.
Valeria nunca me dio más. Pero tampoco se me olvidó nunca. Hay cosas que no necesitan completarse para quedarse grabadas.