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Relatos Ardientes

Me vestí de mujer y descubrí otra forma de placer

Mi nombre real no viene al caso. Usad el de Rodrigo, que es suficientemente genérico. Tengo 57 años, estoy jubilado, casado desde hace más de dos décadas, y nunca en mi vida había cuestionado lo que me atraía. Mujeres, siempre mujeres. Algunas fuera del matrimonio también, si soy honesto, aunque eso ya es otra historia que no tiene que ver con esta.

La jubilación te da algo que no esperas: tiempo. No para descansar, sino para pensar. Para explorar rincones que antes pasabas de largo porque siempre ibas con prisa. Durante mis años activos fui nadador de competición y llegué a representar a mi región en torneos nacionales, y ese ritmo de entrenamiento y trabajo no dejaba margen para nada que no fuera lo inmediato. Cuando todo eso terminó, de repente tenía tardes enteras sin nada que rellenar.

Fue durante el primer invierno de jubilado cuando empecé a navegar sin rumbo por internet por las noches. Mi mujer se acostaba temprano. Yo me quedaba con el portátil y una taza de manzanilla, y un día, sin saber bien cómo había llegado allí, terminé en un foro de relatos sobre travestis y personas que se vestían con ropa de mujer.

Lo cerré de inmediato. Luego lo volví a abrir.

No sentí repulsión ni atracción inmediata. Sentí curiosidad, que es algo completamente distinto. Lo que me llamó la atención no fueron las fotos sino los textos: las personas que describían la sensación de ponerse ropa femenina. La textura de la tela contra la piel. El peso de los pendientes. La manera en que el maquillaje cambiaba su percepción de sí mismos. Había algo en esas descripciones que me enganchó de un modo que no supe explicarme aquella noche.

Durante las semanas siguientes volví varias veces a ese foro y a otros similares. Leí relatos, comentarios, experiencias. Nadie que me conociera lo habría imaginado mirándome desde fuera: un hombre casi sexagenario, atlético todavía, con una vida ordenada y sin sobresaltos. Y sin embargo ahí estaba yo, leyendo sobre travestismo con la misma concentración con que antes estudiaba técnicas de natación.

***

La oportunidad llegó cuando mi mujer se fue diez días a casa de su hermana. Yo tenía que quedarme por un asunto de la comunidad de vecinos, pero al tercer día lo resolví todo y me encontré con una semana entera sin nadie en casa.

Fui al hipermercado. Compré lo de siempre: verdura, fruta, pasta. Y en el pasillo de ropa interior cogí tres tangas de talla grande, los metí entre dos paquetes de arroz y los puse en la cinta de la caja sin mirar a la cajera. Añadí un lápiz de labios rojo y un lápiz de ojos azul marino.

Conduje de vuelta a casa con los auriculares puestos y la mente casi en blanco. Digo casi porque había algo que zumbaba por debajo de los pensamientos, como un motor que alguien hubiera encendido sin pedirme permiso.

En cuanto cerré la puerta del piso me encerré en el baño. Me puse uno de los tangas. El tejido era fino, muy ajustado, y el contacto con la tela me produjo una erección casi inmediata. No fue algo elaborado ni reflexivo: fue una respuesta directa, física, sin intermediarios.

Me quedé de pie frente al espejo del baño durante un buen rato.

Luego pinté mis labios de rojo. Perfilé los ojos de azul oscuro. El resultado era el de alguien disfrazado, evidentemente, pero no me importó. Lo que importaba era la sensación: la manera en que el tanga rozaba mi cuerpo cada vez que me movía, la rareza agradable de verme con maquillaje, la tensión que se había instalado en el vientre y no cedía.

Recordé lo que había leído sobre el sexo anal. Nunca lo había practicado, ni activa ni pasivamente. En mi vida sexual siempre había sido muy convencional en ese sentido. Pero la combinación de lo que estaba haciendo esa tarde y lo que llevaba semanas leyendo me llevó a una conclusión sencilla: era el momento de probarlo.

Fui a la cocina. Cogí una zanahoria de tamaño mediano, la lavé bien, la cubrí de aceite de oliva, volví al baño. Me puse en cuclillas sobre la bañera, apoyé una mano en la pared y empecé, muy despacio, desde la punta más fina.

La sensación fue inmediata y extraña. No dolió. Hubo una resistencia inicial que cedió con calma, y luego algo que no esperaba: una presión en un punto interior que me hizo exhalar despacio, casi sin querer. Tardé varios minutos en llegar hasta la mitad de la zanahoria, yendo y viniendo sin prisa, y cada movimiento añadía algo a lo que ya estaba sintiendo.

Acabé de pie frente al espejo, con el lápiz de labios corrido y los ojos entrecerrados, en menos de dos minutos.

***

Al día siguiente lo repetí con más calma y con una zanahoria más gruesa. Esta vez me tumbé en la cama, puse un cojín bajo las caderas, y me tomé el tiempo necesario para adaptarme al grosor. Hubo un momento, cuando llegué a la parte más ancha, en que noté algo que no supe identificar: una especie de presión interna que no era exactamente placer pero tampoco era molestia. Era otra cosa, entre los dos, algo que no tenía nombre en mi experiencia anterior.

Moví la zanahoria despacio, ajustando el ángulo centímetro a centímetro, hasta encontrar esa zona que algunos de los textos que había leído llamaban próstata y que yo nunca había tenido razón para buscar. Cuando la encontré, me quedé quieto unos segundos, procesando lo que notaba.

Ahí está.

Esa vez no necesité ayuda de la mano. Fue la primera vez en décadas que eso ocurría.

Había tenido la idea de hacer fotos. Me había comprado un soporte barato para el móvil y lo había puesto en la cómoda, orientado hacia la cama. Esa noche, en el sofá, con una copa de vino, estuve viendo las fotos durante un buen rato. Me costó reconocerme. No de forma negativa: era más que eso. Era como mirar a alguien que siempre había estado ahí y que recién ahora empezaba a presentarse.

***

Unos días después fui a comprar más ropa. Tenía los tangas y el maquillaje, pero quería más. Medias de rejilla negras, del tipo que siempre me habían encendido cuando las veía en una mujer. Una falda. Bisutería.

Las medias las encontré en unos grandes almacenes, en el departamento de lencería. Las cogí sin dudar, en la talla más grande disponible. La falda fue más complicada: terminé comprando una falda de tenis en una tienda de deporte, la acorté con unas tijeras y quedó justa, justo por encima de la rodilla, negra y bastante ceñida.

Los zapatos fueron el problema mayor. Tengo el pie grande, talla cuarenta y cuatro, y no hay mucho donde elegir en tacones de ese número. Encontré unos destalonados en un comercio de segunda mano, rojos, con cinco centímetros de tacón. No eran perfectos pero servían.

El sostén y el liguero los compré en una tienda de lencería del centro. Entré con actitud decidida, dije que era un regalo para mi pareja, y el dependiente no levantó la vista del mostrador. Salí con una bolsa de papel marrón y el corazón en la garganta, pero salí.

***

El siguiente fin de semana solo en casa lo dediqué a la sesión completa.

Empecé por el maquillaje: base, labios rojos, ojos perfilados en azul oscuro. Un pañuelo anudado en la cabeza para recoger el pelo. Pendientes largos de bisutería dorada, un collar. El sostén con relleno improvisado de trapos viejos que guardaba mi mujer para la limpieza. El liguero negro sobre las caderas, las medias de rejilla enganchadas en los cuatro ganchos, las bragas de encaje negro con el elástico ajustándose en lo alto del muslo.

La falda. Los zapatos rojos.

Me quedé de pie en el centro del dormitorio durante un momento antes de acercarme al espejo grande del armario.

Lo que vi no era perfecto. Era evidente que era un hombre de más de cincuenta años con ropa de mujer. Pero entre las medias y el liguero había un triángulo de piel blanca que el encaje de las bragas enmarcaba de una manera que no tenía nada de ridícula. Tenía algo. Una tensión visual que no había previsto.

Pasé dos horas haciendo fotos y vídeos con el móvil en el soporte. Me moví por el salón, me senté en la butaca con las piernas cruzadas, me incliné sobre la mesa. Grabé distintas poses, distintas combinaciones de ropa. La erección no cedió en ningún momento.

Cuando volví al dormitorio, elegí la zanahoria más grande que tenía. Una que requería paciencia y aceite y respirar despacio. Me tumbé sobre el edredón con el liguero puesto y las medias, y nada más de cintura para abajo, y tardé un cuarto de hora en estar donde quería estar. Esta vez encontré el ángulo correcto desde el principio, y la presión sobre la próstata fue constante y precisa.

Fue la primera vez que me corrí dos veces seguidas en muchos años.

***

Hay una cosa más que descubrí esa tarde. Tenía un masajeador antiguo para las rodillas, de cuando competía en natación, con tres cabezas redondeadas que vibraban a distintas intensidades. Lo había guardado en un cajón del armario sin usarlo en años.

Lo saqué. Lo encendí. Lo acerqué.

El resultado fue tan inmediato que me sorprendió. Una de las cabezas sobre el ano, las otras dos a los lados, la vibración propagándose hacia adentro en ondas que no controlaba. Menos de un minuto.

En ese momento entendí que tenía dos instrumentos distintos que funcionaban de maneras distintas, y que todavía no había probado usarlos a la vez. Era algo que quedaba pendiente para la próxima vez.

***

Han pasado varios meses desde aquella primera tarde con el tanga y el lápiz de labios. Tengo un cajón en el taller —que es territorio mío en casa— con todo lo que he ido acumulando. Las medias, el liguero, los zapatos rojos, el maquillaje. Una bolsa en el fondo con algo más que zanahorias, aunque esa ya es otra historia.

Sigo siendo el mismo hombre de siempre. Salgo a nadar tres mañanas por semana. Ceno con mi mujer los viernes. Quedo con los amigos de siempre los domingos. Nada de lo que hago a solas cambia eso, al menos desde dentro.

Y de vez en cuando, cuando tengo la casa para mí, abro el cajón del taller.

Lo que todavía no he resuelto es si algún día quiero algo más que lo que hago yo solo. Si quiero un hombre de verdad. Alguien que esté ahí, que tome el control, que no sea yo administrando cada movimiento con cuidado. A veces lo pienso. No lo descarto. Nunca habría dicho eso hace dos años.

Nunca habría imaginado escribir esto tampoco. Ni siquiera estoy del todo seguro de por qué lo hago. Supongo que hay algo en contar la verdad, aunque sea de forma anónima, que alivia un peso que ni siquiera sabías que llevabas.

Esta es mi historia. Es cierta de principio a fin.

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Comentarios (6)

Nubeluz

increible!! me dejo pensando un buen rato despues de leerlo

TintaNocturna

Por favor seguí contando, quede con muchas ganas de saber cómo siguió todo

ChicoNocturno

Me gusto mucho como lo narraste, se siente muy autentico sin caer en lo burdo. Gracias por animarte a compartirlo

Romina_BA

Qué valiente escribir algo así! Se agradece la sinceridad, no es fácil

FedeLector

no me lo esperaba así y me sorprendió muy para bien. Tremendo relato

Mishi_lectora

Me recordó a una confesión que me hizo un amigo hace años... estas cosas pasan mas de lo que la gente se imagina

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