Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La primera vez que fui un hombre de verdad

Me llamo Lucas, tenía dieciocho años cuando pasó esto, y hasta esa noche no había tocado a ninguna mujer más allá de algunos besos torpes con las dos novias que tuve en el instituto. Mido un metro ochenta, soy delgado pero me cuido. Según mis amigos, sin barba parecía tener quince. Lo decían como chiste. Yo lo vivía de otra manera.

Me masturbaba con frecuencia —porno, relatos, lo que encontrara— y me había convencido de que ese era mi ritmo: el de los que miran desde afuera mientras los demás viven. Mi padre lo sabía. No lo decía, pero lo sabía, porque un padre que presta atención termina entendiendo esas cosas aunque el hijo no abra la boca.

Cumplí dieciocho años un martes sin demasiada ceremonia. Mi padre me prometió que el viernes haríamos algo diferente. No especificó qué.

***

A las cuatro de la tarde llegó con Ramón y con Gustavo, dos amigos suyos de cuarenta y pico que yo conocía de asados y partidos de fútbol. Se saludaron en la entrada, me miraron de arriba a abajo con una expresión que no supe leer, y mi padre me dijo que me arreglara bien, que saldríamos.

—¿A dónde vamos? —pregunté mientras me abrochaba la camisa.

—A conocer el mundo —respondió él sin mirarme.

Gustavo soltó una carcajada. Ramón sonrió hacia la ventanilla.

Llevábamos media hora en el auto cuando me di cuenta de que la ciudad que yo conocía había quedado atrás. Era una zona diferente: neones de colores, locales con música filtrada hacia la calle, mujeres paradas en las entradas que saludaban a los autos que pasaban despacio. Mi padre aparcó frente a un establecimiento de fachada discreta y bajó sin prisa, como quien visita un bar de toda la vida.

—Papá —dije.

—Ya lo sé —respondió—. Baja del auto.

Me bajé. Tenía la cara caliente y las piernas más firmes de lo que esperaba. Una de las chicas en la entrada me miró al pasar y dijo algo en voz baja que no llegué a escuchar del todo. Mi cabeza estaba demasiado ocupada procesando que esto era real, que estaba pasando, que mi padre había calculado con una precisión que no le conocía el momento exacto.

Antes de entrar, se detuvo y me habló en serio por primera vez en mucho tiempo.

—Nadie te va a hacer daño. Tienes una hora. Lo que aprendas esta noche, no lo vas a aprender en ningún otro lado.

Asentí. No había nada que responder a eso.

***

El interior era más amplio de lo que prometía la fachada. Barra larga, luces bajas, música que amortiguaba las conversaciones. Y mujeres. En bikini, en lencería, en vestidos cortísimos. Se movían con la soltura de quien conoce bien el terreno: se sentaban en los regazos de los clientes, cruzaban las piernas con una naturalidad que a mí me resultaba imposible de imitar desde afuera.

Mi padre habló con la encargada —una mujer mayor de pelo corto que lo saludó como a un viejo conocido— y nos asignaron una mesa en el fondo. Pedimos algo de tomar. Ramón y Gustavo empezaron a charlar con dos chicas que se habían acercado sin que nadie las llamara.

Fue entonces cuando la vi.

Morena, con el cabello suelto hasta los hombros, alta, con ese tipo de cuerpo que uno intenta describir y siempre queda corto. Tenía las piernas largas y una manera de apoyarse en la columna del centro que hacía difícil mirar hacia otro lado. Me miró desde donde estaba con una sonrisa que no era de cortesía ni de trabajo. Era de otra cosa.

Tardó menos de dos minutos en llegar a nuestra mesa. Se sentó en mis piernas sin pedir permiso, con una ligereza que me descolocó por completo. Acercó la boca a mi oído y habló en voz baja, despacio.

—Parece que tu amigo de abajo ya tiene ganas.

Tenía razón. Me había puesto duro desde que la vi cruzar el salón.

Mi padre me miró desde el otro lado de la mesa, dio un trago a su vaso y asintió con la cabeza hacia ella.

—Ve con ella —dijo—. Tienes hasta las siete.

***

El pasillo tenía varias puertas numeradas. Ella me llevó de la mano sin apresurarse, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. A mitad del camino me miró de reojo.

—¿Es tu primera vez?

—Sí —respondí, y me sorprendió lo tranquila que sonó mi voz.

Asintió. Sin comentario, sin la sonrisa condescendiente que yo había imaginado.

—Me llamo Valeria. Vamos a ir despacio.

La habitación era amplia. Espejos en dos paredes. Cama doble con sábanas limpias. En la mesilla, un cuenco con condones y un frasco pequeño que no identifiqué hasta más tarde. Valeria cerró la puerta y se volvió hacia mí con la misma calma con que había hecho todo lo demás.

Me empujó suavemente hacia la cama y me indicó que me sentara en el borde. Se arrodilló frente a mí, me desabrochó el cinturón con calma, me bajó el pantalón y el bóxer. Se quedó mirando un momento, con una expresión evaluadora que no era de juicio.

—No está nada mal —murmuró, más para ella que para mí.

Tomó mi pene con la mano y empezó a moverse con una lentitud que me costó aguantar. Cada vez que yo intentaba agarrarle la cabeza, ella me apartaba la mano con suavidad. Lo hacía con paciencia, sin molestarse. A la tercera vez, lo permitió.

Acercó la boca. Empezó por el glande, solo con los labios, sin entrar del todo. Ese momento duró exactamente lo suficiente para que yo entendiera que ella controlaba cada segundo de lo que estaba pasando. Después lo tomó entero, despacio, hasta el fondo, y empezó a moverse con un ritmo que me hizo agarrar el colchón con los dedos para no perder la cabeza.

El pintalabios rojo le dejaba una huella cada vez que se separaba. Yo no podía dejar de mirarlo. Cuando sentí que llegaba al límite le dije que parara.

Levantó los ojos hacia mí.

—¿Ya?

—Casi.

—Entonces lo dejamos para después —dijo, y se incorporó con una naturalidad que me resultó devastadora.

***

Se quitó el bikini sin apuro. Sus pechos eran grandes, con los pezones oscuros, y tenían esa firmeza que no existe en las pantallas de la misma manera en que existía ahora, a medio metro de mi cara. Me tomó las manos y las puso encima sin decir nada.

Las apreté. Jugué con los pezones. Ella observaba mi reacción con una curiosidad genuina, como si estuviera midiendo algo que solo ella sabía calcular.

—¿Te gustan?

—Mucho —dije.

—Bien.

Después me indicó que me recostara boca arriba y ella se puso en cuatro sobre la cama, frente a mí. Entendí lo que quería sin que tuviera que decírmelo. Me incliné hacia ella, le separé los muslos con cuidado y empecé a lamer.

Tenía un sabor que no esperaba: concreto, sin disimulo, sin nada que lo suavizara. Eso, lejos de detenerme, me aceleró. Seguí los contornos de sus labios y busqué el clítoris con los dedos. Cuando lo encontré y empecé a presionarlo con suavidad, los muslos de Valeria se tensaron.

—Ahí —dijo entre dientes—. Exactamente ahí.

Seguí. Los gemidos que soltaba eran cortos, sin exageración, con esa honestidad que uno no espera en esa situación. Cuando las piernas le empezaron a temblar cayó hacia adelante con un suspiro largo y se quedó quieta unos segundos, con los brazos apoyados en la cama.

***

Se recuperó rápido. Tomó un condón del cuenco y lo puso en la punta de mi pene con la boca —ese solo gesto casi fue suficiente para terminar ahí— y subió encima de mí. Acomodó mi erección en la entrada con la mano y fue bajando poco a poco, milímetro a milímetro.

Caliente. Estrecho. Húmedo.

No tenía palabras para describirlo. Me quedé quieto, sin saber si moverme iba a arruinar algo.

—Muévete, Lucas —me dijo—. No te contengas.

Empecé a moverme. Ella marcó el ritmo con la cadera y yo aprendí a seguirlo. Cuando el ritmo aumentó, el sonido de los cuerpos llenó la habitación y Valeria apoyó las manos en mi pecho para tener apoyo. Le agarré la cintura con ambas manos y empujé desde abajo. Ella arqueó la espalda y soltó un sonido corto que no fue fingido.

Cuando sentí que llegaba al límite la giré. Aceptó el movimiento sin protestar y se puso en cuatro. Desde atrás, con las manos en sus caderas, empujé con más fuerza y ella inclinó la espalda para que entrara más hondo. Solo escuchaba el sonido de los cuerpos y su respiración, que había cambiado de ritmo y de profundidad.

—Sí —decía de vez en cuando, entre respiraciones—. Así.

Después de un rato así, la saqué y me detuve. Ella supo lo que iba a pasar antes de que yo dijera nada.

—En la mesilla —dijo—. El frasco pequeño. Úsalo.

Tomé el frasco. Apliqué lo que hacía falta, con más cuidado del que esperaba tener. Puse la punta en la entrada de su culo y empujé muy despacio. Valeria exhaló con fuerza y bajó la cabeza entre los brazos.

—Más despacio —murmuró.

Obedecí. Cuando entré del todo, me quedé quieto unos segundos, dejando que ella se acomodara. Después empecé a moverme con suavidad. Era más estrecho y más caliente. Ella empezó a marcar el ritmo con la cadera, igual que antes, indicándome cuándo acelerar y cuándo parar. Sus gemidos eran diferentes ahora: más agudos, más concentrados.

—No tan fuerte —dijo en algún momento.

Aflojé. Seguí. Cuando llegué al límite salí y me quité el condón a tiempo. Terminé sobre su espalda y me dejé caer hacia un costado, mirando el techo con la respiración desordenada.

Valeria fue al baño y volvió con dos toallas pequeñas. Me tiró una sin decir nada. Había algo cómodo en ese silencio, una ausencia de necesidad de explicar nada.

***

Cuando me estaba recuperando, Valeria tomó mis manos y las puso en sus pechos de nuevo. Juntó los dos alrededor de mi pene, que empezaba a reaccionar otra vez, y empezó a moverse arriba y abajo, inclinándose de vez en cuando para acariciarme el glande con la lengua. Lo hacía con una concentración tranquila, como si no tuviera ningún otro lugar adonde ir.

—¿Te gusta esto también? —preguntó sin detenerse.

—Sí —respondí, sin capacidad de elaborar más.

No duré mucho. Terminé sobre sus pechos mientras ella seguía moviéndose hasta que no quedó nada. Después apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos un momento.

—Quedan cinco minutos —dijo Valeria.

Nos duchamos juntos en el baño pequeño que había en la habitación. Ella me lavó la espalda. Yo hice lo mismo con ella, sin prisa. Fue el momento más extraño de la hora entera y, paradójicamente, el más tranquilo de todos.

***

Cuando salimos al pasillo, mi padre y sus amigos seguían en la mesa. Ramón jugaba con el teléfono. Gustavo hablaba con una de las chicas. Mi padre nos vio llegar y me miró un segundo, directo a los ojos, antes de mirar a Valeria.

Ella fue directa hacia él.

—Me trajo un chico —le dijo—. Le devuelvo un hombre.

Mi padre la miró, luego me miró de nuevo, y se rio de verdad, con esa carcajada que solo sale cuando algo te sorprende aunque esperabas que pasara.

Valeria sacó una tarjeta de algún lugar que no identifiqué y me la puso en la mano. Se quedó un momento frente a mí.

—Si quieres aprender el resto —dijo en voz baja—, sabes dónde estoy.

Guardé la tarjeta. En el camino de vuelta, Ramón y Gustavo hablaron de fútbol durante veinte minutos. Mi padre encendió la radio en algún momento y subió el volumen.

No había nada que añadir. Tampoco falta que hacía.

Valora este relato

Comentarios (3)

juancho88

que relato!!! me dejo sin palabras jaja

SantiRol

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber mas

MateoNqn77

Me hizo acordar cuando yo tenia esa edad, esa mezcla de nervios y emocion. Se siente real, muy bien contado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.