Tenía diecinueve años y la patrona me eligió
El año escolar terminaba en diciembre de 1990 y yo tenía diecinueve años, un bolsillo vacío y el sueño de recorrer la costa norte del país antes de que empezara la universidad. Para poder pagar el viaje, decidí no volver a casa de mis padres y quedarme en el puerto a trabajar durante el verano. Un amigo de mi padre conocía al dueño de un billar sobre el malecón y así fue como terminé lavando platos en la fuente de soda del local sin haberlo planeado demasiado.
El lugar se llamaba El Ancla. La barra corría de extremo a extremo del salón, detrás de ella brillaban botellas de todas las latitudes en aparadores de vidrio, y en el centro, a través de una ventana amplia, se veía la cocina. Las mesas de billar —ocho en dos hileras de cuatro— ocupaban la zona central, y en el rincón más alejado de la entrada había cinco mesas redondas donde los clientes cenaban o bebían mientras miraban la televisión conectada a un VHS. En las paredes colgaban cuadros con mujeres desnudas de mejillas arreboladas, fotografías de veleros y, enmarcando todo, el traje de buzo antiguo con su escafandra que le daba al lugar un aire entre marinero y extraño.
El dueño se llamaba Héctor. Era un hombre bajo, calvo, de barriga generosa y risa fácil, que llamaba «muchachos» a todo el personal sin importar la edad. Su mujer, Miriam, era otra cosa. Rondaba los cuarenta años, morena, de pelo oscuro y ondulado que le caía casi a la cintura. Era delgada pero con curvas precisas, y tenía una boca carnosa que yo era incapaz de dejar de mirar cada vez que me hablaba. Rara vez salía de la oficina del segundo piso y siempre llevaba vestidos ajustados con zapatos de tacón fino. Yo tenía diecinueve años y ninguna experiencia con mujeres. Ella era lo más perturbador que había visto en mi vida.
El dueño me ofreció la última habitación del tercer piso descontándola de mi sueldo. Tenía una ventana corrediza que daba al malecón y una cama de dos plazas. Era perfecta. En la habitación del medio vivía Eduardo, el guardia, al que todos llamaban el Toro. Cuarentón, lleno de tatuajes, con cara de pocos amigos que resultaba ser el hombre más divertido del local. Siempre llevaba en el bolsillo trasero una revista doblada con mujeres en portada y contaba chistes subidos de tono a cualquier hora del día.
Completaban el equipo Macedonio —«Maco» para todos—, el mozo, delgado y con cara de roedor; Remedios, la cocinera, una señora de unos sesenta años que gritaba sin parar pero que guardaba los mejores platos para uno; y Lorena, la cajera, rubia despeinada de unos cuarenta años que tenía la costumbre de pintarse las uñas de los pies en el mostrador. Levantaba las piernas con total naturalidad para alcanzar sus dedos, dejando ver todo lo que quedaba debajo de la falda. Más de una vez terminé en el baño por culpa de ella.
Dos días antes de Nochebuena, Héctor me llamó a su oficina. Antes de entrar escuché voces adentro y me detuve por instinto.
—Estoy harta —decía Miriam—. Siempre hacés lo que querés y yo aquí aguanto todo sin que nadie me pregunte nada.
—Tenés razón, querida —respondió Héctor, con una calma que me sorprendió—. Decime qué necesitás.
—Que saques para siempre a Rodrigo y a los otros dos del grupo del jueves. Si lo hacés, no hay más problemas.
—Hecho. Ahora traéme al chico nuevo.
Fingí no haber escuchado nada y entré haciendo ruido con los nudillos en la puerta. Miriam estaba de pie junto al escritorio con la blusa abierta y los pechos al aire. Me quedé clavado en la entrada.
—Tranquilo, muchacho, pasá —dijo Héctor, como si la situación fuera completamente ordinaria—. ¿Habías visto unas tetas así en tu vida?
—No, don Héctor —respondí, sin poder apartar la vista—. Nunca.
—Yo tampoco me canso —dijo él, satisfecho—. Mirá, necesito que te quedes a trabajar en Nochebuena. El Maco se va a ver a su hermana y no tengo quién lo reemplace. Te pago el doble de lo acordado.
Yo ya tenía los pasajes comprados. Se lo expliqué. Él insistió con un bono. Y entonces Miriam, que durante toda la conversación había permanecido de pie sin cubrirse, se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mí. Se inclinó hacia mi oído y su pezón rozó mi brazo.
—Aceptá —susurró—. No te vas a arrepentir.
Su aliento caliente me erizó toda la nuca. Tardé exactamente dos segundos en decir que sí.
***
El 23 de diciembre Héctor cerró el local a las once de la noche. Hubo una pequeña celebración interna: copas, risas, y a la medianoche todos se fueron. El Toro y yo nos quedamos solos jugando al billar. Él fue a buscar papel al baño de su habitación y yo acomodé las bolas en la mesa.
Fue entonces cuando escuché un ruido al fondo del pasillo. La puerta del privado —un cuarto separado con su propia mesa de billar, un sofá enorme y una televisión donde Héctor recibía a sus clientes especiales— estaba entornada. Sin luz adentro, pero con un sonido apenas perceptible.
La empujé despacio.
—Entrá y cerrá —dijo una voz que reconocí de inmediato.
Cerré la puerta. La oscuridad era total.
—Necesito que me ayudés. ¿Podés?
—Por supuesto, Miriam.
—Primera cosa: cuando estemos solos, solo Miriam, nada de «señora». Segunda: avanzá cinco pasos hacia adelante. Eso. Bien. Ahora buscá el cordón de la lamparita con la mano. ¿Lo tenés?
—Sí.
—Tercera. —Hizo una pausa breve—. Decime la verdad. ¿Con cuántas mujeres estuviste?
—Con ninguna.
Hubo un silencio.
—Entonces encendé la luz y hacé lo que quieras.
Tiré del cordón.
Miriam estaba tendida sobre el paño verde de la mesa de billar. Completamente desnuda, apoyada en los codos, con las piernas abiertas. Tenía el cuerpo que yo había imaginado tantas veces detrás de esos vestidos ajustados: caderas anchas, pechos generosos con el pezón oscuro y erecto, un vientre liso que se hundía suavemente hacia abajo. Entre las piernas, húmeda y abierta, sin ningún rodeo.
Me quedé quieto. Estaba excitado, pero también asustado. Héctor siempre había sido justo conmigo.
—¿Qué esperás? —preguntó ella.
—¿Y don Héctor?
Sonrió con calma. —Por Héctor no te preocupés. Él sabe que estoy acá.
Tomó mi mano y la llevó entre sus piernas. Comenzó a moverla en círculos, despacio primero, luego más rápido, enseñándome dónde apretar y cuándo suavizar. Sus caderas respondían con espasmos pequeños. Me pidió que le metiera dos dedos y los moviera con ritmo. Lo hice. Ella empezó a jadear, a pedirme que no parara, hasta que su cuerpo entero se tensó y luego se aflojó de golpe.
—Ahora con la boca —dijo cuando recuperó el aliento.
Me agaché. Fue guiándome con la voz y con las manos en mi pelo, moviéndome donde quería que fuera. Su sabor era intenso y completamente nuevo para mí. La miraba desde abajo y veía sus pechos moverse con cada respiración, su cara relajada y al mismo tiempo concentrada en el placer. Llegó al orgasmo sujetándome la cabeza contra ella con fuerza.
—Desnudate —ordenó—. Ahora te toca a vos.
Se arrodilló en el borde de la mesa y me tomó en la boca. La sensación fue tan intensa que no duré dos minutos. Me corrí con fuerza y ella no se retiró. Tragó casi todo. Un hilo le bajó por la comisura del labio hasta el cuello y ella lo limpió con el dedo sin ninguna prisa.
No habían pasado treinta segundos cuando sentí que volvía a reaccionar. Miriam lo notó antes que yo y lo tomó entre los dedos.
Se acomodó boca abajo sobre la mesa, apoyando los pies en el suelo, y me ofreció su espalda. Tomó mi erección y la guió hasta la entrada de su vagina. Me pidió que entrara despacio. Así estuve casi un minuto, solo con la punta, hasta que ella perdió la paciencia.
—De una vez —exigió entre dientes—. Me tenés loca.
La penetré entera de un solo movimiento. Ahogó un grito en el paño verde. Comencé un ritmo firme que fue aumentando hasta que los dos llegamos casi al mismo tiempo. Después la di vuelta, le abrí las piernas sobre la mesa y la follé mirándola a los ojos, sin apuro, hasta que ninguno de los dos pudo más.
—¿Se puede saber qué espectáculo es este?
El Toro estaba en el umbral, aplaudiendo despacio con una sonrisa de oreja a oreja. Miriam se levantó, recogió su ropa sin ninguna prisa y salió por una segunda puerta en el lateral del cuarto que yo no había visto.
—Debiste cerrar con llave —dijo Eduardo.
—Me arruinaste la noche —respondí.
—¿Por cuál puerta se fue? —preguntó él, con cara de quien sabe algo que vos no.
—¿Y eso qué importa?
—Importa mucho, novato. Esa puerta da a una habitación con una cama de tres plazas. Creo que te está esperando.
Tenía razón. Esa noche, los tres vimos amanecer juntos. Miriam nos dejó completamente secos cuando el sol ya estaba alto sobre el malecón.
***
Me desperté el 24 de diciembre después de las cuatro de la tarde. Estaba recordando la noche anterior cuando Miriam entró a la habitación sin llamar, me tomó entre los labios durante menos de un minuto y me dejó vacío antes de que terminara de despertar del todo.
—Ya. Levantate y comé algo. Esta noche hay cena privada y falta mucho por hacer.
Esa tarde Eduardo y yo corrimos mesas, pusimos manteles finos, acomodamos cubiertos que yo nunca había visto fuera de las películas. A las nueve empezaron a llegar los invitados. Sesenta en total, distribuidos en diez mesas con tres parejas en cada una. Miriam coordinaba todo desde un costado del salón, despampanante en un vestido negro de lentejuelas que apenas le cubría los muslos.
Fue entonces cuando la vi a ella.
Estaba hablando con Miriam cerca de la barra. Tendría veinticuatro o veinticinco años. Trigueña, pelo castaño claro con reflejos miel, largo y semi ondulado. Atlética, de piernas largas y bien delineadas, con un cuerpo que de espaldas era ver una guitarra. Y los ojos: de un verde intenso, casi imposible. El Toro la saludó con un abrazo apretado y tres besos antes de llamarme a gritos.
—Valentina, te presento al nuevo. Viene de la capital. Le decimos el Flaco.
Ella me tendió la mano con una sonrisa que no era del todo inocente. —Solo Valentina. Mucho gusto, Flaco.
Llevaba un disfraz de camarera que consistía básicamente en un delantal negro y lencería a juego. Era la fotocopia mejorada de su madre: si Miriam era rica, Valentina era una diosa. Entendí entonces que esa familia era una forma particular de tortura.
La cena se extendió hasta pasadas las dos de la madrugada. Los invitados bailaron, bebieron en abundancia y recibieron regalos. A las cuatro de la mañana quedaban apenas cuatro parejas dispersas en el salón y dos amigas de Valentina que se habían retirado a dormir. Yo recogía copas vacías cuando ella apareció a mi lado.
—Ya no nos necesitan acá. ¿Jugamos unas mesas?
Acepté. Me ganó con facilidad mientras hablábamos sin parar. Tenía esa forma de moverse alrededor de la mesa, calculando cada golpe con tranquilidad, que hacía difícil concentrarse en las bolas.
—¿Sabés cómo le llaman a esta? —preguntó en un momento, apoyando el taco contra la pared.
—No tenía idea de que las mesas tuvieran nombre.
—El estadio. —Se subió al paño de un salto y se sentó en el borde, mirándome—. Mi mamá me dijo que sabés lo que hacés. Que en eso ella no se equivoca nunca. —Hizo una pausa—. Quiero que me toques.
No dijo nada más. Empezó a quitarse el delantal despacio.
La recosté sobre el paño verde y recorrí su cuerpo entero con las manos y la boca antes de llegar a donde ella me pedía que fuera. Su piel era más suave que la de Miriam, sus reacciones más ruidosas. Cuando llegué a su clítoris con la lengua, sus caderas se levantaron solas del paño y sus manos me apretaron la cabeza contra ella.
La penetré de frente, despacio al principio, mirándola a los ojos. Ella marcó el ritmo con las caderas. Cuando sintió que yo estaba cerca, me dijo al oído que quería que acabara en su boca. Me retiré. Se incorporó y me tomó entre los labios con una intensidad que no esperaba. Me corrí segundos después. No me soltó hasta dejarme completamente limpio.
—¿Querés más? —pregunté cuando recuperé el aliento.
Valentina se dio vuelta sobre la mesa y se apoyó en cuatro. No hizo falta decir nada más. Presioné la punta despacio en la entrada de su culo, esperando su señal. Ella empujó hacia atrás con suavidad.
—Despacito hasta tenerla toda adentro. Después como quieras. Esta noche quiero sentirlo todo.
Las primeras embestidas fueron lentas y cuidadosas. Luego encontramos un ritmo parejo y ella empezó a pedirme más, con la cara hundida en el paño y la espalda arqueada. Cuando los dos llegamos, nos quedamos varios minutos sobre la mesa sin hablar. Después me tomó de la mano y me llevó a su habitación.
Vimos el amanecer juntos desde su cama. Dormimos hasta pasado el mediodía.
***
—¿Querés ver lo que pasa en el almuerzo sin que te vean? —me preguntó Valentina cuando nos despertamos.
—¿Eso es posible?
—Vení. Ya vas a ver.
Salimos desnudos al pasillo. Al final de las escaleras había una puerta que yo nunca había abierto. Entramos a un cuarto oscuro. En el medio, una cama doble mirando una pared que era de piso a techo un vidrio ligeramente ahumado. A través de él se veía la sala donde se llevaría a cabo el almuerzo privado de Héctor: las dos amigas de Valentina ya estaban adentro, vestidas exactamente como ella había estado la noche anterior, acomodando los últimos detalles de la gran mesa. Se veían espectaculares.
Valentina se arrodilló en la cama sin dejar de mirar el vidrio y me buscó con la mano.
Hasta aquí llega la primera parte. Lo que ocurrió en aquel almuerzo, y el resto de ese verano, merece su propio relato.