La primera vez que alguien me hizo de verdad
La primera vez fue a los veinte años, con un hombre que casi me doblaba la edad y que no tenía nada que ver con los muchachos que había conocido antes.
Llevaba dos años en la universidad y había salido con cuatro o cinco chicos, distintos en aspecto pero iguales en lo que importaba. El patrón era siempre el mismo: una salida, un beso en algún pasillo oscuro, y después, cuando estábamos solos, sus manos encima de mi cuerpo con esa urgencia torpe que tienen los que solo piensan en terminar. No se preguntaban si me gustaba algo de lo que hacían. No les importaba. Querían su momento y se marchaban satisfechos.
En más de una ocasión, para evitar que las cosas llegaran demasiado lejos, tomaba el control de otra manera: los tocaba yo, con las manos, hasta llevarlos al límite. Terminaban y se calmaban y no pedían nada más. Recuerdo el olor del semen en mis dedos, ese olor que me resultaba extrañamente atractivo, aunque ellos no supieran hacer nada con esa atracción que yo sentía.
No era una chica llamativa. Delgada, proporciones normales, no me vestía para provocar ni para pasar desapercibida. Pero mi cuerpo quería algo que no sabía cómo nombrar con exactitud. Me masturbaba y los orgasmos eran buenos, satisfactorios. Y sin embargo había algo más que intuía sin poder señalarlo.
Así que decidí buscarlo.
***
El profesor de literatura española se llamaba Daniel. Rondaba los cuarenta y tantos, se vestía con esa elegancia discreta que tienen los que no necesitan demostrar nada: ropa bien cortada, nada recargado, colores que combinaban sin esfuerzo aparente. Hablaba despacio, con una dicción que me recordaba a los actores del teatro clásico, y cuando explicaba a Lorca o a Machado en clase hacía que los versos sonaran como si tuvieran peso físico, como si ocuparan espacio en el aire del aula.
Me atraía desde el primer día del semestre. No era solo su aspecto, aunque tampoco me desagradaba. Era esa calma que proyectaba, esa certeza de que no iba a apresurarse con nada. La manera en que tomaba su tiempo con todo.
Necesitaba una excusa para estar a solas con él.
En esa época tenía que entregar un trabajo sobre los recursos dramáticos del teatro del Siglo de Oro y su influencia en la poesía del siglo XX. Era un tema lo bastante amplio como para necesitar orientación. Le pregunté al terminar una clase si podía revisar mi borrador antes de la entrega. Aceptó sin complicaciones. Le propuse que si me permitía invitarlo a comer en mi casa un viernes por la tarde, podíamos repasarlo con calma y sin interrupciones. También aceptó eso.
Pasé los días siguientes pensando en cómo iba a ir la tarde. No en el trabajo.
***
Mis padres trabajaban hasta las siete. El viernes tenía la casa para mí durante cuatro horas cómodas.
Cuando sonó el timbre, yo estaba sentada en el comedor con el portátil abierto y mis notas esparcidas sobre la mesa. Me había vestido sin pensar demasiado en ello: una falda que me llegaba a las rodillas y una blusa de color claro, nada que llamara la atención. Pero me había puesto la ropa interior que me hacía sentir bien.
Entró, miró brevemente la sala, dejó su chaqueta en el respaldo de una silla. Le dije que se sentara, que aún estaba organizando algunas ideas. Él tomó las páginas impresas, las leyó con calma, y empezó a señalar lo que faltaba desarrollar y lo que sobraba. Hablaba sin alzar mucho la voz. Nuestras cabezas quedaban muy cerca cuando se inclinaba para mostrarme algo en el papel.
Tomé la decisión antes de haberla pensado del todo.
Lo besé.
Al principio se quedó quieto. Un segundo, dos, quizás tres. Sentí que iba a apartarse. Pero no lo hizo. Respondió.
No era como los besos que yo conocía. No había urgencia. Sus labios se movían sobre los míos con una calma que no había experimentado antes, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su lengua entró despacio en mi boca y no fue agresiva ni torpe: marcaba el ritmo sin imponerlo, me enseñaba sin decirlo. Con una mano me apartó el pelo de la cara. Con la otra acariciaba el dorso de mi mano, rozando apenas la piel, como si le importara más el proceso de tocarme que el hecho en sí.
Sentí que algo se encendía en mí de golpe. Mis nervios se pusieron en alerta de una manera que no había sentido antes.
Se separó de mis labios y fue directo a mi oreja, luego a mi cuello. Eso me sorprendió: que pudiera gustarme tanto algo así. El sostén me apretaba. La ropa me estorbaba. Y él apenas había empezado.
No aguanté más. Me empecé a quitar la blusa.
Él se incorporó un poco y tomó el relevo. Me desabrochó el sujetador con la misma calma con la que había revisado mis notas unos minutos antes. Esa lentitud me desesperaba y al mismo tiempo me tenía atrapada. Quería pedirle que se apresurara. No lo hice.
Sus manos en mis pechos no agarraban ni exprimían. Recorrían. Sus dedos aprendían cada centímetro antes de decidir quedarse en algún punto. Cuando su boca llegó a mis pezones, tuve que morderme el labio para no hacer ruido. El calor entre mis piernas era ya una presencia que no podía ignorar.
Me quitó el resto de la ropa con la misma paciencia de antes. Mi ropa interior estaba húmeda de una manera que no había sentido nunca.
Quería verlo desnudo.
Sin hablar, puso mis manos sobre su camisa y las dejó allí. El gesto era claro. Lo desvestí yo. Sentir su piel bajo mis dedos era diferente a todo lo que conocía: más cálido, más firme, con otra textura. Cuando llegué al cinturón, mis manos temblaban un poco. Al verlo erecto, no tuve ninguna duda de lo que quería hacer.
Nunca había dado sexo oral antes. No me había parecido algo que quisiera hacer, o eso creía. Me arrodillé frente a él y lo tomé en la boca sin pensarlo demasiado. Era distinto de lo que había imaginado: duro, caliente, con una pulsación propia que sentía contra la lengua. Escuché cómo le cambiaba la respiración. Eso me excitó más que cualquier otra cosa que había pasado hasta ese momento.
Me detuvo antes de que pudiera terminar. Dijo que era mi turno.
Me recostó sobre la mesa del comedor, junto al portátil que seguía abierto con mis notas sobre Lope de Vega. No me pregunté si eso era absurdo. Nada era absurdo en ese momento.
Sus labios bajaron por mi cuello, por el centro de mi pecho, por mi vientre. Cuando llegaron al interior de mis muslos, contuve la respiración. Su lengua empezó a trabajar en mi entrada con una atención que no me esperaba, recogiendo la humedad acumulada, explorando sin prisa. Cada vez que yo sentía que estaba cerca de llegar, él cambiaba de ritmo o de lugar. Besaba mis muslos. Recorría con la lengua zonas que yo no había pensado que pudieran ser tan sensibles. Cuando volvía al centro, me llevaba otra vez hacia arriba desde el principio.
Lo hizo tres veces.
A la tercera le rogué que no parara.
No paró. Puso un dedo justo debajo de mi clítoris y usó la lengua de una manera que no sabía que existiera. El orgasmo fue largo y desordenado. No fui capaz de controlar nada: ni el sonido que salió de mi garganta, ni la forma en que mis caderas se levantaron solas del borde de la mesa, ni las manos que enterré en su pelo sin querer. Mi cuerpo tardó casi un minuto en dejar de temblar.
Él se levantó. Estaba muy excitado. Acercó su erección a mi entrada y se detuvo.
—Soy virgen —conseguí decir. Casi sin voz.
—Lo sé —respondió él.
Usó la punta para recorrer mis labios, arriba y abajo, mojándola con lo que salía de mí. Era una sensación que me cortaba la respiración. No me había recuperado del orgasmo anterior y ya quería otro.
Levantó mis piernas y las puso sobre sus hombros. Empezó a entrar despacio.
No fue brusco. Sus dedos seguían rozando mi clítoris mientras él avanzaba, y eso hacía que el dolor que debería haber sentido quedara reducido a una presión intensa que se cruzaba con el placer sin anularlo del todo. Cuando encontró el obstáculo, no se echó atrás. Siguió empujando con firmeza, dando tiempo a que mi cuerpo se adaptara. Hubo un momento de desgarro, breve. Luego él quedó dentro de mí del todo, y pude respirar profundo.
—Estás muy apretada —dijo, con la frente húmeda—. Necesito un momento.
Se quedó quieto. Sus manos me recorrieron el vientre, los costados, los pechos. Yo sentía su calor dentro de mí, su grosor, ese peso nuevo que nunca había sentido antes. No quería que se moviera. Y al mismo tiempo lo quería.
Cuando empezó a retirarse, despacio, quise pedirle que no lo hiciera. Pero volvió a entrar antes de que dijera nada. El movimiento era lento, regular, sin prisa. Sus manos en mis muslos apenas rozaban los vellos de mi piel, y esa caricia mínima era capaz de electrizarme entera.
El dolor había desaparecido casi del todo. Solo quedaba la sensación de estar llena, de sentir cada movimiento suyo como algo que recorría mi cuerpo desde adentro.
Se recostó sobre mí y cambió el ángulo. Su pelvis empezó a rozar mi clítoris con cada embestida, y eso fue lo que me llevó de nuevo al límite. El segundo orgasmo llegó mientras él seguía moviéndose. Él lo sintió. Aceleró. Mis músculos se contraían solos alrededor de él, y eso lo acercó también al final. Lo sentí ponerse más urgente, y luego una calidez dentro de mí que me lo confirmó todo. Bombeó dos veces más antes de quedarse quieto.
Nos quedamos así un momento. La luz de la tarde entraba por la ventana del comedor. Las notas sobre el Siglo de Oro seguían esparcidas sobre la mesa, entre el portátil y mi ropa.
***
No volvimos a estar solos después de ese día. En clase me miraba igual que a cualquier otra estudiante, con esa calma que no prometía nada ni recordaba nada, o al menos eso aparentaba. Yo entregué el trabajo la semana siguiente. Saqué una nota que no se merecía el borrador que él había revisado esa tarde.
Mis siguientes experiencias fueron distintas. Más torpes, más rápidas, menos atentas. Tardé mucho tiempo en encontrar a alguien que se pareciera aunque fuera en algo a lo que había sentido esa tarde en el comedor de mi casa.
A veces pienso que el problema no fue él. Fue que me enseñó demasiado bien desde la primera vez.