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Relatos Ardientes

La tormenta que cambió todo entre mi compañera y yo

La historia de cómo conocí a Carmen empieza con dieciocho años recién cumplidos y una mochila con lo suficiente para tres semanas. Ese verano me fui haciendo autostop desde el pueblo donde había crecido con mi tía, sin saber muy bien adónde iba, siguiendo el instinto de los que no tienen nada que perder. Acabé en una ciudad mediana del interior, encontré trabajo limpiando oficinas por las mañanas y alquilé una habitación en un piso compartido con otras dos chicas.

Marta tenía veinte años y era de esas personas que se notan nada más entrar en un cuarto. Alta, muy delgada, con el pelo negro y liso que le caía hasta los hombros y unos ojos color avellana que miraban como si siempre estuvieran a punto de decir algo interesante. Los chicos la invitaban a salir constantemente y ella aceptaba sin demasiado entusiasmo, o al menos eso parecía desde fuera. Entre clases y citas, en el piso casi no la veíamos.

Carmen era otra historia. Tenía veintidós años, era bajita, morena y de pelo rizado que le llegaba a los hombros. No era la que llamaba la atención en una fotografía, pero en persona tenía algo difícil de nombrar: una forma de reírse que contagiaba sin esfuerzo y una manera de escuchar que hacía sentir que lo que uno decía importaba de verdad. Desde el principio conectamos bien. Nos quedábamos en el salón cuando Marta salía, con algo de comer en la mesita y la televisión puesta, hablando de trabajo, de dinero, de las familias que cada una cargábamos a distancia. Eran esas conversaciones que se vuelven fáciles porque la otra persona no te juzga.

***

El jueves que cambiaron las cosas llovía desde el amanecer.

Yo llegué a casa pasadas las seis de la tarde, con los brazos cansados y el pelo húmedo de caminar desde la parada del autobús. El trabajo de limpieza no era duro en concepto, pero sí en acumulación: cuatro plantas de oficinas, incluidos los baños, y los encargados siempre con algún comentario sobre algo que no había quedado perfecto. Aprendí a ignorarlos desde el primer día. Mi tía me enseñó que el trabajo bien hecho no necesita explicaciones.

Marta había salido con alguien antes de que yo llegara. Carmen estaba en el salón con calcetines de rayas y una camiseta grande que debía de ser de algún ex, buscando algo en el cajón de los mandos a distancia.

—Me doy una ducha —dije dejando el bolso en la silla.

—Hay merienda cuando quieras —contestó sin levantar la vista.

Me duché despacio, dejando que el agua caliente me trabajara la espalda hasta que el cansancio del día se fue convirtiendo en algo más liviano. Cuando salí me puse una camiseta vieja y unas braguitas; en casa nunca me molestaba en vestirme más. Carmen había puesto una película de terror en la televisión, algo antiguo con efectos de sonido exagerados, y había preparado en la mesita dos tazas de chocolate caliente con tostadas.

Me senté con las piernas dobladas hacia un lado. Fuera, la lluvia no había parado y el cielo seguía bajo y gris.

—¿De qué va? —pregunté señalando la pantalla.

—No lo sé, acaba de empezar. Hay un asesino con hacha, creo.

—Clásico.

La película empezaba despacio, construyendo ambiente, de esas que te hacen bajar la guardia antes de darte el susto. Íbamos comiendo las tostadas y haciendo comentarios sobre los personajes: el que claramente iba a sobrevivir, el que claramente no, el que tomaba decisiones que no tomaría nadie con dos dedos de frente. Carmen tenía una teoría para cada uno y me las explicaba con absoluta seriedad, lo que hacía todo más divertido.

La tormenta fue intensificándose mientras la película avanzaba. Primero solo fue lluvia fuerte. Después el viento. Después los truenos, cada vez más seguidos, cada vez más cerca. Los relámpagos iluminaban el salón durante fracciones de segundo y luego todo volvía a quedar con solo la luz de la pantalla. No me asustan las tormentas, pero Carmen me había dicho alguna vez que a ella sí le ponían nerviosa, aunque tampoco le daba más importancia.

La película llegó al momento clave: la protagonista bajando al sótano, la música subiendo nota por nota, la mano en el pomo de la puerta. Nos pusimos tensas casi sin darnos cuenta. Y justo cuando la puerta empezaba a abrirse, un trueno tan fuerte que hizo vibrar los cristales del salón nos sacudió a las dos al mismo tiempo.

Las dos gritamos.

La luz se fue.

Silencio. Oscuridad total, salvo por lo poco que entraba de la calle.

—Laura —dijo Carmen con una voz más pequeña de lo habitual.

—Aquí estoy —respondí.

Nos encontramos en la oscuridad sin pensarlo demasiado. Primero una mano, luego el hombro, luego el abrazo completo: ella pegada a mí, yo rodeándola con un brazo. Podía sentir que le temblaban los hombros, solo un poco, ese temblor que uno intenta disimular y no puede del todo. Le pasé la mano por el pelo despacio.

—No pasa nada —le dije en voz baja—. Son los fusibles o la tormenta. En un rato vuelve la luz.

Se fue calmando. Pero no se separó. Y yo tampoco me moví.

Hay abrazos que empiezan en un sitio y llegan a otro sin que puedas señalar el momento exacto del cambio. Este era uno de esos. El cuerpo de Carmen contra el mío era algo que yo conocía en abstracto —habíamos dormido en el mismo sofá otras veces viendo películas— pero en la oscuridad era diferente. Más presente. Más concreto.

Y entonces lo noté.

Sus pezones, duros como piedras, marcados contra mi brazo a través de la tela fina de la camiseta. Sin sujetador debajo, se le clavaban en la piel como dos puntas que pedían boca.

Me quedé quieta. Ella levantó la cabeza. En la poca luz que entraba de la calle, el ojo que me miraba brillaba.

No dijo nada. Yo tampoco.

Nos fuimos acercando despacio, como si ninguna de las dos quisiera ser la primera en decidir del todo. Su nariz rozó la mía un momento antes de que nuestros labios se encontraran. El primer beso fue breve, casi una pregunta. Luego otro, más largo. Luego con los labios abiertos y su lengua metiéndose en mi boca, buscando la mía, enroscándose con ella. Le mordí el labio inferior y ella soltó un gemido bajito que me bajó directo entre las piernas. Ya estaba mojada. Sentí cómo las braguitas se me pegaban al coño con una humedad que no era de la ducha.

Esto está pasando de verdad, pensé. Y no tengo ningún interés en que pare.

Me recosté en el sofá y ella se puso encima, con las rodillas a mis lados y el sexo apoyado directamente contra mi muslo. Sentí el calor de su coño mojado atravesando la tela de sus bragas, marcándome la pierna con una mancha tibia. La besé con más presión y ella empezó a frotarse contra mí sin disimulo, moviendo las caderas en un vaivén lento, restregándose la vulva contra mi muslo desnudo mientras me mordía el cuello.

Le levanté la camiseta por los lados. Ella se la quitó de un solo gesto y yo hice lo mismo con la mía. El primer contacto de piel con piel fue un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del salón. Mis tetas son grandes, pesadas, y cuando las suyas —más pequeñas, firmes, con los pezones ya erizados y oscuros— rozaron las mías solté el aliento de golpe. Sus manos empezaron a apretármelas, a sopesarlas, a pellizcarme los pezones entre el pulgar y el índice con una calma que me puso más nerviosa que si hubiera tenido prisa.

—Qué tetas tienes, joder —murmuró contra mi cuello, y bajó la boca para chupármelas.

Me metió un pezón entero en la boca, lo lamió, lo mordió suave, tiró de él con los dientes hasta que se me escapó un gemido. Pasó al otro y repitió, chupando fuerte, ensuciándome la piel de saliva. Le clavé los dedos en la espalda y arqueé el pecho para meterle más carne en la boca. Cada tirón de sus labios me tiraba también del clítoris, como si tuviera un cable directo cosido bajo la piel.

Sus manos fueron bajando: costillas, cintura, el elástico de las braguitas. Metió los dedos por debajo y bajó a tocarme. Cuando encontró lo empapada que estaba, se rió bajito contra mi teta.

—Estás chorreando, Laura.

—Cállate —dije, y le agarré la muñeca para que no dejara de tocarme.

Me pasó dos dedos por toda la raja, de abajo arriba, abriéndome los labios del coño, recogiendo el flujo espeso que ya se me escurría hasta el ojete. Se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome, aunque yo apenas podía verla.

—¿Sí? —preguntó.

—Sí —dije. Y me bajé las braguitas de un tirón.

Ella se quitó el pantalón y las suyas. Nos quedamos las dos desnudas, salvo por los calcetines de rayas que ella seguía llevando y que en ese momento resultaban completamente irrelevantes.

Me volvió a subir encima y me metió una pierna entre los muslos, apretándome el coño contra su rodilla. Yo hice lo mismo con ella. Nos empezamos a frotar así, tijera desordenada, los dos coños abiertos y mojados restregándose contra la piel dura de la otra, dejando surcos calientes de flujo por los muslos. Ella jadeaba pegada a mi oreja, yo le clavaba las uñas en el culo, apretándoselo, separándoselo, colándole un dedo entre las nalgas para rozarle el ano.

—Ay, hija de puta —soltó cuando le pasé la yema por ahí—. Más.

Le hundí el dedo del corazón hasta el nudillo dentro del coño, con el pulgar apretándole el clítoris, y ella se me clavó de golpe hasta abajo, con la boca abierta contra mi hombro. Le metí otro dedo, y otro más, tres dedos moviéndoseme dentro de ella con un ruido húmedo y guarro que se oía por encima del murmullo de la lluvia. La follé así un rato, con la mano, mientras ella me montaba el muslo y se corría un poco cada vez que le tocaba fondo.

***

No sé quién giró primero, pero un instante después estábamos en posición de espejo en el sofá: yo con la cara frente a su coño, ella frente al mío. El sesenta y nueve nos salió tan natural como si lo hubiéramos ensayado.

Me acerqué despacio. Le abrí los labios mayores con los pulgares y me quedé mirándola un segundo antes de lanzarme. Estaba brillante, hinchada, con el clítoris asomado y un hilo de flujo espeso colgándole de la entrada. Olía a limpio y a sexo, dulce y salado a la vez. Empecé con la punta de la lengua, una línea suave de abajo arriba, de la entrada al capullo, y terminé chupándoselo entero, metiéndomelo en la boca.

Ella se tiró sobre mi coño con las mismas ganas. Su lengua caliente me abrió de golpe y empezó a lamerme con largas pasadas, de arriba abajo, comiéndome entera. Cuando llegó al clítoris se quedó ahí, chupándomelo, dándome pequeños golpes con la punta de la lengua, y tuve que apretar los dientes contra su muslo para no gritar.

Buscamos un ritmo sin necesidad de acordarlo. Ella exploraba y yo respondía. Yo presionaba y ella reaccionaba. Le metí la lengua dentro del coño todo lo que me daba, la saqué chorreando de su flujo, subí al clítoris, bajé otra vez. Le metí dos dedos y seguí lamiéndoselo mientras la penetraba con la mano. Ella se retorcía sobre mi cara, apretándome la cabeza con los muslos hasta casi ahogarme, y yo aproveché para hundirle la lengua más profundo, hasta que sentí que le temblaba todo el vientre.

Ella me devolvía cada cosa. Cuando yo le chupaba el clítoris, ella me chupaba el mío. Cuando yo le metía dos dedos, ella me metía dos y me los curvaba hacia arriba, buscándome el punto de dentro, ese que aprieta cuando lo tocan. Lo encontró a la tercera y empezó a golpeármelo con el índice mientras me lamía sin parar. Yo abrí las piernas cuanto pude, apoyando los talones en el respaldo del sofá, ofreciéndome entera, y le supliqué con la boca llena de su coño que no parara.

Encontré su punto y me quedé ahí. Sin prisa, pero sin parar. Círculos pequeños con la lengua, luego presión directa chupando duro, luego círculos otra vez, y los dedos entrando y saliendo sin descanso. Sus caderas empezaron a moverse con un balanceo que se fue haciendo más marcado conforme avanzaba, embistiendo mi boca, follándose mi cara. Yo también estaba cerca: ella había aprendido rápido, o simplemente lo intuía, y tenía una mano apoyada en mi cadera que usaba para acercarme cuando quería más, y la otra hundiéndome los dedos en el coño con un ritmo cada vez más brusco.

—Me corro —jadeó contra mi vulva—. Laura, me corro, no pares.

No paré. Le chupé el clítoris más fuerte, se lo apreté entre los labios, le metí un tercer dedo. Se corrió con un espasmo largo que le sacudió toda la espalda, apretándome la cabeza entre los muslos, mojándome la barbilla de un chorrito tibio que le brotó de dentro. El sabor cambió en mi boca, más intenso, más denso, y eso fue lo que me hizo estallar a mí. Me corrí con las rodillas doblándose hacia adentro, apretando la cara contra su coño, gimiéndole encima con la boca llena mientras ella seguía chupándome el clítoris para alargarme el orgasmo hasta que ya no pude más y le aparté la cabeza a manotazos porque no aguantaba ni una lengüetada más. Nos quedamos quietas un momento, cada una con la cara pegada al coño de la otra, jadeando, empapadas de sudor y de flujo, recuperando el aliento en la oscuridad.

***

Después nos reímos. Las dos, casi al mismo tiempo, sin una razón concreta. Una risa que era mezcla de alivio y descarga y algo más que no sabría nombrar.

—No esperaba que esto pasara esta noche —dijo Carmen, girándose para tumbarse a mi lado con la cara embadurnada y una sonrisa medio culpable.

—Yo tampoco —admití, pasándole el pulgar por la comisura para limpiarle un poco de mi propio flujo.

Nos volvimos a sentar en el sofá, normales, hombro con hombro, mirando la pantalla apagada. La tormenta había bajado a una lluvia tranquila. Y entonces, como si hubiera estado esperando ese momento exacto, la luz volvió.

Nos miramos. A plena luz del salón, con las camisetas en el suelo, las braguitas colgando de un brazo del sofá y los cojines completamente torcidos y manchados, nos miramos y nos volvimos a reír.

—Marta llega en una hora —dijo Carmen levantándose.

—Tiempo suficiente —respondí, y la agarré de la muñeca para tirarla otra vez encima de mí.

Volvimos a follar ahí mismo, más rápido esta vez, sabiendo el reloj. Le metí la mano entera entre las piernas y la masturbé con el pulgar sobre el clítoris y dos dedos dentro mientras le mordía las tetas. Ella me montó la pierna otra vez, restregándose el coño contra mi muslo, y me metió los dedos hasta que me hizo correrme por segunda vez, tapándome la boca con la otra mano para que no gritara. Se corrió ella un minuto después, mordiéndome el hombro para ahogar el gemido.

Recogimos. Nos vestimos. Tiramos los restos de la merienda. Le dimos la vuelta a los cojines para esconder las manchas. Pusimos todo en su sitio. Antes de separarnos cada una hacia su cuarto, Carmen se detuvo en el pasillo y me dio un beso en la boca. Solo uno, breve, con los labios apretados un segundo antes de soltarse.

—Buenas noches, Laura.

—Buenas noches.

No hablamos de ello de manera directa en los meses que siguieron. No hizo falta: todo siguió igual de fácil y de natural entre nosotras, con la misma complicidad de antes, como si aquella noche hubiera sido un paréntesis que ninguna de las dos necesitaba explicar. Aunque hubo otras noches, claro. Noches en las que Marta dormía fuera y Carmen se metía en mi cama sin decir palabra, y yo le abría las piernas y le comía el coño hasta el amanecer. Marta se fue a final de curso y Carmen consiguió su propio apartamento poco después.

Seguimos viéndonos de vez en cuando. Seguimos siendo amigas.

Pero algunas noches, cuando la lluvia golpea fuerte contra las ventanas y empieza a tronar, pienso en ella en esa oscuridad, en cómo sonó su voz cuando me buscó, en el sabor de su coño en mi boca, y me alegra que aquella tormenta haya durado tanto como duró.

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Comentarios(8)

melinda_scl

Que buenisimo!!! me encantó la atmósfera que creaste desde el principio

NocheEnVela

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber qué pasa despues entre ellas. Segunda parte!!!

Roxana_77

Me recordó algo que me pasó con mi compañera de cuarto hace años. Esas noches de tormenta tienen algo especial, no se puede explicar bien pero se siente.

Pato_corrientes

Lo contás tan bien que parece real, ¿es una historia tuya?

Miriam_2k

La tensión entre las dos se siente desde el comienzo, muy bien logrado. Sin apuros y sin volverse burdo.

Vale_cba

increible como captaste ese momento!!! me dejaste sin palabras

CarmenSG

Que forma tan hermosa de contar algo así. Se siente genuino y nada forzado. Espero que sigas escribiendo

Rulo_lector

La tormenta como excusa jajaja, muy bien usado el recurso. Lindo relato

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