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Relatos Ardientes

Le propusimos su primera vez y dijo que sí

Marbella en agosto es un estado de ánimo. La gente llega con maletas ligeras y ganas de olvidar su vida ordinaria durante cuarenta y ocho horas: las chicas del norte buscando sol, los chicos del interior buscando lo que sea. Hay algo en el calor salado mezclado con música desde las terrazas que lo disuelve todo, incluyendo el sentido común.

Claudia y yo llevábamos dos días allí cuando lo conocimos.

Era martes por la tarde y la playa estaba llena sin ser agobiante. Mi amiga estaba tumbada boca abajo sobre la toalla, con los auriculares puestos y la espalda desnuda brillando de aceite. Yo leía sin leer, mirando por encima del libro el desfile constante de bañistas. Fue entonces cuando un grupo de jóvenes se instaló a nuestra derecha: tres chicos y dos chicas que llegaron con sombrilla, nevera portátil y el entusiasmo ruidoso de quien nunca ha pagado un hotel propio.

Menos uno de ellos.

Mientras las dos parejas naturales se distribuyeron sobre las toallas, uno de los chicos se quedó al margen. Se sentó aparte con los brazos apoyados en las rodillas, mirando el agua sin gran convicción. Era moreno, de constitución atlética sin exagerar, y tenía esa cara de quien no sabe exactamente qué hacer con su propio cuerpo.

Me levanté a por agua y aproveché para dirigirle la palabra.

—¿Te han abandonado? —pregunté, señalando con la cabeza al resto del grupo.

Sonrió de medio lado.

—Más o menos —respondió. Su voz era tranquila, algo grave para la edad que aparentaba—. Se han ido a dar un paseo. Los dos.

No tardé en entender. Era el número impar del grupo. Le ofrecí agua y se presentó: se llamaba Diego, tenía dieciocho años recién cumplidos y era de un pueblo pequeño de Salamanca. Sus amigos, Marcos y Andrés, habían conocido a las chicas en el vuelo desde Madrid. Ellas eran de Córdoba y habían llegado todos juntos por casualidad.

Claudia seguía con los auriculares, ajena a todo, así que tuve tiempo de hablar sin testigos. Diego miraba el horizonte pero yo notaba cuándo sus ojos se desviaban hacia mí. No era descaro; era el tipo de mirada furtiva de alguien que desea pero no sabe cómo articularlo.

—¿Te dan miedo las mujeres? —le pregunté directamente.

Apartó la vista hacia el mar.

—No es miedo exactamente. Es que no soy como Marcos.

Le tomé la barbilla con dos dedos y dirigí su cara hacia la mía.

—Los tímidos son más interesantes que los lanzados. Por cierto, me llamo Natalia, tengo veintitrés años y soy de Valencia. Y a mí me gustas.

Abrió los ojos un poco más de lo normal. Eso me hizo gracia.

Llamé a Claudia con un golpecito en el hombro. Se quitó los auriculares, me miró, miró a Diego y sonrió de esa manera suya que significa que ya lo ha entendido todo. Los tres hablamos un rato hasta que los otros cuatro regresaron con el desfile de felicidad de las parejas recientes.

Cuando sus amigos volvieron, Diego se reintegró al grupo, pero algo había cambiado. Me miraba de otra manera. Cuando me levanté para ir al agua, noté que me seguía con los ojos. Me di la vuelta desde el borde del mar, lo vi, y le hice un gesto para que viniera.

Tardó tres segundos en levantarse.

Jugamos en el agua como hacen los que no saben bien qué hacer todavía: nos salpicamos la cara, fingimos batallas que no eran batallas. Yo fingí perder pie y me agarré a su cuello. Así de cerca, con el agua hasta la cintura, le pregunté en voz baja si alguna vez había estado con una mujer.

El color le subió hasta las orejas.

—No —admitió, girando la cara hacia un lado.

—Eso tiene solución —le dije, y lo besé.

No fue un beso de película. Fue suave, breve, con la boca apenas abierta. Lo suficiente para que sintiera lo que podría venir después. Noté cómo su cuerpo reaccionaba contra el mío antes de que pudiera disimularlo.

Le propuse quedar esa noche. Al principio vaciló, mirando a sus amigos como si necesitara permiso. Le recordé que ellos no habían pedido el suyo para ligarse a las otras.

—Piensa en ti —le dije.

Asintió.

***

Claudia escuchó el plan mientras volvíamos al apartamento a ducharnos.

—¿Dieciocho? —repitió.

—Dieciocho y virgen.

Sonrió con esa expresión de quien acaba de encontrar algo que llevaba tiempo buscando.

—Siempre recordamos la primera vez —dije—. Podemos asegurarnos de que la suya valga la pena.

—Me parece lo más altruista que has dicho en tu vida —respondió entre carcajadas.

Le mandamos el nombre del hotel. Nos llamó mientras terminábamos de cenar en una terraza junto al puerto: había conseguido dos entradas para una pool party en una finca a las afueras. Las entradas eran de dos chicas de su grupo que habían cancelado a último momento y nos las cedía a precio de coste.

Llegamos en taxi, con minifalda y top de verano. La fiesta era exactamente lo que prometía: piscina iluminada, música que se sentía en el pecho, gente que llevaba horas bailando y bebiendo. Diego nos esperaba en la entrada con Marcos y Andrés, que nos miraron con la mezcla de sorpresa y envidia que nos pareció adecuada.

Bebimos y bailamos durante un par de horas. Diego se fue soltando poco a poco. Claudia y yo lo perreamos un rato, una delante y la otra detrás, y noté que su timidez se había evaporado a algún punto entre la segunda y la tercera copa.

Cuando decidimos que estaba listo, cada una le tomó de una mano y tiramos hacia el fondo del recinto.

Encontramos un rincón oscuro entre el muro perimetral y unos arbustos. Lo empujé suavemente contra la pared y lo besé con más intención que en la playa. Sus manos buscaron mis caderas, luego mi cintura, luego subieron. Había dejado muy lejos la timidez del mediodía.

Le susurré lo que queríamos hacer.

Me miró como si no entendiera.

—Las dos —insistí.

—¿Es una broma de Marcos? —preguntó.

Claudia, que tiene mucha menos paciencia que yo para las dudas, se colocó delante de él, le puso la mano donde debía y lo miró fijo.

—¿Eso te parece una broma? —le dijo con calma.

Diego no respondió, pero tampoco protestó cuando Claudia se puso en cuclillas y empezó a chupársela. Mientras tanto yo le besé el cuello, le mordí la oreja, le dije cosas que habrían sonado ridículas en otro contexto pero que entonces tenían todo el sentido del mundo. Cuando Claudia le puso el preservativo, se apartó y me cedió el sitio.

Me di la vuelta, incliné la cadera hacia él y lo guié. Empujé despacio hacia atrás, dejando que se acomodara al ritmo. Empezó a moverse, torpe al principio, luego con más seguridad. Claudia hacía guardia delante de nosotros, alertándonos si alguien se acercaba.

Duró lo que tenía que durar siendo la primera vez. Menos de lo que yo necesitaba, pero eso era predecible. Después se lo repetimos con Claudia, que tampoco obtuvo mucho más que yo. Cuando vi que el muchacho se volvía a acercar al límite, le pedí que me tomara por detrás. Encontró el ángulo después de un momento de duda y empujó. Eso sí fue diferente. Mucho. Apenas llevaba un minuto cuando se corrió, sin poder aguantar más.

Claudia se lamentó con humor de haber llegado tarde.

—Era la primera vez —le recordé en voz baja, con la mano en su mejilla—. Y lo has hecho muy bien.

Sonrió, aliviado de un peso que no sabía que llevaba.

***

Claudia y yo teníamos ganas de más y ninguna de las dos lo ocultó.

Propuso buscar compañía entre los desconocidos de la fiesta, pero las dos sabíamos lo que eso implicaba en ese estado de la noche. Preferí una opción con variables conocidas.

Le pregunté a Diego cómo iba la noche de Marcos y Andrés con las otras chicas.

—Nada de momento —respondió—. Baile y vodka.

Claudia ya entendía a dónde iba yo. Los tres volvimos a la zona principal de la fiesta.

Encontré a los dos con copa en mano. Llamé a Marcos aparte y le pregunté sin rodeos qué tal iba la noche. Me respondió lo de siempre: que las chicas tenían ganas de fiesta pero no de más. Le acerqué los labios al oído y le conté, sin adornos, lo que acabábamos de hacer con Diego. Luego tomé su mano y la guié bajo mi minifalda.

—Comprueba tú mismo —le susurré—. Y si quieres, cuéntaselo a Andrés.

Diego confirmó con un movimiento de cabeza cuando Marcos lo miró buscando respuesta. Tardaron menos de dos minutos en despedirse de las otras.

Salimos del recinto y rodeamos el muro exterior hasta encontrar un tramo sin luz y sin gente. El suelo era de tierra y piedras pequeñas. Claudia y yo nos pusimos en cuclillas y los trabajamos con la boca hasta que estuvieron completamente listos. Antes de continuar, mi amiga propuso ir por turnos con las luces del móvil encendidas, para asegurarse de que cada uno llevara el preservativo puesto.

Claudia fue primera. Se apoyó de cara al muro con la falda subida. Marcos no tardó nada en colocarse detrás y empezar. Andrés esperó su turno con paciencia y cuando llegó lo hizo con más fuerza y más convicción que el anterior. Claudia tuvo que morderse el labio para no gritar, ayudándose con los dedos mientras él la embestía.

Luego fue mi turno. Me coloqué igual que ella y bajé el top para dejar los pechos al aire. Marcos tenía las manos grandes y sabía cómo usarlas. Me aferré al muro con los antebrazos mientras me aferraba al ritmo que él imponía.

—Merece la pena haber cancelado otros planes —dijo mientras me sujetaba por las caderas.

Andrés lo relevó a los pocos minutos. Era distinto: más pausado, más intenso. Me hablaba en voz baja mientras lo hacía, y esa combinación me funcionó mejor que cualquier otra cosa de esa noche. Llegué al orgasmo apoyada contra esa pared anónima, con los dedos trabajando al mismo tiempo que él terminaba lo que había empezado.

Cuando ya estábamos las dos satisfechas, Claudia convenció a Diego de que la tomara por detrás, lo que antes no habían llegado a completar porque él se había corrido demasiado pronto. Yo terminé con Marcos de la misma manera. Después se intercambiaron. Acabamos casi al mismo tiempo, en una cadena de gemidos mal reprimidos que se perdieron entre la música lejana y el sonido del mar rompiendo contra las rocas.

Para el final, Marcos y Andrés insistieron en correrse sin condón. Lo entendí, pero no era una opción viable sin toallas ni ropa de repuesto. Les propuse una alternativa: que lo hicieran en la boca. Claudia y yo nos arrodillamos con la espalda en el muro y cada una se ocupó de uno hasta que descargaron. Lo escupimos en la tierra después, nos recompusimos la ropa y regresamos a la fiesta por separado, como si nada hubiera pasado.

***

Al día siguiente, con las maletas hechas y el taxi pedido, desayunamos los cinco en la cafetería del aeropuerto. Diego estaba más callado que la noche anterior, pero con algo diferente en la postura. Como si hubiera decidido ocupar más espacio en el mundo.

Cuando faltaban veinte minutos para embarcar, le dije que me siguiera un momento.

Nos encerramos en un aseo al fondo del pasillo de salidas. Estuvimos allí unos quince minutos. Sin prisa, sin preservativo, y sin que ninguno de los dos necesitara fingir que no sabía lo que estaba haciendo. Cuando se corrió dentro de mí fue poco, pero fue un regalo para los dos, y se lo dije.

Cuando salimos, Claudia nos esperaba apoyada en la pared con los brazos cruzados y una expresión entre divertida y resignada.

—¿Puedo saber cuánto tiempo lleváis ahí dentro? —preguntó.

—El suficiente —respondí.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—Eres un caso, Natalia.

—Lo sé —dije—. Y a ti te encanta.

Subimos al avión sin mirar atrás. Diego nos dijo adiós desde el otro lado de la terminal con la mano levantada y algo en la cara que podía ser gratitud, o podía ser otra cosa. A veces las dos cosas tienen exactamente la misma expresión.

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Comentarios (5)

LucasVerano

Que bueno estuvo!! me quedé con ganas de mas, espero que haya continuacion

Fiamma_sf

Por favor una segunda parte!! me enganché desde el titulo y terminé muy rápido. De esos relatos que se hacen cortos aunque no lo sean

ClaudioMZA

jajaja los timidos siempre esconden sorpresas. Muy bueno!

Mariana_RBA

Me hizo acordar a una anécdota de una amiga mia, casi igual de imprevista. Muy bien narrado, se siente real

PacoLector

excelente, de lo mejor que leí en esta categoría

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