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Relatos Ardientes

La primera vez que estuve con una embarazada

Fue en septiembre cuando volví a verla.

Llevábamos meses sin coincidir, ella viviendo en otra ciudad y yo atrapado por el trabajo. Pero hablábamos seguido, casi a diario al principio, luego con menos frecuencia, aunque el hilo nunca se cortó del todo. Cuando me escribió para decirme que estaría unos días por la ciudad para revisiones médicas, la llamé sin pensarlo dos veces.

—Nos tomamos algo —dije más que pregunté.

—Claro —respondió. Y en su voz había algo que no supe descifrar hasta que la vi.

Quedamos al mediodía en un restaurante italiano del centro que ella conocía. Llegué cinco minutos antes y la esperé en la entrada, mirando la calle. Cuando la vi doblar la esquina, tuve que hacer un esfuerzo para no quedarme con la boca abierta.

Sofía tenía seis meses de embarazo.

Lo sabía, claro. Me lo había dicho por mensaje hacía semanas. Pero verla en persona era otra cosa. Llevaba un vestido verde oscuro que le marcaba la barriga, el cabello negro largo suelto sobre los hombros, y caminaba con esa seguridad tranquila que tienen las mujeres que se sienten cómodas en su propio cuerpo. Sus caderas se habían ensanchado. Sus pechos, que siempre habían sido generosos, ahora eran directamente espectaculares.

—Me mirás raro —dijo cuando llegó hasta mí.

—Te miro porque estás guapísima —respondí, y era la verdad.

Ella rio y me dio un abrazo largo. Olía a algo cítrico, suave. Cuando se separó, me estudió la cara un momento.

—Estás igual.

—Tú no —dije.

—Lo sé. Estoy enorme.

—No era eso lo que quería decir.

Entramos al restaurante. Ella pidió fettuccine con salsa de hongos, ensalada y agua con gas. Yo pedí unos canelones de verdura y una copa de vino blanco. Comimos despacio, hablando de todo y de nada: su ciudad, mi trabajo, la familia de ella que ya esperaba al bebé con más ansiedad que ella misma.

—¿Y el padre? —pregunté en un momento, con cuidado.

—Fuera del cuadro desde hace cuatro meses —dijo sin dramatismo, como quien anuncia que cambió de peluquería—. Mejor así.

Asentí. No pregunté más. Ella lo agradeció con una sonrisa breve y cambió de tema. Hablamos de la comida, del clima, de una serie que los dos estábamos viendo. Fue una conversación tan normal que casi logré ignorar lo que tenía enfrente: ella, embarazada, riéndose con los cubiertos en la mano, y yo sin poder dejar de mirarla.

***

Después del almuerzo la acompañé a la clínica para su control prenatal. Esperé en la sala de espera con una revista que no leí, mirando el reloj. Cuando salió media hora después, venía sonriendo.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Todo perfecto. —Hizo una pausa—. La doctora preguntó si eras el papá.

—¿Y qué dijiste?

—Que éramos amigos. —Otra pausa más larga—. Pero dijo que hacíamos muy buena pareja.

No dije nada. Ella tampoco. Salimos a la calle en silencio y el sol de la tarde nos recibió con esa luz larga y dorada que tiene el otoño cuando no termina de decidirse.

—Hay una heladería que quiero probar —dijo finalmente—. ¿Tenés tiempo?

Tenía todo el tiempo del mundo.

El lugar se llamaba La Veneziana, una heladería artesanal a cinco cuadras de la clínica. Pedimos helado en cono: ella eligió pistacho con frambuesa; yo, limón y chocolate amargo. Nos sentamos en una mesita junto a la ventana. Afuera pasaba la tarde.

Comimos en silencio durante un momento. Luego ella empezó a reírse sin motivo aparente.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada. —Se limpió la comisura de los labios con una servilleta—. Estaba pensando en lo de la doctora.

—¿Y?

Me miró directamente. Era una mirada diferente a las del almuerzo. Más directa. Más seria.

—Y que vine aquí en parte por las revisiones, sí. Pero también para saber si lo que sentía antes seguía siendo real o si era solo nostalgia y distancia.

El helado se me derritió un poco entre los dedos. No lo noté hasta que ella lo señaló con un gesto.

—¿Y? —dije.

—Y aquí estoy —respondió—. Con seis meses de barriga, comiendo helado de pistacho con vos. Supongo que eso dice algo.

Dejé el cono sobre la mesita. Me incliné hacia adelante.

—Yo también sentí algo cuando te vi en la entrada —dije—. No sé cómo explicarlo bien, pero estás más linda que la última vez que te vi. Y la última vez ya me parecías muy linda.

Ella bajó la mirada. Se ruborizó, un color suave que le subió por el cuello hasta las mejillas. Luego volvió a mirarme.

—No digas eso.

—¿Por qué no, si es verdad?

—Porque entonces no puedo seguir fingiendo que solo somos amigos que comen helado.

Nos quedamos callados. Afuera pasó un autobús, la luz del semáforo cambió, alguien al fondo del local pidió algo en voz alta. Todo eso pasó mientras nosotros nos mirábamos sin hablar.

Fue ella quien se movió primero. Alargó la mano por encima de la mesa y me tocó los dedos.

—¿Querés venir a mi apartamento? —preguntó.

***

Vivía a diez minutos en auto. Ni siquiera llegamos a arrancar el motor. En cuanto cerré la puerta del copiloto, ella se giró hacia mí y me besó. Despacio, sin prisa, como si llevara tiempo pensando exactamente cómo iba a hacerlo.

Cuando se separó, respiraba un poco más rápido.

—Llevo meses queriendo hacer eso —dijo.

Yo no respondí. La besé de nuevo, esta vez con más intención.

En algún momento tomé su mano y la puse sobre mi muslo. Ella entendió el gesto. Deslizó los dedos hacia arriba, y cuando los apoyó sobre mi entrepierna y notó lo que había ahí, soltó un suspiro suave.

—¿Estuviste alguna vez con una embarazada? —preguntó contra mi boca.

—No —respondí.

—Hoy sí. Si de verdad me deseás, esta tarde me vas a conocer bien.

El apartamento era acogedor y ordenado. Paredes claras, libros apilados en una estantería, una planta grande junto a la ventana del salón. Me pidió que me sentara en el sofá.

—¿Vino? —preguntó.

—Si tenés —dije.

Desapareció hacia la cocina. Escuché el sonido del corcho, el cristal, sus pasos volviendo. Me dio una copa de vino tinto y se quedó de pie frente a mí, estudiándome con una expresión que era difícil de descifrar: curiosa, decidida, un poco nerviosa también.

—Voy a cambiarme —dijo—. No tardo.

No tardó. Cuando volvió al salón traía una bata negra semitransparente que le llegaba a medio muslo. Debajo, una tanga oscura que contra sus caderas generosas parecía un detalle diminuto. Sus pechos se movían levemente con cada paso, y a través de la tela era imposible no verlos.

Se sentó a mi lado en el sofá. Puse la copa en la mesita. La besé antes de que pudiera decir nada.

***

Los besos se hicieron más lentos, más profundos. Ella llevó mi mano al nudo de su bata y lo dejó ahí, como dándome permiso. Lo deshice con cuidado. La tela cayó a los lados.

Me detuve un momento. Solo para mirarla.

Sus pechos eran grandes, redondos, con los pezones oscurecidos por el embarazo. La barriga, firme y perfectamente curvada, le daba al cuerpo una forma nueva que yo no conocía. No era menos hermosa. Era diferente, y esa diferencia tenía algo que me resultaba completamente inesperado: la encontraba muy deseable.

—¿Qué pasa? —preguntó, y en su voz había una sombra de inseguridad.

—Que no sé por dónde empezar —dije con honestidad.

Eso la hizo reír. La tensión se fue.

Empecé por los pechos. Los tomé con las manos, los acaricié, los besé despacio. Ella arqueó la espalda y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Cuando le pasé la lengua por el pezón, soltó un sonido breve e involuntario que me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Seguí —dijo.

Bajé por su abdomen con besos lentos, sin prisa, aprendiendo la nueva geografía de su cuerpo. La tela de la tanga era de encaje fino. La corrí hacia un lado.

Estaba muy mojada. Cálida. Empecé con la lengua despacio, buscando lo que le gustaba, siguiendo las señales que daba su cuerpo sin que ella tuviera que decir nada. Metí dos dedos mientras continuaba con la boca, y ella puso una mano en mi cabeza, no para guiarme, sino para tener algo a lo que aferrarse.

Sus caderas empezaron a moverse. Sus gemidos eran cada vez menos controlados, más urgentes.

—No pares —dijo—. Ahí. Exactamente ahí.

No paré. Mantuve el ritmo hasta que la sentí tensarse entera, hasta que sus muslos se cerraron levemente contra mi cabeza y soltó un sonido largo y entrecortado. Tembló. Respiró hondo una vez, dos veces, tres.

—Hacía mucho que nadie me hacía eso así —murmuró cuando pudo hablar—. Qué bien lo hacés.

***

Me levantó con una mano. Me quitó la camisa. Bajó los pantalones despacio, mirándome mientras lo hacía.

Empezó por las piernas, las manos abiertas recorriendo los muslos hacia arriba. Cuando llegó, me sujetó con los dedos y me miró desde abajo con una expresión directa, concentrada.

—La tenés grande —dijo, y en su boca sonaba más como un hecho que como un cumplido.

Luego me lo llevó a la boca.

Empezó desde la base, la lengua recorriendo hacia arriba en línea recta antes de tomarlo completo. Alternaba ritmos sin avisar: rápido, luego suave, luego volviendo a la intensidad. Mientras lo hacía me miraba, y había algo en esa mirada directa, sin apartar los ojos, que era más erótico que cualquier otra cosa que hubiera sentido en mucho tiempo. Acariciaba mis piernas con las manos abiertas mientras no paraba con la boca.

—Quiero sentirte dentro —dijo apartándolo un momento—. ¿Podés ponerte detrás de mí?

Fue ella quien eligió la posición. De espaldas a mí, arrodillada sobre el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo. Así su barriga quedaba libre, sin ninguna presión. Entendí de inmediato por qué lo había elegido.

Entré despacio.

El calor fue lo primero que sentí. Luego la presión, el ajuste de su cuerpo alrededor del mío. Me quedé quieto un segundo, solo para asimilarlo.

Empecé suave, encontrando el ritmo con ella. Sofía me guiaba con las caderas, hacia adelante y hacia atrás, y yo veía cómo se movía entera con cada impulso. Le puse las manos en la cintura.

—Más —dijo.

Aumenté el ritmo. Sus gemidos eran distintos ahora, más profundos, más desde adentro. El cuero del sofá crujía levemente. La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana del salón y le iluminaba la espalda.

***

Pasamos a la habitación. Se recostó de lado en la cama y yo me acomodé detrás de ella, entrando desde atrás en esa posición lenta y profunda que nos permitía movernos juntos sin prisa. Podía rodearle el vientre con el brazo y besarle el cuello al mismo tiempo. Era íntimo de una manera que no esperaba.

—Así —dijo ella—. Justo así.

Seguimos así un buen rato, sin apuro, moviéndonos con un ritmo que los dos encontramos sin necesidad de hablar. Luego me senté al borde de la cama y la senté encima de mí, de cara. Nos miramos mientras nos movíamos. Sus manos apoyadas en mis hombros, las mías en sus caderas, y entre nosotros ese silencio que no necesita llenarse con palabras.

—Le di duro —dijo entre respiraciones—. Pedímelo.

Se lo pedí. Me lo dio.

Sentí que estaba llegando al límite. Lo dije.

—Lo sé —respondió. Se bajó de encima de mí. Se puso de rodillas en el suelo, entre mis piernas, y me sujetó con ambas manos—. Quiero que termines en mi boca.

Terminé así, de pie al borde de la cama, con ella mirándome desde abajo. Fue intenso y largo, y cuando terminé no dije nada porque no había palabras que mejoraran ese momento.

Un instante después se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con una expresión tranquila, casi satisfecha consigo misma.

—¿Te quedás a cenar? —preguntó.

Era la pregunta más normal del mundo después de todo lo que acababa de pasar.

—Si me invitás —dije.

—Te invito —respondió.

Y me quedé.

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Comentarios (6)

Oscar_Lima

Muy bueno!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Valentina_sf

Que relato tan lindo, no esperaba que me enganchara tanto desde la primera linea. Mas por favor!

JaviMontreal

me recordo a una situacion que tuve hace años, nunca la olvide. Gracias por animarte a contarlo

NocheLectora

Y hubo segunda vez?? jajaja quede con esa duda dando vueltas

FrankoV

bien escrito y muy humano el relato, se siente autentico. Felicitaciones

AnaLucia77

Increible como describiste esa mezcla de sentimientos al volver a verla. Me emocione un poco, que hermoso

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