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Relatos Ardientes

Mi amiga me llamó por una urgencia y perdí la inocencia

Recuerdo bien aquella mañana de septiembre. Yo tenía veintiún años recién cumplidos y salía de la facultad pasadas las diez cuando, antes de subir al autobús, me llegó un mensaje de Daniela, una amiga de la prepa. Morena, de curvas generosas y carácter chispeante, era exactamente el tipo de chica que me había quitado el sueño durante años sin que ella se enterara nunca.

Empezamos con los saludos de siempre, pero enseguida soltó que no se encontraba bien. Meses atrás, en el octavo mes de un embarazo que llevaba con ilusión, había sufrido una eclampsia tan brutal que perdió al bebé. Desde entonces vivía con la presión por las nubes y, ese día, dijo necesitar a alguien que la auxiliara. No soy médico, pero algo de medicina general estudié por gusto y ella lo sabía.

—¿Puedes venir? —escribió—. Estoy sola y me da miedo.

Cambié mi ruta y bajé en la parada que me indicó. Me esperaba al otro lado de la avenida. Llevaba una blusa de cuello alto a rayas blancas y negras, un pantalón de mezclilla ceñido y unas botas negras de tacón grueso que la acercaban a mi estatura. Me tomó del brazo en cuanto crucé y caminamos juntos sin decir mucho.

Pensé que íbamos a la casa de su madre, donde tantas veces la había recogido tiempo atrás, pero ella cruzó la calle y siguió derecho hasta un edificio que yo no conocía.

—¿Ya no vives con tu mamá? —pregunté.

—No. Por lo del embarazo nos peleamos feo. Renté algo aquí mismo. ¿Me abres? Me siento mareada.

Tomé las llaves, abrí y subimos hasta el tercer piso. Su departamento era pequeño, casi monacal: una cama doble en la pared izquierda, una ventana sin cortinas, una mesa con un mantel de hule, un sleeping a medio enrollar contra el rodapié. En la cama dormían dos chicas, vueltas hacia la pared.

—Son mis roomies —susurró—. Trabajan de noche. Ni te fijes en ellas.

Sacó un baumanómetro de una bolsa de mano y nos acomodamos en el sleeping, a ras del suelo. Le tomé la presión: ciento sesenta sobre noventa. Demasiado alta. Le dije que debía descansar y, sin avisar, recargó la cabeza en mi hombro. Sus dedos empezaron a recorrer mis mejillas con un ritmo lento, casi distraído, como si lo hiciera por inercia.

Hablamos de cosas viejas. De aquel viaje a la sierra con los compañeros de la prepa. De la maestra de literatura que nos odiaba a los dos. Y, en algún momento, salió lo que ninguno había dicho nunca en voz alta.

—Tú me gustabas mucho, en serio —murmuró—. Nunca entendí qué le viste a esa otra.

—Esa otra es mi novia. Lorena. O lo era. Ya no sé qué somos.

—¿Qué pasó?

Le conté la historia de Lorena, mi novia desde hacía dos años. Le hablé de cómo un compañero de la facultad, alguien en quien yo confiaba, se había puesto en contacto con ella por mensajes y, en cuestión de días, habían llegado a intercambiarse fotos. Yo me enteré por casualidad, una tarde que su celular quedó abierto sobre la mesa. La discusión fue larga. Ella lloró, me rogó perdón, y yo la perdoné, o eso creí. Desde entonces nada era igual. Hacíamos el amor sin ganas. Hablábamos por compromiso. Estaba viviendo una mentira y no sabía cómo salir.

—Lo mejor es que terminen —dijo Daniela, sin dejar de acariciarme.

—Lo he pensado mil veces.

—Yo, en tu lugar, me vengaba.

—No soy así.

—Lo sé. Pero al menos rompe ya. Esa relación no tiene sentido. Y entonces… ¿me darías una oportunidad, guapo?

Solté una risa nerviosa, a medio camino entre la timidez y la complicidad. Le di la razón con un movimiento de cabeza, aunque ya no estaba pensando en Lorena. Lo único real era la mano de Daniela bajando por mi pecho. Esto ya es traicionarla aunque no haga nada, pensé, y me odié por pensarlo y por no querer apartarme.

Su palma se detuvo encima del cierre de mi pantalón.

—¿Me dejas tocar?

—Ya estás tocando.

—Por dentro, baby.

—No lo tengo parado.

—De eso se trata.

Abrió la hebilla del cinturón con la pericia de quien lo ha hecho mil veces y deslizó la mano debajo de la mezclilla. Me besó el cuello mientras me masajeaba. La erección llegó sin pedir permiso, casi a su pesar. Está pasando. Esto está pasando.

—Puedes tocar lo que quieras —dijo.

No lo hice. No supe cómo. Me limité a quedarme quieto, dejando que ella jugara. Cuando giró la cabeza y me besó en la boca, instintivamente eché la cara hacia atrás.

—¿Qué pasa? ¿Miedo?

—No es miedo.

—¿Entonces?

—Me falta confianza —dije, y la palabra sonó tan torpe que ella se rio.

—Si nos conocemos desde los catorce.

—Para esto no.

Daniela suspiró, se rindió y se acostó de lado, dándome la espalda. Se tapó con la cobija y, después de un silencio, me invitó con un susurro a meterme también. Le hice cucharita, casi por reflejo. Entonces empezó a mover ese trasero firme contra mis muslos, lento, calibrado, midiendo mi resistencia.

Y la resistencia se evaporó.

Algo cedió en mi cabeza, una compuerta que llevaba años cerrada. Le agarré las nalgas por encima de la mezclilla, marqué el ritmo con la cadera, simulé penetrarla a través de la ropa.

—Tssss. Te mueves bien —dijo, y se incorporó—. ¿Sí lo quieres hacer, baby?

—Sí.

—¿Y estás seguro de que yo sea tu primera vez?

—Por supuesto.

***

Me indicó que me acostara boca arriba. Obedecí, mudo. Ella se bajó el pantalón hasta las rodillas, me bajó el mío hasta los muslos y se hincó a horcajadas sobre mí. Tomó mi pene con seguridad de veterana, lo acomodó y se sentó despacio.

—Ohhhh. Qué rico —exhaló.

No estaba preparado para esa sensación. El calor, la presión, la imagen de su torso todavía cubierto por la blusa rayada. Empezó a botar arriba y abajo, primero con un ritmo de exploración y enseguida más rápido, golpeándome la pelvis con la suya.

—¿Te gusta, papi?

—Ah… sí.

Siguió hasta cansarse y, sin sacarme, alargó la mano hasta una cajetilla de cigarros que tenía en el piso. Encendió uno y dio dos caladas largas. Pensé que se aburría de mí. Había escuchado por ahí que las mujeres fuman después del sexo para quitarse el sabor del mal polvo. Pero también pensé que no era justo: yo era el inexperto, y me daba pena despertar a sus amigas.

Cuando apagó el cigarro y se acostó de espaldas en el sleeping, aproveché. Me coloqué encima sin pedir nada y la penetré de golpe.

—¡Ay, papi! —gritó.

Le tapé la boca con la mano y aumenté el ritmo. Detrás de mí, una de las roomies se removió, dijo algo en voz pastosa, y yo me escondí bajo la cobija de inmediato.

—Hola —saludó la otra, ya despierta.

Daniela les explicó lo que estaba pasando con una calma que me dejó atónito. Las dos chicas se rieron y, sin escándalo, dijeron que siguiéramos en lo nuestro, que ellas se iban a duchar y a salir, que en ese departamento se veían cosas peores.

Esperamos quietos bajo la cobija mientras se metían al baño. Yo escuchaba el agua correr y el corazón se me salía por la garganta. Daniela me besaba el cuello y me pedía paciencia.

Cuando las roomies salieron del baño, se vistieron a toda prisa y cerraron la puerta. El departamento quedó para nosotros. Le pedí a Daniela que continuáramos en la ducha. Aceptó, pero antes encendió una bocina y subió el volumen al máximo. Sonó cumbia urbana, esa que tiene mucho bombo.

***

En el baño le pedí que se hincara y la penetré así, en cuatro. Aguantó poco: el suelo de azulejo le raspaba las rodillas, a pesar de que esa era su posición favorita. Se levantó y se empinó contra la pared. Yo accedí. La tomé de la cintura y la embestí con todo. Le agarré el cabello largo y tiré con suavidad la primera vez, con más fuerza la siguiente. Verla así, con la espalda arqueada, marcándome el ritmo con las nalgas, fue lo más cerca que estuve esa mañana de perder la cabeza.

Cayó una canción nueva y me pidió que me detuviera. Dejó la cadera quieta y empezó a moverla al compás del bombo, conmigo enterrado en ella. Sus nalgas golpeaban mi pelvis sincronizadas con la música. No sabía que esto fuera posible, pensé. Cayó la siguiente canción y me pidió que ahora me moviera yo al ritmo. Hice lo que pude: suave cuando la canción se aquietaba, fuerte cuando subía la batería. Ella, generosa, ponía las manos en mis muslos para guiarme.

Le pedí hacerle sexo oral. Se negó sin explicar por qué. Le pedí que ella me lo hiciera a mí; al principio se negó también, pero finalmente accedió unos minutos cortos, como si cumpliera un trámite. Intentamos cogerme sentado en la taza, ella encima dándome la espalda, pero ninguno de los dos pudo acomodarse. Mi erección flaqueó.

—¿No te has venido, verdad?

—Aún no.

—¿Seguro?

—Seguro. ¿Y si abrimos el agua?

Abrió la llave del agua caliente, se empinó otra vez y volvimos a empezar. Tomé el jabón y le enjaboné la espalda y el cabello sin dejar de moverme dentro de ella. Después la enderecé y le enjaboné los pechos y el vientre.

—Mmmm. Manoséame toda.

Enjaboné mis manos y le introduje un dedo. Luego dos. Con la otra mano le acariciaba los labios y el clítoris. La recargué contra el azulejo, le mordí el pezón mientras seguía estimulándola con los dedos.

—Me estoy corriendo, papi. Ahhh. Qué rico.

La hice venir dos veces, una detrás de la otra. Para una mujer que aseguraba no tener orgasmos seguido, no estaba mal. Me hubiera gustado lograrlo con la sola penetración, pero a eso, supuse, llegaría con los años.

El agua se enfrió y mi cuerpo se enfrió con ella. Pensé que ahí terminaba todo, pero Daniela insistió en seguir, en que la cogiera hasta venirme. Le dije que prefería no terminar dentro.

—¿Por qué?

—Porque no quiero embarazarte.

—No pasa nada. Hazlo.

Continué un rato en la misma postura. Varias veces sentí venirme, la sacaba y me masturbaba, pero no salía nada. Daniela tomó el relevo, descansando entre pausa y pausa, mojándose la mano, mirándome a la cara con paciencia de fisioterapeuta. Tardé. Cuando por fin terminé fue con un grito ronco que rebotó en los azulejos.

—Uff, mami. Qué rico.

Pensé que se hincaría para recibirlo en la boca, pero no. Sonrió, satisfecha de haberlo conseguido, como quien remata un proyecto.

***

Nos duchamos por última vez. Nos vestimos. Ella se ofreció a acompañarme hasta la parada del autobús. En el camino, justo antes de que el semáforo cambiara, me lanzó una confesión.

—Quería que terminaras dentro porque me gusta. No por embarazarme. De hecho ya estoy embarazada.

Me detuve en seco.

—¿No tenías que cuidarte? Con tu presión, con lo que pasó…

—Ya sé. Pero quiero tener hijos.

No supe qué decir. Por un segundo me pasó por la cabeza que iba a pedirme algo, que me señalaría como responsable, que se acabaría mi vida tal como la conocía. Nada de eso ocurrió, ni esa tarde ni después.

—Si no puedes ni con la renta, ¿para qué quieres otra boca? —le pregunté.

—Es instinto de madre. Y de la renta no te preocupes, estoy trabajando.

—¿En qué?

Sonrió de medio lado.

—Te doy una pista. Uso el departamento para recibir chicos que quieran compañía. No tienes que ser muy listo para deducirlo.

El autobús apareció en ese instante. Daniela se puso de puntas, me dio un beso en la comisura de los labios y me agradeció haber venido. Me dijo que ojalá se repitiera. Yo le hice un gesto que no fue ni sí ni no.

Tardé varios días en juntar las piezas. Las roomies, las hipertensiones convenientes, la prisa de Daniela por terminar antes del mediodía. Entendí entonces de qué vivía y por qué se había peleado con su madre, y entendí también que esa mañana yo no había sido un cliente, porque ella me había buscado a propósito, por un cariño raro que llevaba años queriendo cobrarse.

Con Lorena terminé un mes después, no por culpa, sino por cansancio. A Daniela no la volví a ver. A veces, cuando llueve en septiembre y huele a asfalto mojado, me acuerdo del sleeping en el suelo, de la cumbia urbana en la bocina, de su risa cuando le tapé la boca. Y vuelvo a sentir, durante un segundo, esa mezcla rara de culpa, vértigo y agradecimiento que solo se siente una vez en la vida.

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