Contraté una escort para mi primera vez con una mujer
Para entender por qué llamé a aquel teléfono hay que entender que llevaba meses dándole vueltas. No era una fantasía repentina, era una curiosidad que se había instalado en mí como un huésped que paga el alquiler. Quería saber qué se sentía estar con otra mujer, y no quería averiguarlo en un bar de moda con luces violetas y conversaciones forzadas. No tenía ni tiempo ni ganas de aprender un código que no era el mío.
Lo había planteado de la manera más práctica que conocía. Si en mi trabajo necesitaba a alguien con experiencia, contrataba a alguien con experiencia. Esto era lo mismo. Repasé la sección de contactos de una revista que mi peluquero dejaba siempre sobre la mesita del salón. Marqué con bolígrafo rojo cuatro anuncios. Llamé a todos.
Quería tres cosas concretas: una mujer que pareciese cómoda con otras mujeres, una mujer que estuviese dispuesta a quedarse a dormir, y una mujer que al teléfono no sonara como si estuviera contando los minutos. La cuarta candidata cumplió las tres. Su voz tenía una textura tibia, sin prisa.
—Llámame Noa —me dijo cuando le pregunté—. Y sí, prefiero pasar la noche entera. Una hora no da para nada que merezca la pena.
Cuando colgué me serví una copa de vino y empecé a calcular cuánto tardaría en arrepentirme. Nunca llegué a arrepentirme.
***
La cita fue para un viernes. A las nueve y media subí la calefacción del piso a veinticuatro grados, encendí las velas del salón y me puse lo único que tenía sentido ponerse: una camiseta blanca recortada hasta el nacimiento de los pechos y un tanga de encaje granate. Si iba a abrirle la puerta a una desconocida, prefería que la desconocida no tuviera ninguna duda sobre el motivo de su visita.
Sonó el timbre a las diez en punto. Lo primero que vi fue su pelo, negro y lacio, recogido detrás de las orejas. Lo segundo fueron sus ojos: azules helados, casi del color del invierno que traía pegado en los hombros. Tenía los labios pintados de un rojo intenso y un cuello largo y bronceado que aparecía y desaparecía bajo la solapa de un abrigo de paño hasta los tobillos.
—Pasa —le dije—. Dame el abrigo.
Lo desabotonó con una calma de ceremonia, como si quisiera retrasar a propósito el momento en que yo viera el resto. Debajo llevaba unos vaqueros tan ajustados que parecían dibujados con tinta sobre la cadera y un jersey negro de cuello alto. Los pezones se le marcaban a través de la lana. No lo decía la imaginación: lo decía la luz del recibidor.
Colgué la prenda en el perchero y le indiqué el salón con un gesto, dejándola pasar delante a propósito. Su cintura era estrecha y su culo, en aquellos vaqueros, tenía la forma exacta de una promesa.
—Tienes la casa muy bien puesta —comentó.
—Quería que estuvieras a gusto.
—Voy a estarlo.
Se sentó en un extremo del sofá. Yo me senté en el otro y me obligué a no apurar la copa de un trago. Le serví un refresco con hielo y me apropié de su mano. No hubo conversación de relleno. Le repetí en voz baja lo que ya le había dicho por teléfono: no quería un servicio frío, no quería que mirase el reloj, quería despertarme con ella al día siguiente.
—Tranquila —me dijo—. He cancelado lo que tenía. Soy tuya hasta que me eches.
—¿Te ha pasado más veces?
—¿Quedarme a dormir? Sí. ¿Una clienta como tú? Pocas.
Sonrió de medio lado, con esa pereza que tienen las mujeres que saben perfectamente lo que están haciendo. Le pregunté si había estado con muchas chicas y me dijo que con algunas. Que las mujeres no se parecen unas a otras, ni siquiera en lo que les gusta. Que ese era el motivo por el que aceptaba clientas.
—Cada cuerpo distinto es un país distinto —dijo. A mí me pareció que eso valía cada euro.
***
Le hice notar que con la calefacción tan alta debía de estar pasando calor con aquel jersey. Era una excusa pésima y las dos lo sabíamos. Se rio, se quitó las botas, después los calcetines, y luego batalló con los vaqueros, que se le quedaron pegados a las piernas. Tuve que ayudarla a tirar de las perneras. Nos reímos las dos como si tuviéramos quince años.
Debajo de los vaqueros llevaba un tanga minúsculo de tres cordones que se juntaban en un solo elástico unos centímetros por encima de la cadera. La V se le hundía justo entre los huesos del pubis y dejaba al aire el monte de venus, depilado entero, sin una sola sombra.
—Me lo he afeitado para ti —dijo, mirándome de frente—. Normalmente dejo una franja.
—Gracias —contesté, y la palabra me sonó ridícula. Tenía la boca seca.
Volvió al sofá y subió las piernas. Yo me senté frente a ella con las rodillas también dobladas. Nuestros muslos se rozaban sin que ninguna de las dos hiciera nada por evitarlo. Le di un sorbo a la copa.
Esto es exactamente lo que vine a hacer.
—Bésame —le pedí.
Se acercó despacio y me besó con suavidad, los labios apenas separados. El segundo beso fue más largo. El tercero ya no fue un beso, fue una invitación. Su lengua entró en mi boca como si la conociera de antes, sin urgencia, registrando. Me sabía a algo cítrico y caliente. Le pasé la mano por la nuca y la atraje hacia mí.
Las manos de Noa empezaron a explorar sin pedir permiso. Me acarició la espalda por debajo de la camiseta, bajó hasta el culo y lo apretó con la mano entera. Yo la imitaba con una lentitud que me costaba sostener, dibujándole arabescos en los muslos con las yemas de los dedos. Cuando solo nos separamos para respirar, me tiró de los bajos de la camiseta y me la sacó por la cabeza. Mis pechos quedaron encima de ella y se lanzó contra ellos como si llevase tiempo esperando esa instrucción.
Me besó la curva entera, jugó con los dientes, atrapó los pezones con los labios, los soltó, volvió a por ellos. Yo me quedé inclinada por encima, dejándole hacer, ofreciéndole de un lado y de otro, sin querer apresurarme.
Cuando me senté de nuevo, le levanté el jersey. Sus pechos eran firmes, redondos, sin necesidad de sujetador. Las areolas oscuras se contraían cuando bajaba la cabeza hasta ellas. Los mordisqueé con cuidado, le recorrí las costillas con la lengua, subí hasta la axila depilada y volví a los pezones. Su respiración cambió de ritmo.
—Vamos a la habitación —le dije.
***
Fue ella delante, otra vez por orden mía. La frené antes de llegar a la cama sujetándole la cadera por detrás. Le mordí el cuello, le bajé la lengua hasta la oreja. Cogí el elástico del tanga e hice por bajarlo.
—Rómpelo —me dijo.
Lo rompí. Casi sin esfuerzo los tres cordoncitos se rindieron y me quedé con la prenda en la mano. Mis pechos se pegaron a su espalda. Mi pubis se ajustó contra sus nalgas, y supe en ese instante que iba a hacer todo lo que llevaba meses imaginando, una cosa detrás de otra, sin saltarme nada.
La empujé hacia la cama con la suavidad justa para que se dejara empujar. Cayó boca arriba y abrió las piernas. Yo me quedé un instante de pie, mirando lo que había pagado por ver. No me sentí mezquina. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, exactamente donde quería estar.
Me arrodillé entre sus piernas y subí con la boca desde la rodilla hasta el muslo. Le toqué la vulva primero solo con la punta de los dedos, como quien comprueba si algo quema. Estaba caliente. Los labios exteriores se separaron suaves al primer empuje. Por dentro la encontré húmeda hasta la palma de la mano.
Subí con el pulgar mojado hasta el clítoris. No estaba escondido: sobresalía cuando aparté el capuchón. Lo froté en círculos pequeños, despacio, y noté cómo se le tensaban los músculos del vientre. Bajé otra vez y metí dos dedos. Su vulva los apretó por reflejo.
Era la primera vez que veía un sexo de mujer desde tan cerca que no fuera el mío. Lo miré durante un segundo, lo besé, le di un primer lametón. El clítoris reaccionó como si lo hubiera tocado con corriente. Bien.
Me hundí con la boca entera en ella. Sorbí, lamí, metí la lengua tan dentro como pudo entrar. Noa apretaba los muslos contra mis orejas y me las dejaba sordas a momentos. Supe cuándo se corrió porque su cuerpo se quedó muy quieto y luego empezó a temblar de dentro hacia fuera. No hizo ruido. Me lo había imaginado todo menos esa parte: ella tampoco gritaba.
Aproveché el segundo de pausa para levantarle las piernas hasta los pechos y bajar con la lengua un poco más. Le rocé el ano con la punta. Se corrió otra vez, esta vez con un sonido seco que se le escapó por la boca cerrada.
***
—Túmbate boca abajo —me ordenó.
La obedecí. Me apartó el pelo a un lado y empezó por la nuca. La lengua, los dientes, los labios. Cada vez que yo intentaba acelerar, ella retrasaba. Me bajó por la columna con una lentitud que casi me hizo suplicar. Sentía sus pechos rozarme la espalda, los pezones duros, el peso de su cuerpo sobre el mío como un manto caliente.
Cuando llegó al final de la espalda no se saltó nada. Me besó las nalgas, me las abrió con las manos, y antes de que tuviera tiempo de avergonzarme me pasó la lengua por el ano. Solté un grito que no sabía que tenía guardado. Una mano suya se coló entre mis muslos y me encontró abierta y empapada.
—Quédate así —me dijo.
Me puse a cuatro patas, las rodillas separadas, y me entregué. Con la lengua, con dos dedos, con tres, con la mano entera apretándome el muslo, Noa me llevó a un orgasmo y a otro y a otro. No los conté. En algún momento dejaron de ser orgasmos separados y se convirtieron en un solo estado largo, como una marea que no terminaba de bajar.
Caí de bruces sobre el colchón cuando me dejó. Ella se quedó entre mis piernas, con la mejilla apoyada en el principio de la nalga, respirando despacio. Tardé en darme cuenta de que estaba llorando, no de tristeza, de descanso. Ella no dijo nada. Trepó por encima de mí, me cubrió con la manta y me rodeó con un brazo.
—Buenas noches —murmuró contra mi hombro.
Me dormí escuchando su respiración como si fuera un sonido al que llevaba años acostumbrada.
***
Soy escort y soy bisexual. Las dos cosas en ese orden, y las dos cosas de manera deliberada. Cuando me llamó Mariana, lo primero que noté fue que no me llamaba para echar un polvo: me llamaba para curarse una curiosidad. Hay una diferencia. Las clientas que llaman a un servicio como el mío con la curiosidad como motivo son siempre las mejores. No esperan nada concreto, así que se sorprenden con cualquier cosa.
Cancelé la otra cita que tenía sin pensarlo demasiado. Me puse los vaqueros más cómodos y un jersey en el que sé que estoy bien. El abrigo, las botas, un perfume discreto. No es un trabajo: es un trabajo bien hecho, que no es lo mismo.
Cuando me abrió la puerta casi en ropa interior, supe que el dinero iba a ser lo de menos. Las mujeres como Mariana —cuerpo voluptuoso, mirada decidida, voz baja— no se entregan, te entregan a ti. Sentí ganas, y eso es lo más cerca que una escort puede estar de la suerte profesional.
Hablamos primero. Bebimos primero. La dejé que me desnudara despacio, que se tomara su tiempo con cada prenda. Y cuando me pidió que rompiera el tanga, lo rompí porque me apetecía a mí también. Cada lametón suyo sobre mi vulva me devolvió al motivo por el que empecé en esto. Cada orgasmo que me arrancó lo pagué con uno suyo, multiplicado, hasta que ella ya no podía contarlos.
Cuando me quedé dormida sobre su espalda, lo último que pensé fue que las próximas horas iban a ser, otra vez, otro país nuevo.