Mi vecina me contó su primera vez con su mejor amiga
Bajé a casa de Lorena como cada tarde para tomarnos un café. Vivimos en el mismo edificio, dos pisos de diferencia, y desde que enviudó hace tres años hemos ido construyendo una rutina sin nombre que ya no sabemos quién empezó.
Nos sentamos en el sofá del salón, ella con las piernas recogidas y la taza apoyada en la rodilla. Me contó que tenía visita en casa esos días, un primo suyo que había llegado a la ciudad por unos cursos de trabajo y se quedaba en la habitación de invitados.
—Andrés —dijo, y se mordió el labio como hace cuando va a soltar algo que lleva pensando un rato—. Nos conocemos hace poco, pero hemos congeniado bastante. Te voy a contar con todo lujo de detalles mi primera vez con una mujer. Si me dejas.
—Soy todo oídos —respondí, sin disimular la sonrisa—. Y queda entre los tres.
—¿Los tres?
—Tú, tu amiga y yo —dije—. Las protagonistas y el que escucha. Si no se lo contaste a alguien antes.
Soltó una risa suave y dejó la taza en la mesa. Se cruzó de piernas, miró un instante por la ventana y empezó a hablar.
—Tenía veintidós años. Ella veintitrés. Se llamaba Camila y era mi mejor amiga desde la escuela. No sabes cuánto me caliento todavía cuando lo recuerdo. Fíjate los años que han pasado y todavía me pongo así.
***
Camila era rubia, delgada, con un cuerpo que parecía hecho para los vestidos sueltos. No tenía caderas anchas ni pechos grandes, pero sí esa boca de labios gruesos que llamaba la atención sin proponérselo. Quedamos esa tarde en su casa, una casona vieja que había heredado de su abuela en las afueras del pueblo. Llovía. Las gotas golpeaban el techo de zinc del patio interior como un metrónomo cansado.
Habíamos quedado para organizar el fin de semana. Estábamos las dos sentadas frente al ordenador, ella en la silla giratoria y yo en una banqueta pegada a la suya, hombro con hombro. Me contaba que había discutido con Hugo, uno de los chicos de la pandilla. Camila estaba colgada de Hugo desde el verano anterior, pero Hugo no la veía. A Hugo le gustaba Daniela, y a Daniela le gustaba que la mirara medio pueblo.
—No me hace ni puto caso —dijo Camila, y arrastró la mano por el ratón con más fuerza de la necesaria.
Llevaba puesta una camiseta vieja de algodón y un pantalón corto que se le había subido por el muslo. Yo llevaba un vestido sin mangas, también corto, porque había venido caminando desde el otro lado del pueblo y hacía un calor pegajoso a pesar de la lluvia.
Estábamos viendo cualquier cosa en internet. Vídeos tontos, fotos de gente conocida. De pronto, sin querer, ella pinchó en una miniatura que no era lo que parecía. Se abrió un vídeo de una chica rubia, sola en una cama, con la mano metida dentro de las bragas. No era un vídeo cualquiera. La chica gemía bajito, con la boca medio abierta, y se acariciaba el clítoris en círculos lentos.
Ninguna de las dos cerró la pestaña.
—Joder —dijo Camila en voz muy baja.
Yo no contesté. Solo seguí mirando. Sentí la cara caliente y un latido fuerte entre las piernas, como si alguien me hubiera bajado un interruptor en el cuello. Me di cuenta de que llevaba un rato sin parpadear.
Camila se giró hacia mí. Estábamos tan cerca que noté su respiración. No me preguntó nada. No hizo falta. Sus ojos hicieron toda la pregunta y los míos respondieron sin pedirme permiso.
Me besó.
Fue un beso que empezó torpe y se fue volviendo seguro. Sabía a café con leche y a algo más, a algo nuevo. Le puse la mano en la nuca y la atraje hacia mí. Su lengua entró en mi boca despacio, como pidiendo permiso, y cuando se lo di con la mía dejó de pedirlo. Nos besamos durante minutos, sin separarnos, mientras el vídeo seguía sonando en el ordenador detrás de nosotras.
Se levantó tirando de mi mano. Me llevó al borde de la cama, una cama alta de madera oscura con un edredón blanco. De pie, frente a ella, dejé que me bajara la cremallera del vestido. La tela cayó al suelo y me quedé en bragas, unas bragas transparentes de encaje rosa que me había puesto sin saber bien para quién.
Camila se quitó la camiseta y el pantalón corto en dos movimientos. Llevaba un tanga negro tipo brasileño que se le metía entre los labios y le marcaba todo. Sus pechos eran pequeños y redondos, con los pezones rosados y duros. Los míos son medianos y firmes, y se le pusieron los ojos brillantes cuando me los vio.
—Eres preciosa —dijo, y me lo dijo de verdad. Sin pose. Sin ensayo.
Nos volvimos a besar de pie, esta vez con las manos sueltas. Le toqué los pechos despacio, le pasé el pulgar por encima del pezón y ella tiró el aire por la nariz. Bajé la mano por su vientre, por debajo del tanga, y la tenía empapada. La piel de su sexo me ardió en los dedos. Ella me imitó, metió la mano dentro de mis bragas y me acarició por encima del clítoris en círculos muy lentos, los mismos círculos del vídeo. Pensé que iba a caerme.
Me empujó suave contra la cama. Caí de espaldas, ella se subió encima y me arrastró las bragas por las piernas hasta dejarlas colgando de un tobillo. Me besó el cuello, los pechos, el ombligo. Me lamió desde el hueso de la cadera hasta el interior del muslo y se quedó ahí, soplando aire caliente sobre mi pubis, antes de hundir la boca entre mis piernas.
No sabía que una boca pudiera hacer eso. Sus labios se ajustaban a los míos como si los conociera de toda la vida. Me abrió con dos dedos y me chupó el clítoris con una suavidad calculada, como si estuviera probando hasta dónde podía aguantar yo sin gritar. Aguanté poco. La primera oleada me llegó casi enseguida, una contracción que me sacudió desde el ombligo hasta los talones, y cuando creía que se había acabado, llegó otra. Y otra.
Me corrí tres veces seguidas con su boca pegada a mí. No exagero. Tres veces. Y ella seguía moviendo la lengua despacio, acompañándome, bajando el ritmo conmigo para que ninguna de las contracciones se quedara sin compañía.
Cuando por fin pude moverme, la giré sobre la cama. Le devolví el beso con mi propio sabor todavía en su boca, ese sabor raro, mineral, que ella se había tragado entero y que ahora me llenaba a mí. Me gustó. Me encendió más.
Le quité el tanga tirando de los lados y se lo dejé también enredado en un tobillo. Su sexo estaba completamente abierto y brillaba. Le pasé la lengua por todo el surco, desde abajo hacia arriba, y la noté temblar. Le agarré las caderas con las dos manos. Ella se cogió los tobillos por dentro y se abrió ella misma, como ofreciéndomelo todo en una bandeja.
—Lorena, así, no pares —dijo casi sin voz.
No paré. Le metí la lengua hasta donde pude y la moví por dentro. Le subí un dedo al ano, despacio, solo apoyado al principio, y cuando la sentí empujar contra él, se lo metí entero. Gimió fuerte. Me sorprendió cuánto me gustó oírla así. Combiné los dos movimientos, la lengua dentro y el dedo presionando, y empecé a notar cómo se tensaba toda. Las piernas se le pusieron rígidas. La barriga le subía y bajaba a un ritmo loco.
Cuando se corrió, me lo soltó todo en la boca. Líquido caliente, tibio, con un sabor que no había probado nunca. Lo tragué sin pensar. Subí a besarla y nos quedamos abrazadas, desnudas, mojadas, sobre el edredón blanco que ya no estaba tan blanco. Nos quedamos dormidas así, con la lluvia todavía golpeando el techo.
Esa fue mi primera vez. Y la única con ella. Camila se mudó a Múnich un año después por un trabajo y desde entonces nos vemos por mensajes, una vez al año si me apuro. Pero te juro que no me olvido. Cuando me acaricio sola, todavía pienso a veces en esa tarde de lluvia.
***
Lorena se quedó callada al terminar. Yo también. Tenía la entrepierna apretada contra la costura del pantalón y la boca seca de no haber tocado el café en quince minutos.
—Joder —dije, copiando sin querer la palabra que ella le había puesto a Camila aquella tarde.
Se rio bajito. Cogió la taza otra vez y dio un sorbo.
—Te lo conté para ti, Andrés. Para que lo guardes. Pero ya sabes cómo está la cosa esta semana. Mi primo en la habitación de al lado. Si no nos vemos en tu casa, no podemos hacer nada nosotros.
—Lo dejamos para otro momento —contesté—. Pero me has puesto muy mal, ¿eh? No sé si voy a aguantar hasta que tu primo se vaya.
—Aguanta —dijo, y se inclinó hacia mí.
Me besó en la comisura de la boca, no del todo en los labios, lo justo para que el beso significara una promesa y no un cierre. Me levanté, le pasé la mano por el culo por encima del vestido y me fui despidiendo.
***
Llegué a casa con el calentón colgándome de las costuras. No me senté. No me serví nada. Fui directo al baño, abrí la ducha y dejé que el agua corriera caliente mientras me quitaba la ropa de cualquier manera.
Bajo el chorro, me enjaboné despacio. Cerré los ojos. Pensé en Lorena de pie frente a la cama de Camila, con el vestido todavía a medio bajar. Pensé en el momento del vídeo, en cómo me lo había descrito, en los círculos lentos. Me agarré el sexo con la mano enjabonada y empecé a moverme sin prisa.
No me corrí rápido. Quise estirarlo. Me imaginé entrando yo en aquella casona vieja, encontrándolas a las dos tumbadas, despertando a la rubia con una mano en el muslo. Me imaginé a Lorena girando la cabeza hacia mí desde la cama, con la boca todavía brillante.
Me corrí con un gemido bajo, pegado a los azulejos, y me quedé un rato más bajo el agua hasta que se enfrió. Salí, me sequé, me puse ropa cómoda y me senté en el sofá con una cerveza fría en la mano. La tele encendida. Sin sonido.
Mañana volvería a bajar a casa de Lorena. Quizá su primo se iría antes de lo previsto. Quizá no. Daba igual. Las tardes seguirían y, tarde o temprano, una de esas conversaciones iba a terminar como tenía que terminar.