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Relatos Ardientes

La instructora del gimnasio me esperaba sola un lunes

Hace poco más de un año decidí que no podía seguir saliendo del trabajo solo para tirarme en el sillón con la cabeza llena de planillas. La rutina me estaba comiendo viva. Busqué en el mapa el gimnasio más cercano a casa, encontré uno a quince minutos en coche y me prometí ir esa misma tarde, sin darme tiempo a inventar excusas.

A las cinco salí de la oficina, pasé por casa, me duché rápido y manejé hasta el lugar con la mochila a medio armar. Cuando crucé la puerta, recién entonces me di cuenta de que era un espacio solo para mujeres. La idea me cayó bien. Significaba que podía sudar tranquila, sin tipos mirándome el escote cada vez que me agachaba a tomar agua.

Mientras revisaba los folletos en recepción, se acercó una mujer. Tendría unos treinta años. Era alta, de piel muy blanca, con el cabello negro recogido en una coleta tirante. Tenía los hombros marcados y unas piernas que solo se consiguen con años de constancia. El uniforme del gimnasio le quedaba ajustado en los lugares justos. Saltaba a la vista que los pechos eran operados, pero estaban hechos con cuidado, sin exagerar.

—Hola, soy Lorena —dijo, tendiéndome la mano—. Soy la instructora. ¿Te puedo ayudar con algo?

Le expliqué que quería inscribirme y empezar ese mismo día, si era posible. Ella sonrió como si le pareciera una buena costumbre.

—Pasame los datos en la oficina y arrancamos en media hora —contestó.

Así fue. Llené el formulario, firmé el contrato y a los pocos minutos estaba siguiéndola hasta la sala principal. Hicimos el calentamiento juntas y después me armó una rutina suave para no quedar destruida el primer día. La sentí profesional, atenta, sin nada raro. Salí de ahí con las piernas tiesas y el ánimo en alto.

Las semanas siguientes Lorena se volvió parte de mi vida. Iba tres veces por semana, siempre a la misma hora. Ella me corregía la postura, me sumaba peso de a poco, me explicaba para qué servía cada ejercicio. A veces se me quedaba mirando un segundo de más, pero yo lo achacaba a que estaba pendiente de la técnica. Nunca se me había pasado por la cabeza otra cosa. Jamás había mirado a una mujer de esa manera. Hasta ese lunes.

***

Esa semana había tenido el lunes libre por un trámite que se canceló a último momento. Eran las once de la mañana, no tenía nada que hacer en casa, y la idea de cumplir con la rutina antes del mediodía me pareció perfecta. Cuando llegué al gimnasio, encontré las luces a media potencia y el aire quieto. Lorena estaba sola, sentada en la recepción mirando el celular.

—Mirá quién apareció —dijo levantando la vista—. No te esperaba tan temprano.

—Me regalaron el día. Estaba aburrida.

—Bueno, entonces te toca entrenamiento personalizado. No hay nadie más hasta la una.

Sonreía como siempre, pero esa mañana algo en su mirada era distinto. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud que antes no había estado ahí, o que yo no había querido ver.

Empezamos con el calentamiento de rutina. Quince minutos de elíptica, movilidad de cadera, un poco de bici. Yo trataba de concentrarme en respirar, pero la sentía moverse a mi alrededor sin perderme de vista. Cuando me bajé del aparato, me alcanzó una toalla y me rozó los dedos al entregármela. Fue un contacto mínimo, casi accidental. Casi.

—Hoy te toca pierna —avisó—. Sentadillas con peso.

Me ubiqué frente al espejo, con la barra apoyada en los hombros y los pies a la distancia que ella me había enseñado. En las primeras repeticiones me corrigió la espalda desde lejos. En la tercera serie se acercó.

—Te falta cadera. Mirá.

Se puso detrás de mí. Yo veía nuestros reflejos en el espejo: ella un palmo más alta, su cuerpo encajado contra el mío. Las manos me sujetaron por encima de la pelvis, firmes, y guiaron el movimiento. La curva de sus pechos me presionaba la espalda cada vez que bajaba. Sentía su respiración cerca de mi nuca, tibia, entrando y saliendo con un ritmo que se aceleraba un poco más de lo que justificaba el ejercicio.

—Así —murmuró—. Más profundo.

Hice tres repeticiones más y dejé la barra en el soporte. Tenía las piernas temblando, pero no era solo por el esfuerzo. Una corriente extraña me bajaba por el estómago y se instalaba más abajo. Me sequé la frente con la toalla y traté de mirarla a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó, ladeando la cabeza.

—Sí. Calor, nada más.

Ella sonrió como si supiera. Y yo creo que sabía.

***

Pasamos a los abdominales. Me acosté en la colchoneta y ella se arrodilló frente a mí para sujetarme los pies. El top que llevaba era ajustado y se le había deslizado más de lo habitual. Cada vez que se inclinaba hacia adelante para reforzar mi posición, alcanzaba a ver el borde de sus pezones asomar por la tela. Yo subía y bajaba intentando no perder el aire, pero perdía la concentración en cada repetición.

Cuando terminé la serie me quedé un segundo en el suelo, sin levantarme. Ella estaba arriba mío, sin tocarme, mirándome desde una distancia que se sentía mucho más corta de lo que era. No dijo nada. Yo tampoco. Tenía las bragas mojadas. Estaba segura de que ella se daba cuenta.

—Levantate, vamos a estirar —pidió, en un tono que ya no era el de instructora.

Hicimos los estiramientos en silencio. Justo en ese momento se abrió la puerta y entraron dos mujeres con las mochilas al hombro. Lorena cambió de modo en un segundo, las saludó con su sonrisa profesional y volvió a la recepción a hacerlas firmar la asistencia. Yo terminé sola los últimos minutos, todavía con el corazón a mil.

Cuando estaba guardando mis cosas, ella se acercó.

—¿Te molestaría llevarme hasta casa? Tengo el auto en el taller y vivo cerca.

—No hay problema. Te espero afuera.

Me senté en el asiento del conductor y la esperé casi una hora, hasta que terminaron los turnos del mediodía y pudo cerrar la planilla. No me importó. Tenía la cabeza dando vueltas. Me preguntaba si había imaginado todo, si me estaba inventando una historia para tener algo emocionante que pensar esa semana. Y al mismo tiempo, sabía que no.

***

Lorena vivía a quince cuadras, en un edificio bajo de fachada simple. En el camino me preguntó qué me había parecido el entrenamiento. Le dije, sin mirarla, que me había gustado mucho. Ella se rio bajito.

—A mí también. Mucho.

Cuando estacioné, me invitó a subir a tomar algo. Acepté antes de pensarlo. Subimos por la escalera, abrió la puerta y me dejó pasar primero. El departamento era ordenado, luminoso, con plantas en cada rincón. Olía a ropa limpia y a algún incienso suave.

—Te sirvo un jugo. ¿Naranja o pomelo?

—Pomelo —dije, sin saber por qué.

Me alcanzó el vaso en la cocina y se quedó apoyada contra la mesada, mirándome. Yo bebía de a sorbos chicos, intentando que mi mano no temblara. Cuando terminé, di un paso para dejar el vaso en la pileta. Ella estaba justo detrás. Sentí su cuerpo casi pegado al mío antes de oír su voz.

—Sé que te gustó sentirme atrás esta mañana. Lo noté.

Me di vuelta despacio. Estábamos a centímetros. No me dio tiempo a decidir nada. Su boca cubrió la mía con una calma que me terminó de derretir. Tenía los labios más suaves que cualquier boca que yo hubiera besado antes. Su lengua entró sin prisa, jugando, midiéndome. Yo respondí con torpeza primero y con ganas después. La agarré de la cintura para acercarla más, y ella aprovechó para bajarme las manos a las caderas y empujarme contra la mesada.

—Si querés que pare, decímelo ahora —murmuró, sin separar la frente de la mía.

—No quiero que pares.

Volvió a besarme, esta vez con menos paciencia. Me sacó la remera por la cabeza y se sacó la suya. La vi en bombacha y deportivo, y por primera vez en mi vida sentí ganas de hacerle a otra mujer lo que tantos hombres me habían querido hacer a mí. Le bajé el deportivo y le tomé los pechos con las dos manos. Eran firmes, pesados, perfectos para mis palmas. Le besé el cuello, le mordí el hombro, le pasé la lengua por el escote.

***

Me dio vuelta sin decir nada. Quedé con las palmas apoyadas en la mesada de mármol y ella detrás, bajándome los leggings y la bombacha de un solo tirón hasta los tobillos. Me empujó la espalda con suavidad para que me inclinara. Después se arrodilló.

Sentí su boca antes de verla. Su lengua me recorrió por atrás, lenta primero, más insistente después. Las manos me sujetaban los muslos por adentro, abriéndome más. Apoyé la frente contra el mármol frío e intenté no hacer ruido, pero a los pocos segundos era imposible. Cada movimiento de su lengua me arrancaba un gemido nuevo. Cuando concentró todo en un punto, perdí la cuenta del tiempo. Me corrí contra su boca con las piernas temblando, sin nada de qué agarrarme.

Antes de que pudiera recuperar el aire, ella ya se estaba parando. Me tomó de la mano y me llevó al living. Cayó de espaldas sobre la alfombra y me arrastró encima.

—Ahora vos —dijo.

Bajé despacio. Le besé el cuello, los pechos, el ombligo. Cuando llegué entre sus piernas, dudé un segundo. Nunca había hecho eso. Pero el olor, el calor, la forma en que ella me apretó la nuca con la mano, me dijeron exactamente qué tenía que hacer. Empecé con la lengua plana, recorriéndola entera, escuchando cómo cambiaba su respiración. Ella me marcaba el ritmo apretando o aflojando los dedos en mi pelo. Cuando supe dónde tenía que insistir, no me moví de ahí hasta que la sentí tensarse, arquear la espalda y soltar un gemido largo.

Después se incorporó, me abrió las piernas y se acomodó frente a mí con las suyas entrelazadas. Su sexo contra el mío, los dos mojados, calientes, dolorosamente sensibles. Empezó a moverse despacio. Yo la seguí. El roce era exacto, el ángulo era exacto, todo era nuevo y al mismo tiempo lo más natural del mundo. Aumentamos el ritmo juntas. La miré a los ojos y vi que ella también estaba al borde. Terminamos al mismo tiempo, mordiéndonos el labio para no gritar.

***

Nos duchamos juntas. Casi sin tocarnos esta vez, solo enjabonándonos en silencio mientras yo intentaba entender qué acababa de pasar. Cuando salí del baño, ella ya me había sacado una toalla limpia y la había dejado doblada sobre la cama.

—Te espero el miércoles —dijo cuando me acompañó hasta la puerta. Lo dijo como si nada, como si fuera el final de cualquier clase.

Esa noche no pude dormir. Me la pasé pensando en su boca, en sus manos, en el reflejo de las dos en el espejo del gimnasio. En la heterosexualidad que había dado por descontada durante toda mi vida adulta y que se había desarmado en una tarde.

El miércoles fui. Y el viernes también. Y todavía sigo yendo, aunque ahora reservo siempre los lunes a las once. Ese horario, las dos lo sabemos, no es para entrenar.

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Comentarios (1)

GabyMdz

Uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Seguí así!!

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