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Relatos Ardientes

Un directo aburrido, dos amigas y todo cambió

Lucía y Mariana llevaban toda la tarde solas en la casa de los abuelos de Mariana, una cabaña perdida a las afueras del pueblo donde los veranos pasaban lentos y sin sobresaltos. Las dos acababan de cumplir dieciocho, terminada ya la selectividad, y después de un día entero entre la piscina hinchable y las charlas sobre los chicos del instituto, el sopor de la siesta las había dejado clavadas en el sofá del salón.

Lucía, con la melena oscura cayéndole en ondas hasta media espalda, era de las que no pasaban desapercibidas: bajita, menuda, y con unas tetas enormes que contrastaban con su figura pequeña. Mariana era más alta, con el pelo castaño cortado a la altura de los hombros, mejillas redondas y un cuerpo rellenito que ella misma describía como «de abrazo».

—Esto es un muermo, tía. ¿Qué hacemos? —suspiró Mariana, tumbada con un short vaquero corto y una camiseta floja, mirando el techo con desgana.

Lucía se estiró perezosa a su lado, ajustándose el top blanco deportivo que llevaba puesto desde la mañana. Era ceñido, de tela elástica, con un escote profundo que dejaba a la vista una buena parte de su canalillo.

—No sé. ¿Hacemos un directo? A ver si entran los del instituto y nos reímos un rato con sus tonterías.

Mariana se rió flojito.

—Vale, pero con ese escote no vas a atraer solo a Marcos y a Pablo. Pareces de uno de esos vídeos de fitness sospechosos.

Lucía le dio un codazo y sacó el móvil. Lo apoyaron en un soporte improvisado sobre la mesita, enfocando sus caras y el torso. Empezaron saludando a la cámara con sonrisas inocentes.

—¡Hola! Somos Lu y Mari, aquí muriéndonos de aburrimiento. Mandadnos preguntas o retos.

Las primeras visualizaciones llegaron despacio. Un par de compañeros del instituto, una prima de Mariana. Pero a los pocos minutos el contador empezó a subir solo, y los nicks que iban entrando no eran de conocidos. «Melones69», «PajeroPro», «TetonaFan». Los comentarios cambiaron de tono.

«Madre mía, la morena tiene unas tetas que flipas. Quiero perderme en ese escote.»

Lucía lo leyó en voz alta entre risas nerviosas.

—¿Ves, Mari? Te lo dije.

Pero notó un cosquilleo extraño en el estómago. Mariana se tapó la boca para disimular, aunque la mirada se le quedó un segundo de más en el escote de su amiga.

«Salta un poco, tetona. Quiero ver cómo rebota todo eso.»

—Estos están salidísimos —murmuró Mariana—. Pasa de ellos.

Pero Lucía, con el pulso un poco acelerado, dio un saltito breve sobre el sofá. Sus tetas se movieron visiblemente bajo la tela y el escote se profundizó un instante.

—Vale, uno y ya.

Los comentarios explotaron. Otro mensaje aparecía cada segundo, y de pronto el icono de las donaciones empezó a parpadear. Cinco rosas. Diez estrellas. Veinte monedas. Cantidades pequeñas al principio, pero constantes, como un goteo que no paraba.

—Tía, Mari, mira esto. Nos están pagando —susurró Lucía.

Mariana se mordió el labio.

—Es… tentador, ¿no? Solo un poquito más, por el morbo.

«Que la rellenita le bese el escote a la tetona.»

Mariana se rió, y más por inercia que por decisión le dio un beso rápido a Lucía en la mejilla.

—Toma, para que se callen.

Fue inocente, pero Lucía sintió un escalofrío subiéndole por la nuca. Las dos se quedaron mirándose un segundo de más. El aire en el salón cambió sin que ninguna pudiera explicar cómo.

***

A las quinientas visualizaciones, el directo ya tenía vida propia. Los comentarios se mezclaban con donaciones cada vez más altas. Cien monedas por un abrazo apretado. Doscientas por que una le ajustara el top a la otra. Y entre cada notificación, una respiración acelerada que ninguna quería ser la primera en romper.

—¿Tú no serás un poco lesbi y no me lo has contado nunca? —preguntó Lucía, medio en broma, medio asustada de la respuesta.

Mariana se rió, pero las mejillas se le pusieron rojas hasta las orejas.

—Qué va. Es por el morbo del directo, nada más. ¿Y tú? Porque tampoco te veo precisamente disgustada.

Lucía bajó la vista a su propio top y comprobó lo que ya sabía: los pezones se le marcaban duros contra la tela blanca. Decidió arriesgar.

—¿Y qué te parecen mis tetas, en serio? Estos no paran de hablar de ellas. Tú nunca me has dicho nada.

Arqueó la espalda apenas un poco, lo justo para que el escote se le profundizara. Mariana tragó saliva. La mirada se le fue otra vez al canalillo, y esta vez no se molestó en disimular.

—Son… impresionantes, tía. Siempre lo he pensado y nunca te lo había dicho porque me daba palo. Entiendo que los tíos se vuelvan locos.

Mientras lo decía, una donación grande entró: trescientas monedas. «Que la alta toque las tetas de la bajita por encima del top.»

—¿Lo hacemos? —susurró Lucía, con la voz un poco más ronca de lo que había planeado—. Solo por encima. Si te impresionan tanto, compruébalo.

Mariana extendió la mano temblando. Tocó primero el borde del top, y luego, despacio, posó la palma entera sobre la curva, presionando suavemente. Lucía contuvo la respiración. Sintió la firmeza, el calor de la piel a través de la tela, el rebote leve cuando Mariana movió la mano un par de centímetros. Fueron unos segundos largos, y el directo enloqueció.

«¡Más fuerte!» «¡Apriétalas bien!» «¡Quinientas estrellas si le quita el top!»

Mariana retiró la mano de golpe, como si quemara.

—Lucía, para. Estamos jugando con fuego.

Pero ninguna de las dos cortó el directo.

***

La donación de las quinientas estrellas entró completa, anunciada con una notificación rosa que ocupaba media pantalla. Mariana la leyó dos veces. Lucía cruzó los brazos sobre el pecho, intentando ordenar lo que sentía. Por debajo de la vergüenza, una corriente caliente que no se le iba.

—Tía, son quinientas. Eso son cuarenta euros reales, mínimo.

Mariana asintió despacio.

—¿Lo hacemos rápido y cortamos?

—Solo el top. Y nos vamos.

Mariana se acercó. Le agarró el borde inferior del top con los dedos temblorosos y tiró hacia arriba. La tela elástica se deslizó sobre la piel cálida, subió por las costillas, y se atascó un segundo en la curva inferior de las tetas antes de soltarlas. Saltaron libres con un rebote natural, pesadas y firmes, los pezones rosados ya endurecidos. Lucía se cubrió por instinto con un brazo, pero dejó que la cámara captara un flash de segundo antes.

—Dios, Lu. De cerca son… aún más grandes.

Mariana no apartaba los ojos. Lucía notó cómo se le aceleraba todo: el pulso, la respiración, el calor entre las piernas. Y notó también que Mariana no había soltado el top del todo, que lo sostenía con dos dedos como si estuviera pensando en lo siguiente.

Los donativos siguieron lloviendo. Dos mil estrellas por tocar las tetas desnudas. Tres mil por lamer los pezones. La cifra subía cada vez que una de las dos dudaba.

—Mari… si donan más, lo seguimos hablando.

—Vale.

***

Después del beso en la mejilla había aparecido la mano sobre el top. Después del top desnudo apareció la boca. Mariana se inclinó muy despacio sobre Lucía, le agarró la cintura con una mano y con la otra la guió hacia atrás contra el respaldo del sofá. Le pasó la lengua por el canalillo, lenta, dibujando un camino que terminó en el lateral de una teta. Lucía gimió bajito y subió la mano a la nuca de su amiga, sin pensar.

—Mari…

—Tus pezones están durísimos.

Mariana le rodeó uno con los labios y chupó suavemente. Lucía arqueó la espalda. Las dos llevaban semanas viéndose en bikini junto a la piscina, riéndose en la cama del cuarto de Mariana, durmiendo abrazadas a veces cuando hacía frío, y nunca había pasado nada. Y ahora pasaba todo a la vez, frente a varios miles de desconocidos que pagaban por ver cada centímetro.

Mariana subió la mano por el muslo de Lucía hasta el botón del short y la miró pidiendo permiso sin palabras. Lucía asintió. El short cedió. Las bragas blancas tenían ya una mancha húmeda visible en el centro, y Mariana posó dos dedos encima, frotando despacio por encima de la tela.

—Estás empapada —murmuró, más para sí misma que para nadie.

Lucía levantó las caderas buscando más fricción. Mariana presionó el clítoris con el pulgar, lo notó hinchado a través del algodón, y Lucía gimió alto, sin disimular, agarrando el sofá con las dos manos. El orgasmo le subió rápido, sin previo aviso. Se sacudió un par de veces y se quedó quieta, jadeando, con las tetas todavía al aire y las bragas oscurecidas.

—Joder, Mari.

—Joder, sí.

***

Por turno, le tocaba a Mariana. Lucía se arrodilló entre sus piernas, le bajó el short vaquero y se encontró con unas bragas rosas igual de mojadas. Inclinó la cabeza y le pasó la lengua por encima de la tela. Mariana se tapó la boca para no gritar, pero el gemido se le escapó igual entre los dedos. Lucía siguió, lamiendo el clítoris a través del algodón fino, sintiendo cómo se iba hinchando bajo su lengua, y Mariana le hundió las dos manos en el pelo.

Cuando le quitó las bragas, el coño de Mariana brillaba mojado y depilado bajo la luz amarilla del salón. Lucía se acomodó mejor, le abrió las piernas con las manos y bajó la boca despacio. Probó el sabor por primera vez en su vida y no le pareció extraño. Le pareció natural, como si llevara mucho tiempo esperando aquel momento sin saberlo.

Mariana se corrió en menos de un minuto, con un grito ahogado y las caderas levantadas del sofá. Lucía aguantó allí abajo unos segundos más, lamiendo despacio mientras los temblores se le apagaban a su amiga.

***

Quedaron las dos desnudas, sudadas, tiradas en el sofá una contra la otra. El móvil seguía vibrando con donaciones que ya no miraban. Lucía estiró el brazo y cortó el directo de un dedazo. La pantalla se apagó. El silencio del salón después de tantos minutos de jaleo virtual sonaba raro, casi incómodo.

Mariana se rió por la nariz, todavía agitada.

—Tía. No tengo ni idea de lo que acaba de pasar.

—Yo tampoco.

—Mañana no nos podemos mirar a la cara.

—Mañana sí. Pero sin móvil de por medio.

Se quedaron un rato así, abrazadas en silencio, escuchando el ventilador del techo girar. Lucía estiró el brazo y le besó la sien.

—Otra vez sin público, ¿vale?

Mariana se rió en voz baja.

—Vale.

Fuera, el sol empezaba a bajar detrás de los pinos. Dentro, dos amigas que nunca habían pensado en tocarse acababan de descubrir que llevaban años acercándose despacio a aquel sofá, y que el móvil solo había sido la excusa que faltaba.

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