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Relatos Ardientes

Mi primera vez con la médica del turno noche

Todo comenzó con una mirada cruzada en medio de una guardia infernal. Habíamos recibido a tres politraumatizados de un accidente en la carretera y, entre el pitido del monitor y los gritos del enfermero pidiéndome una vía central, alguien pasó por el pasillo y me partió la concentración a la mitad. No la había visto antes. Uniforme celeste, el cabello largo recogido en una coleta floja, ojos enormes que se clavaron en los míos un segundo y siguieron de largo, como si me hubiera leído la cabeza entera y se hubiera marchado sin pedir permiso.

Después me enteré por la jefa de guardia: residente nueva, había rotado tres meses por terapia intensiva en otro centro y la habían trasladado al sanatorio para cubrir el turno noche. Se llamaba Renata. Estaba casada con un cardiólogo del sector privado, un hombre veinte años mayor que ella, conocido del directorio. Y era, sin ningún esfuerzo, la mujer más desconcertante con la que me había cruzado en años de hospital.

Yo no soy de esos. O al menos creía no serlo. Me crié con un padre que repetía la palabra «palabra» como si fuera un mandamiento. No engañé a nadie nunca, no toqué a una mujer que tuviera anillo, no me metí donde no me llamaban. Pero esa primera mirada se me quedó debajo de la piel como una astilla y, a los tres días, ya estaba inventando excusas para pasar por la sala donde ella revisaba historias clínicas, para preguntarle tonterías sobre un caso, para que me explicara dos veces un esquema de anticoagulación que yo manejaba mejor que ella.

Empecé despacio. Un brownie envuelto en papel, encima de su carpeta, sin nota. Al día siguiente, un café tibio en la sala de médicos a las cinco de la mañana, cuando supe que ella entraba a esa hora. La sorprendí con la mano todavía en el termo y la cara de no haber dormido. Me agradeció con media sonrisa, sin mirarme.

—¿Eres tú el de los chocolates? —preguntó al tercer día, mientras se ponía el uniforme limpio en el vestuario común y yo fingía leer una revista en el banco.

—No sé de qué me hablas.

—Mentiroso —dijo, y se fue sin esperar respuesta.

Después de esa palabra, yo ya no era el mismo. Quería romperle la calma, quería que ella supiera que tenía pensada cada hora del día. Le mandaba mensajes desde el celular del servicio, le pasaba notas escritas en recetas viejas, le rozaba la mano cuando le entregaba un informe. Ella jugaba, se reía bajito, me decía «pórtate bien», y seguía. No retrocedía nunca, pero tampoco daba un paso de más.

***

Una madrugada de jueves la cosa cambió. Yo había bajado al cuarto de descanso después de doce horas de guardia, con el uniforme manchado de yodo y la espalda hecha pedazos. Me tiré en el catre sin quitarme los zapatos, dispuesto a robarle veinte minutos al cansancio. Tenía la puerta entornada porque el aire del cuarto se ponía pesado y el extractor llevaba meses roto.

Sentí los pasos antes de verla. Pasos de mujer cansada, no de enfermera apurada. La puerta se abrió un poco más y ahí estaba ella, parada en el marco, con la cofia floja y un mechón sobre la cara. La luz del pasillo le entraba desde atrás y le marcaba la silueta entera contra la tela del uniforme. Sin haberla tocado nunca, yo ya conocía esa silueta de memoria.

—¿Está ocupado el otro lado de la cama? —dijo.

Habrá tardado dos segundos en preguntarme aquello. A mí me parecieron diez años. Tenía la respiración cortada y un calor incómodo subiéndome por el pecho. Me corrí sin contestar, le hice un gesto con la cabeza, y ella entró y cerró la puerta con la cadera.

No pasó nada esa noche. O pasó todo, depende de cómo se mire. Se acostó al lado mío sobre el catre angosto, vestida, con el uniforme entero, y se quedó hablando hasta las cinco de la mañana. Me contó de su marido, de la facultad, de un perro que había tenido cuando era niña y había muerto el verano pasado. Yo le conté que tenía miedo de no estar a la altura de mi padre, que me costaba dormir desde la pandemia, que a veces, cuando salía del hospital al amanecer, me sentaba a llorar en el auto sin saber bien por qué.

Le rozaba el cabello con la nariz, le miraba la boca, me concentraba en aguantar. Tenía la polla dura contra la costura del pantalón desde hacía dos horas, tan hinchada que me dolía el pubis, y ella lo notaba, claro que lo notaba, cada vez que se acomodaba en el catre me rozaba con la cadera y volvía a acomodarse. Ella se reía, me decía «quieto», me ponía un dedo sobre los labios y después, muy despacio, ese mismo dedo me lo pasaba por el borde del cinturón, sin bajar más, marcándome el territorio de todo lo que no íbamos a hacer esa noche. A las cinco y diez se levantó, me dio un beso en la frente y se fue. Yo me quedé con la verga latiendo en la oscuridad, me la saqué apenas cerré la puerta y me la corrí en tres tirones pensando en la boca que no había besado, terminando encima de mi propia panza como un adolescente.

***

Desde esa madrugada hasta esta noche pasaron tres semanas que me dieron vuelta toda la cabeza. Compartimos turnos a propósito, hicimos lo posible por coincidir en las pausas de cafetería, nos quedamos discutiendo casos hasta que el último colega se iba y la sala quedaba en silencio. Una tarde me besó detrás de la puerta del depósito de insumos, un beso corto, casi de prueba, y yo no pude pensar en nada más durante el resto de la semana. Otra tarde me agarró la mano en el ascensor y la apretó, y se bajó dos pisos antes de su parada para no llegar conmigo a la sala.

Pero esta noche, esta noche de la que estoy escapando ahora, fue distinta.

Había una emergencia complicada en quirófano y los dos quedamos cubriendo el área ambulatoria, vacía a esa hora. Ella propuso revisar unas historias clínicas atrasadas en el consultorio cuatro, el más alejado, el que da al patio interno y casi nadie usa los miércoles. Yo dije que sí. Por supuesto que dije que sí.

Entramos. Encendí solo la luz del escritorio porque la del techo me parecía obscena. Ella se sentó en la silla del paciente, yo en la del médico. Hablamos un rato, casi en susurro, de un caso pediátrico que la había desarmado esa misma mañana. En algún momento me incliné por encima del escritorio y la besé, y no fue un beso de prueba esta vez. Fue un beso largo, con lengua entera, mordiéndole el labio de abajo hasta que se le escapó un quejido bajito, sin pedirle perdón a nadie.

—Tenemos que parar —dijo ella, separándose apenas un milímetro—. Tenemos que parar.

—Sí —contesté yo, sin moverme.

Ella se rio. Una risa baja, ronca, distinta a la de siempre. Y entonces hizo algo que yo no esperaba: me dio la espalda. Se levantó, caminó hasta la camilla, se sentó en el borde y me miró por encima del hombro como retándome. La luz del escritorio le pegaba en un costado del rostro y le dejaba la otra mitad en sombra.

Me acerqué despacio. Le pasé las dos manos por los hombros y la apreté contra mi pecho desde atrás, sin avisarle. El gemido que se le escapó no fue planificado. Fue ese sonido que sale del estómago, no de la boca, ese sonido que confiesa todo. Me clavé en ese sonido y supe que ya no íbamos a parar.

Empecé por el cuello. Le aparté el cabello y le besé el lugar donde se le marcaba el tendón cuando giraba la cabeza. Bajé por el hombro, por la línea del uniforme, le bajé el cierre del frente con dos dedos y la dejé en sostén. Tenía la piel más blanca de lo que yo había imaginado y un lunar oscuro debajo de la clavícula, como una marca. Le pasé la lengua por encima del lunar y la sentí temblar entera. Le apreté las tetas por encima del sostén con las dos manos, se las junté, se las estrujé, y le clavé la polla dura contra el culo por encima del pantalón del uniforme. Ella empujó el culo hacia atrás para restregarse mejor, y yo le sentí la raja contra la verga aunque hubiera dos telas de por medio.

—Baja la voz —le pedí al oído, aunque era yo el que se estaba quedando sin aire.

La giré para tenerla de frente. Le abrí el sostén y me quedé un segundo mirándola, las dos tetas al descubierto, más grandes de lo que me había imaginado por debajo del uniforme, los pezones rosados y tan duros que dolía mirarlos. Le pasé el pulgar por encima de uno, despacio, dibujando círculos, y ella se mordió el labio para no hacer ruido. Después me incliné y le mordí el otro pezón, sin delicadeza, chupándoselo entero, tirándoselo con los dientes hasta que se le arqueó la espalda. Le pasé la lengua de uno al otro, se los ensalivé enteros, se los soplé para verla temblar. Le agarré la mano y me la llevé a la bragueta, se la apreté ahí encima para que sintiera el bulto.

—Tócamela —le dije—. Tócala, mira lo que me hacés.

Ella me bajó el cierre despacio, mirándome a los ojos, y metió la mano dentro del calzoncillo. Cuando sus dedos fríos me rodearon la polla, yo empujé la cadera hacia adelante sin quererlo. Me la sacó por encima del elástico, me la tuvo un segundo en la palma como pesándola, y después empezó a masturbarme muy despacio, subiendo y bajando la piel del prepucio, haciendo aparecer y desaparecer el glande brillante. Me miraba mientras lo hacía. Miraba mi verga y me miraba la cara, alternando, como si estuviera midiendo cada gesto que me arrancaba.

—Mateo —dijo, y no era mi nombre, pero a ella se le había escapado el del marido.

Me detuve un segundo. Ella se dio cuenta y se tapó la cara con las dos manos, sin soltarme la polla, así que quedó una imagen absurda: los ojos escondidos y la mano todavía apretándome.

—Perdón —murmuró.

—No me importa —mentí, y la besé en la boca para que dejara de hablar.

Le terminé de quitar el uniforme. Llevaba ropa interior negra, sin gracia, sin haber pensado en mí, y ese detalle me volvió loco más que cualquier prenda de lencería elegida. Le pasé la mano por encima de la tela, sentí cuán mojada estaba, la bombacha empapada, un manchón oscuro donde el algodón se le pegaba al coño. Le metí dos dedos por el costado de la tela, sin bajársela todavía, y encontré los labios hinchados, la carne caliente, el clítoris tan duro como si fuera un botón. Se lo froté con la yema del pulgar mientras le hundía los dos dedos hasta los nudillos. Ella se aferró a mi hombro y se mordió el brazo del uniforme para no gritar.

—Estás empapada —le dije al oído—. Mirá cómo me chorreás los dedos.

Se los saqué, brillantes, y se los llevé a la boca. Ella me chupó los dos dedos sin dejar de mirarme, con la misma cara de reto que había tenido en el pasillo la primera noche. Después le bajé la bombacha hasta las rodillas sin paciencia y me arrodillé en el piso, entre sus piernas abiertas, con la cara a la altura de su coño mojado. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, chupándole todo el jugo que le corría por la entrepierna, y me quedé ahí, comiéndole el clítoris, chupándoselo, tirándoselo con los labios, hundiéndole la lengua adentro. Ella me apretaba la nuca con las dos manos, me clavaba las uñas en el pelo, empujaba la pelvis contra mi boca sin poder controlarse. Le agarré el culo con las dos manos, se lo abrí, la levanté un poco de la camilla para chupársela mejor. Le metí la lengua en el coño y le froté el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, y a los treinta segundos la sentí ponerse rígida, aguantar la respiración, y correrse contra mi cara en un espasmo largo, apretándome las orejas con los muslos, mordiéndose el dorso de la mano para que Marisol no la oyera desde el pasillo. Me chorreó la barbilla entera. Le seguí lamiendo despacio, bajando la intensidad, mientras ella temblaba y se reía y me pedía «pará, pará, no puedo más».

La acosté sobre la camilla. El papel descartable crujió bajo su espalda, un crujido ridículo, casi cómico, que nos hizo reír a los dos un instante antes de volver al silencio. Me bajé el pantalón hasta los tobillos sin quitarme los zapatos, porque no había tiempo para ceremonias. Le abrí las piernas con las dos manos y le apoyé la punta de la verga en la entrada del coño. La froté ahí un segundo, resbalando arriba y abajo, mojándome el glande en su humedad, chocándole el clítoris con cada pasada. Ella empujaba la cadera para que la penetrara de una vez.

—Metémela —me dijo, con una voz que no le había escuchado nunca—. Metémela toda.

Me hundí en ella de una sola embestida, sin preguntar. La sentí cerrarse alrededor de mí, apretándome como un puño caliente, tan estrecha que tuve que quedarme quieto tres segundos para no correrme ahí mismo. El ufff que se le escapó me quedó grabado para siempre. Es un sonido que no sé reproducir, no sé describir. Es la rendición entera de una persona en una sola sílaba. Me apoyé sobre los codos para verle el rostro mientras me movía. Tenía los ojos cerrados, la boca un poco abierta, las cejas fruncidas como si le doliera algo, pero no le dolía. Le dolía aguantarse el ruido.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos. Y me miró igual que en aquella primera guardia, tres semanas atrás, cuando pasó por el pasillo y siguió de largo. La misma mirada exacta. Y entendí que esa mirada había sido el principio, y este momento era todo lo que esa mirada estaba prometiendo.

Me moví despacio al principio, queriendo durar. Le sacaba la polla casi entera, hasta dejar apenas el glande adentro, y volvía a empujar hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le abría y se le cerraba a mi ritmo. Ella me apretaba las costillas con los talones, me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el hombro a través de la tela del uniforme para no gritar. Cada vez que aceleraba, ella se aguantaba la respiración tres segundos y la soltaba con un ummm que me partía por dentro. Yo me aguantaba a fuerza de morderme la lengua, de pensar en cualquier otra cosa, de no mirarle las tetas moviéndose con el ritmo, rebotándole hacia los costados cada vez que se la metía hasta el fondo.

Le agarré una pierna, se la levanté, se la puse sobre mi hombro y así entré más profundo, en un ángulo que le arrancó un gemido que no pudo tapar. Le tapé la boca con la mano. Ella me chupó los dedos, me los mordió, me los ensalivó. Le solté la boca y le agarré las dos tetas, se las apreté, le pellizqué los pezones al ritmo de las embestidas. La camilla crujía. El papel descartable ya estaba hecho un desastre debajo de nosotros, húmedo, roto en dos lugares. Yo la cogía cada vez más rápido, cada vez más hondo, y ella se mordía los nudillos, se mordía el antebrazo, hacía lo que podía para no despertar al sanatorio entero.

—Boca abajo —le dije—. Date vuelta.

Salí de ella, la ayudé a girarse, la puse en cuatro apoyada sobre los codos en la camilla, con el culo levantado hacia mí. Le vi el coño abierto, brillante, todavía latiendo. Le pasé el pulgar por la raja hasta el ojete y ella empujó el culo hacia atrás. Le volví a meter la polla de un empujón y ella hundió la cara en el papel de la camilla para ahogar el grito. La agarré del pelo, no fuerte, y tiré para atrás para que arqueara la espalda. Empecé a cogérmela así, con las dos manos en su cadera, marcándole las nalgas con los dedos, la piel golpeando contra piel en un sonido húmedo que rebotaba en las paredes del consultorio. Le pasé una mano por debajo y le busqué el clítoris con la yema, se lo froté al ritmo de las embestidas.

—Ay, así, así, más fuerte —me dijo, con la voz destrozada—. Cogeme, cogeme, no pares.

La cogí más fuerte. Le entraba hasta los huevos, se los sentía golpearle contra la carne cada vez, y ella se corría otra vez, la sentí apretarse toda alrededor de mi polla, gritando bajito contra el papel de la camilla, mordiéndolo, dejándome un anillo caliente que casi me hace terminar. Me aguanté. Salí de ella, respiré hondo, me la sacudí despacio para no correrme todavía. La quería ver montada encima de mí.

***

Me acosté yo en la camilla y le hice una seña. Ella se subió sin dudar, se acomodó a horcajadas, me tomó la verga con una mano y se la guio ella misma al coño, bajando despacio, empalándose con los ojos cerrados hasta que se sentó del todo, con mi polla enterrada hasta la raíz. Se quedó ahí quieta unos segundos, adaptándose, respirando, y después empezó a moverse.

Estábamos a mitad del segundo asalto, ella encima de mí ahora, las dos manos apoyadas en mi pecho y las caderas marcando un compás propio, cabalgándome despacio y hondo, arriba y abajo, con las tetas balanceándose a la altura de mi cara, cuando escuchamos el primer grito en el pasillo.

—¡Doctor, doctora, código rojo, vengan ya!

Era la voz de Marisol, la enfermera de noche. Estaba a tres puertas del consultorio cuatro.

Renata se congeló encima de mí, con la polla mía enterrada todavía hasta el fondo de su coño. Yo le agarré la cintura con las dos manos para que no se cayera. Nos quedamos así dos segundos, los dos sin respirar, los dos sintiéndonos uno dentro del otro mientras del otro lado de la puerta corrían pasos y se gritaban nombres. Le sentía el coño latiéndome alrededor de la verga, apretándome sin querer, cada vez que respiraba.

—Bájate —le dije al oído.

Ella se levantó despacio, la polla mía saliendo brillante y dura, dejándole un hilo de flujo colgándole entre los muslos. Se vistió en treinta segundos, el uniforme torcido, el cabello deshecho, la bombacha metida a los apurones dentro del bolsillo del uniforme porque no había tiempo de ponérsela. Yo me subí el pantalón con la polla todavía dura y la marca de ella brillándome en el glande, me acomodé como pude, le pasé el sostén que había quedado tirado en la silla del médico. Tenía las dos manos temblándome.

—Sal tú primero —le pedí—. Yo paso por la ventana, doy la vuelta y entro por la otra ala.

—No es necesario.

—Sí es necesario.

Me miró. Me miró igual que antes, igual que la primera noche, igual que en el pasillo aquel primer día. Y por primera vez en tres semanas le vi algo nuevo en los ojos: un poco de miedo y un poco de risa al mismo tiempo. Como si recién en ese instante se hubiera dado cuenta del lío y, al mismo tiempo, no se arrepintiera de nada.

—Anda —dijo.

Abrí la ventana del consultorio cuatro, que da al patio interno. Salté. Caí mal, me torcí un poco el tobillo, no me importó. Crucé el patio en diagonal, entré por la puerta de servicio, subí la escalera de incendios y aparecí en la estación de enfermería con cara de no haber dormido en tres días y con la polla todavía a medio bajar dentro del pantalón.

—¡Por fin! —me gritó Marisol—. ¿Dónde estabas?

—En el cuarto de descanso —mentí—. Acabo de despertarme.

Atendí al paciente. Era un infarto de un hombre de cincuenta y dos años. Lo estabilizamos a tiempo. Dos horas más tarde, cuando ya lo estaban subiendo a la unidad coronaria, Renata pasó por la estación. Tenía el uniforme limpio, el cabello recogido, los ojos cansados. Pasó por al lado mío sin mirarme. Cuando ya estaba en la puerta, giró apenas la cabeza y me clavó otra vez esa mirada.

Una sola. Una mirada. La misma de siempre.

Hoy escribo esto desde el auto, en el estacionamiento del sanatorio, antes de manejar las dos cuadras que me separan de mi casa. Tengo el olor de ella todavía pegado en los dedos, me los llevo a la nariz cada dos minutos como un enfermo. No tengo idea de qué es el amor. La verdad, esta noche, poco me importa. Sé que mañana a las diez vuelvo a entrar al hospital y que, en algún pasillo, en algún momento del turno, ella va a pasar por al lado mío. Y va a mirarme.

Y todo va a empezar otra vez.

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Comentarios(9)

NicoRosario_84

tremendo relato, me dejo sin palabras!!

Dani_Bsas

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

Marta_Glez

me encanto como lo contaste, se siente muy real sin ser burdo. Sigue asi!

SantiagoMR

las tres de la mañana y encima casada... la vida a veces te sorprende jaja. Muy buen relato

Roberto_cba

Uno de los mejores de la categoria. La tension que se siente desde el principio es increible, se te acelera el corazon leyendolo. Ojala haya continuacion.

VeraLunares

excelente!!!

Gonzalo_P77

me recordo a una situacion que tuve hace años en una guardia, aunque mucho menos intensa jajaja. Muy bueno

CaroLectora

¿es real o fantasia? se nota que lo viviste, esta muy bien narrado

ElPeregrino22

Se hizo corto, quiero mas :)

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