Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La primera vez con el hermano de mi mejor amiga

Conocí a Andrés en octubre del año pasado, cuando Sofía me invitó a su casa por primera vez. Él estaba en la cocina preparando café, de espaldas, y cuando se dio la vuelta y me miró no pude apartar los ojos. Tenía el cabello castaño claro, ligeramente ondulado, unos ojos color avellana detrás de unas gafas de pasta negra, y una sonrisa calmada que tardaba un segundo de más en aparecer, como si siempre estuviese pensando algo antes de mostrarse.

Tenía veinte años, uno más que yo. No era el tipo de chico que gritaba en las fiestas ni necesitaba llamar la atención. Era tranquilo, concreto, y tenía esa costumbre de mirarte cuando hablabas, de verdad mirarte, como si lo que decías importara más que cualquier otra cosa en la habitación.

Durante los meses siguientes encontré cualquier excusa para acompañar a Sofía a su casa. A veces fingía que había olvidado algo allí. A veces simplemente aparecía «de paso». Andrés siempre me recibía con la misma naturalidad, sin sospechar nada, o al menos eso creía yo. Pero me miraba. Me miraba de una forma que yo notaba y que él nunca convertía en nada concreto.

Esa tarde de viernes tomé la decisión de manera casi absurda, mientras me pintaba los labios delante del espejo. Hoy. No supe de dónde vino esa certeza, pero estaba ahí, firme y clara. Quería que Andrés fuera el primero en metérmela. Llevaba diecinueve años cargando con el coño intacto como si fuese un objeto que había que entregar en el momento exacto, y al fin sentía que ese momento había llegado.

Llamé a Sofía antes de salir. No contestó. Le mandé un mensaje: «Voy para tu casa». Nada. Probablemente estaba en clase de danza, como cada viernes. Igual salí.

Cuando llamé al timbre y escuché sus pasos al otro lado de la puerta, el corazón se me disparó. Andrés abrió con el pelo un poco revuelto, en camiseta blanca y pantalón gris de chándal, con una taza en la mano. El pantalón le marcaba el bulto de la polla contra la tela y no pude evitar bajar los ojos un segundo.

—Lucía —dijo, sorprendido pero sin incomodidad—. Sofía no está, ¿lo sabías?

—Lo sé —respondí—. No he venido por ella.

Hubo un segundo de silencio. No de tensión incómoda, sino del tipo de silencio en el que dos personas se miden en serio por primera vez. Me miró. Yo aguanté la mirada.

—Pasa —dijo al fin, y se apartó para dejarme entrar.

La casa estaba en silencio. Sus padres no estaban. Él dejó la taza sobre la mesa de la entrada y me siguió hasta el salón sin decir nada. Yo me giré hacia él antes de que pudiese sentarse.

—Andrés, llevo meses pensando en esto. No quiero que te sientas presionado, pero tengo que decírtelo. Quiero que seas tú el que me folle por primera vez.

Frunció el ceño, no con enojo sino con concentración.

—¿Estás segura de lo que me estás pidiendo?

—Segurísima —dije—. Quiero que me la metas tú. Que seas el primero en abrirme.

No respondió de inmediato. Se acercó despacio, como si quisiera darme tiempo para echarme atrás, y cuando llegó a mi altura me puso una mano en la mejilla. La tenía cálida. Me miró un segundo más, buscando algo en mis ojos, y luego me besó.

Fue un beso pausado al principio, casi cauteloso, como si ninguno de los dos quisiera arruinarlo yendo demasiado rápido. Pero en cuanto sentí que él respondía al mismo ritmo que yo empujaba, algo cedió. Me acerqué más, él me rodeó la cintura con el brazo libre, y el beso se volvió más largo, más hondo. Su lengua entró en mi boca y yo la chupé, mordiéndole el labio inferior, sintiendo que la polla se le ponía dura contra mi vientre.

Le pasé la mano por encima del pantalón y apreté. Estaba durísima ya, gruesa, palpitándome contra la palma. Andrés soltó un gemido corto contra mi boca.

Nos separamos unos centímetros y nos reímos, los dos, sin razón, solo porque estábamos nerviosos y aliviados al mismo tiempo.

—Ven —dijo, y me llevó de la mano hasta su habitación.

***

La habitación era ordenada, con luz natural que entraba por una ventana entreabierta. Me senté en el borde de la cama y él se quedó de pie frente a mí, quitándose la camiseta sin prisa. Tenía los hombros anchos, el pecho liso, y yo no pude evitar pasarle las manos por el abdomen cuando se inclinó para besarme otra vez. Le desabroché el cordón del chándal y se lo bajé lo justo para meterle la mano dentro. La tenía tan dura que apenas cabía en el bóxer. La saqué. Era la primera polla que tocaba en mi vida y la sentí más pesada de lo que había imaginado, con la punta ya mojada de líquido preseminal.

—Chúpamela —me pidió en voz baja, y esas dos palabras dichas por él, tan tranquilo siempre, me pusieron el coño empapado de un tirón.

Me arrodillé delante suyo, con la boca a la altura de su verga, y la agarré con las dos manos. La lamí primero desde la base hasta el glande, muy despacio, saboreando el gusto salado de la punta. Después me la metí en la boca. No me entró entera, era demasiado gruesa, pero la chupé todo lo que pude, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios contra el tronco y usando la lengua alrededor de la corona.

—Así, Lucía, así… —Andrés me sujetaba el pelo hacia atrás con una mano, sin empujar, dejándome hacer a mi ritmo—. Qué bien la chupas para ser la primera vez, joder.

La saqué con un ruido húmedo y le lamí los huevos también, uno por uno, mirándolo hacia arriba. Él tenía la boca entreabierta y los ojos fijos en mí. Volví a metérmela, esta vez más profundo, hasta que la punta me tocó el fondo del paladar y me tuve que retirar tosiendo un poco. Un hilo de saliva me colgaba del labio a la cabeza de su polla.

—Ven aquí —dijo, y me levantó del suelo tirándome de los brazos.

Empezó en mi cuello, con la boca. Besos lentos, luego presión, luego dientes muy suaves sobre la piel. Tuve que morderme el labio para no hacer ruido.

—¿Te molesta? —preguntó contra mi garganta.

—No. Muérdeme más.

Siguió. Sentí que me dejaba una marca y no me importó. Me desabrochó el top por detrás con calma y lo dejó caer al suelo. Lo que hizo después me costó mantener la respiración: dedicó tiempo a cada parte de mi piel como si no tuviese prisa, como si mi cuerpo fuera algo en lo que quería quedarse. Me besó los hombros, bajó hasta mis tetas y las tomó entre sus manos primero, sopesándolas, apretándome los pezones entre los dedos hasta que se me pusieron duros como piedras. Después con la boca: me chupó un pezón mientras me pellizcaba el otro, cambiando de uno a otro, mordisqueándolos con una paciencia que me volvía loca y que ningún chico de mi edad me había dedicado nunca, principalmente porque ningún chico de mi edad había llegado tan lejos conmigo.

Para cuando terminó con la parte de arriba, yo ya era incapaz de quedarme quieta. Tenía las bragas empapadas y los muslos apretados sin darme cuenta, frotándome contra mí misma buscando fricción.

—Estate quieta —me dijo en voz baja, y sonó más a caricia que a orden.

—Es que no puedo —respondí, y me reí—. Tengo el coño chorreando, Andrés.

—Déjame ver.

Me bajó el pantalón y después las bragas, y se tomó un momento para mirarme antes de hacer cualquier otra cosa. No de una forma que me pusiera incómoda, sino de una manera que hacía que quisiera que me mirara. Me abrió las piernas con las dos manos y soltó un silbido bajo.

—Estás empapada, joder. Se te ve el coño brillando.

Se arrodilló en el suelo, me puso las piernas sobre sus hombros y empezó con la lengua. Lento al principio, explorando, ajustándose a cada reacción mía. Me lamió los labios de fuera primero, después separándolos con los dedos, hundiendo la lengua entre los pliegues, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez hasta la entrada. Aprendía rápido. En menos de cinco minutos había encontrado exactamente el punto que me hacía tensarme entera y aferrar los dedos a su cabello.

Me metió un dedo dentro mientras seguía chupándome el clítoris. Estaba tan estrecha que sentí el dedo como si fuese algo mucho más grande. Lo movió despacio, curvándolo hacia arriba, y encontró un sitio que me hizo arquear la espalda contra las sábanas.

—Ay, Dios, ay, sigue, sigue, sigue…

Metió un segundo dedo y aceleró la lengua sobre el clítoris. Llegué cerca del límite y me retiré sin querer, cerrando las piernas de golpe alrededor de su cabeza.

—Perdona —dije sin aliento.

—No te disculpes —respondió, con la boca brillante de mis flujos, y se incorporó para volver a besarme en los labios. Me besó con el sabor mío todavía en la lengua y aquello me pareció lo más sucio que había hecho en mi vida hasta ese momento.

Se puso de pie y se quitó el resto de la ropa. Lo miré. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo entero, no en fotos sino en persona y a menos de un metro de mí, con la polla dura apuntando hacia mí, gruesa y venosa, con la punta roja e hinchada. Lo único que pensé fue que quería que se acercara y me la metiera ya.

—Voy a ir despacio —dijo, con una naturalidad que me tranquilizó más que cualquier otra cosa que hubiese podido decir—. Si en algún momento quieres que pare, me dices.

Asentí.

***

Me recosté en la cama. Él se colocó entre mis piernas, se pasó la mano por la polla un par de veces para untársela con la humedad de la punta, y la apoyó contra mi entrada. Sentí el glande empujando, resbalando arriba y abajo sobre mis labios chorreados antes de encontrar el sitio. Entró despacio, centímetro a centímetro, mirándome todo el tiempo. Hubo dolor, sí. Un ardor agudo que me hizo apretar los dientes y agarrar las sábanas con los puños cuando pasó la barrera del himen.

—¿Bien? —preguntó, quieto, con la polla enterrada hasta la mitad dentro de mí.

—Sí —respondí, y era verdad. Era un dolor que tenía sentido, un dolor que yo había elegido—. Métemela toda.

Empujó despacio los últimos centímetros hasta que sentí sus huevos contra mi culo. Estaba llenísima. El ardor fue cediendo, transformándose en otra cosa, una presión densa y cálida que llenaba un espacio que no sabía que tenía.

Empezó a moverse con suavidad. Fuera casi entera, dentro despacio, fuera, dentro. Aflojé los dedos de las sábanas. Empecé a moverme también, buscando su ritmo, empujándole con las caderas hacia arriba cada vez que él bajaba.

Fue ganando intensidad poco a poco, como si los dos calibráramos juntos cuánto podíamos dar. Yo le pedí más con la cadera antes de pedírselo con la voz, y él entendió sin que tuviese que decirlo.

—Más fuerte —dije al fin—. Fóllame más fuerte, Andrés.

Y lo hizo, sin dejar de mirarme. Empezó a embestirme con estocadas largas y profundas, apoyando las manos a los lados de mi cabeza. Cada vez que me la clavaba hasta el fondo, el colchón crujía y a mí se me escapaba un gemido agudo.

—Qué apretada estás, joder —jadeó cerca de mi oreja—. Me estás ordeñando la polla.

—Dámela toda, dámela toda…

Me puso las piernas contra el pecho, dobladas, para clavármela desde arriba en un ángulo más vertical, y a partir de ahí perdí el hilo. El tiempo se comprimió de una manera que no supe explicar después. En algún punto dejé de contar los minutos y solo existió eso: él encima de mí, su peso, el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo, su ritmo, su cara a pocos centímetros de la mía. Gemí sin vergüenza, cada vez más alto. Clavé los dedos en su espalda, se los arrastré por los omóplatos. Me escuché decir cosas que no había planeado decir.

—Me voy a correr, me voy a correr en tu polla, Andrés…

El clítoris se me hinchó contra su pubis en cada embestida, y de repente algo se rompió dentro y me corrí gritando, apretándole la verga con las paredes internas mientras él seguía embistiéndome sin parar. Andrés aguantó unos segundos más, hasta que se hundió hasta el fondo, se puso rígido y sacó la polla justo a tiempo para correrse en chorros calientes sobre mi vientre y mis tetas. Se corrió muchísimo, un hilo largo y blanco, y me quedé mirándolo hipnotizada.

Cuando se tumbó a mi lado, los dos respirando desordenado, me quedé mirando el techo con una sensación extraña en el pecho, no de pérdida sino exactamente lo contrario: de haber llegado a algún sitio.

—¿Estás bien? —preguntó al cabo de un momento, pasándome una mano por el pelo y limpiándome distraídamente el semen del ombligo con el pulgar.

—Mejor que bien.

Hubo un silencio cómodo. Luego él habló, con la misma calma de siempre:

—Hay algo más que podemos hacer, si quieres. Sin ninguna obligación.

—¿Qué cosa?

—Por el culo.

Lo miré. No sentí miedo exactamente, sino una curiosidad que tiraba más fuerte que la prudencia.

—¿Duele más?

—Al principio sí. Pero si lo hacemos bien, mucho menos de lo que parece. Y si te dejas, te va a gustar.

—Quiero intentarlo.

***

Fue aún más despacio esta vez. Me puso a cuatro patas en la cama, con el culo hacia arriba y la cabeza apoyada en los brazos, y se tomó un buen rato solo preparándome. Sacó un botecito de lubricante del cajón de la mesilla, se echó una cantidad generosa en los dedos y me untó bien todo el agujero. Empezó a masajearme por fuera con el pulgar, en círculos, hasta que me relajé, y después metió la punta de un dedo. Luego el dedo entero, muy despacio. Después dos.

—Respira hondo —me pidió—. No aprietes. Ábrete.

Lo intenté. Sentí sus dedos moviéndose dentro, abriéndome, y una descarga rara subiéndome por la columna que no era desagradable. Me metió la otra mano por debajo y me frotó el clítoris al mismo tiempo, y aquello me hizo empujar el culo hacia atrás contra sus dedos sin darme cuenta.

—Ya estás lista —dijo.

Se puso más lubricante en la polla, se colocó detrás de mí de rodillas y apoyó el glande contra la entrada del culo. Cuando empezó a entrar, la sensación fue más intensa que la primera vez y un sonido involuntario se me escapó de la garganta. Ardía. Sentí cómo el anillo se estiraba alrededor de la cabeza de su verga y creí por un segundo que no iba a caber.

—¿Paro?

—No. Sigue. Despacio.

Empujó otro centímetro y se quedó quieto. Otro más. Se quedó quieto otra vez, dándome tiempo para acostumbrarme. Yo tenía la cara aplastada contra el colchón y jadeaba con la boca abierta, sintiendo cómo el culo se me acomodaba alrededor de él poco a poco.

—Ya está la mitad —susurró—. ¿Quieres el resto?

—Toda —dije con la voz temblando—. Métemela toda.

Cuando la tuvo enterrada del todo, me acarició la espalda de arriba abajo hasta que se me relajaron los hombros. Empezó a moverse con estocadas cortísimas, apenas unos centímetros de vaivén, y me metió otra vez la mano por debajo para tocarme el coño mientras me follaba por detrás.

Tardé unos minutos en acostumbrarme a esa presión diferente, más densa, que venía de otro ángulo. Luego algo cambió, y lo que antes era únicamente dolor se convirtió en algo más difícil de nombrar: una intensidad que hacía que los gemidos que emitía no sonaran en absoluto a queja. Andrés lo notó y ajustó el ritmo sin que yo dijera nada, alargando las estocadas, cogiéndome de las caderas con las dos manos y tirándome contra él cada vez que se hundía.

—Qué gusto, joder, qué gusto —jadeaba yo contra el colchón—. Fóllame el culo, Andrés, más fuerte.

Me lo folló más fuerte. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas llenó la habitación, junto con mis gemidos, agudos y sin freno. Me metió dos dedos en el coño mientras seguía embistiéndome por detrás y aquella doble sensación me hizo correrme por segunda vez, temblando entera, aflojándome contra sus manos.

Andrés aguantó unos segundos más, embistiendo cada vez más rápido, y terminó apoyando la frente en mi espalda unos segundos antes de correrse dentro de mí con un gemido ronco. Sentí los espasmos de su polla y el calor del semen llenándome el culo, y ese pequeño gesto suyo, la frente apoyada contra mi columna mientras se vaciaba, fue lo que más me gustó de todo.

***

Encendió la luz del baño y volvió con una toalla húmeda. Había algo de sangre en las sábanas, no mucha, pero ahí estaba, mezclada con las manchas de semen y lubricante.

—Normal —dijo sin dramatismo, y me limpió con cuidado entre las piernas y por detrás.

Me ayudó a vestirme y luego volvimos a la cama, tumbados de lado, mirando el techo. Afuera, el sol había empezado a bajar y la habitación se había llenado de una luz anaranjada y quieta.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó al cabo de un rato.

—De nada —respondí.

Y era la verdad más simple y más rotunda que había dicho en mucho tiempo. Seguía escuchando el silencio de la casa y pensando que Sofía volvería en algún momento, que habría que explicar algo o no explicar nada, que el mundo seguiría girando exactamente igual que antes. Pero yo no era exactamente la misma que había entrado por esa puerta unas horas atrás, y eso me pareció suficiente.

Andrés me pasó el brazo por los hombros y yo apoyé la cabeza en su pecho sin decir nada más. No hacía falta.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(8)

Sebas_tdz

increible, me dejo sin aliento. de los mejores que lei en esta categoria

Majo_cordoba

Por favor que haya segunda parte!!! no puede terminar asi, quede con muchisimas ganas de mas

LectorNocturno_77

El arranque es magistral. Ese primer parrafo ya te mete de lleno en la tension. Muy bien logrado.

SilviaCba33

me recordo a algo que me paso hace anos jajaja, aunque para mi no tuvo un final tan interesante. Sigue escribiendo!

Pablosk_ok

es autobiografico o lo inventaste? se siente demasiado real para ser ficcion pura

Marcos21

genial!!! segui escribiendo asi

TintoNocturno

esa intro... sabias perfectamente a que ibas cuando tocaste el timbre. tremendo arranque

CarlosM_85

Uno de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo. Espero la continuacion, si es que hay. Saludos desde el norte

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.