La tarde que un taxista me tomó por una prostituta
Me llamo Catalina. La mayoría me dice Cata, y desde pequeña soy lo que en mi pueblo llaman una mujer bien formada: cintura breve, caderas anchas, pecho que atrae miradas aunque yo no haga nada para atraerlas. Soy de Naucalpan, de una familia de clase media estricta que me crió con la idea de que una señorita decente cuida su reputación por encima de todo.
Ingresé a la universidad en el sur de la ciudad con mucho esfuerzo. Los traslados desde casa eran insoportables, casi dos horas de ida. Mi compañera de la carrera, Sofía, ya rentaba un departamento a diez minutos del campus. Mis padres tardaron en aceptar que me fuera a vivir con ella, pero al final cedieron.
Lo que voy a contar ocurrió un viernes de febrero, unos meses después de mudarme. Sofía había salido temprano a una fiesta y no volvería hasta el sábado. Yo acababa de pasar la tarde con Mauricio y Nicolás, dos compañeros con quienes había tenido un encuentro que aún me hacía temblar al recordarlo. Cuando Nicolás se marchó, me quedé sola en el departamento.
Fui al cuarto de lavado a meter la ropa. La pila de ropa sucia de Sofía era enorme. La moví para hacer espacio y entre sus prendas de siempre —playeras, jeans, calcetines— encontré otro tipo de ropa. Vestiditos cortos de licra, sujetadores de media copa, tangas de encaje fino. En el fondo había un conjunto que me hizo detenerme: un sujetador y una tanga de encaje color cereza, de una marca que no conocía. La tela era casi traslúcida, suave como papel de seda, con pequeñas flores bordadas.
Sin pensarlo mucho, los metí junto con mi ropa en la lavadora.
Mientras esperaba, me di una ducha. El agua caliente me recordó las manos de Mauricio en mi espalda, los dedos de Nicolás en mi cintura. Me toqué casi sin querer. No llegué a ningún lado, pero tampoco podía quedarme quieta.
Cuando saqué la ropa, el conjunto de Sofía quedó perfecto: sin manchas, suave, con ese brillo que tiene la tela de calidad. Me lo probé solo para verlo. La tanga subió con facilidad y encajó entre mis glúteos como si estuviera hecha a medida. El sujetador de media copa levantó y apretó mi pecho de un modo que nunca había sentido; el escote quedó profundo, la tela apenas cubría los pezones. Me miré en el espejo del pasillo y no reconocí del todo a la mujer que me devolvía la mirada.
Hacía mucho calor. Sofía tenía un vestido de licra rosa pálido colgado en la silla. Era pequeñísimo, pero la licra estira. Me lo puse con algo de trabajo. El resultado fue que mis caderas y mis glúteos llenaban cada centímetro de la tela, y si no tenía cuidado con los pasos, el dobladillo subía. Los tacones altos de ante negro que encontré junto a la silla terminaron de armar el conjunto.
«Así se visten las mujeres en esta ciudad», pensé inocentemente.
Me maquillé: sombra de ojos oscura, labial rosa brillante, pestañas cargadas de rímel. Recordé que necesitaba comprar cosas en el supermercado. La plaza comercial estaba a cinco minutos caminando. Decidí ir vestida así, por el calor.
Salí del edificio y el sonido de mis tacones sobre el pavimento me hizo sentir más alta, más visible. A mitad del pasaje me crucé con don Roberto, el vecino del cuarto piso. Tiene algo más de cuarenta años, divorciado, siempre educado.
—Cata, qué gusto. ¿Sales de fiesta? —preguntó.
Le dije que solo iba al súper. Me miró un segundo de más antes de desearme buena noche.
En la caseta de acceso estaba Martín, el vigilante de turno. Me silbó en voz baja.
—¿Adónde vas así, Cata? —dijo con una sonrisa que intentaba ser de broma.
Lo saludé de beso y abrazo como siempre. Noté que tardaba en soltarme y que olió mi perfume mientras nos separábamos. Seguí caminando hacia la avenida.
La tarde olía a asfalto caliente y a comida de los puestos de la esquina. Caminé por la banqueta con el vestido tirando hacia arriba a cada paso. Pensaba en Mauricio y en Nicolás, en lo que habíamos hecho esa tarde. Me preguntaba si la próxima vez que los viera todo volvería a la normalidad. Empecé a imaginar cómo sería mi vida dentro de diez años: trabajo estable, pareja seria, quizás una boda sencilla.
El claxon de un coche me sacó del pensamiento.
Era un taxi viejo, con rayones en la carrocería y música de cumbia que apagó de golpe al frenarse junto a mí. El conductor bajó la ventanilla del copiloto y me gritó con una voz grave que no concordaba con su aspecto desaliñado:
—¡Oye, nalgona! ¡Espérate! ¡Quiero servicio!
Fingí no escuchar y aceleré el paso. Él avanzó despacio junto a la banqueta.
—¡No te hagas! ¡Traigo dinero!
Me detuve. Me agaché para mirarle a la cara a través de la ventanilla abierta.
—Se está confundiendo, señor. Le pido que se vaya —dije.
El hombre era mayor, de unos cincuenta años, con la piel oscura y marcada, cabello canoso con entradas grandes, manos anchas apoyadas en el volante. Me miró a los ojos y luego al escote, que yo me cubrí de inmediato con la mano.
—Y también tienes cara de querer —dijo, y se rió.
Le grité que se fuera. Él siguió riéndose mientras yo caminaba más rápido hacia la entrada de la plaza.
***
Estuve dando vueltas por las tiendas sin comprar nada, dejando que el aire acondicionado me calmara. Me compré un helado de vainilla y entré sin propósito a una tienda de ropa de caballero. El encargado me dijo que podía entrar con el helado. Empezó a mirarme. Yo fingía revisar las camisas mientras lamía el helado despacio. Nos hicimos un juego de miradas sin decir nada.
Vi un chaleco azul marino que le hubiera quedado bien a Mauricio. Pregunté si había talla extra grande. El encargado dijo que podría estar en la bodega, en otro local de la plaza, pero él no podía dejar la tienda sola.
Le rogué con la mirada más tierna que pude. Puse la mano en su brazo y presioné ligeramente. Al final aceptó, me pidió que cuidara el local un momento y salió.
Me quedé sola entre las camisas y las corbatas, imaginando a Mauricio con el chaleco puesto. La tienda estaba en silencio.
Entonces sentí una palmada fuerte en el glúteo izquierdo. El sonido llenó el local. La mano siguió ahí, amasando, apretando con fuerza. Una voz grave y conocida habló junto a mi oído:
—Te hice bajar del taxi y buscarte, maldita. Menuda vuelta me hiciste dar.
Era el taxista.
—Señor, se equivoca —dije sin voltear—. Soy estudiante universitaria. No me dedico a lo que me está pidiendo.
Intenté quitarle la mano. Él la ponía de nuevo en el mismo sitio cada vez.
—Cállate —dijo con calma—. Te voy a llevar del brazo hasta mi taxi y te portas bien.
Cuando intenté dar un paso, me sujetó con firmeza. No con brusquedad, pero con una fuerza que hizo inútil cualquier intento de moverme.
—Ya estoy harto de que te hagas la difícil —me dijo—. Cuanto más lo hagas, peor te va a ir.
Me giré para mirarle. Me miraba el cuerpo de arriba abajo, luego el cuello, luego los ojos. Me tomó por la mandíbula con una mano y dijo:
—Con esa cara y esas curvas, cualquiera te pide precio.
No sé por qué esas palabras me aflojaron algo por dentro.
Me besó. Sus labios estaban húmedos y su lengua entró sin preámbulos. Olía a cerveza y a tabaco frío. Hice mi lengua hacia atrás, luego ya no. Terminé saboreando su boca. Había algo en la mezcla de humillación y deseo que me encendía sin que yo lo decidiera.
Cuando nos separamos, escuché la voz del encargado de la tienda.
—¿Todo bien, señorita?
Tenía el chaleco azul en las manos. Miré al taxista, luego al encargado, y dije que sí, que el señor era mi acompañante. El taxista me dio una nalgada seca que resonó en toda la tienda, y luego se dirigió al encargado:
—Esta señorita le mintió. Se dedica a lo mismo que usted imagina. Como compensación por haberle hecho perder el tiempo, le ofrece un servicio. Usted decide la propina según cómo se porte.
Cerré los ojos.
—¿Qué día le viene bien? —preguntó el encargado, con una voz que fingía más calma de la que tenía.
El taxista me acercó la boca al oído:
—Pídele disculpas. Dile a qué te dedicas. Prométele que irás.
Caminé hasta donde estaba el encargado con las piernas algo temblorosas y la voz también.
—Una disculpa por haberle mentido —dije—. No fue mi intención hacerle perder el tiempo. Me dedico a prostituirme. Y estaré aquí el día que usted diga.
El encargado me besó en la mejilla y dijo:
—El martes a las siete. No llegues tarde.
***
Salí de la tienda con la mano del taxista sobre mi cadera. Caminamos por la plaza y noté cómo la gente nos miraba: a mí, vestida de ese modo, y a él, con su ropa de trabajo sudada. En la salida compró dos barras de chocolate en un puesto de dulces.
En el estacionamiento me empujó contra su coche. Me besó de nuevo, más salvaje esta vez, y empezó a subirme el vestido con las manos. Yo lo bajaba. Él lo subía. Tenía más fuerza que yo.
—O te lo sacas tú o te lo rompo y vuelves a casa en ropa interior —dijo sin alzar la voz.
Levanté los brazos. Él sacó el vestido de un tirón. Me quedé en el estacionamiento, a plena luz de tarde, con solo la tanga y el sujetador de Sofía, los tacones de ante negro y el maquillaje ya algo corrido.
—Menuda lencería de lujo para una chica de barrio —dijo, mirándome de arriba abajo—. Pareces escort de hotel de cinco estrellas.
Me puso de espaldas contra su cuerpo. Sentí su erección a través del pantalón, presionando contra mis glúteos. Sus manos recorrieron mi vientre, pellizcando el pellejo, explorando cada curva sin pedir permiso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Dudé un segundo.
—Cata.
—Pues desde ahora eres Cata la tetona del encaje. Repítelo.
Lo repetí en voz baja.
—Muy bien. Voy a dar una vuelta. Me esperas aquí y me ofreces tus servicios como corresponde.
Subió al taxi y arrancó.
***
Me quedé sola en el estacionamiento. Me cubría como podía con los brazos. El sol todavía pegaba. Vi cómo el taxi doblaba al fondo y desaparecía. Un policía de la plaza me miraba desde lejos. Sus ojos no eran de preocupación: recorrían mis muslos, mis caderas, el encaje de la tanga que el vestido ya no cubría.
Pensé en pedir ayuda. Di dos pasos en esa dirección. El policía seguía mirando, ahora con una sonrisa pequeña. Me detuve.
Si pido ayuda, esto se acaba. Mis padres. La vergüenza. Todo terminado.
Si me quedo...
Me di la vuelta. Caminé despacio hacia el punto por donde el taxi volvería, contoneando las caderas porque sabía que el policía me estaba mirando. Me apoyé en el capó de un coche estacionado y esperé.
El taxi reapareció. El taxista frenó, bajó la ventana y me miró con el gesto de quien ya ha ganado.
Me incliné sobre la ventanilla del copiloto. Mis pechos se asomaron sobre el borde de la puerta.
—Hola —dije.
—Pues sí que tienes cara de querer —respondió, fingiendo que nos acabábamos de conocer.
—Me llamo Cata —dije—. Me dedico a esto. Por usted no cobro tarifa, solo propina si le parece que me la gano.
Se rió. Abrí la puerta y me senté.
***
En cuanto cerré la puerta me besó y puso la mano entre mis piernas, sobre la tela de la tanga. Empezó a frotarme sin prisa, con presión firme. Abrí las piernas todo lo que permitía el asiento. Mis caderas se movían solas. Noté que jadeaba con la boca abierta y me dio algo de vergüenza, pero no pude parar.
—Mírate —dijo, apartándose para observar mi cara—. Tan señorita y ahora con las piernas abiertas pidiendo más.
—Soy una prostituta barata —dije sin que me lo pidiera, y repetirlo me calentó más todavía.
Llegué al orgasmo antes de que él me lo indicara. Un espasmo que empezó en la entrepierna y me recorrió hasta los hombros. Le dije algo que no tenía intención de decir. Él arrancó el coche sin responderme. No pregunté adónde íbamos.
Unos minutos después, un chico joven nos hizo señas desde la entrada de un callejón. El taxista maniobró hacia allí. Intercambiaron unas palabras en voz baja. El chico dijo que el callejón estaba libre, que hoy no había nadie en el taller. El taxi avanzó hasta el fondo, donde una barda alta cerraba el paso. Había basureros a ambos lados. Sabía perfectamente por qué estábamos ahí.
—Ahora sí —dijo el taxista—. Móntate de frente.
Me subí sobre él. Sentí su erección contra mi cadera mientras me acomodaba. Puso los chocolates —completamente derretidos por el calor— sobre el tablero y abrió los envoltorios. Con las manos embadurnó el chocolate sobre mis pechos, empezando por los pezones y cubriéndolos despacio, con una concentración que me puso la piel de gallina.
Luego se inclinó y empezó a lamerlos.
Tomé su cabeza entre mis manos. Sentía su lengua, sus dientes rozando mis pezones, la presión de sus labios recorriendo cada centímetro de piel cubierta de chocolate. Me movía contra él sin pensar. Cuando terminó de limpiarme con la boca, me miró a los ojos sin decir nada.
—Bájate un momento —dijo.
Obedecí. Acomodó el asiento del copiloto en posición casi horizontal. Me indicó que me acostara boca arriba. Luego me puso las piernas dobladas contra el pecho, las rodillas casi tocando mis hombros, y se colocó encima.
Entró despacio.
Solté el aire que llevaba un rato aguantando sin darme cuenta. Me sujetó los tobillos y empujó. El taxi crujió. Yo sujeté el borde del asiento con las manos y no lo solté.
No duró poco. Tampoco fue suave. Cada vez que llegaba al fondo de mí, sentía un escalofrío que subía hasta la nuca y me ponía la piel de gallina por todas partes. Yo gritaba sin importarme. Él seguía empujando, enfocado, como si yo fuera lo único que existía en ese callejón. Cuando sentí que la presión ya no aguantaba más, le pedí que se viniera dentro.
Lo hizo.
***
Cuando todo terminó me quedé tumbada en el asiento, mirando el techo del taxi. Afuera el sol estaba bajando. El taxista fumó un cigarro apoyado en la puerta abierta, sin mirarme.
Yo pensaba en mis padres, en la universidad, en la chica que había salido del departamento dos horas antes con la lista de la compra en la cabeza.
No me arrepentía de nada. Eso era lo más extraño de todo.