Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche en que Yani apagó la luz de mi cuarto

Me llamo Claudia Ferrer, aunque en el barrio todo el mundo me llama Clau desde que tenía doce años. Regento una boutique de lencería en el centro de Valencia, y hasta hace poco también mantenía el tipo de las mujeres que tienen todo bajo control. Hasta que mi marido se fue con veinte años de matrimonio en la maleta y me dejó sola con Rodrigo, que en ese momento acababa de cumplir diecinueve.

No fue la tristeza lo que me hundió. Fue el tiempo. Atender la tienda, cocinar, limpiar, revisar facturas, estar disponible para mi hijo: de repente todo recaía en mí y cada semana acababa con menos horas y más ojeras. Llevaba meses buscando a alguien que me ayudara en casa, pero las personas que encontraba me pedían más de lo que podía pagar, o simplemente no encajaban.

La llamada me llegó un martes, mientras cerraba la caja de la tienda. Una amiga me dijo que conocía a una chica filipina, sin papeles todavía, pero con ganas de trabajar y referencias sólidas. Me pasaría su número esa misma noche.

Al día siguiente la recibí en la boutique a las once de la mañana. Yani tenía unos treinta y dos años: menuda, de movimientos precisos, con el pelo largo y oscuro recogido en una trenza. Piel de un marrón cálido y oscuro, y unos ojos rasgados de una intensidad que no esperaba. Hablaba un español básico, pero se hacía entender perfectamente.

—Me llamo Yani —dijo con una sonrisa breve—. Soy filipina. Limpio, cocino, plancho. Muy trabajadora.

Me tendió un papel con tres nombres y números de teléfono. Como venía recomendada por alguien de confianza, ni llamé. Le ofrecí habitación, comida y setecientos cincuenta euros al mes. Aceptó sin negociar.

En dos semanas, mi casa era otro lugar. Los baños sin cal, la ropa doblada con una precisión que me daba vergüenza comparar con la mía, el olor de la comida llegando desde la cocina cuando yo todavía bajaba las escaleras. Tres veces por semana Yani venía también a la boutique y dejaba los escaparates relucientes. Rodrigo, que solía ser un cascarrabias con cualquiera que entrara en su espacio, empezó a dejarle los platos en la cocina con notas de agradecimiento escritas a mano.

Yani aprendía rápido. En menos de un mes sabía qué marca de café tomaba yo, que a Rodrigo no le gustaba la cebolla y que yo prefería las sábanas sin perfumador. Siempre con una sonrisa tranquila, siempre en el lugar correcto antes de que yo lo pidiera.

***

Una noche de mediados de octubre entré a mi habitación sin encender la luz. Oí el ruido del agua desde el baño —el que Yani y yo compartíamos, porque el otro era de Rodrigo— y me asomé por la puerta entreabierta sin pensar demasiado en lo que hacía.

La vi a través del vaho.

Estaba de espaldas, con el pelo suelto cayéndole hasta la cintura. El agua bajaba por su espalda en líneas finas, trazando el contorno de su cuerpo hasta llegar a unas caderas anchas que no le había visto bajo la ropa. Tenía los hombros pequeños, los brazos delgados, y cuando se giró para alcanzar el jabón vi sus pechos: redondos, firmes, con los pezones oscuros erguidos por el contacto del agua. La piel mojada brillaba bajo la luz del techo.

No me moví.

Debería cerrar la puerta, pensé. Pero no lo hice. Yani me vio con el rabillo del ojo, se giró levemente hacia mí y me saludó con la mano —una mano abierta, natural, sin rastro de incomodidad— y siguió enjabonándose como si yo no estuviera. Vi cómo pasaba la esponja por su vientre, por el triángulo oscuro entre sus piernas, cómo el agua le caía por los muslos hasta los pies pequeños.

Cerré la puerta despacio y me quedé apoyada en el marco con el corazón latiendo más rápido de lo que me correspondía.

Esa noche me masturbé por primera vez en no sé cuántos meses.

***

No lo asocié de inmediato con aquella escena, pero en los días siguientes empecé a cuidarme de otra manera. Me pinté las uñas de los pies —granate, como no lo hacía desde hacía dos años—, fui a la peluquería a cortarme la media melena y afilar el flequillo castaño, y me depilé las ingles una tarde que Rodrigo estaba en clase. Me compré una bata nueva que no parecía la de una mujer que ya se había rendido.

Tengo cuarenta y un años, mido metro sesenta y cinco y peso más de lo que me gusta admitir, aunque mi cuerpo todavía tiene lo que tiene: un buen trasero, un pecho generoso, la curva de la cadera que siempre había sido mi mejor activo. Llevaba tanto tiempo sin mirarme que casi me había olvidado de que seguía estando ahí.

***

La noche que todo empezó de verdad llegué a casa con los pies destrozados. Había estado de pie ocho horas seguidas en la boutique, con unos tacones que habría tenido que tirar hace un año. Me senté en el borde de la cama, me quité los zapatos y empecé a apretarme los dedos con los pulgares.

Yani entró sin llamar —ya era su costumbre cuando la puerta estaba abierta— y al verme se arrodilló frente a mí sin decir nada. Tomó mi pie derecho con las dos manos y empezó a presionar con los pulgares desde el talón hacia la base de los dedos.

Solté el aire que llevaba horas aguantando.

—Señora, pies muy bonitos —murmuró sin levantar la vista—. Uñas muy bien pintadas.

Levantó el pie y sopló suavemente sobre la planta. Un escalofrío me subió por la pantorrilla hasta la cadera. Me resultó ridículo y extraordinario al mismo tiempo.

—¿Señora gustar? —preguntó en voz baja—. ¿Yo seguir?

—¿Dónde aprendiste eso? —le pregunté, más para salir del silencio que por curiosidad real.

—En Filipinas. Masajes. Dar placer.

Empezó a darme pequeños besos en la planta del pie. No eran besos casuales ni terapéuticos: eran exactamente lo que eran. Sentí algo que no quería nombrar apretarse entre mis muslos. Cuando tomó mi dedo gordo y lo metió en su boca, despacio, sin apartar los ojos de los míos, tuve que cerrar la mandíbula para no hacer ningún ruido.

Lo hizo con el otro pie también. Con la misma lentitud, con la misma atención.

—¿Te gusta? —susurró.

No pude contestar. Asentí con la cabeza.

Entonces pasó la lengua desde el talón hasta los dedos en un solo movimiento largo y continuo, y solté un gemido que no esperaba. Yani bajó mi pie con cuidado, se puso en pie y se inclinó un momento hacia mí como si fuera a decir algo.

—Señora, ¿quiere que yo dar más placer?

Me levanté de golpe.

—Ya está bien por esta noche —dije, y mi voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Ve a preparar la cena.

Yani salió sin protestar. Me quedé sola en la habitación con las manos temblando y la ropa interior pegada a la piel.

***

El viernes por la noche Rodrigo me anunció en la cena que pasaría el fin de semana con su padre. No sé por qué aquello me afectó tanto: llevaban viéndose desde la separación, era lo normal. Pero esa noche me sentó como una traición. Discutimos hasta la sobremesa. Él se encerró en su cuarto y yo no fui capaz de dormir.

Cuando era pequeña, mi madre fumaba cuando estaba nerviosa. Yo prometí que nunca lo haría. Cumplí esa promesa durante dieciséis años. Luego conocí el divorcio.

Salí a la entrada en camiseta de tirantes y braguitas, con el cigarro entre los dedos, sin encender la luz exterior para que los vecinos no me vieran así.

Unas manos me tocaron el pelo por detrás.

Me giré. Era Yani, en pijama, con los pies descalzos en el suelo de piedra. Me hizo un gesto suave con la mano para que entrara.

—Señora, entra —dijo—. Hace frío.

Me dejé llevar. Subimos en silencio. En la habitación me estiré en la cama y ella me tapó con la colcha, con una suavidad que me apretó algo en el pecho.

—Señora dormir —dijo—. No pensar más.

—Cuando estoy así, no puedo —admití—. Nunca puedo.

Yani se quedó quieta un momento. Luego se levantó, cerró la puerta de la habitación, y volvió a la cama.

Esta vez se subió encima de mí.

Me sujetó la barbilla con los dedos —suave, sin presión— y me dio un beso en los labios. Tan leve que casi no lo sentí. Parpadeé.

—Yani, yo... —balbuceé.

Me dio otro. Esta vez abrió la boca un poco y su lengua buscó la mía, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Mordió mi labio inferior con delicadeza.

—Yo follar —murmuró entre besos—, y tú dormir de puta madre después.

Me estaba besando una mujer.

Me estaba gustando.

Apagó la luz. Sentí sus manos por debajo de la camiseta de tirantes, sus dedos encontrando mis pezones con una precisión que me dejó sin palabras. Me quitó la camiseta con un movimiento fluido y bajó la cabeza. Su lengua en mi pecho me arrancó un gemido largo. Cuando me mordió el pezón me aferré a la sábana con los dos puños.

Siguió bajando. Su boca en el ombligo, en el hueso de la cadera, en los muslos. Me quitó las braguitas sin prisa y pasó un dedo por el centro de mi sexo, de arriba abajo, sin más. Solo para sentir cómo estaba.

—Señora mojada —murmuró, y no era una queja.

Apretó el pulgar en círculos sobre mi clítoris y el sonido que salió de mi garganta me avergonzó y me importó una mierda al mismo tiempo. Luego bajó la boca.

Su lengua sobre mí fue otra cosa. No era lo que había sentido otras veces, con hombres que lo hacían como una obligación. Yani lo hacía con atención, con ritmo, leyendo mi cuerpo como si llevara tiempo estudiándolo. Movimientos lentos primero, luego más rápidos, luego de nuevo lentos cuando notaba que yo me acercaba demasiado al borde.

Me enredé los dedos en su pelo.

—No pares —susurré.

—¿Te gusta? —levantó un momento la boca.

—No pares.

Volvió a lamer, más insistente, con la punta de la lengua concentrada en ese punto exacto, y mi cuerpo se tensó todo a la vez, las piernas, el abdomen, los hombros, hasta que me quebré en un orgasmo que tuve que amortiguar mordiéndome el puño.

Me dejó respirar. Treinta segundos, no más.

—¿Señora quiere más?

—Hay alguien al lado —dije, sin aliento—. Mi hijo...

—Almohada —dijo simplemente.

Me puso la almohada encima de la cara. Metió dos dedos en mi boca primero, los sentí en mi lengua, los recuperó húmedos. Los introdujo en mí despacio, exploró un segundo, y empezó a moverse.

Los movimientos al principio eran lentos y profundos. Luego más rápidos. Me mordí la almohada con los dientes, apreté los muslos contra su mano y llegué otra vez, con más fuerza que antes, con un temblor que me recorrió desde los pies hasta la nuca.

Cuando volví en mí, Yani estaba sentada en el borde de la cama, en silencio.

Me incorporé. La miré. Ella me miró.

Puse la mano en su muslo, por encima del pijama. Sentí el calor de su piel a través de la tela.

—Ven aquí —le dije.

Se subió encima de mí, de cara, con las rodillas a los dos lados de mi cabeza. Le bajé el pantalón del pijama hasta las rodillas.

Lo hice como pude, con torpeza al principio, sin saber bien dónde poner la lengua, equivocándome un par de veces. Pero Yani era paciente y su cuerpo era claro: se movía hacia donde yo acertaba y se alejaba cuando me perdía. Encontré el ritmo. Escuché cómo su respiración cambiaba, cómo empezaba a presionar suavemente contra mí, y seguí, y seguí, hasta que sus muslos se cerraron a los lados de mi cabeza y su cuerpo se estremeció en silencio.

Me quedé quieta mientras ella terminaba de temblar.

Luego me dio un beso en la frente, se bajó de la cama sin ruido, recogió la ropa del suelo y salió de mi habitación cerrando la puerta con cuidado.

Me quedé mirando el techo en la oscuridad. Tenía el corazón todavía acelerado, pero los músculos completamente relajados, como si alguien hubiera disuelto todos los nudos que llevaba meses acumulando.

Dormí de un tirón hasta las nueve de la mañana.

Valora este relato

Comentarios (5)

Daniela_V

Que relato tan lindo... me quede sin palabras. Gracias por compartirlo

SofiaR_02

Me encanto la forma de narrarlo, se siente cercano y real. Muy bien!

Lula_87

Me recordo a algo que vivi hace años con una amiga del barrio. Esas situaciones que nunca sabes como terminar... muy bien capturado en el relato

Nico_mdq

excelente!!! seguí escribiendo por favor

Romina_ok

El titulo me atrapo al instante y el relato no decepciona. Muy bien narrado, sigue asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.