La noche en que mi cuerpo por fin fue mío
¿Quién soy? ¿Qué soy? Supongo que casi todos se hacen esas preguntas alguna vez, tarde en la noche, cuando nadie mira. No tengo una respuesta universal para nadie. Cada quien carga sus propias preguntas y, al final, solo uno mismo guarda las respuestas. Pero puedo contarles cómo encontré las mías.
Mi nombre es Renata. No siempre lo fue. Nací en una familia chica, de padres demasiado jóvenes, que apenas pasaban los veinte cuando llegué y que no tenían ni la madurez ni la calma para cuidar a alguien más que a ellos mismos. Y aun así ahí estaba yo, un giro del destino que nadie había planeado.
Se conocieron en la universidad. Mi madre era una chica incomprendida, brillante, fanática del rock, con un rencor antiguo hacia su propio padre. Mi padre era alegre, un poco torpe, obsesionado con la ciencia ficción y los números. Estaban entre fiestas y exámenes finales cuando aparecí en el horizonte. Estoy segura de que pensaron en no tenerme. Decidieron lo contrario, y mis abuelos, sin estar del todo convencidos, ayudaron con lo que pudieron. Así fui el problema más esperado de la historia.
Desde bebé fui callada. Casi no lloraba. En el preescolar era la criatura tímida que no hablaba, y las maestras llegaron a pensar que algo no andaba bien conmigo. En la primaria, con el empuje de mis abuelos, me volví estudiosa y responsable, aunque seguía sin amigos de verdad, apenas un par. Era feliz en casa. Mis abuelos me cuidaban cuando mis padres trabajaban, mis primos eran mi mundo, pero nadie como mi abuela materna. Ella era mi refugio absoluto.
La adolescencia trajo el primer terremoto. Mis padres empezaron a descuidarme mientras su matrimonio se hacía pedazos. Me reconocí bisexual, aunque para todos seguía siendo otra cosa, un molde que no encajaba conmigo. Empecé a preguntarme lo de siempre: ¿quién soy? ¿Qué quiero? Las inseguridades sobre mi cuerpo aparecieron como cuchillas. Después murió mi abuelo y todo se vino abajo. Las calificaciones se hundieron, llegó la depresión, las mentiras en casa por los amantes de mi madre, las peleas que no terminaban nunca.
Y, debajo de todo eso, la disforia. Ese dolor sordo y constante de habitar un cuerpo que no sentía mío.
Esto no soy yo, pensaba frente al espejo. Esto nunca fui yo.
Tardé en ponerle nombre. Cuando por fin un especialista lo dijo en voz alta, lloré en la consulta, mitad de miedo, mitad de alivio. Mis padres, perdidos en sus propios dramas, tardaron en entenderlo. Mi abuela, en cambio, me tomó de la mano y dijo algo que todavía me sostiene.
—Sea lo que sea que necesites, yo estoy. Hasta el final.
Al terminar la preparatoria, ya mayor de edad, empecé la terapia hormonal. Estrógenos, antiandrógenos, controles cada pocas semanas. Al principio fue terror puro: náuseas, cambios de humor que me dejaban temblando, un pecho que dolía como si me clavaran agujas. Pero también fue el primer alivio real de mi vida. Por primera vez sentía que mi cuerpo empezaba a pertenecerme, milímetro a milímetro.
***
Pasaron años. Cuatro, para ser exacta. Y para entonces casi no quedaba rastro de la persona que el mundo había insistido en que yo fuera.
Mi piel se había vuelto suave, mi cadera se ensanchó, mi cintura se afinó. Los pechos crecieron hasta una copa firme y redonda, sensibles al mínimo roce, tanto que a veces la tela de la blusa bastaba para erizarme. Entre las piernas, la transición había hecho lo suyo: todo más pequeño, más blando, pero increíblemente sensible, casi insoportablemente vivo. El deseo no se apagó. Mutó. Me excitaba de una forma nueva, húmeda, distinta a todo lo que había conocido.
Vivía entre dos mundos: los estudios que retomé a medias y los fines de semana en casa de mi abuela, el único lugar donde podía ser yo sin máscaras. Fue ahí, en uno de esos viajes, donde conocí a Damián.
Era amigo de un primo lejano. Más grande que yo, alto, con la barba de tres días, manos enormes y una voz grave que parecía nacerle del pecho. Me miró desde el primer momento como si ya supiera todo de mí antes de que yo abriera la boca. No con morbo. Con algo más parecido al reconocimiento.
—Así que tú eres Renata —dijo, y mi nombre en su voz sonó distinto, más mío que nunca.
Esa noche bebimos cervezas tibias en el patio, riéndonos de cosas tontas, hasta que uno por uno todos se fueron a dormir. Yo me quedé recogiendo botellas, nerviosa, con un short corto que marcaba las curvas que tanto me había costado ganar. Sabía que él seguía despierto. Lo sabía por la forma en que el silencio de la casa se había puesto tenso, como una cuerda a punto de tensarse del todo.
Se acercó por detrás. Me rodeó la cintura con un brazo y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo contra mi oído.
—¿Tienes idea de cuánto llevo queriendo tocarte?
No respondí. No podía. Su mano se deslizó por mi vientre y bajó despacio, palpando por encima de la tela. Se me escapó un gemido que no había planeado. Estaba dura al instante, todo yo presionando contra el algodón, y él lo notó.
—Tranquila —susurró—. Solo dime si quieres que pare.
No quería que parara. Me giré y lo besé yo primero, con un hambre que ni sabía que tenía guardada. Su lengua buscó la mía mientras me empujaba con suavidad contra la pared fría de la cocina, una mano sosteniéndome la nuca, la otra ya colándose bajo mi blusa.
—Quiero hacerte sentir cosas que nunca te hicieron sentir —dijo contra mi cuello, y lo mordió apenas, lo justo para que me temblaran las rodillas.
Me llevó de la mano a la habitación de huéspedes y cerró con llave. Ahí, sin la prisa de antes, me desnudó despacio, mirando cada centímetro como si estuviera memorizándolo. Mis pechos, los pezones oscuros y endurecidos. El vientre plano. Las caderas. No apartó la vista ni una vez, y por primera vez en mi vida no quise taparme.
—Eres preciosa —dijo. No como una frase hecha. Como una constatación.
Se arrodilló frente a mí y lamió mis pechos como si fueran lo mejor que había probado, succionando despacio, alternando entre uno y otro hasta que tuve que apoyarme en sus hombros para no caer. Cada tirón de su boca me bajaba directo al sexo, eléctrico, urgente. Cuando me arrancó el short ya estaba goteando, rosada y palpitante, y él sonrió antes de tomarme entera en la boca.
Chupó con una calma que me volvió loca, la lengua girando, la presión justa, sin prisa por terminar. Sentí uno de sus dedos buscar más abajo, húmedo de saliva, presionando con paciencia hasta entrar. Después dos. Gemí alto, sin control, agarrándome a su pelo. Me tenía deshecha en menos de un minuto, las piernas convertidas en agua.
—Quiero que me lo hagas —le supliqué, con la voz rota—. Por favor.
Se desnudó frente a mí, sin apuro. Era grande, y por un segundo sentí miedo y deseo a partes iguales. Me besó otra vez, despacio, hasta que el miedo se disolvió en pura impaciencia.
Me puso boca abajo sobre la cama, las caderas en alto, y se tomó su tiempo. Lubricante frío, su dedo de nuevo, su voz baja diciéndome que me relajara, que él iba a cuidarme. Cuando empujó, la primera presión me arrancó un grito ahogado contra las sábanas. Dolió, sí, pero fue un dolor que se volvió placer casi de inmediato, una plenitud que no tenía con qué comparar.
—Eso es —murmuró—. Respira. Te tengo.
Se movió despacio al principio, dejándome acostumbrar, las manos abiertas sobre mis caderas. Después un poco más fuerte. Sus caderas chocando contra mí, sus dedos subiendo a apretarme un pecho, a pellizcar el pezón mientras me embestía. Cambió de posición: me puso de lado, una pierna en alto, y desde ese ángulo llegó más profundo. Sentía cada empuje rozar algo dentro de mí que encendía todo el cuerpo, un placer que crecía sin que yo lo tocara siquiera.
—Me voy a correr así —jadeé, incrédula—. Sin… sin nada.
—Hazlo —dijo—. Quiero verte.
Y lo hice. Me corrí con un temblor largo que me recorrió de la nuca a los pies, un líquido claro derramándose sobre las sábanas, la mente en blanco. Él no se detuvo. Me dio vuelta con cuidado, me puso boca arriba, las piernas sobre sus hombros, y me penetró mirándome a los ojos.
—Quiero verte la cara —dijo.
Sus embestidas eran más hondas ahora, más lentas, cada una un golpe de placer que me sacudía entera. La cama crujía. Sudábamos. Nos besábamos entre gemidos, con la lengua, con los dientes, sin saber dónde terminaba uno y empezaba la otra. Me corrí una segunda vez, y casi enseguida una tercera, aferrada a su espalda, marcándolo con las uñas.
—Renata —gimió mi nombre como si fuera lo único que sabía decir, y se vino con un temblor que sentí inundarme entera, caliente y abundante, mientras me sostenía la mirada.
Se quedó sobre mí, respirando hondo, la frente contra la mía. No dijo nada y no hizo falta. Me besó suave, casi con ternura, una mano apartándome el pelo de la cara.
Después nos duchamos juntos. Me lavó con calma, las manos recorriendo mis curvas nuevas, mis pechos sensibles, sin morbo, casi con reverencia. Yo lo dejé hacer, los ojos cerrados bajo el agua tibia, y por primera vez en toda mi vida me sentí completa. Entera. Real.
***
Hoy, años después, sigo siendo Renata. La disforia ya no grita; a veces susurra, en los días malos, pero ya no manda. Soy una mujer trans, bisexual, rota y recompuesta mil veces. Tengo cicatrices, claro. También tengo recuerdos que me recuerdan que estoy viva, y tengo a mi abuela, que jamás me soltó la mano.
Y tengo noches como aquella, donde dejé atrás la única virginidad que de verdad me importaba perder: la de ser, por fin, yo misma. Abierta. Deseada. Habitando un cuerpo que al fin reconocía como mío.
¿Quién soy? Soy Renata.
¿Qué soy? Soy libre.
Y eso, por fin, es suficiente.