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Relatos Ardientes

Conocí a una travesti en mi primera noche en Barcelona

Me llamo Adrián y acababa de cumplir veintidós años cuando dejé el pueblo, cerca de Albacete, para mudarme a Barcelona a terminar la carrera. Hasta entonces había vivido siempre con mis padres, así que la idea de marcharme me daba un vértigo agradable, como asomarse a algo que todavía no sabía nombrar.

Mi hermana Lorena llevaba dos años instalada en la ciudad. Ella tiene veinticuatro y, cuando mis padres propusieron que compartiéramos piso para ahorrar, a ninguno de los dos nos pareció mal. Somos hermanos, estábamos acostumbrados a convivir, y la renta de su apartamento se volvía mucho más llevadera entre dos.

El piso era pequeño pero acogedor, y estaba en pleno corazón del barrio más animado de la ciudad, esa zona de calles estrechas y terrazas abiertas hasta tarde que todo el mundo conoce como el ambiente gay de Barcelona. A mis padres no les dijimos demasiado al respecto; por lo que pagábamos, habría sido imposible encontrar otra cosa, y la verdad es que el sitio me encantó desde el primer día.

La primera noche que pasé allí, Lorena no me dejó deshacer ni las maletas.

—Venga, deja eso, que esta ciudad se conoce de noche —me dijo, ya pintándose los labios frente al espejo del recibidor—. Te invito a una copa.

Ella se arregló con una minifalda y un top que le marcaba la figura, y yo me puse lo de siempre, unos vaqueros y una camisa. Salimos a la calle y el barrio era un hervidero: música saliendo de cada puerta, gente riendo en las aceras, luces de colores reflejándose en el suelo mojado. Entramos a curiosear en un par de locales, buscando si Lorena se topaba con alguien conocido, hasta que en uno de ellos se encontró con una amiga suya.

Pedimos unas copas y nos quedamos charlando los tres a gritos por encima de la música. Al rato se acercó otra chica que conocía tanto a mi hermana como a su amiga, y que era, sencillamente, espectacular. Alta, rozando el metro ochenta con tacones, de piel muy morena y un pelo largo y cobrizo que le caía sobre los hombros. Tenía unos labios gruesos y un cuerpo que el vestido cortísimo y ajustado no hacía más que subrayar.

—Adrián, esta es Roxana —los presentó mi hermana con una sonrisa rara que en ese momento no supe leer.

Roxana me miró con unos ojos color miel, grandes y vivos, y yo me derretí allí mismo, con la copa sudándome en la mano. No me cabía en la cabeza que una mujer así, de mi edad más o menos, se fijara en un recién llegado como yo. Pero no paraba de coquetear: una mirada que se demoraba de más, un roce del brazo aprovechando la estrechez del local, su mano buscando la mía como sin querer.

Yo, para qué negarlo, le seguí el juego encantado, sin terminar de creerme lo que estaba pasando. Lorena nos observaba con complicidad, y con algo más que entonces me pareció pura curiosidad. En un momento dado dejó la copa, me guiñó un ojo y se despidió.

—Os dejo, que mañana madrugo. Pasáoslo bien —dijo, y se fue con su amiga.

***

Roxana aprovechó que nos habíamos quedado solos para llevarme de la mano hasta un rincón especialmente oscuro del fondo del local. Allí, contra la pared, empezamos a besarnos despacio, con calma, como si tuviéramos toda la noche. Su lengua buscaba la mía y yo atrapaba con la boca aquellos labios gruesos, chupándolos sin prisa, perdiendo la noción de dónde estaba.

Nuestras manos tampoco se quedaron quietas. Las mías fueron subiendo por sus muslos, levantando el borde del vestido, hasta acariciar por debajo de la tela su culo firme y redondo. Una delicia. Yo ya la tenía tan dura dentro del pantalón que casi me dolía.

Y entonces, al apretarnos en el beso, lo noté: un bulto grande presionando contra mi pierna, algo que aquel tanga apenas podía contener. En un segundo entendí la sonrisa de mi hermana al despedirse, esa mezcla de complicidad y morbo de quien sabe algo que tú aún no.

Nunca había estado con un hombre, y mucho menos con una mujer trans. Pero en el estado en el que me encontraba, lejos de asustarme, la idea me encendió todavía más. Saber que Roxana era una travesti, imaginar el tamaño de lo que escondía bajo aquel trozo de tela, me puso a mil. Ella notó mi titubeo, se separó un poco y me miró a los ojos.

—Creo que te he sorprendido más de la cuenta —dijo, midiendo mi reacción.

—Desde luego que sí —le contesté.

Y en lugar de echarme atrás, deslicé la mano por debajo del vestido y palpé con suavidad lo que escondía, acariciándolo por encima de la tela. Roxana cerró los ojos un instante.

—Mmm —suspiró—. Sabía que tú eras de los míos. No pares.

La tenía espléndida, y al acariciarla la notaba húmeda de pura excitación. Para demostrarle que iba en serio, y aprovechando la penumbra de aquel rincón, me agaché y empecé a chupársela. Era, de largo, la más grande que había visto nunca, y me costaba abarcarla, pero no me importó.

—Uy, chico, eres una caja de sorpresas —jadeó ella—. Qué bien lo haces.

Estaba entregado del todo, a pesar de que era la primera vez en mi vida que hacía algo así. Y por sus gemidos contenidos, por cómo me clavaba los dedos en el pelo, no debía de hacerlo nada mal. Cada vez me la metía más hondo, mientras con una mano le acariciaba los huevos, duros y apretados, y con la otra le sujetaba el culo.

—Así, así, no pares —murmuraba, mordiéndose el labio para no llamar la atención.

La sentí temblar y entendí que estaba demasiado cerca del límite. Me incorporé, la besé y le hablé al oído.

—¿No tienes algún sitio donde podamos estar tranquilos?

—Claro que sí, cariño —respondió con una sonrisa—. Vivo aquí al lado. Ven.

***

Salimos del local de la mano, apresurados y calientes, y caminamos los pocos metros que separaban el bar de su portal. En el ascensor no pudimos contenernos: nos comíamos a besos, nos metíamos mano como dos desesperados mientras los números subían con una lentitud exasperante.

Aproveché justo esa lentitud. Le bajé el tanga que apenas la sujetaba, y ella, leyéndome el pensamiento, se dio la vuelta, se inclinó y se abrió el culo con las dos manos, mirándome por encima del hombro.

—Venga, mi amor, cómemelo, que me vuelve loca —pidió.

Me arrodillé en aquel ascensor diminuto. Con una mano le di un vaivén suave mientras hundía la cara entre sus nalgas, besando, lamiendo, abriéndome paso con la lengua en aquel anillo apretado que se entregaba poco a poco.

—Ay, qué lengua tienes —gimió—. Métemela bien, no pares.

El ascensor llegó a su piso justo a tiempo; no sé cuánto más habríamos aguantado allí dentro. Entramos a su apartamento tropezando, y caímos abrazados sobre la cama de su dormitorio, arrancándonos la ropa a manotazos. Cuando me quité los vaqueros, la mía saltó como un resorte. Roxana se quedó solo con unas medias de costura que le subían por aquellas piernas interminables.

Nos abrazamos y nos besamos, ya más despacio, dejando que la prisa se calmara un poco. Entonces tomó ella el mando y yo me dejé hacer encantado. Se colocó sobre mí en sentido contrario y empezamos un sesenta y nueve que me hizo perder la cabeza. Me sujetaba el culo y los huevos y me la chupaba como nadie lo había hecho jamás: con suavidad, acelerando, parando justo cuando tocaba. Una auténtica experta.

Desde mi posición tenía una vista privilegiada de su culo y de aquella enorme polla que apenas me cabía en la boca. Solo se oían nuestros gemidos amortiguados mientras mis manos recorrían su espalda y bajaban hasta acariciarla entera.

—Date la vuelta, mi amor —me dijo de pronto, incorporándose—. Ponte como una perra, que vas a saber lo que es bueno.

Obedecí. Me puse a cuatro patas, con el culo a su disposición, y ella empezó a besármelo. Me masturbaba con una mano mientras me chupaba los huevos, metiéndoselos en la boca, y al final enterró la lengua entre mis nalgas.

—Joder —se me escapó—. Qué gusto, no pares.

—¿Te gusta, eh? —ronroneó—. A que nunca te lo habían hecho. A que es tu primera vez.

—Sí —admití, casi sin voz—. Es la primera vez. No pares, por favor.

Era cierto. Yo era virgen de aquello, aunque lo había fantaseado durante años sin atreverme nunca. Con Roxana descubrí, en una sola noche, que todo lo que había imaginado era posible. Después de un rato volviéndome loco con la lengua, empezó a alternarla con los dedos: uno al principio, despacio, y luego dos, abriéndose paso con paciencia.

—Qué bien lo haces —jadeé contra la almohada.

—Espera, cariño —dijo con una sonrisa que noté sin verla—. Ahora vas a probar algo de verdad.

Despatarrado como estaba, la sentí colocarse detrás de mí. Untó un poco de gel, me sujetó de las caderas y empezó a penetrarme muy despacio, con un cuidado que le agradecí, porque la tenía descomunal. Yo tenía miedo por el tamaño y, al mismo tiempo, unas ganas enormes de que me la metiera entera. Se notaba su experiencia: paraba en cuanto percibía que me tensaba, esperaba a que me acostumbrara, y solo entonces avanzaba un poco más.

—Tranquilo —susurró—. Despacito, vas a ver cómo te encanta.

Cuando por fin la sentí llegar hasta el fondo, no me lo podía creer. Estiré la mano hacia atrás como pude y le acaricié los huevos, abarcándola apenas. Empezó entonces un vaivén lento que me estaba desquiciando: la sacaba casi del todo, volvía a hundírmela despacio, jugaba con el ritmo hasta que yo no sabía si pedirle que parara o que no parara nunca.

—Así —gemía yo contra las sábanas—. Despacio, así.

Cambiamos de postura sin que ella saliera de mí. Se tumbó de espaldas y yo me coloqué encima, de cara a ella, mirándola a los ojos. El movimiento se volvió más frenético. Me agarró la polla con la mano y me la meneó sin parar mientras seguía embistiéndome desde abajo, y yo ya no aguantaba nada.

—No puedo más —dijo entre dientes—. Me voy a correr.

—No pares —le pedí—. No pares ahora.

La sentí estallar dentro de mí con un temblor que la recorrió entera, y aquello fue demasiado para los dos. Yo exploté casi a la vez, lanzando chorros que le salpicaron el pecho y la cara, mientras ella se dejaba caer agotada, llenándome por dentro.

Me derrumbé sobre Roxana sin que me importara lo pegajosos y deshechos que estábamos, cubriéndola de besos a pesar de todo.

—Ha sido increíble —le dije con la respiración entrecortada—. Es lo más salvaje que he hecho en mi vida.

Ella me miró, todavía agitada, y me besó despacio.

—Cuando te vi en el bar lo supe —murmuró sonriendo—. Supe que tú eras de los míos. Y ya ves que no me equivoqué.

Nos quedamos así un buen rato, enredados, sin hablar, escuchando la música que seguía subiendo desde la calle. Aquella fue mi primera noche en el barrio, pero no la última que pasé con Roxana. Lo que vino después, sin embargo, lo dejo para otro relato.

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Comentarios (1)

Kanabis

increible, me dejo pegado hasta el final!!!

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