Mi vecina trans despertó algo que yo creía dormido
Hola a todos. Este es el primer relato que me animo a contar, y voy a empezar por donde corresponde: por el principio.
Me criaron en una familia muy conservadora. Tuve una infancia tranquila, hasta feliz, pero llena de restricciones. En la adolescencia todo era pecado. Iba a un colegio religioso y cada cosa que hacía tenía que pasar por el filtro de los mandamientos, así que crecí prácticamente entre cuatro paredes.
Cuando terminé el secundario y empecé a trabajar, pude sacarme de encima buena parte de aquella carga. Pero otras cosas las tenía demasiado clavadas adentro. Al ponerme de novia, estaba convencida de que debía llegar virgen al casamiento, y hacía lo imposible por frenar a mi novio cada vez que buscaba algo más. Después de mucho tiempo, y empujada por las charlas con mis amigas, me decidí. Por fin tuvimos sexo. Fue todo rapidísimo, yo recatada hasta el final, sintiendo culpa en cada segundo. No estaba preparada. Como se imaginarán, ese noviazgo no duró demasiado, y preferí seguir sola un tiempo.
Con la cabeza puesta únicamente en el trabajo, decidí mudarme. Alquilé una casa chica que, con los años y mucho esfuerzo, terminé comprando. El tiempo pasaba y la persona que yo imaginaba como indicada nunca aparecía. Tuve algún que otro pretendiente, pero nada me duraba. Llegué a los treinta y uno preguntándome si ese iba a ser el resto de mi vida: sola, aburrida, amargada. Y la verdad es que yo tampoco ayudaba. Me vestía con ropa enorme, no me maquillaba. Era el ejemplo perfecto de lo que una mujer no tendría que dejar que le pase.
***
Una mañana, al salir de casa como siempre, vi a una mujer cerrando la puerta de la casa del vecino. La saludé con un buenos días y seguí camino al trabajo sin darle mayor importancia. Ya en el colectivo pensé: parece que el vecino se separó y tiene pareja nueva. Nada más. Nunca fui muy sociable y meterme en la vida ajena no era lo mío.
La escena se repitió varias veces esa semana. La chica salía a la misma hora que yo, y por eso nos cruzábamos. Una mañana de lluvia me la encontré en la parada. Noté algo distinto en ella, algo que no supe definir, pero no le di vueltas. Cuando subimos, solo quedaban dos asientos en el fondo, esos que odio, donde cualquier pozo te manda al techo. Nos sentamos juntas y empezó a conversar.
Ahí caí en lo que me había resultado extraño. No era exactamente lo que yo había pensado: era una mujer trans. Y yo, como una tonta, me puse incómoda. Tantos años de crianza conservadora y de colegio religioso me hacían mirarla como si fuera el mismísimo diablo. Ella ponía la mejor onda y yo contestaba con monosílabos secos y estúpidos. Hoy lo recuerdo y me da vergüenza.
Así fueron pasando las mañanas. A veces coincidíamos en el asiento, a veces no. De a poco me fui soltando y dejé de verla como un bicho raro. Me contó que se llamaba Marlene, que tenía treinta y ocho años, que se había mudado a la casa de al lado (nunca me enteré de cuándo se fue el vecino) y que venía de Rosario. Sin darme cuenta, mi cabeza fue cambiando. Empecé a verla como alguien agradable, alguien con quien daba gusto charlar. Marlene hablaba de todo, y había temas que me hacían ruborizar hasta la raíz del pelo.
***
Una tarde estaba sentada en la puerta de mi casa, esperando a un plomero que nunca apareció, cuando ella pasó y me preguntó qué hacía ahí.
—Tengo la casa inundada —le dije—. Se taparon los desagües y estoy esperando que venga alguien.
—Esperá unos minutos, que te doy una mano —respondió, y se metió en su casa.
Al rato volvió con un alambre grueso, lo metió en los caños y los destapó como si nada. Yo no lo podía creer. Me ayudó a sacar toda el agua y, cuando le ofrecí pagarle, se negó de plano.
—Entonces dejame invitarte a cenar —le dije—. De alguna forma quiero agradecerte.
—Dale. Mañana nos juntamos, cenamos y charlamos de todo —me contestó con una sonrisa.
Al día siguiente preparé una cena rica y la esperé. Llegó con una botella de vino. Yo no tomaba alcohol, pero no dije nada: si ella quería, por mí no había problema. Empezamos a comer y a hablar de cualquier cosa. Me sirvió una copa.
—Yo no tomo —le aclaré.
—Si nunca probaste, probá. A veces está bueno animarse a algo nuevo.
Una parte de mi cabeza decía que no y la otra decía que sí. En ese instante me dejé llevar y acepté. Daba sorbitos chicos, y la verdad es que no me parecía nada rico, pero la cena fluía y yo me sentía más cómoda de lo que esperaba.
***
En un momento Marlene me preguntó por qué no me maquillaba y por qué usaba ropa tan grande. Le hice un resumen de mi vida y ella entendió todo. Pero no se quedó con eso.
—Esperá, que te quiero mostrar algo —dijo, y sacó un montón de cosméticos de su cartera—. Te voy a enseñar cómo te ves arreglada.
Al principio le dije que no. Pero el poco vino ya estaba haciendo su efecto y terminé aceptando. Trabajó sobre mi cara un buen rato y después sacó un espejo. Me había pintado los ojos, las mejillas, y los labios de un rojo intenso. Mi aspecto había cambiado por completo. Por dentro me decía a mí misma que parecía una cualquiera, pero la realidad es que me veía femenina como nunca. Y me gustaba. Era algo totalmente nuevo para mí.
—Te ves espléndida —me dijo.
Nunca nadie me lo había dicho. Estaba feliz. Seguimos hablando y tomando, y ya entrada la noche me avisó que se iba para que yo descansara. Al despedirnos le agradecí de nuevo.
—Que me hicieras ver más femenina no tiene precio —le confesé.
—Esto es solo el principio —contestó—. Sos una mujer hermosa, y te voy a convertir en todo lo que soñaste y nunca te dejaron ser.
Esas palabras me llevaron al cielo. Nos despedimos, pero al hacerlo ella me dio un beso en la boca. Quedé paralizada. Al ver mi reacción me dio otro, y esta vez —seguramente por el alcohol— se lo respondí. Entonces me besó con ganas, despacio y profundo, y yo no quería que parara. Sabía que aquello no estaba bien, pero algo dentro de mí se negaba a frenarlo. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el sillón, devorándonos a besos.
***
Con mi cara nueva me sentía otra, una mujer capaz de cualquier cosa. En cuestión de minutos me había sacado la remera y tenía la boca en mis pechos. Lo hacía como una experta, y vaya que lo era. Jugaba con mis pezones de una manera que nadie había usado conmigo: los lamía, los chupaba, los mordía apenas. Yo no quería que parara.
Sentí su mano deslizarse sobre la calza, acariciándome por encima de la tela. En ese momento ya estaba entregada, dispuesta a que hiciera lo que quisiera. Y lo hizo. Fue bajándome la calza junto con la bombacha, despacio, sin despegar la boca de mis tetas, y empezó a frotarme con la yema de los dedos.
El placer me dejaba quieta, sin aire. Ya desnuda, bajó besándome el vientre hasta llegar entre mis piernas. Empezó a lamerme con una suavidad que me erizaba la piel. Subía y bajaba, se demoraba en mi clítoris, volvía a empezar. No tardó nada en arrancarme el primer orgasmo de toda mi vida. Yo no entendía lo que me pasaba: una corriente que me recorría entera y se concentraba ahí abajo. Dejé escapar un grito. Nunca había sentido algo así con ninguno de mis novios. En ese instante supe lo que era el sexo de verdad, y ella seguía sin detenerse mientras yo flotaba en una especie de trance.
Cuando por fin paró, le pedí unos segundos para recuperar el aliento. Me besó el cuerpo entero, y apenas estuve lúcida se acomodó entre mis piernas y empezó a entrar muy despacio. Sentí una molestia, un dolorcito, y todavía había entrado solo la punta. Ahí me di cuenta de que era más grande que cualquiera que hubiera probado antes. A medida que avanzaba, sentía que me llenaba por completo, y el dolor se fue volviendo placer. Entraba y salía con calma, cada vez un poco más adentro.
Cuando estuvo toda dentro de mí, empezó a moverse más rápido. Yo no aguantaba las ganas de acabar, y acabé de nuevo, con un grito más fuerte que el anterior. Estaba empapada y ella no aflojaba. La sentía cada vez con más fuerza, y otra vez se me venía encima un orgasmo. Marlene dejó escapar unos sonidos roncos, y a los pocos segundos sentí algo caliente en mi interior. Se salió enseguida y, al hacerlo, terminé exhausta, casi desmayada sobre el sillón.
***
Me desperté al día siguiente sola, todavía en el sillón. Me miré y me sentí sucia, culpable, una cualquiera de la cabeza a los pies. Me metí a bañar aterrada. No me había cuidado, y la idea de un embarazo me daba pánico. Me pasé el día llorando.
A la tarde tocaron la puerta. Era ella. La hice pasar y le reproché todo de golpe.
—Te aprovechaste de mí —le dije—. Lo que hicimos no es normal, y encima puedo estar embarazada.
Marlene trató de calmarme. Me habló con paciencia, me dio mil puntos de vista. Me dijo que era lógico sentirme así, que era mi primera vez con alguien como ella. Después empezó a preguntarme cosas: si lo había pasado mal, si alguna vez había sentido algo parecido. Y a todo lo que preguntaba yo terminaba dándole la razón.
—De lo del embarazo quedate tranquila —agregó—. Yo no puedo tener hijos. Por eso nunca los tuve.
Más serena, junté el coraje para ponerle un límite.
—Esto no puede volver a pasar —le dije.
—Está bien —respondió—. Pero sos una mujer hermosa, y es una pena que sigas encerrada en un trauma de la infancia. Algún día vas a tener que cambiar.
Se dio media vuelta y se fue. Y yo me quedé ahí, mirando la puerta cerrada, sabiendo que algo en mí ya no iba a volver a ser lo de antes.