La transexual que contraté me abrió un mundo nuevo
Crecí en una ciudad de la costa, en una casa donde nunca se hablaba de sexo, y quizá por eso siempre fui más curioso que la mayoría. Desde muy joven me daba cuenta de que mi cabeza no funcionaba como la de mis amigos. Ellos miraban una sola cosa; yo quería mirarlo todo. A los veintitrés años, cuando ya vivía solo en un departamento pequeño cerca del puerto, descubrí las páginas de anuncios para contratar compañía, y ahí empezó de verdad esta historia.
Al principio entraba solo a ver. Pasaba las fotos de chicas, las guardaba en la memoria y me masturbaba pensando en ellas. Era un ritual privado, casi vergonzoso, que repetía un par de veces por semana cuando volvía cansado del trabajo. Hasta que una noche, medio por aburrimiento y medio por algo que no me animaba a nombrar, hice clic en la pestaña de transexuales.
Lo que vi me dejó sin aire.
Eran rostros hermosos, femeninos, de mujeres que cualquiera habría mirado dos veces en la calle. Tetas grandes, caderas anchas, piernas largas. Y entre todo eso, asomando bajo una tanga diminuta, un pene. La contradicción me golpeó en el estómago y en la entrepierna al mismo tiempo. No entendía por qué me ponía tan duro, pero no podía dejar de mirar. Esa noche me masturbé como hacía años que no lo hacía, con la respiración entrecortada y la sensación de haber abierto una puerta que ya no iba a poder cerrar.
Durante semanas volví a esas fotos una y otra vez. Las descubría usando lencería, fotografiadas de espaldas con el culo respingón, o de frente con el miembro asomando duro por el borde de la ropa interior. Me imaginaba tocándolas, besándolas, pero siempre me detenía antes de dar el paso. Es solo curiosidad, me repetía. No significa nada.
Pero la curiosidad creció hasta volverse insoportable.
***
Una noche de viernes, después de un par de cervezas y con la casa para mí solo, me decidí. Recorrí varios anuncios con el corazón golpeándome el pecho, hasta que me topé con uno que me dejó la boca seca. Se hacía llamar Mariela. Tenía el pelo lacio y larguísimo, un rostro de modelo, unos pechos enormes y un trasero que parecía imposible. En una de las fotos miraba a la cámara mordiéndose el labio, y juro que sentí que me hablaba directamente a mí.
Le escribí por WhatsApp antes de arrepentirme. Las manos me temblaban tanto que tuve que corregir el mensaje tres veces.
—Hola, vi tu anuncio. ¿Estás disponible esta noche? —escribí, y solté el teléfono sobre la cama como si quemara.
Respondió en pocos minutos. Era amable, directa, sin rodeos. Acordamos un precio, una hora y una dirección que, para mi sorpresa, quedaba a apenas unas cuadras de mi casa. Esa cercanía hizo que todo se sintiera más real y más peligroso a la vez.
Me bañé, me vestí con cuidado y salí a la calle con las piernas flojas. Caminé hasta el punto que me había indicado y esperé en una esquina, fingiendo mirar el teléfono mientras el estómago se me retorcía. Llegué a pensar en darme la vuelta. Dos veces.
Entonces vibró el teléfono.
—Ya estoy llegando, amor. Te veo en la entrada del edificio gris.
La vi acercarse por la vereda y casi se me corta la respiración. Era mejor que en las fotos. Mucho mejor. Caminaba con una seguridad que llenaba toda la calle, el pelo cayéndole sobre los hombros, el cuerpo envuelto en un vestido ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Cuando se detuvo frente a mí y sonrió, me sentí el hombre más afortunado y más nervioso del planeta.
—¿Vamos? —dijo, y me rozó el brazo con dos dedos.
Asentí porque la voz no me salía.
***
Subimos a su departamento en silencio. Era acogedor, con luces bajas y un perfume dulce flotando en el aire. En cuanto cerró la puerta, me miró de arriba abajo y notó que yo estaba al borde del colapso.
—Es mi primera vez con alguien como vos —confesé, mirando el suelo—. Nunca había estado con una trans.
Lejos de incomodarse, su expresión se suavizó. Se acercó, me tomó la cara con las dos manos y me habló bajito.
—Tranquilo, amor. Yo te voy a guiar. Vos solo dejate llevar.
Y me besó.
Fue un beso lento al principio, que enseguida se volvió hambriento. Nos comimos la boca como si nos conociéramos de toda la vida, las lenguas buscándose, las manos recorriendo lo que encontraban. Yo le agarré la cintura, después la espalda, y finalmente bajé hasta ese trasero que tanto había mirado en la pantalla. Era firme y enorme, y apretarlo me arrancó un gemido a mí, no a ella.
Bajé los labios por su cuello mientras ella me desabrochaba la camisa con dedos expertos. Le bajé el vestido y apareció un sostén negro que apenas contenía sus pechos. Se lo quité de un tirón y me lancé sobre ellos, chupándolos, lamiéndolos, perdiéndome entre ellos como un náufrago. Mariela echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa ronca de satisfacción.
—Sacate todo —me ordenó.
Obedecí en segundos. Ella se desnudó también, y se quedó solo con una tanga negra que apenas podía sostener lo que había debajo. La tela se tensaba contra su miembro semierecto, y yo no podía dejar de mirarlo. La vergüenza y el deseo peleaban dentro de mí, y el deseo iba ganando por goleada.
***
Me arrodillé frente a ella sin que me lo pidiera. Le bajé la tanga apenas y su pene quedó libre, creciendo a medida que yo lo miraba de cerca. Lo tomé con la mano y empecé a acariciarlo despacio, fascinado por cómo se endurecía con cada movimiento. No me animé a metérmelo en la boca, todavía no, pero acerqué los labios y le di un beso largo a un costado, sintiendo el calor de su piel contra los míos.
Ella me dejó hacer, mirándome con una mezcla de ternura y diversión.
—Vas muy bien para ser tu primera vez —murmuró.
Después me tomó de los hombros y me empujó suavemente hasta recostarme boca arriba en la cama. Se acomodó entre mis piernas y me tomó el pene con la boca de una manera que me hizo arquear la espalda. Su lengua lo recorría entero, subía y bajaba, se detenía en la punta y volvía a hundirse. Bajó a mis testículos, los lamió uno por uno, y siguió aún más abajo con una lamida que me hizo gemir sin control. Nunca nadie me había tocado así. Nunca me había sentido tan expuesto y tan vivo a la vez.
—Tranquilo —dijo, levantando la cabeza con una sonrisa—. Recién empezamos.
***
Tomó un pomo de crema de la mesa de luz y se untó. Después se sentó sobre mí, corrió su tanga hacia un lado y, despacio, guió mi pene hacia su entrada. Sentí cómo se abría para mí, cómo me envolvía en un calor apretado que me nubló la vista. Empezó a moverse de arriba abajo, lento primero, después más rápido, cabalgándome con una destreza que me tenía al borde a cada segundo.
Era la imagen más erótica que había visto en mi vida. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, su pene duro se balanceaba sobre mi vientre, y su pelo caía como una cortina alrededor de su rostro mientras me miraba a los ojos. Le clavé las manos en las caderas para no perder la cabeza.
—Así, amor, no pares —jadeé.
Unos minutos después se detuvo y se dio vuelta. Se puso en cuatro sobre la cama y me miró por encima del hombro.
—Ahora vos. Métemela.
Me levanté como pude, las piernas todavía temblando, y me coloqué detrás. La penetré despacio, y la vista me dejó sin palabras. Junto a la cama había un espejo grande, y en él se reflejaba todo: mi cuerpo sobre el suyo, mis manos sujetándole la cintura, su espalda curvada de placer. Verme a mí mismo haciéndolo me excitó tanto como el acto en sí.
Empecé despacio y fui acelerando. Cada embestida me acercaba más al final. La sostenía con fuerza, entrando cada vez más profundo, hasta que sentí que ya no podía aguantar. Se lo clavé hasta el fondo y terminé con un gemido largo, sintiendo cómo el condón se llenaba dentro de ella. Me quedé quieto unos segundos, vaciado, con la frente apoyada en su espalda y el corazón a punto de estallar.
***
Me retiré con cuidado y ella se dio la vuelta, sentándose en la cama con una sonrisa satisfecha. Le pregunté si podía usar la ducha y accedió con un gesto amable. Bajo el agua tibia traté de ordenar lo que acababa de pasar, pero mi cabeza era un caos delicioso.
Cuando salí, envuelto en una toalla, fui a buscar mi ropa sobre la cama. Y entonces vi algo que me prendió fuego otra vez: Mariela estaba sentada en el sofá, chateando con otro cliente, acordando una cita para más tarde esa misma noche. Verla tan tranquila, tan dueña de sí misma, lista para repetir con alguien más, me caldeó por dentro de una manera que no esperaba. Pensar que antes de mí había estado con otro, y que después estaría con otro más, me resultó extrañamente excitante.
Me vestí en silencio. Ella se puso una bata y me acompañó hasta la puerta. Nos dimos un último beso, más suave que todos los anteriores.
—Volvé cuando quieras, amor —dijo, y cerró la puerta.
Caminé de regreso a casa con la cabeza dándome vueltas. No podía dejar de repasar cada detalle de la noche. Y, sobre todo, no podía sacarme una idea de encima: sentí que no la había aprovechado del todo. Que me había quedado corto. Desde esa noche nació en mí una necesidad nueva e insistente: las ganas de hacerle un oral a alguien, de chuparla entera, de dejarme penetrar por completo.
Mi primera vez con una transexual no fue solo un encuentro pagado. Fue una puerta que se abrió hacia un mundo lleno de cosas por descubrir, cosas que más adelante cumpliría con otra trans espectacular. Pero esa, esa es otra historia que ya contaré.