Mi primer día vestida de mujer fuera de casa
Los últimos días del verano los pasé encerrada en mi cuarto, sola con mi consolador y con una inquietud que no se iba. En lo físico estaba satisfecha; podía darme placer cuando quería. Pero había algo que el plástico no me daba, una urgencia que solo crecía cada noche: las ganas de estar con un hombre de verdad, de ser yo la que lo recibía.
Pensé que volver a la facultad calmaría las cosas. Me equivoqué. Me pasaba las clases divagando, imaginándome entrando al aula con falda, preguntándome cómo se verían mis compañeros sin ropa. Y, sin saber bien por qué, me calentaba todavía más imaginarme con alguno de los profesores. A veces, al salir, me iba con Lucía; nos acostábamos, pero por más que ella me gustara, yo terminaba con la misma sensación a medias. No quería penetrar. Quería ser penetrada.
Una tarde me llamó Renata. Tenía una propuesta para mí.
—¿Y si pasaras un día entero como mi muñeca, con Adrián? —dijo, como quien ofrece un regalo.
—¿Qué día? —pregunté, ya con el pulso acelerado.
—Este viernes. Faltá a la facultad y vení temprano.
Me quedé pensando un segundo. Un solo segundo.
—Sí —dije—. Voy.
Esa mañana les dije a mis padres que después de clase pasaría el día con Lucía. Me dijeron que estaba bien. En lugar de meter cuadernos en la mochila, metí ropa, toda la que entraba, y salí a las siete. No rumbo a la facultad, sino rumbo a la casa de Renata.
Llegué poco antes de las nueve. Me abrió la puerta en bata, una bata tan fina que se le transparentaba todo.
—Hola, Marina, qué bueno que llegaste —dijo, haciéndose a un lado—. Pasá. ¿Faltaste?
—Sí, me hice la rata —respondí, sonriendo.
—Muchas ganas de que Adrián te vuelva a tratar como su nena, ¿eh?
—Algo así.
—Me contó que la última vez no te despegabas de él —dijo, con una sonrisa pícara—. Que querías más y más.
—Me gustó mucho estar con él —admití, y sentí que me ardía la cara.
Me mandó a quitarme la ropa y a darme un baño en su tina. Dijo que quería que oliera como una princesa. No pasaron ni dos minutos antes de que se me pusiera dura. Renata lo notó enseguida y empezó a acariciarme sin pedir permiso.
—Decime, Marina, ¿qué fue lo que más te gustó de Adrián?
—Cómo me lo hizo —dije, casi sin voz—. Sentirlo terminar dentro de mí.
—¿Y querés que te lo vuelva a hacer?
—Muchas ganas.
—Te voy a aliviar un poco ahora —murmuró—, así no andás insoportable todo el día.
No solo me acariciaba. Bajó la cabeza y empezó a chupármela, y era buenísima en eso. Lo disfruté con la boca abierta, tratando de aprenderle algo, hasta que me vine sin avisar. Me dio vergüenza, pero ella no dijo nada; siguió un rato más y después seguimos con el baño. Me gustaba escucharla elogiar mi cuerpo mientras me enjabonaba.
—Tenés lindo cuerpo —dijo—. Casi nada de vello, eso les encanta. Suave, como debe ser.
—Gracias —contesté—. A mí también me gusta cómo me veo.
Salí de la tina y me secó con una toalla, despacio. Después me untó cremas que olían a flores, como si yo fuera su muñeca de porcelana. La idea me prendía, y empecé a endurecerme otra vez. Renata se rió y fue al armario a buscar algo.
—Mirá, traje esto para que te portes bien —dijo—. Sé que sos caliente, es normal. Pero con esto no se te va a notar si te ponés dura en la calle.
Era una jaula de castidad de plástico, rosa. Me asusté un poco al verla. Después de que me explicara, accedí a que me la pusiera. No había pasado ni un minuto y ya me estaba calentando de ver mi pene encerrado, inútil, a su merced.
—Por suerte no sos muy grande —dijo, ajustándola—. No se va a notar nada bajo la falda. Tomá, esta es la llave. Te la sacás cuando vuelvas a tu casa.
Sonreí, nerviosa, y la dejé terminar.
—No sabés lo que me calienta verte así, enjaulada —siguió—. Me dan ganas de tenerte todo el día con las piernas abiertas.
—Podés, si querés —dije.
—Aguantá. Ya va a llegar mi momento, y no te voy a soltar hasta dejarte bien abierta.
Quería ponerme dura y no podía; la jaula me apretaba, una molestia dulce que prometía volverse costumbre. Renata empezó a vestirme. Me mostró un cajón lleno de ropa interior, toda de estilo juvenil; elegí una negra con detalles morados y un estampado de calavera con moño, y un corpiño rosa. Después una falda plisada negra y una blusa a rayas de mangas largas, medias de red y, por último, una peluca: larga, lacia, negra, claramente de buena calidad. Me la acomodó y me maquilló con paciencia. Cuando me vi en el espejo, estaba irreconocible. No me veía disfrazada. Me veía mujer. Y eso me emocionó como pocas cosas.
***
Adrián llegó cerca del mediodía. Se le iluminó la cara al verme.
—Te luciste, Renata —dijo, sin dejar de mirarme—. Quedó hermosa. Ya me la quiero llevar.
—Ayuda que tiene buen cuerpo —respondió ella—. Lo único, que es inquieta. Pero le encontré la solución. Levantate la falda, Marina, que vea.
La subí y dejé que viera la jaula rosa. Adrián puso una cara de loco que me dio un escalofrío.
—Qué rica te ves así —dijo—. Mejor salimos ya, o empiezo a manosearte acá mismo.
Antes de irnos, Renata me pasó un barbijo para pasar más desapercibida. Subimos al auto de Adrián y arrancamos hacia un centro comercial. En el camino me hablaba con esa voz baja que me ponía.
—A esta hora va a estar vacío —dijo—. No te pongas nerviosa. ¿Cómo te sentís?
—Bien. Algo nerviosa. Pero no creo que nadie me reconozca.
—¿Muchas ganas tenías de que volviera a llenarte?
—Muchas —contesté—. ¿A qué hora?
—Falta. Primero vamos a pasear, te voy a consentir. Eso sí: por las dudas, decime «papá». Para disimular.
—Está bien, papá —dije, y la palabra me gustó más de lo que esperaba.
Los primeros pasos dentro fueron los más difíciles. Las tiendas recién abrían y había poca gente, lo que me dio confianza. A los quince minutos ya caminaba tranquila. Adrián me llevó a una disquería y me dejó elegir un disco; tomé uno de una cantante que siempre me había parecido preciosa. Hizo lo mismo en una tienda de videojuegos. De verdad me estaba consintiendo, y yo flotaba. Cada tanto se me acercaba al oído.
—Se te quedan mirando —murmuró—. Si supieran.
—No hay nada que saber —respondí—. Soy una mujer.
—Eso sos. Una mujer muy traviesa. No sabés las ganas que tengo de levantarte la falda.
En un momento tuve que ir al baño. Entré al de mujeres con el corazón en la boca. Era la primera vez. Lo había practicado en casa, pero ahí, encerrada en el cubículo, vestida como estaba, me excité tanto que, si no hubiera tenido la jaula, me habría tocado ahí mismo. Al salir, Adrián se me acercó y me dijo al oído que para el final del día yo iba a ser una señorita completa. Le respondí que ya lo era. Sonrió, perverso.
Para matar el tiempo entramos al cine. Era una película de terror, no recuerdo cuál; lo único que recuerdo es que Adrián se pasó las dos horas tocándome. Las piernas, el muslo, la mano colándose bajo la falda, los dedos buscando entrar por el corpiño. En otro lado lo habría dejado, pero ahí podíamos meternos en problemas, y cada vez que su mano quería ir más allá yo se la apartaba. Eso parecía gustarle todavía más.
—Chupámela —susurró—. Acá nadie ve.
—No.
—¿O preferís que te meta un dedo?
—No, no empieces. Me voy a excitar y con la jaula me duele.
—Entonces levantate la falda. Dejame ver.
—Bueno. Pero después mirá la película.
***
Al salir me compró un helado. Había más gente, pero ya no me ponía nerviosa. Me llevó a los fichines y me sacó un peluche de una máquina de garras. Eran las seis cuando dijo que iríamos a otro lado. Pensé en un hotel. Me llevó a un parque.
Era el parque grande del centro, donde la gente sale a caminar y a hacer ejercicio. Dimos vueltas un par de horas mientras me contaba cosas de su juventud, que de joven venía a ese mismo lugar de noche.
—Ahí, contra ese árbol, una vez me la chupó alguien como vos —dijo, señalando con la cabeza—. Bien rico.
—¿Me trajiste para eso? —pregunté.
—No. Te doy un consejo, nada más. Por si algún día venís con alguien.
—No me gustan los de mi edad —dije.
—¿Por qué?
—No sé. Me gustan más grandes, como vos. Que me lleven a lugares lindos.
—Sos tremenda —dijo, riendo—. Toda vestida así, con la jaula puesta, paseando con un hombre que te dobla la edad. Ya debés estar deseando que te coja, ¿no?
—La verdad, sí —admití—. Desde la mañana. Quiero chupártela, quiero que me la metas otra vez sin nada, como la última vez.
—Aguantá un poco más —dijo—. Y te hago todo eso.
Estaba tan caliente que ya no me importaba dónde. Pero dijo que faltaba un último lugar. Me llevó a un mirador en lo alto de la ciudad, un punto turístico desde donde se ve todo. A esa hora soplaba viento y me levantaba la falda; yo, muerta de vergüenza, la sujetaba mientras él sonreía. Estaba casi vacío. Adrián me abrazó por detrás y sentí cómo se me restregaba contra las nalgas.
—¿Te gustó el día? —preguntó.
—Sí. Mi primer día entera de mujer en la calle.
—¿No te gustaría estar así siempre?
—La verdad que sí. Me sentí cómoda. Libre.
Empezó a besarme, la mano otra vez bajo la falda. Estaba por agacharme cuando me detuvo.
—Acá no —dijo—. Decime una cosa: ¿pensás que soy un pervertido?
—Un poco —contesté, sincera.
—¿Por qué?
—Porque te encanta tenerme a tu antojo. Manosearme, llevarme de un lado a otro, decidir por mí.
—Así es —dijo—. Y a vos te encanta volver loco a un hombre. Sabés lo que quieren y lo usás a tu favor.
—Puede ser —admití—. Me pone que me traten así. Que me hagan sentir mujer.
Me dio otro beso y una palmada en la cola. Me pidió que subiera al auto. Eran casi las doce; pensé que todavía teníamos tiempo de sobra para un hotel. La sorpresa me llegó cuando vi que me había llevado a la puerta de mi casa.
—¿Qué hacemos acá, amor? —pregunté—. Hay un hotel a cuatro cuadras, vamos.
—La última vez dijiste que me ibas a invitar a tu cama —respondió—. ¿Vas a cumplir?
—Es que están mis padres, mis hermanas, no sé…
—Ya deben dormir. Andá a fijarte.
Era tanta mi calentura que acepté. Bajé y corrí a la entrada. La planta baja, a oscuras y en silencio. Arriba, lo mismo. Sentí un alivio enorme: dormían. Volví al auto y le hice una seña. Entramos juntos, subiendo las escaleras de puntillas. Bajo la puerta del cuarto de mis padres se veía el resplandor del televisor, encendido pero sin sonido; supuse que se habían quedado dormidos con él prendido. Cuando estaba por entrar a mi cuarto, mi madre gritó mi nombre desde el suyo, preguntando si había llegado. Me quedé helada. Adrián me apretó el brazo y reaccioné.
—Sí, mamá, ya llegué —respondí.
—Bueno —dijo ella, nada más.
Una vez adentro, cerré la puerta y nos reímos los dos, bajito, con el corazón a mil. Nos besamos. Sus dedos ya buscaban, así que me arrodillé y le desabroché el pantalón.
***
Llevaba todo el día deseándolo. Me lo metí en la boca lo más que pude, lo miré a los ojos y él me dio una cachetada suave, sonriendo. Seguí. Al rato me cacheteó otra vez y, con la mirada, me mandó a la cama. Me acosté boca arriba, las piernas abiertas, tan excitada que la jaula ya me dolía. Fui a buscar la llave para liberarme, pero Adrián no me dejó. Quería hacérmelo con la jaula puesta. Le supliqué. No cedió.
—Te ves linda así —dijo—. Dejátela. Ya sabés que no la necesitás para venirte. Cuando te la meta, vas a acabar igual o mejor.
—Está bien —respondí—. Pero ya, metémela, no aguanto más.
Me bajó la ropa interior despacio, y eso siempre me enloquece. Ahí, en mi propia cama, con mis padres en el cuarto de al lado, me puso a mil. Empezó con la lengua, buscándome, y tuve que taparme la boca para no gemir. Me retorcía sobre el colchón.
—Ponete en cuatro —dijo—, mirando a la puerta. Así, si entran, lo primero que ven es esto.
—Si querés grito y se despiertan —le dije, provocándolo.
—¿Querés que te vean?
—Quiero que veas cómo me lo hacés —contesté—. Dejá de frotarte y metémela.
Sin avisar, entró. Solté un grito chiquito y me tapé la boca al instante. Lo sentí durísimo dentro de mí, y me gustó tanto que dejé de tenerle miedo a que me descubrieran. Solo se oía el golpe de nuestras caderas. Cambió de posición; me puso con las piernas bien abiertas, más de lo que me las habían abierto nunca, y me excitaba ver mi pene encerrado en la jaula mientras el suyo entraba y salía.
—¿Te gusta vestirte así? —preguntó, agitado.
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque me hace sentir que soy una mujer de verdad.
—Vení a vivir conmigo —dijo—. Te tendría siempre así.
—Sí —respondí, sin pensarlo.
—Bien cuidada, bien vestida. Y de noche, mía.
—Quiero todo eso. Y que me lo hagas rico, todos los días.
Lo que me decía me prendía tanto como a él lo prendían mis respuestas. Terminó dentro de mí, y la sensación me gustó más que nunca. Quedamos los dos exhaustos, sudados, sobre mi cama. Se estaba volviendo costumbre meter hombres a escondidas en casa. Sabía que tarde o temprano me iban a descubrir, pero el placer hacía que el riesgo valiera la pena.
Me puse otra vez la ropa interior y lo acompañé a la puerta. Lo vi salir corriendo hacia el auto y volví corriendo a mi cuarto antes de que alguien me viera. Apenas cerré, me saqué la jaula. Mi pene seguía con ganas. Busqué el consolador y, aprovechando lo que Adrián había dejado dentro de mí, me masturbé como loca, recordando todo: el día entero de mujer, el centro comercial, el cine, el mirador, el hombre que había metido en mi propia cama. No tardé en venirme, y, como siempre, terminé manchándome la falda.
Antes de dormir me quedé pensando que tal vez me estaba descontrolando un poco. Pero no podía evitarlo. Quería sentirme mujer en todo: en la calle, en la cama, en cada minuto del día.