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Relatos Ardientes

Mi primer día vestida de mujer fuera de casa

Los últimos días del verano los pasé encerrada en mi cuarto, sola con mi consolador y con una inquietud que no se iba. En lo físico estaba satisfecha; podía darme placer cuando quería, meterme el plástico hasta el fondo y correrme dos, tres veces por noche. Pero había algo que el consolador no me daba, una urgencia que solo crecía cada madrugada: las ganas de tener una polla de verdad adentro, caliente, palpitando, la de un hombre que me agarrara del pelo mientras me follaba. Quería sentir un semen ajeno chorreándome por los muslos, no lubricante de farmacia.

Pensé que volver a la facultad calmaría las cosas. Me equivoqué. Me pasaba las clases divagando, imaginándome entrando al aula con falda, preguntándome cómo se verían mis compañeros con las vergas al aire. Y, sin saber bien por qué, me calentaba todavía más imaginarme con alguno de los profesores: el de literatura obligándome a chupársela debajo del escritorio, el de historia poniéndome contra el pizarrón para metérmela por atrás. A veces, al salir, me iba con Lucía; nos acostábamos y ella me comía el culo con paciencia, me lamía todo, me metía dos dedos hasta hacerme temblar, pero por más que ella me gustara, yo terminaba con la misma sensación a medias. No quería penetrar. Quería ser penetrada. Quería que me abrieran, que me llenaran, que me usaran.

Una tarde me llamó Renata. Tenía una propuesta para mí.

—¿Y si pasaras un día entero como mi muñeca, con Adrián? —dijo, como quien ofrece un regalo.

—¿Qué día? —pregunté, ya con el pulso acelerado y el coño mío, ese que todavía no tenía pero que sentía cada vez que me calentaba, apretándose solo.

—Este viernes. Faltá a la facultad y vení temprano.

Me quedé pensando un segundo. Un solo segundo.

—Sí —dije—. Voy.

Esa mañana les dije a mis padres que después de clase pasaría el día con Lucía. Me dijeron que estaba bien. En lugar de meter cuadernos en la mochila, metí ropa, toda la que entraba, y salí a las siete. No rumbo a la facultad, sino rumbo a la casa de Renata.

Llegué poco antes de las nueve. Me abrió la puerta en bata, una bata tan fina que se le transparentaba todo: los pezones oscuros marcándose bajo la seda, el triángulo del pubis rasurado casi al ras, las curvas de una mujer que sabía perfectamente lo que hacía con su cuerpo.

—Hola, Marina, qué bueno que llegaste —dijo, haciéndose a un lado—. Pasá. ¿Faltaste?

—Sí, me hice la rata —respondí, sonriendo.

—Muchas ganas de que Adrián te vuelva a coger como su nena, ¿eh?

—Algo así.

—Me contó que la última vez no te despegabas de él —dijo, con una sonrisa pícara—. Que le pedías más polla, que le lamiste hasta la última gota de leche.

—Me gustó mucho estar con él —admití, y sentí que me ardía la cara.

Me mandó a quitarme la ropa y a darme un baño en su tina. Dijo que quería que oliera como una princesa, pero que por dentro estuviera lista como una puta. No pasaron ni dos minutos antes de que se me pusiera dura. Renata lo notó enseguida y empezó a acariciarme sin pedir permiso, la mano fresca cerrándose sobre mi verguita, subiendo y bajando con una lentitud que me hizo temblar las rodillas.

—Decime, Marina, ¿qué fue lo que más te gustó de Adrián?

—Cómo me lo hizo —dije, casi sin voz—. Sentir la polla adentro, caliente, y que se corriera a chorros dentro de mí sin sacarla.

—¿Y querés que te lo vuelva a hacer?

—Muchas ganas. Quiero que me abra otra vez, que me deje llena.

—Te voy a aliviar un poco ahora —murmuró—, así no andás insoportable todo el día con la mente en la verga de Adrián.

No solo me acariciaba. Se arrodilló sobre las baldosas, me apartó los muslos y bajó la cabeza con esa naturalidad que tenía para todo lo sexual. Su lengua me rodeó primero el glande, despacio, tanteando, y después se metió la polla entera en la boca de una sola vez, hasta hacerme sentir la punta contra su garganta. Empezó a chupármela con un ritmo perfecto, mejilla adentro, mejilla afuera, la lengua enroscándose alrededor del tronco, los labios cerrados justo lo necesario. Cada tanto la sacaba entera, me la escupía, la volvía a agarrar con la mano y me miraba desde abajo, los ojos brillantes, antes de tragársela otra vez. Me chupó también los huevos, me los mimó uno por uno con la lengua, y volvió a subir. Lo disfruté con la boca abierta, tratando de aprenderle algo, hasta que me vine sin avisar, un chorro largo que le llenó la boca. Ella tragó todo sin sacar la polla, se limpió con el pulgar una gota que se le escapó por la comisura y me sonrió.

—Rica —dijo—. Ahora sí, al agua.

Me dio vergüenza, pero ella no dijo nada; siguió un rato más lamiéndome el pubis, dejándome limpia, y después seguimos con el baño. Me gustaba escucharla elogiar mi cuerpo mientras me enjabonaba, los dedos recorriéndome cada rincón, deteniéndose entre las nalgas, jugando en la entrada de mi culo hasta que dio un respingo.

—Tenés lindo cuerpo —dijo—. Casi nada de vello, eso les encanta. Suave, como debe ser. Y este culito… este culito va a hacer felices a muchos.

—Gracias —contesté—. A mí también me gusta cómo me veo.

Salí de la tina y me secó con una toalla, despacio, insistiendo en las tetillas hasta ponerlas duras, en los muslos, en la raja del culo. Después me untó cremas que olían a flores, como si yo fuera su muñeca de porcelana, y aprovechó para meterme un dedo lubricado en el ano, girándolo, sacándolo, volviéndolo a meter. La idea me prendía, y empecé a endurecerme otra vez. Renata se rió y fue al armario a buscar algo.

—Mirá, traje esto para que te portes bien —dijo—. Sé que sos caliente, es normal. Pero con esto no se te va a notar si te ponés dura en la calle.

Era una jaula de castidad de plástico, rosa. Me asusté un poco al verla. Después de que me explicara, accedí a que me la pusiera. No había pasado ni un minuto y ya me estaba calentando de ver mi verga encerrada, inútil, apretada, a su merced.

—Por suerte no sos muy grande —dijo, ajustándola, jugando con los huevos que quedaban por fuera—. No se va a notar nada bajo la falda. Tomá, esta es la llave. Te la sacás cuando vuelvas a tu casa.

Sonreí, nerviosa, y la dejé terminar.

—No sabés lo que me calienta verte así, enjaulada —siguió, dándome una lamida en el cuello—. Me dan ganas de tenerte todo el día con las piernas abiertas, con un consolador metido, para que se te ensanche bien el culo antes de que llegue Adrián.

—Podés, si querés —dije.

—Aguantá. Ya va a llegar mi momento, y no te voy a soltar hasta dejarte bien abierta, chorreando.

Quería ponerme dura y no podía; la jaula me apretaba, una molestia dulce que prometía volverse costumbre. Renata empezó a vestirme. Me mostró un cajón lleno de ropa interior, toda de estilo juvenil; elegí una negra con detalles morados y un estampado de calavera con moño, y un corpiño rosa. Después una falda plisada negra y una blusa a rayas de mangas largas, medias de red y, por último, una peluca: larga, lacia, negra, claramente de buena calidad. Me la acomodó y me maquilló con paciencia. Cuando me vi en el espejo, estaba irreconocible. No me veía disfrazada. Me veía mujer. Y eso me emocionó como pocas cosas.

***

Adrián llegó cerca del mediodía. Se le iluminó la cara al verme y se le marcó de una la polla contra el pantalón.

—Te luciste, Renata —dijo, sin dejar de mirarme—. Quedó hermosa. Ya me la quiero coger acá mismo, sobre la mesa.

—Ayuda que tiene buen cuerpo —respondió ella—. Lo único, que es inquieta. Pero le encontré la solución. Levantate la falda, Marina, que vea.

La subí y dejé que viera la jaula rosa apretándome la verga. Adrián puso una cara de loco que me dio un escalofrío. Se acercó, me metió la mano bajo la falda, me palpó la jaula, me pellizcó las nalgas.

—Qué rica te ves así —dijo—. Mejor salimos ya, o empiezo a manosearte acá mismo y no llegamos a ningún lado. Renata, la llave.

—La tiene ella. Se la saca en su casa. Antes, aguantatela.

Antes de irnos, Renata me pasó un barbijo para pasar más desapercibida. Subimos al auto de Adrián y arrancamos hacia un centro comercial. En el camino me hablaba con esa voz baja que me ponía, la mano derecha apoyada en mi muslo, subiendo cada tanto hasta rozarme la jaula por encima de la bombacha.

—A esta hora va a estar vacío —dijo—. No te pongas nerviosa. ¿Cómo te sentís?

—Bien. Algo nerviosa. Pero no creo que nadie me reconozca.

—¿Muchas ganas tenías de que volviera a llenarte de leche?

—Muchas —contesté—. ¿A qué hora?

—Falta. Primero vamos a pasear, te voy a consentir. Eso sí: por las dudas, decime «papá». Para disimular.

—Está bien, papá —dije, y la palabra me gustó más de lo que esperaba, se me humedeció todo por dentro.

Los primeros pasos dentro fueron los más difíciles. Las tiendas recién abrían y había poca gente, lo que me dio confianza. A los quince minutos ya caminaba tranquila. Adrián me llevó a una disquería y me dejó elegir un disco; tomé uno de una cantante que siempre me había parecido preciosa. Hizo lo mismo en una tienda de videojuegos. De verdad me estaba consintiendo, y yo flotaba. Cada tanto se me acercaba al oído.

—Se te quedan mirando —murmuró—. Si supieran que abajo de esa falda tenés una pijita enjaulada, se cagarían.

—No hay nada que saber —respondí—. Soy una mujer.

—Eso sos. Una mujer muy traviesa. No sabés las ganas que tengo de levantarte la falda y meterte la lengua entre las nalgas ahí en el medio del pasillo.

En un momento tuve que ir al baño. Entré al de mujeres con el corazón en la boca. Era la primera vez. Lo había practicado en casa, pero ahí, encerrada en el cubículo, vestida como estaba, me excité tanto que, si no hubiera tenido la jaula, me habría tocado ahí mismo. Me pasé un dedo por la ropa interior, apreté la jaula, sentí cómo pujaba contra el plástico sin poder crecer. Al salir, Adrián se me acercó y me dijo al oído que para el final del día yo iba a ser una señorita completa, bien usada. Le respondí que ya lo era. Sonrió, perverso.

Para matar el tiempo entramos al cine. Era una película de terror, no recuerdo cuál; lo único que recuerdo es que Adrián se pasó las dos horas tocándome. Las piernas, el muslo, la mano colándose bajo la falda, los dedos buscando entrar por el corpiño hasta pellizcarme las tetillas hasta hacerme morder el labio. En otro lado lo habría dejado, pero ahí podíamos meternos en problemas, y cada vez que su mano quería ir más allá yo se la apartaba. Eso parecía gustarle todavía más. En un momento se abrió el pantalón y se sacó la polla entera bajo el resplandor de la pantalla. Estaba dura, gruesa, con la punta brillando. Me tomó la muñeca y me la puso en la mano.

—Chupámela —susurró—. Acá nadie ve.

—No.

—¿O preferís que te meta un dedo en el culo?

—No, no empieces. Me voy a excitar y con la jaula me duele.

—Entonces levantate la falda. Dejame ver.

—Bueno. Pero después mirá la película.

Le hice caso a medias: me arremangué la falda, me bajé la bombacha lo suficiente para que él viera la jaula rosa apretándome, y él se masturbó al lado mío sin sacarme la mirada de encima, bombeándose despacio, hasta que le pedí que se guardara la verga o me iba a volver loca. Se rió y se acomodó, pero no me soltó el muslo en toda la película.

***

Al salir me compró un helado. Había más gente, pero ya no me ponía nerviosa. Me llevó a los fichines y me sacó un peluche de una máquina de garras. Eran las seis cuando dijo que iríamos a otro lado. Pensé en un hotel. Me llevó a un parque.

Era el parque grande del centro, donde la gente sale a caminar y a hacer ejercicio. Dimos vueltas un par de horas mientras me contaba cosas de su juventud, que de joven venía a ese mismo lugar de noche.

—Ahí, contra ese árbol, una vez me la chupó alguien como vos —dijo, señalando con la cabeza—. Bien rico. De rodillas en el pasto, se la tragaba entera, hasta los huevos. Terminé corriéndome en su cara y se quedó ahí, lamiendo lo que caía.

—¿Me trajiste para eso? —pregunté.

—No. Te doy un consejo, nada más. Por si algún día venís con alguien.

—No me gustan los de mi edad —dije.

—¿Por qué?

—No sé. Me gustan más grandes, como vos. Que me lleven a lugares lindos y después me cojan bien.

—Sos tremenda —dijo, riendo—. Toda vestida así, con la jaula puesta, paseando con un hombre que te dobla la edad. Ya debés estar deseando que te coja, ¿no?

—La verdad, sí —admití—. Desde la mañana. Quiero chupártela hasta el fondo, quiero que me la metas otra vez sin nada, sin condón, como la última vez. Quiero sentirte estallar adentro mío.

—Aguantá un poco más —dijo, con la voz ronca—. Y te hago todo eso, y más.

Estaba tan caliente que ya no me importaba dónde. Pero dijo que faltaba un último lugar. Me llevó a un mirador en lo alto de la ciudad, un punto turístico desde donde se ve todo. A esa hora soplaba viento y me levantaba la falda; yo, muerta de vergüenza, la sujetaba mientras él sonreía. Estaba casi vacío. Adrián me abrazó por detrás y sentí cómo se me restregaba la polla dura contra las nalgas, apenas separada por el pantalón y mi bombacha, buscando el hueco entre los cachetes.

—¿Te gustó el día? —preguntó, mordiéndome el lóbulo.

—Sí. Mi primer día entera de mujer en la calle.

—¿No te gustaría estar así siempre?

—La verdad que sí. Me sentí cómoda. Libre.

Empezó a besarme, la mano otra vez bajo la falda, dos dedos apartando la bombacha y frotándome el ojete por encima de la tela mojada de mi propia baba. Estaba por agacharme cuando me detuvo.

—Acá no —dijo—. Decime una cosa: ¿pensás que soy un pervertido?

—Un poco —contesté, sincera.

—¿Por qué?

—Porque te encanta tenerme a tu antojo. Manosearme, llevarme de un lado a otro, decidir por mí. Sacarme la polla en el cine y hacerme mirar.

—Así es —dijo—. Y a vos te encanta volver loco a un hombre. Sabés lo que quieren y lo usás a tu favor.

—Puede ser —admití—. Me pone que me traten así. Que me hagan sentir mujer. Que me abran las piernas y me usen.

Me dio otro beso y una palmada en la cola, fuerte, que resonó en el mirador vacío. Me pidió que subiera al auto. Eran casi las doce; pensé que todavía teníamos tiempo de sobra para un hotel. La sorpresa me llegó cuando vi que me había llevado a la puerta de mi casa.

—¿Qué hacemos acá, amor? —pregunté—. Hay un hotel a cuatro cuadras, vamos.

—La última vez dijiste que me ibas a invitar a tu cama —respondió—. ¿Vas a cumplir?

—Es que están mis padres, mis hermanas, no sé…

—Ya deben dormir. Andá a fijarte.

Era tanta mi calentura que acepté. Bajé y corrí a la entrada. La planta baja, a oscuras y en silencio. Arriba, lo mismo. Sentí un alivio enorme: dormían. Volví al auto y le hice una seña. Entramos juntos, subiendo las escaleras de puntillas. Bajo la puerta del cuarto de mis padres se veía el resplandor del televisor, encendido pero sin sonido; supuse que se habían quedado dormidos con él prendido. Cuando estaba por entrar a mi cuarto, mi madre gritó mi nombre desde el suyo, preguntando si había llegado. Me quedé helada. Adrián me apretó el brazo y reaccioné.

—Sí, mamá, ya llegué —respondí.

—Bueno —dijo ella, nada más.

Una vez adentro, cerré la puerta y nos reímos los dos, bajito, con el corazón a mil. Nos besamos y su lengua se me metió hasta la garganta, dura, urgente. Sus dedos ya buscaban, así que me arrodillé sobre la alfombra y le desabroché el pantalón.

***

Llevaba todo el día deseándolo. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, y ahí saltó su polla, dura, hinchada, apuntándome a la cara. Se la agarré con las dos manos, la olí, le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta en un lengüetazo largo, y me la metí en la boca lo más que pude. No me entraba entera; me llegaba al fondo de la garganta y ahí me atragantaba. Aflojé la mandíbula, respiré por la nariz y la empujé un poco más, hasta sentir los huevos contra el mentón. Me quedé así, ahogándome, con los ojos aguados, mientras él me sostenía la cabeza y me miraba desde arriba. Después la saqué, agarré aire y volví a metérmela, esta vez más rápido, chupando fuerte, con la lengua trabajando la parte de abajo del glande, la mano bombeándole la base.

Me lo miré a los ojos y él me dio una cachetada suave, sonriendo. Me escupió a la boca y me obligó a tragar. Seguí chupándosela, ahora también los huevos, uno por uno, metiéndomelos enteros mientras le seguía masturbando la verga. Al rato me cacheteó otra vez, más fuerte, y, con la mirada, me mandó a la cama.

Me acosté boca arriba, las piernas abiertas, tan excitada que la jaula ya me dolía. Fui a buscar la llave para liberarme, pero Adrián no me dejó. Quería hacérmelo con la jaula puesta. Le supliqué. No cedió.

—Te ves linda así —dijo, subiéndose a la cama con la polla brillándole de mi saliva—. Dejátela. Ya sabés que no la necesitás para venirte. Cuando te la meta, vas a acabar igual o mejor, chorreando por el culo.

—Está bien —respondí—. Pero ya, metémela, no aguanto más.

Me bajó la ropa interior despacio, y eso siempre me enloquece. Ahí, en mi propia cama, con mis padres en el cuarto de al lado, me puso a mil. Me levantó las piernas hasta apoyármelas en los hombros, me abrió los cachetes con las dos manos y bajó. Empezó con la lengua, buscándome, círculos lentos alrededor del ojete, empujándola después despacio hasta metérmela adentro. Me la clavó ahí, húmeda, tibia, moviéndola como si me estuviera cogiendo con la boca. Yo tuve que taparme con la almohada para no gemir. Me retorcía sobre el colchón, la jaula me dolía porque no me dejaba crecer, y la verga de Adrián se me restregaba contra el muslo, dejándome un rastro brillante de preseminal.

Subió un dedo mojado en saliva y me lo empezó a meter mientras seguía lamiendo. Después dos. Los movía adentro, los abría en tijera, me estiraba, me preparaba. Yo estaba a punto de gritar.

—Ponete en cuatro —dijo—, mirando a la puerta. Así, si entran, lo primero que ven es esto: tu culito abierto y mi polla adentro.

—Si querés grito y se despiertan —le dije, provocándolo, ya en posición, arqueando la espalda y sacando el culo bien alto.

—¿Querés que te vean?

—Quiero que veas cómo me lo hacés —contesté—. Dejá de frotarte y metémela de una.

Sin avisar, entró. Me la clavó de un solo empujón, hasta el fondo, y solté un grito chiquito que me tapé al instante con la almohada. Me quedé unos segundos sin respirar, ajustándome, sintiendo cómo su polla me llenaba, cómo el glande me pegaba en lo más profundo. Empezó a moverse despacio, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela, y con cada estocada me sacaba un gemido ahogado. Después aceleró. Me agarró de las caderas y me empezó a coger fuerte, con ganas, sus huevos golpeándome el perineo, la jaula rosa balanceándose entre mis piernas con cada embestida. Solo se oía el golpe de nuestras caderas, el chapoteo de la lubricación, mi respiración cortada contra la tela.

Cambió de posición; me puso boca arriba de vuelta, me agarró los tobillos y me abrió las piernas más de lo que me las habían abierto nunca, hasta hacerme doler. Se hundió entero de una y se quedó ahí, moviendo las caderas en círculos, hurgándome por dentro. Me excitaba ver mi verga encerrada en la jaula, atrapada, chorreando líquido por la punta sin poder venirse, mientras la suya entraba y salía brillante de mí, gruesa, roja, viva. Me escupió sobre el pecho, se agachó y me lamió el pezón mientras me seguía cogiendo.

—¿Te gusta vestirte así? —preguntó, agitado, sin dejar de embestir.

—Mucho.

—¿Por qué?

—Porque me hace sentir que soy una mujer de verdad. Que me abran, que me llenen.

—Vení a vivir conmigo —dijo, apoyándome las manos en la garganta, apretándome apenas—. Te tendría siempre así. Con la jaula, con la peluca, con las piernas abiertas.

—Sí —respondí, sin pensarlo.

—Bien cuidada, bien vestida. Y de noche, mía. Toda la noche, la puta que quieras ser.

—Quiero todo eso. Y que me lo hagas rico, todos los días. Que me lo metas en el desayuno, en el almuerzo y antes de dormir. Que me llenes de leche cada vez.

Lo que me decía me prendía tanto como a él lo prendían mis respuestas. Me dio vuelta otra vez, me puso de cucharita, con una pierna mía levantada y apoyada sobre la suya, y desde atrás me volvió a entrar. Así, más lento, más profundo, sentí cada centímetro de él. Me mordía el cuello, me apretaba las tetillas con dos dedos, me susurraba guarradas al oído. En algún momento aceleró de nuevo, se puso rígido, y sentí el latido de su verga adentro mío. Terminó dentro de mí, chorros y chorros calientes que me llenaron el vientre, y la sensación me gustó más que nunca, esa presión pegajosa quedándose ahí, resbalando después por los muslos cuando la sacó.

Quedamos los dos exhaustos, sudados, sobre mi cama, oliendo a sexo, a semen, a las cremas de flores que Renata me había untado y que ahora estaban mezcladas con todo lo demás. Su polla, todavía a media asta y brillante, me dejaba un hilo entre las nalgas. Se estaba volviendo costumbre meter hombres a escondidas en casa. Sabía que tarde o temprano me iban a descubrir, pero el placer hacía que el riesgo valiera la pena.

Me puse otra vez la ropa interior, sintiendo cómo el semen me chorreaba adentro de la bombacha, y lo acompañé a la puerta. Lo vi salir corriendo hacia el auto y volví corriendo a mi cuarto antes de que alguien me viera. Apenas cerré, me saqué la jaula. Mi verga saltó afuera, hinchada, morada, desesperada, con el prepucio tirante de horas de aguante. Busqué el consolador y, aprovechando lo que Adrián había dejado dentro de mí, me lo metí entero de un empujón. Se deslizó como manteca en la leche caliente que él me había dejado. Me masturbé como loca, con la mano derecha bombeándome la polla y la izquierda hundiéndome el consolador hasta el fondo, cogiéndome a mí misma, recordando todo: el día entero de mujer, el centro comercial, el cine con la polla de Adrián sacada al lado mío, el mirador, el hombre que había metido en mi propia cama y que me había reventado sin sacarla. No tardé en venirme, un chorro que me manchó la falda plisada, el ombligo, hasta la peluca, y me quedé ahí un rato, con el consolador todavía adentro, respirando fuerte.

Antes de dormir me quedé pensando que tal vez me estaba descontrolando un poco. Pero no podía evitarlo. Quería sentirme mujer en todo: en la calle, en la cama, en cada minuto del día. Con una polla adentro, si era posible, siempre.

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Comentarios(8)

Celeste_Mdp

Que buenisimo!!! Me dejo con ganas de leer mas

TransAmiga_ok

Por favor seguí escribiendo, quede enganchada desde el primer parrafo. Esperando la segunda parte!

Martin_BA

Muy bien narrado, se siente real y vulnerable a la vez. Ese momento de cruzar la puerta debe ser una mezcla de sensaciones increible.

CuriosaYoli

¿Cuánto tiempo te llevo prepararte para ese dia? Me imagino los nervios que habrás sentido antes de salir.

RosaNoct

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de miedo y adrenalina es unica. Muy bien contado, de verdad.

Nico_Cordoba

increible, de verdad

SilviaRo

Tremendo relato. Se hizo cortisimo, espero que haya una segunda parte con lo que paso despues :)

Claudio_BA

Lo lei de un tiron, no podia parar. Se nota que viene del corazon, tiene mucha autenticidad. Sigue publicando!

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