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Relatos Ardientes

Mi novia esconde algo más que elegancia

El Belvedere es una cafetería con solera, de esas que todavía conservan los sillones de cuero gastado y eligen como hilo musical a los grandes nombres del jazz. Huele a café recién molido y a madera vieja, y a esa hora temprana la luz entra de costado por los ventanales y se posa sobre las mesas como si las eligiera una por una.

Marcelo acude allí todas las mañanas. Se toma su café solo y su zumo natural de naranja mientras hojea las páginas de la prensa del día. Es un hombre de mediana edad, de costumbres fijas, de las que no se quiebran fácil. Ni siquiera su reciente divorcio había conseguido apartarlo de esa rutina diaria que le servía de ancla.

A dos mesas de distancia se sentaba una mujer de unos treinta y pocos años. Melena castaña ondulada, facciones que parecían esculpidas con la paciencia de quien talla a una diosa. Tenía un cuerpo bien modelado, y aunque era difícil precisarlo sentada, daba la impresión de ser alta, reforzada por unos tacones de aguja que asomaban bajo la mesa.

Vestía con una elegancia poco común, un vestido ajustado que le dibujaba una silueta de sirena. Y se la veía culta: sobre la mesa descansaba un ejemplar gastado de La señora Dalloway, con el lomo leído mil veces.

Sus miradas se cruzaron varias veces. Marcelo le ofreció un saludo cordial, acompañado de una sonrisa discreta. Ella respondió con otra, sin apartar la vista demasiado pronto, lo justo para dejarlo pensando.

Sacó valor de donde no lo tenía. Se levantó, rodeó las mesas y se acercó a la suya.

—Buenos días. Veo que tiene buen gusto literario —dijo, señalando el libro.

—Gracias. Virginia Woolf, junto a Jane Austen y Mary Shelley, son mis tres autoras preferidas —respondió ella—. Siéntese conmigo, si no le molesta. Con una buena conversación, el desayuno se hace más llevadero.

Marcelo se sentó. Y a medida que la charla avanzaba, fue quedando cada vez más embelesado de Daniela, que así se llamaba ella.

Hablaron de literatura, de política, de filosofía, de historia, hasta de astrofísica. Saltaban de un tema a otro sin esfuerzo, y él se descubría asombrado a cada rato. Qué agradable era su compañía. Y qué voz, dulce y pausada, con la que ponía nombre a las ideas más complejas como si fueran sencillas.

—¿Te apetecería ir al teatro este sábado? —se atrevió a preguntar Marcelo.

—Me encantaría —dijo ella, y luego bajó un poco el tono—. Pero antes debo contarte una cosa. No quiero malentendidos desagradables más adelante. Soy una mujer trans.

Marcelo se quedó un instante descolocado. Sin embargo, Daniela era tan hermosa, tenía un rostro tan sereno y luminoso, que enseguida disolvió cualquier duda que hubiera podido asomarle. Aun así, una pregunta le daba vueltas por dentro, callada: si era una mujer trans con vagina o si conservaba el pene.

No se atrevía a formularla. Temía meter la pata y echarlo todo a perder antes de empezar. Pero la cara se le leía como un libro abierto, y Daniela se dio cuenta. Con una sonrisa cómplice, lo sacó del aprieto.

—Soy una mujer trans y conservo mi pene —dijo, sin dramatismo—. Entiendo que quizá solo busques una buena amistad. No pasa nada.

—Te equivocas, Daniela —la atajó él—. Si quisieras ser mi pareja, empezar algo serio conmigo, me harías el hombre más feliz del mundo.

Y lo decía en serio. Marcelo sabía muy bien cómo estaba el panorama. A su edad, después del divorcio, conocer a alguien con quien la conversación fluyera de ese modo era casi un milagro. La convivencia con sus parejas anteriores nunca había sido un mar en calma. Daniela, en cambio, era entera, de la cabeza a los pies, de cuerpo y de mente. Lo tenía hipnotizado con su erudición, su elegancia, su cultura y su belleza.

Daniela vivía a un par de calles de la cafetería y lo invitó a subir a su casa, con la excusa de tomar un vermut y prestarle algún libro.

***

Caminando por la acera, Marcelo no desmerecía a su lado, pese a la diferencia de edad. Era un hombre clásico en cuanto a la ropa, pero esbelto y de aire juvenil. La gente los miraba al cruzarse, y a él no le importaba en absoluto.

Ya dentro del apartamento, mientras ella preparaba los vermuts en la cocina, Marcelo recorría con los dedos los lomos de una biblioteca que cubría una pared entera del salón. Había de todo, ordenado con un criterio que solo entendía su dueña.

Brindaron. Bebieron despacio, mirándose por encima del borde de las copas. Y a él le faltó tiempo para inclinarse y besarla, para acariciar ese rostro fino y perfumado que llevaba toda la mañana deseando tocar.

El beso fue largo. Ella le mordió apenas el labio inferior al separarse, y eso bastó para que Marcelo perdiera el último resto de prudencia que le quedaba.

Pasaron a la habitación. Empezaron a desnudarse el uno al otro, con una lentitud casi ceremonial, como si cada botón y cada cremallera tuviera su propio momento. Daniela dirigía el ritmo. Él se dejaba.

Ya desnudos, Marcelo no pudo evitar una pequeña punzada en su orgullo al comprobar que ella tenía un pene más largo y más grueso que el suyo. La punzada duró poco. La curiosidad y el deseo la borraron en cuestión de segundos.

Daniela lo empujó sobre el colchón con la palma abierta en el pecho. Cayó de espaldas. Antes de que pudiera incorporarse, ella ya se había abalanzado sobre él y le tenía la polla entre los labios, devorándola con un hambre que no admitía réplica.

Lo hacía sin pausa, mirándolo de reojo para no perderse ninguna de sus reacciones. Marcelo apretaba las sábanas entre los dedos y se mordía el dorso de la mano para no gemir demasiado pronto.

Cuando lo tuvo bien lubricado, ella se incorporó, giró el cuerpo y se colocó en cuclillas sobre su cara.

—Lúbrame bien —ordenó, sin levantar la voz, con la certeza de quien sabe que va a ser obedecido.

Y Marcelo obedeció. Hundió la lengua entre sus nalgas, lamió y ensalivó con una dedicación que no se conocía a sí mismo. Ella se movía sobre su boca marcando el compás, los muslos firmes a ambos lados de su cabeza.

A los pocos minutos, Daniela ya no quiso esperar más. Se reacomodó, se sentó sobre las caderas de él y, en tres empellones firmes y seguidos, se metió entera la verga de Marcelo dentro del culo.

Él soltó un quejido ahogado. Ella, en cambio, sonrió.

A medida que marcaba el ritmo, su cuerpo entero se balanceaba sobre él. Sus pechos turgentes oscilaban sueltos al compás de las embestidas, y su propia polla, dura y abandonada a sí misma, parecía cobrar vida propia y bailar con cada movimiento.

Marcelo le sostenía las caderas, la guiaba, se hundía en ella. El cuarto se llenó del sonido húmedo de los cuerpos chocando y de la respiración entrecortada de los dos.

Pasado un buen rato, él ya no aguantó más. Se corrió dentro de ella en oleadas, agarrándola con fuerza, vaciándose hasta la última gota mientras Daniela lo cabalgaba hasta exprimirlo.

Ella se desenganchó despacio. Luego acercó las nalgas a la cara de Marcelo y lo miró por encima del hombro.

—Recoge todo lo que salga —le dijo con una calma que era casi una orden—. Es tuyo.

A los pocos segundos, unos hilos tibios empezaron a resbalar. Marcelo, lejos de apartarse, se relamió y limpió con la lengua hasta dejarla impecable, sorprendido de sí mismo y de las ganas con que lo hacía.

***

—Bueno —dijo ella, girándose hacia él—. Ahora me toca a mí, ¿no?

Marcelo se incorporó de golpe. Sabía a qué se refería, y había una frontera que no estaba dispuesto a cruzar.

—Por ahí no —dijo con firmeza—. Eso sí que no. Es una línea roja para mí.

Daniela no se ofendió. Lo miró con una media sonrisa, sin dejar de acariciarse a sí misma.

—Me conformo con que me la chupes —respondió.

Marcelo tragó saliva. Tenía clarísimo que era heterosexual, que las pollas nunca habían entrado en su mapa de deseos. Pero estaba demasiado ilusionado con Daniela, demasiado prendado de ella, y no quería perderla por un orgullo de hombre. Así que asintió.

Se arrodilló ante ella. Empezó a llevarse aquel falo a la boca, poco a poco, midiendo cada centímetro, tanteando hasta dónde podía. Ella lo dejó hacer al principio. Luego le puso la mano en la nuca.

—Toda —dijo, y de un empujón firme se la metió entera.

Marcelo tuvo una arcada. Después otra. Sintió la saliva escurrirse por las comisuras de los labios y caer en hilos a lo largo del tronco. Por primera vez entendió, en carne propia, lo incómodo que resultaba aquello, lo que callaban tantas personas cuando una mano impaciente en la nuca no admitía pausas.

Pero Daniela no era brutal. Aflojaba cuando él se atragantaba, lo dejaba respirar, volvía a marcar el ritmo. Le hablaba con una mezcla de mando y de ternura que lo mantenía exactamente donde ella quería.

—Así, despacio —murmuraba—. Lo estás haciendo muy bien.

Él se entregó. Cerró los ojos y dejó de pensar en lo que era o no era propio de un hombre como él. Solo estaba ella, su voz, su mano, el peso cálido en su boca.

Daniela aceleró cuando notó que se acercaba el final. Su respiración se volvió corta y profunda, los dedos se le crisparon en el pelo de Marcelo. Y al poco tiempo se corrió.

No hace falta decir que él se tragó cada descarga hasta la última, sin apartarse, dejándole el rabo bien limpio. Cuando terminó, levantó la vista y la encontró mirándolo con una sonrisa distinta a todas las anteriores. No era de triunfo. Era de algo parecido al cariño.

Se ducharon juntos, sin prisa, enjabonándose con esa complicidad que solo existe después de haber cruzado ciertos límites. Luego se vistieron, ella con otro vestido igual de elegante, él recuperando su aire clásico de siempre.

—Tenemos una cita el sábado —le recordó Marcelo, anudándose los zapatos.

—Y esta noche —respondió ella, tomándolo del brazo—. Conozco un restaurante donde sirven el mejor vino de la ciudad. Hay que celebrar.

—¿Celebrar qué?

—Que has dejado de hacerte preguntas tontas —dijo Daniela, y le dio un beso en la mejilla.

Salieron a la calle del brazo, bajo las primeras luces de la tarde. Marcelo pensó que la vida, a veces, te corrige el rumbo cuando menos lo esperas. Que las certezas con las que uno carga durante años pueden caerse en una sola mañana, en una cafetería con olor a café y a madera vieja, frente a una mujer leyendo a Virginia Woolf. Y que, contra todo pronóstico, se sentía más libre que nunca.

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Comentarios (1)

DanteRios77

tremendo!!! no pude soltarlo hasta el final

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