Mi primo me deseaba vestida de mujer
Ya conté en otra ocasión que mi primo, varios años menor que yo, me había visto sin que yo lo supiera. Fue en la casa del abuelo, una tarde en la que yo creía estar sola. Andaba vestida de mujer, maquillada, con peluca, y dos albañiles que trabajaban en la obra de al lado terminaron metidos en el cuarto conmigo. Él lo vio todo desde la puerta entreabierta y se quedó callado durante años.
Hasta que un día me lo confesó. Me dijo que desde aquella tarde no había podido sacarse la imagen de la cabeza, que me deseaba, y que el parentesco le importaba poco. Yo, al principio, me negué. Le dije que era una locura, que éramos familia, que ni se le ocurriera.
—No le veo nada de malo —insistió él, con esa seguridad de quien ya lo pensó mucho—. Total, no es como que puedas quedar embarazada.
Esa frase, que él soltó casi como un chiste, fue justo la que me dejó dándole vueltas. Pasaron tres semanas en las que el morbo me tenía a mil. Pensaba en lo prohibido del asunto, en que sería un nivel nuevo de perversión, y me imaginaba un escenario imposible: yo, en mi forma de Renata Sofía, quedando preñada de mi propio primo. Sabía que no podía pasar, y precisamente por eso la fantasía me calentaba más.
Esas semanas dormí mal. Me despertaba a media noche pensando en él, en cómo me había mirado de chico sin que yo lo supiera, en todo lo que habría imaginado durante esos años de silencio. Me preguntaba si seguiría deseándome igual, si la idea le pesaría tanto como a mí o si para él era solo curiosidad. Cada vez que el teléfono vibraba, el corazón me daba un brinco esperando que fuera él. Y cada vez que no lo era, me daba rabia darme cuenta de cuánto lo estaba esperando.
***
Un día me escribió por mensaje. Era la primera vez que me saludaba desde aquella propuesta suya, y noté que tanteaba el terreno, midiendo si yo seguía enojada o no. Decidí no hacerme la difícil. Aproveché para calentarlo con una foto que me había tomado tiempo atrás, una en la que se me veía de espaldas, doblada, con la ropa interior a media pierna.
Junto con la foto le mandé una pregunta:
—Y si pudieras dejarme embarazada de verdad, ¿aun así me cogerías?
La respuesta llegó en segundos: una foto suya frente al espejo del baño, de cuerpo entero, con la verga dura por encima del calzoncillo bajado. No hizo falta más. Estuvimos un buen rato mandándonos mensajes cada vez más subidos de tono, contándonos lo que íbamos a hacer, prometiéndonos cosas que ninguno de los dos habría dicho en voz alta. Él me preguntaba cómo me iba a vestir; yo le describía cada prenda en detalle para calentarlo más, y funcionaba, porque sus respuestas se volvían cada vez más cortas y desesperadas.
Cuando ya los dos estábamos al límite, acordamos vernos. No quise dejar pasar mucho tiempo, no fuera que alguno se arrepintiera. Quedamos para el día siguiente por la tarde, en un hotel de paso, de esos discretos a los que entras en auto y nadie te pregunta nada. Esa noche casi no pegué un ojo.
***
Llegué antes que él y me arreglé en el baño de la habitación. Me tomé mi tiempo. Me puse un vestido de licra verde limón, ajustadísimo, con cortes en los costados, tirantes finos y un escote redondo. Debajo, un juego de tanga y corpiño relleno color verde oscuro, medias de nylon tono canela y unas zapatillas rojas de tacón. Rematé el atuendo con una peluca ondulada castaña que me caía sobre los hombros.
Me maquillé con calma frente al espejo: base, un delineado marcado, los labios de un rojo intenso que combinaba con las zapatillas. Quería verme vulgar a propósito, exagerada, porque sabía que era justo eso lo que él había fantaseado durante años. Cuando terminé, me miré de arriba abajo y sonreí. Me veía exactamente como quería verme esa tarde: como la prima que él nunca debió desear.
Cuando él entró y me vio, se quedó un momento parado en la puerta, igual que años atrás en la casa del abuelo.
—Mira —le dije, dando una vuelta despacio—, quise vestirme de lo más puta porque lo que vamos a hacer es muy sucio. Te vas a coger a tu prima, depravado.
—Y mi prima bien que quiere, ¿verdad? —respondió, ya acercándose.
Empezamos despacio. Besos primero, después caricias por encima de la ropa, y al rato ya nos frotábamos uno contra el otro, sintiendo cómo los dos reaccionábamos. Él respiraba más fuerte, me apretaba la cintura, me recorría la espalda con las manos como si no supiera por dónde empezar.
—Dime cosas guarras —me pidió al oído—. Dime las cosas que les decías a los albañiles aquella tarde.
Decidí jugar al revés y provocarlo.
—No, ¿cómo crees que te voy a decir esas cosas? Tú eres un chico bien, recién salido de la universidad. Ellos eran hombres hechos, con experiencia, bien vergudos. No se andaban con vueltas: querían usarme como a una puta y yo les di gusto. A ti todavía te falta para hacerme gozar así.
Funcionó. Lo tomó como un reto. Me besó más brusco, me agarró las nalgas con fuerza, hasta me apretó tanto que me dolió un poco, pero me gustó ese cambio de actitud. De pronto el primo tímido había desaparecido.
—¿Crees que no te puedo coger sucio? —me dijo, ya sin pedir permiso—. Date la vuelta, que quiero cogerte ya.
Me volteó hacia la cama, me subió el vestido de un tirón y me bajó las medias sin ningún cuidado. Pero, en lugar de penetrarme como había anunciado, se agachó. Sentí su lengua, y reconozco que lo hacía sorprendentemente bien. Tan bien que en pocos segundos me tenía en cuatro sobre la cama, arqueada, mordiéndome el labio.
Lo escuché buscar el condón en el bolsillo del pantalón tirado en el piso. Entonces, sin dejar de darle la espalda, estiré la mano hacia atrás y le tomé la verga.
—No, primito —le dije—. Si vamos a ser depravados, hagámoslo completo. Cógeme así, sin nada, quiero sentirte directo. Quiero que me preñes.
Era parte del juego, los dos lo sabíamos, pero lo dije con tanta convicción que él soltó el condón al instante. Sentí cómo dudaba apenas un segundo, como si la frase le hubiera revuelto algo por dentro, y después la excitación pudo más que la cabeza. Como si fuera mi esclavo, dejó la idea de lado y fue directo. Entre mi experiencia y lo que él ya había trabajado con la lengua, entró sin dificultad.
***
Se sentía rico. Firme, muy firme, de buen tamaño sin llegar a ser enorme, justo como me gusta. Empezó a moverse rápido, con desesperación, demasiado apurado para mi gusto; me habría gustado un ritmo más lento al principio, pero le sobraban ganas lo que le faltaba de experiencia, y eso terminaba compensando.
—Al fin… al fin se me hizo probar este culo —jadeaba él—. Llevo años deseándolo.
—Ay, primito —le contesté entre suspiros—, quién te viera, tan chiquito y tan cogelón. Sigue, no pares, dame duro.
—¿Te gusta?
—Me encanta. ¿Y a ti? ¿No te importa ser uno más de los que se han metido aquí?
—No me importa nada —respondió, agarrándome de las caderas—. Te deseo por puta, prima, te quiero por puta.
Cuando empezó a llegar al final, lo noté bajar el ritmo, como si dudara, como si quisiera salirse en el último momento. No se lo permití. Apreté con fuerza y le hablé con la voz más suplicante y dócil que pude poner:
—No te salgas… acábame adentro, primo. No importa que seamos familia, déjalos ahí dentro, quiero sentirlo todo.
Eso lo terminó de enloquecer. Volvió a embestir, esta vez más fuerte que nunca, y se vino de golpe, con un gemido largo. Echó muchísimo, se notaba que lo traía guardado de hacía rato.
***
Nos dejamos caer sobre la cama, los dos sudados. Él quedó exhausto, con los ojos cerrados y una sonrisa boba de satisfacción. Yo lo había disfrutado mucho, pero no había llegado al clímax, y no pensaba quedarme con las ganas.
Me impuse, como correspondía por edad y por experiencia.
—¿Ves cómo todavía no llegas al nivel de los albañiles? —le dije, incorporándome—. Yo sigo caliente. Así que ahora, por inexperto, te vas a comer lo mío también.
Le acerqué la verga a la cara. No protestó, ni siquiera lo dudó. Abrió la boca y empezó a mamarla, primero con torpeza, sin saber bien qué hacer con las manos, y después con un entusiasmo que me sorprendió. Lo agarré del pelo y marqué el ritmo, despacio al principio, disfrutando de verlo tan sometido, él que un rato antes me había agarrado de las caderas como si mandara. Lo hizo tan rico, tan entregado, que no aguanté demasiado. Terminé sobre su rostro mientras él me miraba desde abajo, sin apartarse.
Se portó muy bien mi primo, la verdad. Mientras se limpiaba y recuperaba el aliento, pensé que, con un poco de práctica, ese chico tendría un futuro brillante vestido de mujer. Quizás algún día se lo propusiera. Pero esa, como suele decirse, ya es otra historia.