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Relatos Ardientes

Cuando mi tío cruza la puerta sin avisar

Esa mañana no tenía clases y el departamento era completamente mío. Llevaba puesto un pantalón corto de tela oscura que me quedaba ajustado, una blusa de encaje en color crema y unas sandalias con plataforma. No me había arreglado para nadie; simplemente me gustaba sentirme así cuando estaba sola. Era uno de esos días tranquilos que había aprendido a valorar desde que Marcos llegó a mi vida.

Marcos trabajaba en una empresa de diseño, salía temprano y volvía entrada la tarde. Llevábamos ocho meses juntos y en ese tiempo yo había cambiado de una manera que todavía me costaba describir con precisión. Con él no había juegos de poder, no había humillación, no había nada de lo que hubiera que disculparse después. Era simplemente estar bien.

Estaba pasando el trapo a los muebles cuando escuché que llamaban a la puerta.

Me acerqué a la mirilla y el estómago se me apretó de inmediato.

Ernesto.

Mi tío, el hermano mayor de mi madre. Cincuenta y cuatro años, metro ochenta, manos grandes de quien ha trabajado duro toda la vida. Llevaba la misma chaqueta oscura de siempre y esa expresión suya que no era exactamente una sonrisa ni tampoco otra cosa.

Pensé en no abrir. Había tenido ese pensamiento cada vez que aparecía, y cada vez terminaba igual. El teléfono empezó a sonar en la cocina.

—Sé que estás ahí —dijo cuando contesté—. Abre la puerta.

No era una pregunta.

Fui a abrirle.

Entró sin que lo invitara, dejó las llaves del coche encima de la mesita como si viviera ahí, y me miró de arriba abajo con esa expresión de propietario que reconocía demasiado bien.

—Tío, si me hubiera avisado me habría arreglado mejor —empecé a decir.

—No te pedí que hablaras —dijo—. Maquíllate un poco. Sin peluca. Aquí en la sala cuando termines.

Fui al baño con el corazón en la garganta y las manos que apenas me temblaban. Me puse delineado, sombra ahumada, un poco de rubor y un labial de color durazno. Me peiné con crema moldeadora y lo dejé lo más femenino que pude. Me cambié las sandalias de plataforma por unas de tacón alto que guardaba en el cajón del baño.

En el espejo me quedé mirándome un momento.

Me odié por lo rápido que lo había hecho. Por la ilusión que se me formó en el pecho mientras me aplicaba el labial. Por saber, sin necesidad de decírmelo, que una parte de mí había estado esperando que esto pasara desde que dejé de saber de él hacía semanas.

Con Marcos todo es diferente. Con Marcos es amor, es ternura, es sentirme vista. Esto es otra cosa. Algo que no tiene nombre limpio y que me avergüenza admitir incluso a mí misma.

Volví a la sala contoneando las caderas más de lo necesario.

Él me recibió con una palmada sonora en la nalga derecha que me dejó ardiendo. Di un paso hacia adelante por el impacto y me sostuve del respaldo del sillón.

—Qué buena estás, sobrina —dijo, con ese tono suyo de quien revisa lo que le pertenece—. Una lástima lo que eres por dentro.

Sus insultos funcionaban como un interruptor. Lo odiaba por eso.

—Arrodíllate —ordenó.

Me puse de rodillas frente a él en el suelo. Se bajó el pantalón con calma, sin apurarme, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Lo que vi no me sorprendió, pero tampoco me dejó indiferente. Nunca lo hacía.

Lo tomé con las dos manos y empecé a lamerlo desde la base, subiendo despacio, pasando la lengua por cada lado, deteniéndome en la parte inferior de la cabeza hasta que sus muslos se tensaron. Luego lo metí en mi boca, despacio, dejando que mis labios recorrieran cada centímetro.

Lo saqué. Lo volví a meter más profundo. Levanté los ojos hacia él.

—No pares —dijo con la mandíbula apretada.

Le presté atención a todo: al ritmo, a los sonidos que hacía cuando ralentizaba, a los músculos de su abdomen poniéndose en tensión. Me tomó del pelo con suavidad al principio, luego con más firmeza, marcando el ritmo que quería. Sus manos olían a jabón y a algo más que no supe identificar.

Después de un rato, sin decir nada, me agarró del pelo y me puso en cuatro en el sillón con un solo movimiento.

Me bajó el pantalón de un tirón. Debajo llevaba una tanga de encaje negro con un pequeño lazo en la parte trasera. La miró un segundo.

—Siempre la misma —dijo, y la arrancó de un jalón que me cortó el aliento.

No hubo más preparación. Escupió en su mano, se humedeció, y entró a medias de un empuje brusco.

Un grito agudo me salió de la garganta, completamente involuntario. Me aferré al respaldo del sillón con las dos manos.

—Quieta —dijo.

Dos palmadas en las nalgas, sonoras, que me dejaron ardiendo.

—Querías ser mujer, ¿no? —dijo, y terminó de entrar despacio—. Pues aguanta como una.

El dolor fue cediendo. Siempre cedía. Y en el espacio que dejaba iba asentándose algo que no sé cómo llamar todavía después de todos estos meses: una sensación de plenitud que me daba rabia sentir pero que no podía fingir que no existía.

Empezó a moverse despacio, tomándome de las caderas con fuerza. Sus pulgares se hundían en mis glúteos con cada empuje. Me hablaba al oído en voz baja, palabras crueles y sucias que prefiero no repetir aquí, que en cualquier otra boca habrían sido solo violencia pero que con él me encendían de una manera que no tenía ninguna lógica.

—Mueve las caderas —ordenó.

Las moví.

Sentí cómo algo dentro de mí empezó a responder. Un cosquilleo que se extendía por la espalda, que subía por la columna cuando él rozaba cierto ángulo. Me escuché a mí misma emitir un sonido que no había planeado y que no supe si era de placer o de vergüenza o de las dos cosas al mismo tiempo.

—Así —dijo, y fue la primera vez en toda la tarde que su voz sonó a algo diferente al desprecio.

***

Luego me hizo cambiar de posición. Me bajó del sillón, se sentó él, y me indicó con la barbilla que me pusiera encima. Intenté darle la cara y me agarró del brazo.

—De espaldas.

Me puse en cuclillas sobre él, dándole la espalda, y lo acomodé con la mano antes de dejarme caer. El peso del cuerpo hizo el resto. Los ojos se me pusieron en blanco por un momento y un hilo de saliva me cayó por la comisura del labio, lo cual en cualquier otro contexto me habría dado vergüenza.

Con las manos empezó a recorrerme el abdomen, las costillas, los pezones. Me mordía el cuello desde atrás, dejándome marcas que tardarían días en desaparecer. Yo llevaba el ritmo, subiendo y bajando, inclinándome hacia adelante en busca de ese ángulo que hacía que todo lo demás dejara de existir por un rato.

Al lado del sillón había un espejo de cuerpo entero. No pude evitar mirarlo.

Me vi a mí misma encima de él. El maquillaje corrido por el sudor. El pelo pegado a la frente. Los ojos entrecerrados y la boca abierta. Y él detrás de mí, prácticamente inmóvil, mirando también el espejo con esa expresión de dueño que me ponía de los nervios y al mismo tiempo me derretía.

¿Qué ves cuando te miras ahí?, me pregunté. ¿Ves lo que quieres ser, o lo que alguien más decidió que eres?

No respondí a mis propias preguntas. Seguí moviendo las caderas.

Sentí que el orgasmo se acercaba. Lo noté en la presión que se acumulaba en el centro del cuerpo, en cómo mis piernas empezaban a flaquear, en el calor que subía por el pecho.

Él lo notó también.

Una mano se cerró alrededor de mi cuello, no con intención de lastimarme pero sí lo suficiente para que el aire llegara en hilos. La otra mano apretó mis partes delanteras con firmeza, inmovilizándome.

—Ni se te ocurra —dijo al oído.

El orgasmo se detuvo exactamente en el borde, como un animal al que tiran de la correa en el último momento. Me quedé ahí suspendida, con el cuerpo entero temblando y los dientes apretados contra el labio inferior.

—Por favor —susurré.

—No.

Siguió así un rato más, controlando cada vez que yo estaba a punto de llegar para aflojar el ritmo en ese preciso instante y alejar el orgasmo como quien cierra una puerta en la cara. Era una forma de tortura que había perfeccionado con los meses y que me dejaba en un estado de desesperación que odiaba reconocer como placer.

***

Me llevó al cuarto tomándome del pelo. No con violencia exactamente; era su forma de guiar, de recordarme la dinámica que nunca habíamos negociado con palabras pero que los dos conocíamos de memoria desde hacía tiempo.

Me puso boca arriba en el borde de la cama, se colocó de pie en el piso, me abrió las piernas y entró directo.

Con mis pies en sus hombros y los brazos extendidos hacia arriba, agarrando la sábana, me dejé ir. No en el sentido del orgasmo, que él seguía postergando con precisión calculada, sino en el sentido de dejar de pensar. Dejar de calcular. Dejar de odiarme por estar ahí.

—Tienes las piernas más bonitas que he visto —dijo de pronto, en un tono casi normal, casi humano.

Y luego, como si le molestara haber dicho eso, aumentó el ritmo.

Me abracé a él por instinto. Me apartó con una mano firme en el hombro.

—Nada de eso.

Pero sí se inclinó para lamerme los pezones, uno y luego el otro, tomándose tiempo, mordiéndolos apenas. Y eso fue suficiente para que se formara otro nudo de placer que no podía soltar.

—Por favor —dije otra vez—. Ya no aguanto más.

—Un poco más.

Siguió un rato largo. Deliberado. Mirándome a los ojos cada vez que yo estaba a punto de llegar para cambiar el ritmo exactamente en ese momento y alejar el orgasmo de nuevo. Lo hizo tres veces más. Cada vez yo emitía un sonido diferente, mitad súplica, mitad frustración, y él no cambiaba de expresión.

Cuando por fin acabó él, lo hizo con fuerza, apretando mis caderas contra él para quedar completamente adentro. Escuché un sonido grave en su garganta, una sola vez, y luego el silencio del cuarto.

Yo seguía sin haber llegado. El cuerpo me palpitaba entero.

***

Mientras se vestía, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó el juguete que él mismo me había traído semanas atrás, uno liso y firme que yo conocía bien. Me lo lanzó sobre la cama sin siquiera mirarme.

—Ahora sí —dijo—. Pero cuando yo ya no esté.

Del buró tomó una cámara pequeña que yo no había visto antes en ese cajón. La guardó en el bolsillo de la chaqueta con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.

—Ernesto —empecé.

—Cuando me vayas a llamar así, no me llames —dijo.

Cerró la puerta del departamento con suavidad. El sonido del ascensor llegó desde el pasillo un momento después, luego el silencio completo del edificio.

Me quedé inmóvil en la cama un segundo, dos, tres. Escuchando ese silencio.

Luego tomé el juguete.

Me puse en la posición que sabía que funcionaba: boca abajo, caderas levantadas, la mejilla contra la almohada. Cerré los ojos. No pensé en Ernesto, o sí pensé en él, pero también en Marcos, en lo diferente que era todo con Marcos, en la forma en que Marcos me miraba como si yo fuera exactamente lo que quería que fuera, sin necesitar humillarme para desearlo.

El orgasmo llegó rápido. Largo, profundo, con espasmos que tardaron en irse. Cuando terminé tenía la almohada mojada y las piernas completamente inútiles.

Me quedé ahí un rato, sin moverme, mirando el techo del cuarto con los ojos abiertos.

¿Hasta cuándo?, me pregunté.

No tenía respuesta. Solo sabía que cuando Marcos llegara esa noche, yo estaría duchada y peinada y le daría un beso en la mejilla y cenarían juntos y todo parecería perfectamente normal.

Y que una parte de mí, pequeña y vergonzosa y completamente mía, seguiría esperando que Ernesto llamara de nuevo.

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Comentarios (4)

LunaSur19

que bueno!! quede sin palabras

ClaudioMZA

Muy bien escrito, se nota que hay algo personal en el relato. Me engancho desde el principio y no pude parar.

Romy_cba

Por favor seguí con esto, necesito saber cómo continua. Muy misterioso el comienzo, me dejo con ganas de mas

anita_ple

Me gusto como describe esa tension que no se puede nombrar. Muy bien logrado, se siente real.

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