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Relatos Ardientes

Esa noche en la oficina, la trans puso las reglas

El reloj de la recepción marcaba las 22:09 cuando Sofía apagó por fin su ordenador. El edificio llevaba horas vaciándose, piso por piso, hasta que solo quedaron las luces fluorescentes zumbando sobre las mesas vacías y el eco apagado del ascensor al cerrarse por última vez. Sus pies ardían dentro de los tacones negros de aguja que había llevado todo el día como una especie de promesa que no podía romper.

Cada paso desde el ascensor hasta su puesto había sido una punzada que le subía por las pantorrillas hasta clavarse en las caderas. Debajo de la falda lápiz azul marino, ajustada como una segunda piel, su cuerpo cargaba su propio peso silencioso: el tanga de satén negro reteniendo el bulto semierecto de su polla contra la tela, el sudor acumulado en la ingle, el recordatorio constante de que había una distancia entre lo que el mundo veía y lo que ella sentía cuando nadie miraba.

Pero los hombres de esa planta sí miraban. Lo intuían. Y esa intuición los ponía exactamente como ella quería.

***

Marcos fue el primero en aparecer desde el pasillo de contabilidad. Alto, corbata aflojada, la barba de tres días descuidada con esa indiferencia calculada que tienen los hombres que saben que pueden permitírsela. Apoyó los codos en el mostrador de recepción con una familiaridad que no se gana en un solo día de trabajo.

—Sofía, ¿te marchas ya? —preguntó. Su voz era grave, cargada por las horas. Los ojos le bajaron un segundo por la blusa blanca antes de volver a su cara sin el menor disimulo—. Tomás, Emilio y yo pensábamos quedarnos un rato en la sala de juntas. Sin jefes, sin agenda. Solo para cerrar bien la semana.

Detrás de él llegó Tomás desde el departamento de marketing, con esa sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que produce. Emilio apareció más tarde, callado como siempre, los ojos oscuros clavados en ella con una concentración que no necesitaba palabras para decir lo que decía.

Sofía los miró uno a uno. El calor le subió por el cuello: no era vergüenza, era otra cosa más antigua y más directa.

—Estoy agotada —dijo. Su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Los tacones me tienen destrozada y la espalda me está matando desde las tres.

Marcos se inclinó un poco hacia delante. Su aliento olía a café frío y a algo más.

—Pues quítatelos —dijo—. Aquí nadie te juzga. Y si quieres… puedes quitarte más.

Tomás se rio por lo bajo desde donde estaba.

—Sabemos que eres diferente, Sofía —añadió, con una suavidad que no era condescendencia sino algo que se parecía más a la adoración—. Llevamos meses sabiéndolo. Y precisamente por eso estamos aquí.

Ella dejó que el silencio durara cuatro segundos. Los suficientes para que los tres sintieran el peso de lo que iba a decir a continuación.

—De acuerdo —dijo al fin, y su voz sonó firme, sin fisuras—. Pero las reglas las pongo yo. ¿Queda claro?

Los tres asintieron. Sus ojos dijeron todo lo demás.

***

La sala de juntas olía a papel impreso y a café de la tarde. Habían bajado las persianas. Solo quedaba la luz tenue de las lámparas de emergencia y el brillo azulado de un par de móviles abandonados sobre la mesa larga. Sofía se sentó en el borde de esa mesa, cruzó las piernas despacio y se quitó un tacón. El cuero golpeó el suelo con un sonido seco y definitivo.

—Primero quiero veros a vosotros —dijo.

Marcos fue el primero en aflojarse la corbata. Tomás ya se estaba desabrochando la camisa, botón a botón, sin prisa. Emilio, más directo, se bajó los pantalones sin ceremonias. Tres pollas duras apuntaban hacia ella en la penumbra: la de Marcos gruesa y corta, la de Tomás larga y curvada hacia arriba, la de Emilio oscura y ya brillante en la punta con una gota transparente.

Sofía se mordió el labio inferior. Debajo del tanga de satén, su propia polla empezó a hincharse contra la tela húmeda.

—Marcos —dijo—. De rodillas.

El hombre que daba órdenes en cada reunión de presupuesto se arrodilló entre sus muslos abiertos sin protestar. Sin dudar. Como si llevara meses esperando ese momento exacto.

—Levántame la falda.

La tela subió con un susurro. Ahí estaba: el tanga empapado, el bulto inconfundible de su polla semierecta, la cabeza rosada asomando por encima del elástico negro con un hilo de líquido que brillaba bajo la luz de emergencia.

—Joder —murmuró Marcos. En su voz no había sorpresa. Había reverencia.

—Chúpamela —dijo Sofía—. Despacio. Quiero sentir cada lametazo.

Él abrió la boca y la envolvió entera. El sonido fue húmedo y obsceno. La lengua caliente rodeó la cabeza, bajó por el tronco, lamió los huevos depilados que colgaban debajo. Sofía echó la cabeza hacia atrás y soltó el aire que llevaba reteniendo desde que los tres habían aparecido en el pasillo.

—Así —dijo—. Más profundo. Sin parar.

Tomás se colocó detrás de ella y le mordió el cuello suavemente, los dientes rozando la piel mientras le desabrochaba la blusa botón a botón. Las tetas de Sofía, pequeñas y firmes, con los pezones endurecidos, quedaron libres. Emilio se inclinó desde el otro lado y se metió uno a la boca, succionando con fuerza hasta que ella apretó los muslos contra las orejas de Marcos involuntariamente.

—Para —ordenó.

Los tres se detuvieron al instante.

Sofía los miró uno a uno. Respiraba con la boca entreabierta pero su expresión era completamente serena.

—Quiero que me folléis —dijo, con una calma que era puro control—. Pero yo decido cómo y en qué orden. Marcos, te sientas en esa silla. Tomás, me comes el culo mientras me lo follo. Emilio, esperas.

***

Marcos ocupó la silla giratoria del extremo de la mesa. Sofía se colocó frente a él, le rodeó el cuello con los brazos y lo miró a los ojos durante un segundo largo antes de bajarse el tanga por los muslos. Su polla quedó libre, completamente dura, brillante. Se colocó sobre él, agarró la verga gruesa de Marcos con una mano y la guio hasta su ano.

La cabeza entró despacio. El ardor fue inmediato, intenso, exactamente lo que necesitaba sentir en ese momento.

—Joder —gruñó ella, con los dientes apretados—. Qué gruesa estás.

Bajó centímetro a centímetro, sin prisa, sintiendo cómo la polla la abría, cómo le quemaba por dentro. El sudor le corría entre las tetas. Cuando lo tuvo enterrado hasta el fondo se quedó quieta unos segundos, respirando, dejando que su cuerpo se adaptara al peso de esa invasión.

Tomás se arrodilló detrás sin que nadie se lo repitiera. Le separó las nalgas con ambas manos y hundió la lengua exactamente donde la polla de Marcos entraba y salía. Lo lamió con una precisión que hizo que Sofía se aferrara a los hombros de Marcos y soltara un gemido que no intentó suprimir.

Emilio seguía de pie junto a la mesa, acariciándose despacio, los ojos fijos en ella.

—Ven —dijo Sofía, y señaló con la barbilla el lugar donde quería que estuviera.

Él se acercó. Sofía abrió la boca sin que nadie se lo pidiera y lo metió hasta el fondo con un movimiento limpio de cabeza. El sabor salado, el calor, la textura: todo se sumó al ardor que tenía en el culo y al trabajo de la lengua de Tomás detrás.

Empezó a moverse.

Despacio al principio. Las caderas subiendo y bajando sobre Marcos, la boca siguiendo el mismo ritmo con Emilio, la lengua de Tomás siguiendo cada movimiento desde atrás. Los sonidos llenaron la sala: carne contra carne, saliva, gemidos ahogados que rebotaban en las paredes con persianas bajadas.

El ritmo fue acelerando sin que ella lo decidiera conscientemente. Sus tetas rebotaban, su propia polla golpeaba el abdomen de Marcos con cada bajada y dejaba rastros de líquido pegajoso. La lengua de Tomás no paraba, empujando contra el punto exacto donde la polla de Marcos la penetraba, y Emilio gruñía con los dedos enredados en su pelo.

—Más —dijo Sofía, sacando la boca por un segundo—. Más fuerte. Los dos.

Marcos la agarró por las caderas y empezó a embestir desde abajo. El golpe fue brutal y seco. La silla crujió contra el suelo. Emilio empujó más adentro y Sofía lo dejó, relajando la garganta, sintiendo el borde de la arcada como una señal de hasta dónde podía llegar.

—Así —dijo entre jadeos—. Así exactamente.

***

El orgasmo llegó como una marea, desde las piernas hacia arriba. Sofía agarró su propia polla con una mano y se la pajeó con furia, la piel tensa y brillante, las venas hinchadas. El primer chorro salió potente y directo a la cara de Marcos: le pintó los labios, la mejilla, la barbilla. Él abrió la boca y tragó lo que pudo con los ojos cerrados y una expresión que no era otra cosa que gratitud.

En ese mismo instante Marcos gruñó desde las profundidades del pecho y se corrió dentro de ella. Un calor espeso y pulsante que la llenó hasta que empezó a chorrear por los muslos y a caer sobre la silla.

Tomás se levantó y se descargó en sus tetas, apoyando una mano en el respaldo de la silla para no caerse. Emilio terminó en la boca abierta de Sofía, que tragó sin apresurarse, con la misma calma con la que había puesto las reglas al principio de la noche.

Cuando todo se detuvo, Sofía seguía sentada sobre Marcos. La polla de él aún dentro, el cuerpo cubierto de sudor y semen, el culo palpitando todavía. Respiraba con la boca abierta. Sin prisa.

Ya no había tensión. Solo había poder.

Y en esa sala de juntas que olía a sexo y a colonia barata, Sofía sonrió con los labios brillantes y los hombros relajados por primera vez en todo el día.

—La semana que viene —dijo, lamiéndose la comisura—, traéis más energía. Esta noche apenas habéis calentado.

Los tres la miraron desde donde estaban: exhaustos, cubiertos, adorándola.

Porque ahora sabían con exactitud quién mandaba en esa planta.

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Comentarios (6)

MachoFeroz

Tremendo relato, no me lo esperaba tan bueno asi de entrada!!!

LauraBsAs

El titulo ya me engancho, y el relato no defraudo. Muy bien escrito y entretenido hasta el final. Espero que haya mas

Rober_74

Me gusto que sea Sofia la que pone las condiciones, eso le da otro sabor al relato. Buen trabajo

MatiasF_87

me recordo a una situacion de trabajo similar aunque mucho mas aburrida jaja. muy bueno el relato

NicoV_arg

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoria

dulce_noche21

Por favor seguilo! quede con ganas de saber como termina todo entre ellos

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