Lo que Rodrigo no vio venir en el resort
El aire acondicionado del BMW de Marcos expulsa un frío artificial que contrasta con el bochorno de la mañana de octubre. Rodrigo, apretado en el asiento trasero junto a Andrés, estira las piernas cuanto puede sin llegar a tocar el respaldo delantero. Su piel bronceada, resultado de semanas de playa y gimnasio, brilla levemente bajo la luz que entra por la ventanilla.
—¿Cuánto falta? —pregunta Andrés con esa voz de quien no quiere estar aquí.
Marcos, la cabeza afeitada brillando bajo el sol que entra por el parabrisas, ajusta las gafas antes de contestar.
—Unos cuarenta minutos. Depende del tráfico.
Pablo ocupa el asiento del copiloto. Lleva una camiseta Lacoste ajustada que señala las horas de pesas. Su cuello ancho y su mandíbula apretada proyectan la imagen que Rodrigo sabe que él mismo proyecta también: hombre trabajado, seguro, sin complicaciones. Dos del mismo molde en el mismo coche.
—¿Qué actividades tienen preparadas? —pregunta Rodrigo desde atrás.
—Team building —dice Marcos encogiéndose de hombros—. Lo de siempre. Ejercicios de confianza, actividades grupales. Para que nos queramos más.
—Como si no pasáramos ya suficientes horas juntos —murmura Andrés.
Marcos suelta una carcajada, luego golpea el volante con la palma de la mano.
—Oye, ¿sabéis lo que me contó el otro día Tomás, el del departamento de Redes?
Pablo gira la cabeza con esa lentitud que tienen los depredadores cuando detectan algo interesante en el horizonte.
—¿Qué Tomás?
—El calvo ese que siempre pone cara de funeral en las reuniones. El que no habla de otra cosa que del Real Madrid.
—Ese. ¿Qué le pasa?
—Pues que su mujer le mete el dedo cuando follan. Y que le ha empezado a gustar.
El silencio que sigue tiene textura. Denso, incómodo, como el aire antes de una tormenta. Andrés mira por la ventana. Pablo suelta un bufido.
—¡No jodas! —exclama Pablo—. ¿Tomás? ¡El que se pasa el día hablando de coches y fútbol!
Rodrigo no ríe. Se ha puesto rígido. Sus dedos tamborilean en la rodilla, la mandíbula moliendo algo que no existe.
—Maricón —espeta, y la palabra corta el aire como una navaja—. Siempre lo fue. Esa manera de andar, de hablar... —hace una imitación burlesca, muñecas flojas, voz chillona—. Un puto maricón, vamos.
Marcos mira a Pablo a través del retrovisor. Es una mirada que dice: ya sabemos cómo es Rodrigo, no vale la pena.
—Hombre, cada uno en su casa... —murmura Marcos intentando suavizar.
—En mi culo no entra nada —declara Rodrigo, levantando un dedo sentencioso—. Eso no es para hombres de verdad.
Andrés sigue mirando por la ventana. Las palmeras de la costa aparecen a lo lejos.
***
El Hacienda Mar Resort se alza contra el azul intenso del Mediterráneo como una promesa de lujo bien pagado. Fachada blanca, jardines geométricos con setos perfectamente podados, fuente de agua que cae en cascadas controladas sin una sola gota fuera de lugar. El tipo de lugar que justifica el presupuesto de Recursos Humanos.
Marcos aparca el BMW en la zona designada, entre otros vehículos de empresa con la pegatina de la consultora en la luneta trasera. El silencio tras apagar el motor tiene esa cualidad particular de los espacios abiertos bajo el sol: amplificado, casi reverberante.
—Bueno —dice Marcos—. Aquí estamos.
Rodrigo sale con ese movimiento fluido que tiene cuando sabe que alguien puede estar mirando. Se estira, los brazos por encima de la cabeza, la camiseta subiéndose lo justo para mostrar el vientre plano y la línea de vello que desciende desde el ombligo. Una exhibición que podría ser inconsciente, pero no lo es.
Es entonces cuando las ve.
Cuatro mujeres bajan la escalinata principal del hotel. Sus siluetas se recortan contra la luz de la mañana. Dos llevan vestidos ligeros que se mueven con la brisa marina. Otra va en shorts vaqueros altos y camiseta de tirantes. Y la cuarta, la que va delante, lleva una falda midi color arena y una blusa de seda color marfil. Sus pasos son naturales, sin esfuerzo, la elegancia de quien no necesita demostrar nada.
Rodrigo se queda inmóvil.
No es solo que sea guapa, aunque lo es claramente. El pelo castaño oscuro le cae sobre los hombros en ondas amplias. Los ojos, verdes y claros, capturan la luz de una manera diferente a los demás. Hay algo en ella, una cualidad de presencia que hace que el resto del mundo quede ligeramente desenfocado.
—Joder —murmura Pablo a su lado, con un tono de reverencia involuntaria.
Rodrigo no responde. Su garganta se ha cerrado como una trampa de acero.
Las cuatro mujeres se acercan, y entonces la del frente —Camille, aunque Rodrigo todavía no sabe su nombre— sonríe. Una sonrisa de bienvenida al día, a la brisa, a la posibilidad que yace en cada mañana de octubre. Pero cuando sus ojos pasan sobre el grupo de hombres, se detienen un instante en Rodrigo. Un instante tan breve que podría ser imaginado. Rodrigo lo siente como una quemadura en el pecho.
—Buenos días —dice la segunda mujer.
Rodrigo la reconoce. Sofía. Con la melena corta castaña y los ojos avellana que lo evalúan con la precisión de quien ha visto demasiado de él y ha sacado sus propias conclusiones.
—Sofía —dice él, intentando sonar casual—. No sabía que venías.
—Yo sí sabía que tú venías —responde ella, y hay algo en su entonación, una ligera elevación en la última sílaba, que sugiere que nada de esto es una coincidencia.
Marcos, fiel a su costumbre de llenar silencios incómodos, hace las presentaciones del grupo. Las mujeres se presentan a su vez. Berta, con su pelo negro liso hasta los hombros y una cordialidad profesional. Rebeca, pequeña y casi invisible tras sus gafas de montura fina. Y luego Camille, que da un paso adelante con esa naturalidad que Rodrigo ya había notado, esa cualidad de movimiento que hace que parezca estar bailando incluso cuando simplemente camina.
—Camille —dice, extendiendo la mano hacia Rodrigo—. Trabajo en Análisis Financiero. Me han dicho que tú eres de Desarrollo.
Rodrigo toma la mano. Es cálida, firme, con una presión que no pide permiso. El pulgar de Camille roza su muñeca, una caricia tan breve que podría ser casualidad, pero no lo es.
—Rodrigo —dice él, y su voz sale más ronca de lo que pretendía—. Programador senior.
—Lo sé —responde Camille, y la sonrisa se amplía, mostrando una ligera separación entre los incisivos que le da un aire casi travieso—. He revisado tus proyectos en el repositorio compartido. Tu arquitectura es elegante.
Rodrigo no sabe qué decir. Esta mujer ha visto su trabajo, ha formado una opinión, lo ha juzgado y encontrado elegante. Sofía lo observa desde un lado con esa atención que él reconoce: la de quien archiva para uso futuro.
***
Las actividades de la mañana transcurren con la eficiencia mecánica de todo evento corporativo. Rodrigo llega cinco minutos tarde al auditorio. Camina por el pasillo central con paso firme, ignorando las cabezas que se giran, y se sienta junto a Pablo y Marcos. Andrés está dos filas más adelante, encogido sobre sus propias rodillas.
La facilitadora del evento, Carla, explica con entusiasmo ensayado que los participantes se dividirán en grupos mixtos de distintos departamentos. En la pantalla aparecen las listas. Rodrigo busca su nombre con la eficiencia de quien escanea bases de datos. Lo encuentra en el grupo C: Pablo, Marcos, Andrés, Sofía, Berta, Rebeca y, en la columna de otros departamentos, Camille.
—Parece que toca convivir —murmura Pablo, leyendo por encima de su hombro.
Rodrigo no responde.
La actividad estrella de la mañana es una carrera por parejas. Un miembro lleva al otro en brazos cincuenta metros, luego se invierten los roles. Carla saca nombres de un sombrero con la solemnidad de quien revela ganadores de lotería. Las parejas se forman una a una: Pablo con Berta, Marcos con Rebeca, Andrés con una chica de Marketing. Sofía con un tipo de Sistemas. Y entonces Carla saca el último par.
—Rodrigo... y Camille.
Camille ya está de pie, mirándolo con esa sonrisa que no es del todo sorpresa. Como si también ella hubiera calculado las probabilidades y llegado a conclusiones distintas.
—¿Quién empieza llevando? —pregunta, inclinando la cabeza.
Rodrigo hace los cálculos en un segundo. Camille no es pequeña. Sus caderas anchas, sus muslos firmes. La distribución de su peso es diferente de lo que sus brazos anticipan. Pero la alternativa, que ella lo cargue a él, le parece inaceptable.
—Yo llevo —dice.
El error llega en el quinto paso. Rodrigo carga a Camille con técnica de futbolista, manos en sus caderas, levantando con las piernas. Los primeros metros van bien. Luego su rodilla derecha cede, un deslizamiento microscópico que se convierte en catástrofe en milisegundos. Intenta compensar girando el torso, y eso empeora todo.
Caen sobre el césped.
El impacto no duele demasiado, pero el sonido sí: un golpe húmedo seguido de risas. Rodrigo escupe hierba, se incorpora con el hombro de la camiseta manchado de verde. Oye a Sofía. No está riéndose a carcajadas; es peor. Tiene la mano tapándose la boca y esa sonrisa que lleva años esperando este momento exacto.
—¡Qué planchazo! —grita alguien desde más lejos.
—Estoy bien —dice Rodrigo al aire, a nadie en particular—. El suelo estaba mojado.
—Claro —dice Sofía, acercándose con esa velocidad controlada que tiene—. El suelo. Siempre el culpable.
Camille se ha levantado y se limpia la falda con movimientos distraídos. Cuando Sofía se aleja arrastrando a Berta con alguna excusa, Camille permanece junto a él.
—Interesante —murmura, casi para sí misma.
—¿El qué? —responde Rodrigo, más cortante de lo que pretende.
—La forma en que te defiendes —dice ella—. Como si estar en el suelo fuera un insulto personal que hay que borrar cuanto antes.
—No necesito explicarme —dice él.
—No —concede Camille—. Pero a veces ayuda entenderse a uno mismo antes de salir corriendo.
La campana de Carla interrumpe el momento. Las actividades continúan, pero la frase de Camille se queda flotando en algún rincón de la cabeza de Rodrigo durante el resto de la mañana, resonando con una insistencia que él no puede apagar del todo.
***
La cena transcurre con conversaciones de trabajo y demasiado vino. Rodrigo bebe más de lo que debería. Las burlas de la carrera siguen picanándole, sobre todo porque nadie las menciona directamente delante de él, lo que significa que las están comentando en susurros cuando no puede escuchar.
La fiesta estaba prevista en el jardín del resort, pero una tormenta mediterránea arruina los planes. La lluvia llega de golpe, intensa y sin aviso previo. El equipo de Recursos Humanos traslada todo al salón multiusos: mesas corridas contra la pared, música del DJ instalada apresuradamente, barra de bebidas en una esquina. El suelo de parqué tiembla con los graves. Las luces azules y moradas cortan la oscuridad en fragmentos aleatorios.
Rodrigo lleva dos cervezas en las manos y observa a Camille desde el otro extremo de la sala. Cada vez que intenta acercarse, algo lo detiene: una mirada de Sofía, una carcajada de alguien en el momento equivocado, su propia lengua pastosa que no encuentra las palabras.
—¿A que no te atreves? —dice Sofía, apareciendo de repente a su lado.
Lleva un vestido negro ceñido, el pelo recogido en la nuca. Sus ojos brillan con algo que Rodrigo todavía no sabe descifrar del todo.
—¿A qué? —responde él, demasiado rápido.
—A decirle a Camille lo que llevas todo el día queriendo decirle. A bajarte de esa pose de macho con testosterona de oferta.
Rodrigo siente el calor subirle al cuello.
—No tienes ni idea de lo que quiero —escupe.
Sofía sonríe, ese gesto que él recuerda demasiado bien, el de cuando ella ya sabía algo que él ignoraba todavía.
—Dos veces te caíste hoy —dice—. Y las dos veces estabas mirándola a ella.
Se aleja antes de que él pueda responder, dejándolo plantado en medio de la pista con las cervezas y el rencor de años.
***
A medianoche solo quedan ocho. Los demás se han ido arrastrando excusas de cansancio y reuniones matutinas. Quedan Rodrigo, Pablo, Marcos y Andrés; y ellas: Sofía, Berta, Rebeca y Camille. Sentados en círculo sobre las colchonetas de yoga que alguien sacó al centro de la sala, con botellas distribuidas como ofrendas entre los grupos. La música sigue sonando, más lenta ahora. La lluvia golpea los ventanales como un tambor constante.
—Qué callados estáis —dice Rodrigo, rompiendo el silencio que se había vuelto demasiado denso—. ¿Nadie quiere pasarlo bien?
—Tú eres el que lleva toda la noche dando vueltas alrededor de Camille —dice Marcos, señalándola con su botella—. Como un satélite sin órbita fija.
Rodrigo siente la vergüenza convertirse en furia.
—Al menos yo tengo huevos para intentarlo —dice—. No como vosotros, escondidos en los rincones esperando que las cosas pasen solas.
—Propongo algo —interrumpe Sofía, y su voz corta el aire como una hoja—. Si sois tan valientes con las palabras, veamos cómo sois con los hechos.
Se inclina hacia adelante, los ojos brillando con esa luz que Rodrigo recuerda de noches que preferiría olvidar.
—En los vestuarios hay un camastro —continúa—. Y entre todos solo hay un condón. Una sola pareja puede usarlo. El resto, suerte con sus manos.
—Eso es una idiotez —dice Rodrigo, pero su voz carece de convicción.
—¿Tienes miedo? —pregunta Sofía, y la palabra flota en el aire entre ellos.
Rodrigo cuadra los hombros.
—De nada.
—Entonces juremos —dice ella, extendiendo la mano palma abajo sobre el círculo—. El que tenga la polla más grande elige pareja. Sin excusas, sin marcha atrás.
Las manos se superponen una a una. Pablo, dudando. Berta, con una risa nerviosa. Marcos, encogiéndose de hombros. Andrés mirando a Rebeca, que asiente casi imperceptiblemente. Camille, su mano firme, los ojos verdes fijos en algún punto del círculo.
Rodrigo duda. El alcohol ha envuelto en niebla aquella parte de su estómago que avisa. Pone su mano sobre las demás. La piel de Camille es cálida bajo sus dedos.
—Juro —dice, y la palabra sabe a promesa y a ceniza a la vez.
—Bien —dice Sofía—. La regla es simple. Nos desnudamos. El que tenga la polla más grande elige pareja.
Pablo se quita la camiseta sin pensarlo demasiado. Berta se queda en sujetador y braguitas, los brazos cruzados sobre el vientre. Marcos baja los pantalones con una risotada incómoda. Andrés y Rebeca se miran durante un segundo eterno y se quedan en ropa interior, observando.
Sofía se quita el vestido de un solo movimiento. Se queda de pie, sin cubrirse, con esa actitud de quien no tiene nada que demostrar porque hace tiempo que dejó de necesitarlo.
Y entonces está Camille.
Se desabotona la blusa lentamente, botón por botón. Sus pechos son firmes, con pezones oscuros que contrastan con la piel clara. Sus ojos verdes recorren el círculo y se detienen en Rodrigo, que ya se ha bajado el bóxer. Su polla, de tamaño decente, apunta hacia arriba.
Camille se baja la falda. Las bragas de encaje blanco se ajustan a sus caderas. Luego, con un movimiento tranquilo y sin titubeos, las desliza hacia abajo.
Su polla se libera. Larga, gruesa, ya semierecta, la piel clara tirante sobre una longitud que supera con creces a cualquier otra en la sala. Los testículos, afeitados, cuelgan pesados entre sus muslos. La suavidad de sus curvas, la redondez de sus caderas, contrasta con la contundencia de lo que hay entre sus piernas.
El silencio dura tres segundos que parecen tres minutos.
Luego Sofía ríe. Una carcajada quebrada, casi histérica, que rompe el hechizo. Berta la sigue con un sonido más contenido. Pablo se cubre con las manos, el rostro encendido. Marcos simplemente mira, incapaz de apartar los ojos.
Camille no ríe. Su mano desciende, envuelve su propia polla y la acaricia con movimientos lentos y deliberados hasta que se alza completamente, curvándose hacia su vientre. Sus ojos encuentran los de Rodrigo, que ha palidecido visiblemente, su propia erección desvaneciéndose.
—Tú —dice Camille, y su voz ha cambiado, más grave, con una autoridad que no estaba antes—. Llevas todo el día mirándome. Ya sabes lo que quieres.
Da un paso adelante, su polla oscilando con el movimiento. Rodrigo da uno atrás y tropieza con los pantalones que aún lleva en los tobillos. Se agarra a la pared para no caer de nuevo.
—Espera —dice, y su voz suena extraña, aguda—. Esto no es lo que...
—¿Qué no es lo qué? —interrumpe Sofía, acercándose—. ¿Que no es lo que esperabas? ¿Que ella es más hombre que tú en el sentido que más te aterra?
Se inclina cerca de su oído.
—Juraste —susurra—. Sin excusas.
Rodrigo la mira buscando alguna salida, algún resquicio de piedad. Encuentra solo determinación fría y una sonrisa que lleva años esperando este momento exacto.
Camille se acerca. Sus dedos rodean la mandíbula de Rodrigo, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Ven conmigo —dice, y es una orden envuelta en terciopelo.
Rodrigo quiere resistir. Cada parte de él que lleva años construida para decir que no grita que no. Pero su cuerpo toma otra decisión. Algo en la voz de Camille, en la presión de sus dedos, en la promesa implícita de esa polla que le roza el muslo. Su propia erección resurge, traicionera, imposible de negar.
Su mano encuentra la de ella casi sin que su mente dé la orden.
—Bien —murmura Camille—. Muy bien.
***
Los vestuarios huelen a cloro y a desinfectante. Una luz amarillenta ilumina desde un rincón. Contra la pared hay un camastro con una sábana blanca arrugada. La lluvia sigue golpeando el techo con ese ritmo constante que lo llena todo.
Rodrigo está de pie en el centro, desnudo, su erección oscilando sin saber muy bien dónde posar la vista. Camille se apoya en la puerta y lo observa con una calma que él no puede imitar.
—¿Tienes miedo? —pregunta ella, y es la misma pregunta de antes, pero en su boca suena diferente. No acusatoria. Genuinamente curiosa.
—No sé qué quieres —dice él, y su voz sale quebrada.
Camille se acerca. Se detiene a centímetros, lo suficientemente cerca para que Rodrigo sienta el calor que irradia su piel, para que huela su perfume amaderado.
—Quiero que dejes de interpretar al macho —murmura ella—. Quiero que sientas sin pensar en lo que se supone que debes sentir.
Sus dedos trazan la línea de su mandíbula, bajan por el cuello, se detienen sobre el esternón. Luego descienden, envuelven su erección con una suavidad que hace que Rodrigo jadee. La mano de Camille se mueve despacio, con una paciencia que él no puede controlar ni anticipar.
—¿Sientes eso? —susurra ella, su aliento cálido contra su oreja—. ¿Sientes lo que es no tener que fingir?
Rodrigo cierra los ojos. La cabeza le cae hacia atrás. Algo se afloja en su pecho, algo apretado desde hace años, desde antes de Sofía, desde antes de entender lo que se esperaba de él.
Camille lo guía hacia el camastro, lo sienta en el borde. Se arrodilla entre sus piernas, sus manos separándolas con firmeza. Rodrigo siente el frío del aire contra su parte más expuesta, un impulso de cerrarse. Pero entonces el aliento cálido de Camille sube por su muslo interno y todos sus instintos se contradicen al mismo tiempo.
Su lengua lo encuentra y Rodrigo se estremece, escapa un sonido que no reconoce como propio. Camille no se apresura. Está allí, presionando, trazando, haciendo que Rodrigo sienta cosas que no tienen nombre y que había jurado que nunca experimentaría.
—¿Te gusta? —pregunta ella, alzando la mirada. Sus labios brillan, húmedos.
—No... no sé... —balbucea él.
—Sí que lo sabes —insiste Camille—. Tu cuerpo ya lo sabe. Solo tienes que dejar que tu cabeza se calle de una vez.
Sus dedos reemplazan la lengua. Uno entra, lento, cuidadoso. La presión, la extrañeza, el impulso de expulsar. Y luego algo más: una sensación de plenitud en un lugar que nunca había sido tocado, una presencia interior que Rodrigo no puede clasificar.
—Respira —ordena Camille—. Suelta el aire. Deja que entre.
Rodrigo obedece, jadeando. El dedo se hunde más profundo, encuentra algo que hace que sus caderas se eleven involuntariamente, que un gemido se le escape de la garganta sin que pueda detenerlo.
—Eso es —murmura ella, añadiendo un segundo dedo, abriendo, preparando—. Eso es lo que eres. Lo que siempre has sido.
Rodrigo deja caer la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Ha olvidado dónde está, quién está, todo excepto las sensaciones que Camille construye en su cuerpo. Cuando ella retira los dedos siente la pérdida como una herida, un vacío que necesita ser llenado.
—Mírame —ordena Camille, de pie frente a él. Su polla está completamente erecta, brillante de preseminal. En su mano, un preservativo que ha sacado de algún lugar.
—Vas a sentirme entera —dice, desenrollando el látex con calma—. Y me vas a pedir más.
Lo empuja hacia atrás en el camastro. Le alza las piernas, dobla las rodillas hacia su pecho, exponiéndolo completamente. Rodrigo siente el frío, la humillación de esa posición, la imposibilidad de ocultar nada.
—Mírame —repite Camille, posicionándose entre sus muslos—. No apartes los ojos.
La punta de su polla presiona contra su entrada. Rodrigo agarra las sábanas con los nudillos blancos.
—Respira —murmura ella, empujando, insistiendo—. Quéjate si quieres, pero no me detengas.
La presión aumenta. La sensación de ser abierto, de ser invadido, es más intensa de lo que imaginó. Gime, un sonido que sale estrangulado entre el dolor y otra cosa que no puede nombrar todavía.
—Eso es —dice Camille, avanzando centímetro a centímetro—. Tómalo. Tómalo todo.
Sus caderas se encuentran con los muslos de Rodrigo. Enterrada hasta la base. Él jadea, deshecho, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados sin haber podido cumplir la orden de mirarla.
—No —dice ella, agarrando su barbilla, obligándolo a enfrentarla—. Aquí. Mírame aquí.
Rodrigo abre los ojos. Camille está inclinada sobre él, su polla enterrada en su cuerpo, sus ojos verdes brillando con una mezcla de ternura y dominio que no puede procesar.
—Eres hermoso así —murmura ella, comenzando a moverse, sacando casi toda su longitud antes de volver a hundirse—. Deshecho. Abierto. Finalmente honesto.
Rodrigo gime. Sus caderas se mueven involuntariamente, buscando el ritmo, buscando más. La vergüenza persiste, un fondo constante, pero está siendo sofocada por la intensidad de lo que siente, por la extraña intimidad de esta invasión.
—Dime —ordena ella, aumentando el ritmo, sus embestidas volviéndose más firmes—. Dime lo que eres.
Rodrigo sacude la cabeza de lado a lado.
—Dime —insiste Camille, cambiando el ángulo, golpeando algo que hace que Rodrigo grite—. Lo que siempre has sido.
—¡Tuyo! —jadea él, y la palabra se escapa antes de que pueda detenerla—. Soy tuyo, por favor, más, por favor...
Camille sonríe, una expresión casi feroz. Se endereza, sale de él con una lentitud torturante, y lo voltea sobre el camastro.
—A cuatro patas —ordena, su voz sin rastro de ternura ahora, solo autoridad—. Muéstrame lo que has estado ofreciendo toda la noche sin saberlo.
Rodrigo obedece. Se arrodilla, las manos en el colchón, la espalda arqueada. Se siente expuesto como nunca ha estado, más que en ningún vestuario, en ningún gimnasio, en ningún momento de su vida.
Las palmas de Camille recorren sus nalgas, las separan. Rodrigo siente su aliento, luego la presión de su polla, resbaladiza de lubricante, contra su entrada.
—Voy a follarte como te mereces —murmura ella—. Y me lo vas a agradecer.
Empuja, más fácil ahora que está preparado, pero más profundo en esta posición, golpeando algo que hace que Rodrigo grite, que sus brazos cedan hasta que su frente toca el colchón.
—¡Dios! —gime—. Es demasiado...
—Nunca es demasiado —corrige Camille, comenzando a moverse con embestidas firmes y rítmicas, cada una arrancándole un sonido—. Siempre puedes tomar más. Siempre quieres más.
Sus manos agarran sus caderas, lo guían, marcan el ritmo. Los sonidos de la penetración llenan el vestuario.
—Dime qué eres —ordena.
—Tu... tu puta —jadea Rodrigo, y las palabras fluyen sin filtro, sin la vergüenza que debería detenerlas—. Tu putita, fóllame más duro, por favor...
Camille cumple. El ritmo se vuelve implacable. El placer se acumula, diferente de cualquier orgasmo anterior, más profundo, más central, más devastador.
Entonces la puerta se abre con sigilo. Pasos sobre el baldosín. Rodrigo intenta girarse pero Camille lo mantiene firme, sus manos apretando sus caderas.
—No —murmura sobre su espalda—. Solo siente.
Pero Rodrigo ya ha visto en el espejo de la pared opuesta: Sofía, liderando con esa sonrisa de consumación definitiva. Detrás de ella, Pablo con expresión de asombro incómodo. Berta cubriéndose pero sin apartar la mirada. Marcos quieto, absorbiendo. Y Andrés con Rebeca al fondo, testigos silenciosos.
—Síguele follando —dice Sofía, y su voz llena el espacio con autoridad de directora de escena—. Que vean lo que es.
Camille no necesita más permiso. Sus manos afianzan el agarre en las caderas de Rodrigo, las embestidas se vuelven más profundas, más deliberadas, cada una arrancándole un sonido que ya no intenta contener.
Sofía se arrodilla junto al camastro, su cara a centímetros de la de Rodrigo. Puede oler su perfume, el mismo de cuando eran pareja, algo cítrico que dispara memorias que no quiere tener.
—Dime que te gusta —susurra, solo para él—. Dilo.
Rodrigo niega con la cabeza. Pero cuando Camille cambia el ángulo y golpea más hondo, la negación se convierte en gemido.
—Dilo —insiste Sofía, su mano deslizándose entre sus piernas, envolviéndolo, comenzando a moverse—. Di lo que eres y te ayudo a llegar.
Las embestidas de Camille se vuelven más lentas, más deliberadas. Una promesa de lo que vendrá si se rinde del todo.
—Soy... —empieza Rodrigo, y la palabra se atraganta.
—Sigue —anima Sofía, acercándose más.
—Soy una putita —suelta él, y el sonido es devastador y liberador a la vez, una confesión que lo vacía y lo llena al mismo tiempo—. Me gusta que me follen, me gusta ser su puta...
—¿Qué más? —susurra Sofía, mientras su mano trabaja con más fuerza.
—Maricón —jadea Rodrigo, y las lágrimas brotan calientes—. Soy un maricón, Sofía, por favor...
Sofía ríe, un sonido bajo y satisfecho. Camille aprovecha para soltarse, sus embestidas volviéndose salvajes, sin piedad.
—Miradle —dice Sofía, dirigiéndose a los demás sin apartar los ojos de él—. El machito. Mostrándose como la putita que siempre fue.
El orgasmo llega desde las raíces. Rodrigo convulsiona, el semen brotando sobre los dedos de Sofía, sobre el colchón, mientras grita y solloza y se deshace. Camille encuentra su propio clímax en medio del de él, clavándose hasta la base, sus sacudidas respondiendo a las de Rodrigo, el pulso de su propio placer contenido en el látex.
El silencio que sigue es el más largo de toda la noche.
Sofía retira la mano despacio, contempla la evidencia en sus dedos con una expresión que Rodrigo no puede interpretar desde donde está. Se inclina y besa su frente sudorosa, un gesto que podría ser tierno si no fuera por todo lo demás.
—Mi putito —susurra, solo para él, antes de levantarse.
Camille se retira lentamente. El sonido húmedo de la separación resuena en el silencio. Rodrigo yace en el camastro, vaciado, el pecho subiendo y bajando. Siente el semen propio enfriándose en su vientre, el de ella contenido en el látex olvidado entre sus piernas.
Los demás forman un semicírculo. Rodrigo los ve a través de un velo de agotamiento y humedad en los ojos que podría ser sudor o podría ser otra cosa. Pablo, sin saber dónde mirar. Marcos, incapaz de apartar la vista. Andrés y Rebeca al fondo, presentes, testigos de todo. Y Sofía en el centro, con la sonrisa de quien ha esperado años para presenciar esto y lo ha encontrado exactamente como lo imaginaba.
Fuera, la lluvia sigue cayendo sobre el resort, sobre el Mediterráneo, sobre el mundo que continúa indiferente a la destrucción de un hombre en un camastro de vestuarios. La música del DJ ha cesado hace rato, reemplazada por el sonido de ocho respiraciones y la lluvia constante contra el cristal.
Mañana habrá consecuencias. Caras que enfrentar, explicaciones que dar, una versión de sí mismo que ya no volverá a ser la misma. Pero ahora mismo, en este momento, solo existe el peso reconfortante de haber dejado de fingir por primera vez en muchos años. De haber descubierto, demasiado tarde o justo a tiempo, que en su culo cabía exactamente lo que siempre había negado.