Defendí a una mujer que antes había sido un hombre
Después de seis años estudiando derecho y otros tantos arrastrándome por bufetes ajenos —sirviendo cafés, peleándome con la fotocopiadora, redactando escritos que firmaba otro—, me veía a mí mismo a los cincuenta cumplidos haciendo de segundón eterno o levantando actas en reuniones de vecinos. No era la vida que había imaginado.
En esta profesión, quien no tiene padrino no se bautiza. Y yo no tenía a nadie. Así que un día decidí dar un golpe de timón: alquilé un piso modesto en un barrio decente y lo convertí en mi propio despacho. Repartí folletos por los buzones anunciando un bufete especializado en derecho civil y de familia. Divorcios, herencias, lo de siempre.
Dos años después, la clientela seguía siendo escasa. Cobraba lo justo para una vida normal, sin lujos. Y en lo sentimental, un desierto. Desde que terminé con la novia de la carrera, apenas algún encuentro suelto. Para colmo, todos mis amigos estaban casados; solo quedábamos Quique y yo de la cuadrilla, y Quique, seamos sinceros, ahuyentaba a las mujeres con solo abrir la boca.
Una tarde de octubre, sobre las cinco, repasaba los datos de un pleito en mi despacho cuando llamaron a la puerta. Abrí y me encontré con una mujer de muy buen ver.
Rondaría los treinta, alta, vestida con pantalón negro y una camiseta de escote discreto, y encima una americana roja ajustada que dibujaba su silueta. El pelo, largo y oscuro, recogido por unas enormes gafas de sol a modo de diadema. Me preguntó si aquel era el bufete anunciado en la placa del portal y, al confirmárselo, la hice pasar.
Cruzamos la recepción —una mesa con un ordenador y ninguna recepcionista, pero que daba empaque— y entramos a mi despacho. Le indiqué la silla frente a mi escritorio. Mientras me acomodaba en mi sillón, la vi quitarse la chaqueta, y me quedé un instante embobado con la forma en que su pecho se marcaba bajo la tela.
—Usted dirá, señorita —dije, recomponiéndome—. ¿Qué la trae por aquí?
Me explicó su caso. Tras la muerte de su padre, con quien llevaba años sin hablarse, sus dos hermanos se negaban a entregarle la parte de la herencia que le correspondía. Y eso que el grueso del patrimonio provenía de la madre, fallecida tiempo atrás, con la que ella había tenido una relación maravillosa hasta el final.
El padre había muerto sin testamento. Por ley, a ella le tocaba al menos un tercio de la legítima, puesto que no estaba expresamente desheredada. Me contó, casi en un susurro, que apenas malvivía con un trabajo de pocos ingresos, mientras su familia acumulaba propiedades y capital.
—Inicialmente podría pagarle muy poco —añadió—. Pero, una vez herede, le daría un porcentaje. El que usted considere justo.
Mientras hablaba, yo me dediqué a estudiar sus facciones. Ojos almendrados color miel, nariz fina, unos labios que sin ser gruesos resultaban tentadores. La piel morena. El conjunto era armonioso. Era, sencillamente, guapa.
—Entonces —me preguntó de pronto, y di un respingo—, ¿cree usted que se puede hacer algo?
—A priori, le corresponde parte de la herencia —contesté con calma fingida—. Habría que revisar toda la documentación, pero no parece complicado.
Sacó unos papeles del bolso y me los tendió. Los fui hojeando y, en uno de ellos, algo no me cuadró.
—Disculpe, señora... —hice una pausa para que me diera su nombre.
—Renata —respondió.
—Pues, señora Renata, aquí hay algo que me llama la atención. ¿Me habla de usted misma o de su pareja? Veo los nombres de los hijos: Tomás, Bruno y Adrián. Supongo que uno de ellos será su marido, ¿verdad?
—No —dijo, y se sonrojó hasta las orejas—. Yo soy... bueno, era Adrián.
—¿Perdoneee? —solté, completamente descolocado.
—Sí. Hace unos años cambié de sexo —murmuró, casi para que nadie más pudiera oírlo.
No me considero homófobo. Había conocido a algún chico gay y jamás lo discriminé. Pero lo de las mujeres trans, lo confieso, me producía cierto reparo. Debió de notármelo en la cara, porque me preguntó, con voz tímida, si aun sabiendo su condición estaría dispuesto a representarla.
El caso era fácil, y el dinero —que no era poco para lo que yo acostumbraba— me venía de perlas para enderezar mis cuentas. Así que hice de tripas corazón, y me costó, lo juro, y acepté. Ella esbozó algo parecido a una sonrisa, pero la deshizo enseguida al ver mi rostro tan serio.
Con frialdad profesional le pedí copias de su documentación. Vi que en el carné nuevo ya figuraba su nombre actual y una foto en la que parecía cualquier otra mujer. Me despedí con un apretón de manos lánguido, casi esquivo, como queriendo evitar el contacto.
***
Me incomodaba la situación, pero el caso era un ejemplo de manual: discriminación por motivo de sexo. Su transición había sido la causa de que el padre dejara de hablarle. De hecho, antes de aquello, Adrián era quien, por su formación en Económicas, llevaba los negocios de la familia. De la noche a la mañana se vio fuera de casa, sin nada, recurriendo a préstamos para comer.
Me aflojé el nudo de la corbata y me recliné en el sillón. Un cliente es un cliente, me dije. Los colegas de penal defienden a asesinos. Me propuse tratarla como a una mujer, pensara yo lo que pensara.
Una semana después tuve que llamarla para aclarar un par de asuntos. Vino con un vestido azul marino que le rozaba las rodillas, una cazadora blanca y unos tacones imposibles. No parecía un hombre en absoluto. Parecía una mujer atractiva, envuelta en un perfume elegante. Al sentarse, la falda se le subió un poco y dejó a la vista dos piernas torneadas que miré sin querer, no sin cierto deseo.
Joder, que es un tío, me repetía para mis adentros.
Me señaló un párrafo de una carta de su madre y, al inclinarse sobre la mesa, percibí el canal que formaban sus pechos. En la carta, la madre dejaba claro su deseo de que ciertas propiedades fueran para su hijo, y hablaba también de unas joyas «para la que fuera su hija». Una doble lectura. Renata me confesó que su madre, antes de morir, fue quien la animó a vivir como mujer.
El caso se me aclaraba por momentos, y con él el porcentaje que cobraría. Pero ya no era solo eso. Empecé a mirarla con otros ojos. Estaría operada, me decía a mí mismo para tranquilizarme. Intocable, eso sí. Pero mujer al fin y al cabo.
Antes de irse, me asaltó una duda.
—Renata, una pregunta. Dice que anda mal de dinero, pero su ropa no parece barata. El juez podría reparar en ello.
—Ah —rio, y por un instante su sonrisa me pareció preciosa—, antes de transformarme tenía mucho dinero. Todo mi vestuario, comprado a escondidas, es de aquella época. Hoy no podría ni con el cinturón que llevo.
Cuando se fue, me quedé pensando. ¿Qué me está pasando? Era un tío. ¿Cómo puede parecerme bonita la sonrisa de un tío?
***
Esa misma noche llamé a Quique para tomar unas cervezas y volver a mi mundo. Recorrimos un par de bares y, al entrar en un pub, la vi tras la barra: era Renata, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Para evitar preguntas, le dije a Quique que el ambiente no me gustaba y me lo llevé de allí a rastras, soportando sus quejas por dejar atrás a «esa camarera buenísima». Si él supiera.
En la soledad de mi piso me masturbé pensando en sus pechos. Estaba buena, de eso no había duda. Luego llegaron los remordimientos: me había corrido pensando en una clienta que, tal vez, escondía una polla entre las piernas.
El día de un trámite en los juzgados apareció con un traje de sastre que parecía hecho a medida. Gris marengo, blusa rosa pálido, tacones discretos. Iba tan elegante que costaba distinguir quién era la abogada y quién el cliente. Noté las miradas de varios hombres clavándose en ella. Al salir la invité a un café y nos despedimos con dos besos.
De vuelta en el despacho me reprendí otra vez por disfrutar tanto de la compañía de «un tío vestido de mujer». Pero el reproche era hueco: a esas alturas, para mí, Renata era una mujer. Guapa, elegante, divertida. No me acostaría con ella, claro. Pero era una mujer.
Con la excusa de preparar el juicio, la llamé al despacho varias veces. Hablábamos diez minutos de papeles y dos horas de todo lo demás. Cada vez me costaba más ver en ella al Adrián de los documentos.
***
Llegó por fin el día del juicio. Renata acudió con el mismo traje gris, una falda de tubo de cintura alta que le marcaba un trasero precioso, y un collar de perlas que, me susurró, había sido de su madre. En la sala estaban sus hermanos, rodeados de familiares, supongo que para intimidarla. No lo consiguieron: ella se mantuvo serena. Curiosamente, el rostro de Tomás, el mayor, me pareció más delicado y femenino que el de la propia Renata.
La vista duró cerca de una hora. Las pruebas de la familia eran a todas luces insuficientes. Al salir, una tía de Renata —hermana de su madre— se separó del grupo y la abrazó. Y quiso la suerte que el juez pasara justo entonces por el pasillo y viera la escena: no era Renata quien había roto con la familia, sino al revés. Las alegaciones de sus hermanos se desmoronaban solas.
Para celebrarlo, ella insistió en invitarme a comer en un restaurante caro. Durante los postres me cogió la mano sobre el mantel y, contra todo lo que yo habría hecho dos meses atrás, no la retiré. Su tacto era cálido y agradable. No sentía ningún reparo.
—Calla —se me escapó—, que verte con ese escote en el pub me desconcentraría después.
—Si es por eso, me pondré más recatada —dijo, con una sonrisa que delataba que había captado todo—. ¿O prefieres que vaya así a tu despacho?
Caminamos hasta el bufete bordeando un par de roces de manos que congelaban la conversación durante segundos. En el portal nos despedimos con dos besos en la mejilla, tan cerca de la comisura de los labios que el aire se volvió denso. Quedamos en cenar otro día.
***
Esa noche, a las once, sonó el teléfono. Era ella, medio sollozando: la tía la había citado solo para convencerla de que renunciara a su parte por una miseria, y al negarse había empezado a insultarla. Mientras la escuchaba, una sonrisa fue ganándome la cara.
—¿Te hace gracia? —preguntó, dolida.
—No, mujer. Es que tu tía, sin quererlo, nos ha ayudado muchísimo. ¿Recuerdas el abrazo a la salida de la sala? El juez lo vio. Las alegaciones de tus hermanos se han ido al traste.
—¿En serio? ¡Hay que celebrarlo! ¿Aún te apetece esa cerveza?
Media hora más tarde estábamos en una cervecería cerca de mi oficina, que también es mi casa —cosa que pasa cuando no ganas mucho—. Charlamos hasta que el local se vació. Al despedirnos, en lugar del beso en la mejilla, le di uno en los labios. Renata se quedó rígida, sin rechazarlo, sin devolverlo.
—Me has pillado por sorpresa —balbuceó—. Yo pensé que, bueno, ya sabes...
—Tienes razón. Perdóname. No sé dónde tenía la cabeza.
No fue su condición lo que me frenó, aunque ella creyera eso. Fue el viejo reflejo de que con una clienta aquello no era apropiado. Por dentro, lo deseaba.
***
Semana y media después llegó la notificación: el juez había dictado sentencia. Acudí solo, por si era desfavorable. No solo era favorable; le concedía a Renata un tercio del total de la herencia y, además, una indemnización por discriminación. Más de tres millones de euros. Y yo cobraría un dos por ciento de eso: sesenta mil euros en poco más de dos meses.
La cité en el despacho sin adelantarle nada. Entró distante, seria, convencida tal vez de que aquel beso a medias significaba rechazo. La hice sentarse y le solté la noticia poco a poco, hasta que sus ojos parecieron salirse de las órbitas y se quedó sin palabras.
De un impulso se levantó y se lanzó a abrazarme. Con la cara hundida en mi hombro empezó a sollozar de felicidad, repitiendo «gracias, gracias, gracias» mientras su mano me acariciaba la nuca. Sentí la presión de sus pechos contra mi cuerpo y ya no pude más. Aparté un poco su cabeza y la besé de lleno. Segundos después nuestras lenguas se entrelazaban.
El beso se prolongó largo rato, descargando toda la tensión acumulada. Mis manos recorrieron su pecho, su espalda, su trasero sin pudor. Las suyas también, aunque evitaban bajar hasta mi entrepierna, supongo que sin saber si aquello sería una barrera para mí.
—Es fantástico —dije al separarnos.
—Sí, por fin saldré de pobre. Te lo compensaré con creces —respondió.
—Me refería a besarte. Esto ha sido lo mejor de estas semanas.
Su cara se iluminó.
—¿De verdad te gusto? Pero... sabes cómo nací. No quiero que después me rechaces.
—Me importa un carajo cómo nacieras —dije, y lo creía—. Me encanta estar contigo.
Entonces fue ella quien se lanzó. Esta vez sus manos sí bajaron, palpándome por encima del pantalón, mientras su boca buscaba mi cuello y sus dedos peleaban con mi cinturón. Cuando la bragueta cedió, mi erección saltó libre. Llevaba un buen rato dura.
Renata se fue agachando hasta rozarme el glande con la lengua. Despacio, lo saboreó entero antes de envolverlo con los labios. Mi polla se perdió en su boca mientras su lengua jugueteaba con todo lo que iba entrando. Empezó a moverse adelante y atrás, agarrada a mi trasero, marcando un ritmo cada vez más intenso. Era, sin duda, la mejor felación de mi vida.
—Renata, cariño, voy a correrme si sigues así —le avisé, apoyado contra la mesa para no caerme.
Por toda respuesta, redobló la intensidad. No aguanté mucho más. Con varios espasmos me vacié en su boca, y ella no dejó escapar ni una gota. Se incorporó y me dio un beso en el que pude probar mi propio sabor. Tuve un reparo fugaz, pero seguí besándola.
—¿Sabes? —murmuró—. Creo que estoy un poco enamorada de ti.
—Es mutuo.
***
Me fue soltando la corbata y la camisa. Ella se despojó de su ropa hasta quedar en un conjunto de encaje rojo que la hacía terriblemente sexy. Abrí la puerta que comunicaba el despacho con mi vivienda y caímos en la cama entre besos. Con una mirada cargada de deseo se quitó el sujetador, y dos pechos perfectos quedaron a mi vista. Me lancé a besarlos mientras ella me masturbaba con la mano.
Miré su braguita preguntándome qué escondía. Cruzaron mi mente ráfagas de rechazo ante la idea de un pene, pero el deseo era más fuerte.
—Quítatela —le pedí.
—Por favor, déjame disfrutar un poco más. Me aterra que me rechaces.
—No voy a rechazarte. Me gustas tú, tengas lo que tengas ahí.
Muy lentamente, como midiendo mi reacción, se deshizo de la última prenda. Al sacar la pierna, surgió un miembro tan erguido como el mío y de tamaño parecido. Se quedó quieta, esperando. Y yo me quedé mirándolo, más por curiosidad que por otra cosa. Una vocecita me decía que aquello era una polla, no un coño; otra, más fuerte, me decía que aquello era Renata, y que la hiciera disfrutar. La batalla estaba decidida de antemano.
Alargué la mano y la acaricié. Era suave al tacto. Mis dedos fueron reconociendo su contorno mientras ella cerraba los ojos y se estremecía. Sentir que mis gestos se traducían en sus gemidos me animaba a seguir. Estaba sosteniendo una polla, y lo estaba disfrutando.
La idea de devolverle lo que me había hecho llegó sin un solo asomo de repulsión. Me agaché hasta tener su glande rosado, húmedo de líquido, a un palmo de mi boca. Saqué la lengua y lo toqué.
No pasó nada. El mundo no se acabó. Mi lengua estaba en su polla y nada había cambiado. En ese instante se evaporaron todos mis prejuicios. La envolví con los labios y me la fui metiendo poco a poco. Cuando Renata abrió los ojos y me vio así, dejó caer la cabeza hacia atrás y me dijo que me quería. Su sabor no me desagradaba en absoluto, y saber que mi lengua la hacía gemir me excitaba todavía más.
Moví la cabeza mientras mis manos amasaban sus pechos. Ella solo acertaba a balbucear frases inconclusas, hasta que avisó de que se corría. No me dio tiempo a procesarlo: un líquido caliente y espeso me llenó la boca. Traté de tragarlo y, antes del último estremecimiento, tiró de mí para fundirnos otra vez en un beso compartido.
—Fóllame —me susurró al oído—. Te necesito dentro.
Se puso a cuatro patas y yo me coloqué tras ella. Con el fluido que aún quedaba lubriqué su ano. Nunca había penetrado a nadie por ahí; todos mis intentos anteriores habían quedado en nada. Apunté y, con un leve empujón, hundí la punta. Apenas se estremeció. Al segundo empujón, todo el glande estaba dentro.
—Despacio, ve tranquilo —pidió, aguantando.
Hice una pausa y fui avanzando milímetro a milímetro, hasta enterrarme del todo. Cuando empezó a mover el trasero, supe que era la señal. La sujeté por la cintura y comencé a moverme. El ritmo se volvió fluido; a ratos notaba cómo sus músculos me apretaban. Ella gemía con cada embestida, alaridos auténticos de placer.
—Más —pidió—. No pares.
Bombeé con fuerza. Pronto noté que se me venía encima.
—Me voy a correr —avisé.
—No pares. Lléname. Dios, qué gusto.
Mientras me vaciaba dentro de ella, le agarré la polla y la masturbé hasta que se corrió también, sus espasmos apretándome con cada sacudida. Nos dejamos caer sobre la cama, yo abrazado a su espalda, besándole el cuello.
—No sabes lo feliz que me has hecho —dijo con voz melosa.
—Te lo mereces. Me gustas toda tú.
***
Nos quedamos dormidos entre palabras cariñosas. Despertamos al atardecer, muertos de hambre. Durante un paseo, Renata se detuvo frente a mí.
—Quiero pedirte una cosa. Cuando cobre lo que me corresponde, quiero una casa preciosa. Y te quiero a ti en ella.
—Vayamos con calma —le dije, viendo su cara de desasosiego—. Tus hermanos aún podrían recurrir. Pero, si quieres, mientras tanto puedes venirte a vivir conmigo.
—¿De verdad? —preguntó, casi con lágrimas.
—Claro que sí.
Dos días después ya vivía en mi casa. Y poco tardé, lo confieso, en entregarle yo también mi cuerpo y descubrir hasta dónde llegaba el placer junto a ella.
Cuando el notario repartió la herencia, Renata aportó la documentación de unas cuentas que ella misma había administrado años atrás, ignoradas por sus hermanos. El patrimonio no era de diez millones, como todos creían, sino de treinta y seis. Al ver que recibirían el triple de lo previsto, sus hermanos empezaron a mirar a Renata —a la antigua Adrián— con otros ojos. Ella, sin embargo, no estaba dispuesta a perdonarlos tan fácilmente.
Hoy, años después, vivimos en un chalet tranquilo de las afueras. Aquel piso que era despacho y vivienda quedó atrás; ahora la firma asesora a grandes empresas desde una oficina de verdad. Renata resultó ser una gestora brillante. Y, sobre todo, la mejor amante que jamás imaginé tener.