Perdió la apuesta y lo convirtieron en muñeca
Adrián Solveira cruzó el umbral del plató con el aire de quien nunca ha tenido que esperar nada. Su traje, cortado a medida en una sastrería de Milán, lo aislaba del mundo común como una segunda piel. Consultó su reloj de oro, no por la hora, sino para recordarse cuánto valía. El aire acondicionado le erizó la nuca recién afeitada.
Esto es un chiste, pensó. Una apuesta de borrachos. Entro, demuestro que estoy por encima de esta basura televisiva, cobro el cheque y vuelvo a mi oficina.
La puerta se abrió de nuevo y el aire cambió. Olía a sudor de obra y a tabaco barato. Tomás Bravo llenó el marco de la entrada: una mole de músculo de trabajo, no de gimnasio, embutida en una camiseta negra que apenas contenía su pecho. Botas con punta de acero, vaqueros gastados, antebrazos tatuados con tinta vieja.
—Servicio técnico, supongo —dijo Adrián sin dignarse a mirarlo—. El aire hace un ruido espantoso.
Tomás soltó una risa seca, áspera como una lija.
—¿Tú eres la competencia? Pensé que buscaban hombres, no maniquíes de escaparate.
La tensión vibró en el aire estéril. Clase contra fuerza, cálculo contra instinto, dos maneras de ser hombre a punto de chocar. No llegaron a más, porque una fanfarria electrónica estalló desde todas partes y las paredes de espejo se deslizaron hacia los lados.
Habían estado en el escenario principal todo el tiempo. Miles de pantallas cobraron vida alrededor, mostrando rostros de espectadores conectados desde medio mundo: sonriendo, abucheando, aplaudiendo en tiempo real. Estaban dentro de La Vitrina, y no había un solo rincón sin cámara.
***
En el centro, sobre un podio giratorio de cristal, los esperaba ella.
No parecía del todo humana, y esa era la idea. Bajo las luces de estudio su piel no parecía piel, sino porcelana pulida sin un solo poro. Vestía un body de látex rosa de corte tan alto que tensaba la carne con cada movimiento, charreteras doradas en los hombros y un sombrero de copa negro coronando una melena imposible. Sus plataformas transparentes la elevaban veinte centímetros por encima de ambos.
—Buenas noches, mis queridos mirones —ronroneó, y su voz llegó procesada, dulce como la sacarina y el doble de tóxica—. Soy Madame Lux, vuestra anfitriona. Esta temporada el juego ha cambiado. Nada de doce aspirantes. Dos polos opuestos. Dos hombres que creen saber lo que significa serlo.
La cámara se acercó a sus ojos, dos lagunas de un azul que no parpadeaba.
—Vamos a romperlos —dijo—. Y el público decidirá en qué se convierten.
Golpeó contra su muslo enfundado una fusta cubierta de cristales. El chasquido húmedo reverberó por toda la arena. Dos asistentes con máscaras lisas, sin rostro, avanzaron desde las sombras sosteniendo inyectores cromados.
—Antes de empezar, una pequeña formalidad —canturreó—. Lo que firmasteis, caballeros.
—¿Qué es eso? —Adrián retrocedió, su compostura flaqueando por primera vez—. Mi abogado revisó el contrato. No decía nada de drogas.
—Cláusula catorce, apartado C —recitó ella, saboreando cada sílaba—. El participante acepta cualquier mejora estética necesaria para la integridad del programa. No es una droga, cariño. Es Néctar. Pura nanotecnología de belleza.
—Ni de coña —gruñó Tomás, apretando los puños—. Nadie me clava nada.
Madame Lux suspiró con teatralidad.
—La puerta está ahí. Pero la deuda del hospital de tu padre se paga sola mientras juegas, Tomás. Y tu cara de cobarde será viral en cinco minutos, Adrián. Vosotros decidís.
El silencio se estiró hasta doler. Tomás miró la salida, después sus botas, y pensó en las facturas, en los tubos, en una habitación de clínica. Fue el primero en rendirse. Extendió el brazo, un tronco de venas y vello oscuro.
—Hazlo rápido.
El metal frío le mordió el hombro. Pssh. Apretó los dientes sin emitir sonido, pero un segundo después se frotó el brazo: ardía, como si le hubieran inyectado fuego líquido que corría directo al pecho.
Adrián, acorralado por su propio orgullo, no quiso ser menos. Se quitó la chaqueta, dobló la manga con precisión quirúrgica y ofreció su brazo pálido.
—Espero que esté esterilizado.
El pinchazo lo hizo jadear, una avispa de metal hundiéndose bajo la piel.
—¡Perfecto! —Madame Lux aplaudió, y las luces de sus plataformas enloquecieron—. Sentiréis calor. Un cosquilleo delicioso. Quizá unas ganas repentinas de comprar zapatos. Lo normal.
***
La iluminación viró a un rojo de alarma. Dos podios emergieron del suelo, y sobre las cabezas de ambos parpadearon marcadores digitales en cero.
—Esto no es un concurso de simpatía —anunció ella, paseándose entre ellos como una depredadora—. Es una prueba de resistencia. Responderéis preguntas. Cada acierto suma. Al final, quien tenga menos puntos pierde. Y en La Vitrina, perder no es irse a casa. Es evolucionar.
Hizo una pausa, dejando que la palabra flotara en el aire helado.
—El que pierda se somete a una mejora correctiva. Y la elige el público.
—¿Qué significa eso? —Adrián se aferró al podio—. ¿Cirugía?
—Significa transformación, cariño. El Néctar que corre por tus venas hará el resto. Los nanobots ya saben qué hacer; solo esperan la orden.
Chasqueó los dedos y la primera pregunta brilló en las pantallas de los podios.
—Cultura general de belleza —dijo—. Cosas que cualquier chica sabría. Veamos si vosotros también. ¿Cuál es la diferencia entre un labial mate y uno con brillo?
Adrián miró las opciones. Su cerebro, entrenado en cifras y balances, no tenía un solo archivo para aquello. Ninguno de los dos pulsó nada.
Un zumbido grave.
—Nadie responde —suspiró Madame Lux—. Y no contestar también se castiga.
Chasqueó los dedos. Ambos sintieron un pulso caliente en la base del cráneo; por un instante el plató pareció girar.
—Menos cinco de coeficiente para los dos —canturreó—. Cada error os vuelve un poco más tontos. Y cuanto más tontos, más difícil la siguiente. ¿No es delicioso?
Adrián se arrancó el micrófono de la solapa.
—Me largo. Esto no es lo que firmé.
Por primera vez desde que se conocieron, Tomás asintió hacia él.
—Es una trampa. Yo también me voy.
Dieron un paso hacia la oscuridad. Madame Lux chasqueó los dedos, un sonido pequeño, íntimo, que sin embargo los detuvo como un disparo. Las pantallas gigantes cambiaron.
En una apareció el rostro de un anciano: tubos en la nariz, monitores parpadeando, la piel del color de la ceniza. En la esquina, una cifra roja imposible. Tomás se quedó sin aire.
—Papá —susurró, y su voz de acero se volvió la de un niño.
—La clínica que lo mantiene vivo cobra de nosotros, cariño —ronroneó ella, acercándose con un repiqueteo de tacones—. Si sales por esa puerta, el pago se detiene esta misma noche.
En la otra pantalla, un titular: el consejero delegado de Solveira Digital, humillado en directo. Adrián sintió que el suelo se inclinaba.
—Ese artículo se publica en cuarenta medios si abandonas —dijo Madame Lux sin mirarlo—. Tus inversores. Tu junta. Tu exmujer.
—Esto es extorsión —susurró él.
—Esto es entretenimiento. Volved a vuestros sitios.
Y sus piernas obedecieron, como si ya no les pertenecieran del todo.
***
La segunda pregunta llegó con un ritmo grave y pulsante. Un cálculo simple: cuánto se llevaba a casa una bailarina después de que el local se quedara con su parte. Tomás miró los números y, para su propia sorpresa, la respuesta apareció sola en su cabeza, nítida, como puesta ahí por otra mano.
—Ciento veinte —dijo, ronco.
Madame Lux ladeó la cabeza. La opción se iluminó en verde.
—Correcto. Parece que alguien conoce el oficio.
El público rugió. Adrián apretó los puños. ¿Cómo demonios lo sabe? Pero bajo la rabia latía algo nuevo. El Néctar pulsaba con cada segundo, y con cada latido sentía escaparse una parte de lo que había sido suyo: una idea que antes habría sido rápida y ahora se volvía pegajosa, lenta, dulce.
No puedo perder más, pensó, y ni siquiera terminó la frase.
***
—Pregunta final —anunció ella, y un único foco la talló en sombras—. El que tenga menos puntos se entrega a la decisión del público. Y el público ya votó. Solo falta saber quién recibe el premio.
En las pantallas apareció la cuestión: la altura de un tacón de plataforma profesional. Tomás golpeó el botón primero.
—Seis pulgadas.
Adrián respondió un instante después, sin saber de dónde sacaba el número.
—Entre siete y nueve.
Madame Lux se acercó a él y le acarició la mejilla con un dedo enguantado, frío contra su piel ardiente.
—Algo dentro de ti ya sabe cosas que no recuerdas haber aprendido —susurró—. El Néctar trabaja deprisa.
Pausa. El público contuvo el aliento.
—La respuesta correcta es entre siete y nueve. Adrián gana. Tomás pierde.
El podio de Tomás se tiñó de rojo sangre. Retrocedió, pero el podio lo atrapó.
***
Madame Lux caminó hacia él con un pequeño mando rosa en la palma.
—Oh, Tomás. El público ha votado, y esta vez decidió ser generoso contigo. No una mejora. Las dos.
Levantó el mando. El hombre que minutos antes llenaba el marco de una puerta tembló como una hoja.
—No puedes... —empezó.
—Claro que puedo, cariño. Relájate. Va a gustarte. Esa es la peor parte.
Pulsó el botón.
El calor que dormía en las venas de Tomás despertó de golpe. No fue dolor; fue algo peor, un placer que no había pedido y que no podía frenar. Sintió la piel tirante y después suave, demasiado suave, mientras cada vello de su cuerpo se rendía y desaparecía para siempre. El roce de su propia camiseta contra el pecho se volvió insoportable, eléctrico, y un gemido que no reconoció como suyo se le escapó entre los labios.
Los labios. Notó cómo se le hinchaban, carnosos, imposibles de cerrar del todo, brillantes bajo los focos como si se los hubieran pintado de húmedo permanente. Quiso protestar y las palabras le salieron arrastradas, blandas, torpes, una caricatura de su antigua voz de acero.
—Por... favor... —balbuceó, y el plató entero rió.
Sus manos, antes anchas y callosas, le parecieron de repente delicadas. Se buscó en el suelo de espejo y no encontró al hombre que había cruzado aquella puerta. Encontró el principio de otra cosa: una criatura de piel de porcelana y boca de muñeca, sensible hasta el tormento, hecha para ser mirada.
—Bienvenida a La Vitrina —ronroneó Madame Lux, saboreando el femenino—. ¿Ves qué guapa estás cuando dejas de discutir?
Lo que quedaba de Tomás se abrazó a sí misma, temblando, y descubrió con espanto que el temblor no era solo de miedo. Cada roce de sus propios brazos le arrancaba una chispa de placer que le nublaba el pensamiento, que la volvía dócil, dulce, obediente.
Adrián, a un metro de distancia, la miraba con el rostro descompuesto. Pero ya no era solo horror lo que sentía. El Néctar también latía en él, paciente, y en el fondo de su mente lenta una vocecita nueva le susurraba que la próxima vez quizá no le importara tanto perder.
En las pantallas, millones de desconocidos aplaudían. Madame Lux abrió los brazos hacia las cámaras, radiante bajo la lluvia de luces.
—Y esto, mis amores, no ha hecho más que empezar.