Dije sí y desperté en el cuerpo de mi novia
El aire de la capilla pesaba como una manta. Incienso, cera derretida y el perfume dulzón de las rosas blancas que alguien había repartido por cada banco. Doscientos invitados contenían la respiración, y la luz de la tarde entraba por los vitrales y dejaba manchas de color rojo y dorado sobre la piedra fría. Adrián lo veía todo como quien contempla un trofeo recién ganado.
De pie ante el altar, él lucía un esmoquin negro impecable, los hombros anchos, la mandíbula firme, la sonrisa de un hombre seguro de poseer el mundo. A su lado, Renata era casi insoportable de mirar. La mujer que todos deseaban y que, después de meses de insistencia, regalos y una persistencia que rozaba la obsesión, por fin era suya. Esa boda no era una unión de iguales. Era una coronación.
El vestido de Renata era una obra de ingeniería: color champán, corte sirena, ceñido como una segunda piel hasta los tobillos, con un escote profundo y la espalda completamente desnuda salvo por un collar de diamantes que le bajaba por la columna. El pelo rubio miel, recogido en una corona de bucles sostenida con horquillas de plata. Dos velos: uno corto sobre los ojos, otro largo fundido con la cola. Los labios, enormes y brillantes, parecían una provocación dirigida solo a él.
El sacerdote hablaba con la autoridad de los siglos, pero Adrián apenas lo escuchaba. Solo esperaba su momento.
—Adrián, repite conmigo: yo te recibo a ti, Renata, como mi legítima esposa.
—Yo te recibo a ti, Renata, como mi legítima esposa —dijo, la voz clara y firme.
—Para serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de mi vida.
Repitió las palabras sin sentirlas. Deslizó el anillo de platino por el dedo de ella como quien estampa un sello de propiedad. Ella hizo lo mismo, su mano enguantada frágil sobre la de él.
—Por el poder que se me ha concedido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El órgano estalló en un coro de júbilo. Adrián se inclinó hacia ella, los labios a un milímetro de los suyos, listo para sellar la victoria.
Y entonces ocurrió.
No fue un destello ni un sonido. Fue un tirón, un deslizamiento violento en el centro mismo de su ser, como si una mano enorme los hubiera agarrado por el alma y los hubiera sacudido. Una náusea de vértigo, un torbellino de colores y un grito ahogado que no supo si era suyo o de ella. Por un instante eterno, Adrián no fue nadie ni estuvo en ninguna parte: solo conciencia pura, aterrada, flotando en la nada.
***
Cuando volvió a anclarse a un cuerpo, parpadeó. El órgano seguía sonando, los invitados seguían allí. Pero todo estaba mal. El mundo se sentía demasiado alto, demasiado cercano.
Primero fue el peso en la cabeza, la corona de bucles convertida en una jaula que le apretaba el cráneo. Luego la opresión: el tirante del vestido hundiéndose en la base del cuello, la tela ciñéndole las piernas y obligándolo a dar pasitos torpes. Sintió una blandura ajena en el pecho. Bajó la vista —a través de un velo que ahora caía sobre sus ojos— y vio el escote champán, una piel pálida que no era la suya, unas manos de uñas largas pintadas de nácar.
—¿Qué…? —La voz que salió de su boca era aguda, dulce. Era la voz de Renata.
El pánico lo atravesó como una esquirla de hielo. La gente aplaudía; tenían que caminar. Se tomó del brazo de lo que había sido su propio cuerpo —ahora habitado por Renata— y cada paso fue una agonía sobre los tacones de aguja, que lo obligaban a andar de puntillas, tensándole las pantorrillas y la espalda.
Pero el verdadero horror estaba más abajo. Bajo las capas de seda sentía un calor húmedo, un vacío receptivo entre los muslos que latía con pulso propio. La tanga de encaje se le metía entre unos labios nuevos y suaves, y cada movimiento mandaba una descarga a ese centro desconocido. Sus pechos, apretados y elevados por el vestido, rozaban el encaje interior, y los pezones, ya duros, enviaban corrientes que confundían su mente. Soy un hombre, llevo un vestido de novia, y mi cuerpo me está traicionando.
A su lado, Renata caminaba en su antiguo cuerpo con la torpeza de quien conduce un vehículo demasiado grande. Y entre las piernas sentía una erección ajena, dura y dolorosa, que respondía a la imagen de la novia vulnerable que tenía delante. La idea le daba asco, pero la carne no obedecía a la voluntad.
Una lluvia de pétalos los recibió a la salida. Subieron a la limusina, y en cuanto la puerta se cerró el mundo exterior se apagó.
***
—Cállate —dijo Renata, y la voz grave de Adrián sonó baja, autoritaria. Él, que iba a soltar un torrente de quejas, se quedó mudo—. Gritar no servirá de nada. No sabemos qué pasó, pero estamos metidos en esto. Hay que pensar.
La calma de ella era inquietante, una versión completamente nueva de la mujer que él creía conocer.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, con una curiosidad casi clínica.
—Atrapado —confesó él, la voz frágil—. Este vestido es una prisión. Y hay… cosas que siento y que no debería sentir.
—¿Como qué?
—¡Esto! ¡Algo que me arde y me… excita! ¿Qué me han hecho?
Renata lo miró, y una comprensión lenta y perversa le cruzó el rostro. La despedida de soltera. El secreto que había guardado como un regalo de bodas. Una sonrisa cruel le curvó los labios.
—Creo que sé qué es. Un pequeño regalo, mi amor. Un piercing… justo en tu clítoris.
La palabra resonó como un trueno. La idea de esa argolla diminuta escondida bajo el vestido, puesta sin que él lo supiera, era una violación íntima y, al mismo tiempo, lo más excitante que había imaginado nunca. Un gemido bajo se le escapó sin permiso.
Renata le posó la mano en el muslo, sobre la seda. Él se estremeció.
—¿Ves? —murmuró ella—. Tu cuerpo no miente. Quiere esto.
Adrián no apartó la mano. Su mente de hombre seguía gritando, pero algo en él empezaba a ceder.
***
El penthouse era una suite de cristal con vistas a la ciudad encendida. En el centro, una cama enorme con sábanas de satén esperaba como un altar para una ceremonia muy distinta. Renata cerró la puerta con un clic que pareció sellar el destino de ambos.
Se quedaron mirándose: él, con el vestido y el maquillaje algo corrido; ella, en esmoquin, con una erección que volvía a latir.
—Supongo que esta es la parte en que el marido carga a la novia por el umbral —dijo Adrián, intentando una broma amarga.
—Claro que sí —respondió ella—. Es la tradición.
Antes de que él protestara, Renata lo levantó en brazos con una facilidad que la sorprendió a ella misma. Adrián era ligero, mucho más de lo que esperaba. Él soltó un grito y se aferró a su cuello, indefenso, mientras el techo y las luces giraban. Vio el reflejo de ambos en el espejo: un hombre fuerte cargando a una novia desamparada. Y sintió cómo lo último de su orgullo se quebraba.
Ella lo depositó en la cama y se quedó de pie, mirándolo desde arriba con una sonrisa de pura posesión.
—Ven aquí —ordenó.
El último vestigio de su antiguo yo se rebeló.
—No me des órdenes, Renata. Esto es una pesadilla, pero no voy a ser tu marioneta.
Ella no se enfadó. Sonrió como quien sabe que ya ha ganado. Se acercó, le tomó la muñeca y le presionó la propia mano contra su pecho, sobre la seda, obligándolo a sentir la dureza del pezón y el peso redondo del implante que él mismo había pagado.
—Siente lo perfecto que es. Es lo que querías. Dime que no te gusta.
Él intentó retirarse, pero la fuerza que antes había sido suya ahora lo inmovilizaba. Una descarga le subió del pecho a ese centro húmedo entre las piernas, y el piercing volvió a latir.
Renata lo soltó, se sirvió una copa de champán que no le ofreció, y empezó a rodear la cama inspeccionándolo como un general examina el campo después de la primera escaramuza. Luego se colocó a su espalda y le bajó la cremallera del vestido, lentamente, como quien lee una sentencia.
—¡No! —Adrián se revolvió, golpeándola con puños torpes, pero ella le sujetó ambas muñecas con una sola mano y terminó de abrir la cremallera.
La seda se deslizó hasta formar un charco brillante a sus pies. No quedó desnudo: liguero de encaje, medias transparentes, la tanga, los tacones y el velo. Ya no era un hombre con vestido. Era una novia en lencería, expuesta ante el espejo, poseída con la mirada por la figura masculina que tenía detrás.
—Mírate —dijo Renata—. ¿Quién es el marido y quién la esposa?
Él cerró los ojos. Esto no está pasando. Pero ella se arrodilló detrás, deslizó los dedos bajo el encaje y encontró el calor de su sexo nuevo. El pulgar buscó el piercing a través de la tela y presionó.
—¡Ah! —El grito fue de puro placer. Abrió los ojos y se vio en el espejo: una novia tocada íntimamente por un hombre. La imagen lo fracturó.
—Tu cuerpo se rinde, mi amor. Está goteando en mis dedos. ¿Por qué sigues luchando?
Las piernas le cedieron y cayó de rodillas sobre la seda, jadeando, la mente en blanco.
***
Renata se despojó de la chaqueta y la corbata, se bajó los pantalones y liberó la erección, dura e imponente. Adrián la vio y un gemido primal le subió por la garganta: era la encarnación de la virilidad que había perdido.
—Siéntate —ordenó ella, y él obedeció, la cara a la altura de su ingle—. ¿Recuerdas cómo me pedías esto? En el coche, en tu apartamento. Me lo exigías. Ahora te toca a ti.
Las palabras eran un látigo hecho de su propio pasado. Él recordaba cada orden, cada gesto de poder. Ahora volvían como un eco burlón. Cuando ella lo guió, Adrián abrió la boca. El asco inicial, salado y ajeno, se fue diluyendo en una corriente oscura de excitación que no podía detener. El piercing latía al ritmo, y su cuerpo aprendía a disfrutar de su propia sumisión.
Después ella lo tendió de espaldas, se montó sobre su pecho y le ordenó:
—Ofrécemelos. Tus pechos.
Con una lentitud mortificada, él se tomó los senos que había pagado y los apretó alrededor de la erección de Renata. Ella empezó a moverse, y cada embestida era una afirmación de su nueva condición.
—Ahora seré yo quien use estas tetas que solían ser mías —jadeó ella—. Son mías ahora.
Luego lo giró y lo puso de rodillas frente al espejo. Adrián se vio: una novia con el velo desordenado, las medias y los tacones, y detrás un hombre listo para reclamarla.
—Mírate bien y dime que no ves a la esposa que siempre quisiste.
Dos dedos se deslizaron por el costado de la tanga y la encontraron mojada. El piercing pareció estallar.
—Tu cuerpo sabe que es mío.
—El último voto —susurró ella, colocándose detrás—: hasta que la muerte nos separe.
Y entró. No fue suave. Fue una embestida que arrancó a Adrián un grito de dolor y de un placer abrumador. Me está follando. Soy la novia. Algo en su mente se rompió para siempre, y la resistencia se evaporó en una oleada de lujuria animal.
—¡Sí! —gritó él, la voz un lamento roto—. ¡Soy tu esposa!
Renata respondió con embestidas más profundas, retorciéndole los pezones, susurrándole al oído cada recuerdo convertido en humillación. El mundo de Adrián se redujo a la carne, al espejo, a la imagen de una novia destruida y renacida en el mismo acto.
Cuando ella se corrió dentro de él, Adrián lo sintió todo: oleada tras oleada de calor, el latido de la posesión marcándolo por dentro. Esa sensación rompió la última barrera. Su propio clímax lo golpeó como un tsunami, una convulsión que lo dejó sin aliento, gritando con un sonido primal de rendición. El viejo Adrián murió en ese orgasmo.
***
Quedaron tendidos en un enredo de sudor y satén, ella todavía dentro de él. El intercambio no se revirtió. Dos almas atrapadas en cuerpos ajenos que habían encontrado un equilibrio nuevo y perverso.
Adrián abrió los ojos. Por primera vez no había pánico en ellos, solo una calma vidriosa.
—Oh, Renata… mi hombre —susurró, la voz suave y melosa—. Ha sido tan bueno. Me has hecho sentir como una mujer de verdad.
Ella le acarició el pelo, desordenando el velo, con una sonrisa de victoria total.
—Lo sé, mi amor. Y a partir de ahora serás mi mujer. Para siempre.
Él asintió y se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido de un corazón que ya no era el suyo. El viejo Adrián estaba muerto. En su lugar yacía una esposa devota que acababa de descubrir el verdadero significado de su noche de bodas.