Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Esa noche dejé que dos desconocidos me usaran

Me levanté del piso del living y caminé hasta el espejo del pasillo. Todavía tenía la cara manchada con la leche del chofer que me había traído a casa minutos antes, un tipo que no volvería a ver y cuyo nombre nunca supe.

La imagen me calentó más de lo que esperaba. Me quedé un rato mirándome, repasando con la mirada lo que acababa de pasar: un completo desconocido me había usado en mi propio living, había hecho lo que quiso con mi cuerpo y me había dejado tirada sobre la alfombra, cubierta y con el cuerpo todavía latiendo. Me sentía usada, y no lo voy a negar: me encantaba.

Limpié mi cara con un pañuelo y dejé la ropa preparada sobre la cama. En menos de una hora tenía que abrirles la puerta a Lucas y a su amigo, así que entré a la ducha sin perder tiempo.

Dejé que el agua caliente me relajara los hombros. Repasé la depilación centímetro a centímetro, las piernas, la ingle, todo liso. Quería estar perfecta para ellos, sin un solo detalle fuera de lugar.

Salí envuelta en una toalla y, mientras me secaba, tomé mi juguete metálico del cajón. Lo usé despacio, preparándome, sintiendo cómo cada movimiento me iba abriendo y me ponía cada vez más ansiosa. No había nada que me gustara más que esa sensación fría y firme adentro mientras esperaba.

Me puse una tanga negra diminuta, de esas que esconden a la perfección lo que tengo entre las piernas. Encima, un short de jean blanco bien corto que, al agacharme, dejaba ver todo. Una remera ancha que se me caía de un hombro y el pelo suelto hasta la altura del cuello, sujeto apenas con una vincha clara.

Eran pasadas las nueve y media cuando sonó el timbre. Abrí desde el portero y, en menos de tres minutos, los tenía a los dos parados frente a mi puerta.

Lucas era un morocho de poco más de un metro ochenta, cuerpo común, algo marcado por el gimnasio pero con su pancita, siempre de buen humor y con una sonrisa que desarmaba. A él ya lo conocía. Al otro no.

Bruno era brasilero, de Salvador de Bahía, un poco más bajo que Lucas pero con los brazos enormes y el torso trabajado. Tenía la piel cobriza del que vive cerca del mar y una mirada cálida, de esas que te miran y ya saben todo lo que vas a hacer.

—Hola, hola, pasen. ¿Cómo andan? —dije, haciéndome a un lado.

—¿Qué tal? —contestó Lucas.

—Todo tranquilo. Recién salgo de la ducha.

—Hola, belleza. Tudo bom? —Bruno me dio dos besos y un apretón en la cintura que duró más de la cuenta.

Puse música suave y preparé unos tragos. Nos sentamos en el sillón, entre risas y miradas, y en una pausa de la charla Lucas se acercó a mi oído.

—¿Qué pasó? ¿Por qué el cambio de opinión tan de repente?

—Nada en especial —le dije, encogiéndome de hombros—. Llegué a casa y pensé: ¿por qué no? No le tengo que rendir cuentas a nadie.

—Es justo lo que yo le decía a él —se rio Bruno desde el otro lado.

—Total, no hacemos nada malo —agregó Lucas.

Se acomodó pegado a mí en el sillón, tomó un trago largo de su gin tonic y pasó el brazo por mi espalda. La mano bajó despacio hasta mi cola y se quedó ahí, acariciándome por encima del short mientras seguía hablando como si nada. En un momento se humedeció los dedos con la lengua, los coló por debajo de la tela y empezó a hacer presión justo donde más lo esperaba.

Un dedo adentro. Lo movía en círculos lentos. Ya no podía hablar, solo cerraba los ojos y respiraba entrecortado. Un segundo dedo. Siguió girándolos, paciente, hasta que se inclinó otra vez sobre mi oído.

—Qué abierta estás, nena. No sabés cómo te extrañaba —me susurró.

Bruno se levantó y me extendió la mano. Me paré frente a él y me devoró la boca de un solo movimiento. Su lengua jugaba con la mía sin tregua, sus manos me envolvían entera, me apretaban la espalda, me bajaban por la cadera. Lucas seguía detrás, metiendo la mano por debajo del short, y yo me aferraba a la espalda enorme de ese brasilero como si fuera lo único firme en la habitación.

Entre los dos me sacaron la remera. El short cayó al piso. Y ahí quedé, parada entre ellos dos, vestida solo con esa tanga negra que ya no escondía nada.

Lucas me dio una palmada sonora en la cola, corrió la tela hacia un costado y volvió a entrar con los dedos, esta vez sin nada de por medio. Bruno me chupaba los pezones, que ya estaban duros de la calentura que tenía encima.

Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra. Les desabroché los pantalones a los dos y los liberé al mismo tiempo. La de Lucas ya la conocía: ancha, con la cabeza puntiaguda. La de Bruno me cortó la respiración un segundo, oscura y firme, con la punta brillante. No era la más larga que vi, pero sí una de las más duras.

Las chupé alternadas, una y después la otra, hasta el fondo, escupiendo sobre una mientras me ocupaba de la siguiente. A ratos las juntaba y dejaba que pelearan adentro de mi boca, las dos al mismo tiempo, mientras ellos me sostenían la cabeza.

—Así, despacio —murmuró Bruno con la voz quebrada.

Lucas me puso en cuatro sobre el respaldo del sillón, con los codos apoyados en el tapizado. Me abrió, escupió, apoyó la punta y entró de un solo empuje hasta el fondo.

El grito que pegué se ahogó contra la otra, que justo en ese instante me llenó la boca.

***

Lucas me cogía como si fuera la última vez de su vida. Salía y volvía a entrar sin guiarse, siempre completo, siempre rápido, sin compasión. Me daba palmadas y me repetía cuánto me había extrañado mientras yo, entre arcadas y gemidos, seguía con la boca ocupada hasta que decidieron cambiar.

Bruno tomó el lugar de su amigo y, igual que él, entró entero de una sola vez. Sentía cada vena de su cuerpo abriéndome paso. Me sostenía fuerte de las caderas, mete y saca, mete y saca, una y otra vez, hasta que de golpe la sacó completa y clavó la lengua donde había estado.

—Mmmm, qué delicia —dijo contra mi piel—. Quería probar esto desde que entré.

Jugó con la lengua un rato largo, hasta que Lucas propuso que pasáramos a la habitación.

En la cama me acostaron boca arriba con las piernas abiertas. Lucas me tomó de los tobillos, Bruno me deslizó un almohadón bajo la cadera y de pronto quedé completamente expuesta, ofrecida, sin nada que tapara nada.

Lucas volvió a entrar hasta hacer tope adentro. Llegaba tan profundo que mis gritos invadían toda la habitación. Me cogió así un largo rato y, cuando salió, su amigo ocupó el lugar sin perder un segundo, sometiéndome en la misma posición a su antojo.

Se turnaban. Dos, tres embestidas cada uno y cambiaban, como si fuera un juego entre ellos del que yo era el premio. Siguieron hasta que me pusieron en cuatro otra vez, al borde de la cama. Bruno parado detrás, entrando hasta el fondo; Lucas de pie frente a mí, sobre el colchón, cogiéndome la boca casi hasta dejarme sin aire.

Después Lucas se tiró boca arriba y me invitó a montarlo. Acepté y empecé a cabalgarlo despacio, de arriba abajo, disfrutando cada centímetro que me revolvía por dentro. Giré sobre él sin sacármela, dándole la espalda, y le hice una seña al brasilero para que se sumara.

—Los quiero a los dos juntos —dije, sin reconocer mi propia voz.

—¿Estás segura? —preguntó Bruno, dudando—. Te vamos a partir.

—Es justo lo que quiero.

No se habló más. Bruno se acercó y, guiándose con la mano, fue alojándose lentamente al lado de su amigo. Sentí cómo me abrían entre los dos, milímetro a milímetro, hasta que estuvieron los dos adentro.

—Ahí, así, no paren, por favor —supliqué—. Quiero más.

—Toda para vos —jadeó Lucas debajo de mí.

Se movían acompasados, uno y después el otro, sincronizados sin proponérselo. Yo estaba abierta como nunca, y era puro placer. Por momentos alguno se salía, pero volvía a entrar sin esfuerzo, como si mi cuerpo ya no supiera cerrarse. Mis piernas temblaban apoyadas sobre los brazos de Bruno, mi cuerpo entero clavado sobre el vientre de Lucas, entregado a esa doble penetración que me sometía sin descanso.

***

La situación y la calentura acumulada me fueron llevando al borde. No tardé en llegar. Bruno se apartó, Lucas me puso en cuatro y siguió cogiéndome duro mientras yo me deshacía entre gemidos sobre las sábanas. Lo sentí aferrarse a mi cadera, y con un gruñido ronco terminó adentro, vaciándose entero. Mi cuerpo cedió y caí boca abajo, vencida, mientras él quedaba inmóvil dentro de mí hasta que salió solo.

—Ahora voy a terminar lo que él empezó —dijo Bruno, montándose sobre mí de inmediato.

Empezó a entrar en lo más profundo, y lo que sentía ya no tenía nombre. Estaba entregada por completo, sin un gramo de resistencia, sin querer que parara nunca.

—Dame más, por favor —le rogué contra la almohada—. Me volvés loca.

—Toda para vos, bebé. Toda, cuando quieras.

Me puso en cuatro otra vez y dejó caer todo su peso encima. Parecía una máquina, no se detenía, daba la impresión de que nunca iba a terminar. Yo ya no aguantaba más, pero tampoco quería que se detuviera.

Le pedí que terminara en mi boca, que quería saborearlo. Eso pareció encenderlo todavía más. Me dio una palmada fuerte y se paró frente a mí.

—Arrodillate y pedímelo como sabés.

No lo dudé. Me arrodillé en el piso, miré hacia arriba y se lo pedí con todas las letras. Bastaron dos o tres movimientos de su mano para que terminara, parte en mi boca, parte en mi cara, en mi pelo, en el suelo.

—Tomalo todo, no desperdicies nada —murmuró, todavía agitado.

Me agaché a lamer lo que había caído al piso, de pura puta que soy, y eso lo hizo volver a entrar un instante más, ya sin la dureza de antes, hasta que su cuerpo simplemente se rindió y salió solo.

Quedamos los dos tirados, con la respiración hecha pedazos y mi cara otra vez cubierta. Lucas nos miraba desde la puerta, vestido, con un trago en la mano y una sonrisa enorme.

—Veo que la pasaron bien ustedes dos —dijo, riéndose.

—Los tres, diría yo —contesté como pude—. Me encantó. Pero no doy más.

—¿Vos no das más? Eso sí que es raro. Siempre estás buscando más y más.

—Hoy me mataron, en serio.

Me ayudaron a levantarme y fui al baño a limpiarme. Cuando salí, los dos ya estaban cambiados, listos para irse.

—Vamos a una reunión con amigos, ¿venís? —ofreció Lucas.

—No, no, prefiero algo tranquilo —dije—. Otro día los acompaño.

—Una pena —murmuró Bruno al oído, en la puerta—. Me hubiera gustado que vinieras.

—Ya vamos a tener tiempo.

Los acompañé hasta la salida, los despedí con un beso a cada uno y cerré. Volví a la habitación, todavía con el cuerpo zumbando, y mientras acomodaba la cama deshecha encontré un papel doblado sobre la mesa de luz. Era el número de Bruno, con una sola palabra escrita debajo: pronto.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

NocheRelatos

increible, me dejo sin palabras

Pame_404

Se siente tan real que parece una confesion. Me atrapó desde el primer parrafo

Diegito_cba

Por favor que haya segunda parte, esto se hizo muy corto!!

TatianaR77

Me recordo a algo que yo viví, esa mezcla de nervios y ganas a la vez. Lo capturaste perfecto

SoniaNoche

Que intensidad!! Bien escrito y sin caer en lo burdo, eso se agradece mucho

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.