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Relatos Ardientes

Mi compañero descubrió a la mujer que escondía

Esto pasó cuando todavía cursaba la carrera, y sigue siendo, sin ninguna duda, la noche más importante de toda mi vida. No la cuento por presumir. La cuento porque fue ahí, en un departamento prestado y con los apuntes desparramados sobre una mesa, donde por fin entendí quién era.

Estudiaba en una universidad enorme, con demasiadas materias, demasiada gente y demasiadas horas de lectura solitaria. Para sobrevivir a eso armábamos grupos de estudio, más por compañía que por método. En uno de esos grupos conocí a Bruno. Un tipo generoso, de los que se quedan explicándote una teoría incomprensible hasta que la entendés, sin perder la paciencia. Lo que no sabía entonces era que su ayuda iba a terminar cambiándome entera.

La primera vez que le di la mano me di cuenta de que era mucho más grande que la mía. En realidad todo él era más grande: ancho de espalda, sólido, con ese cuerpo que se arma sin gimnasio, solo de genética afortunada. Durante las semanas siguientes nos veíamos a diario. Sentía algo hacia Bruno, una atracción que no me atrevía a nombrar y que prefería empujar al fondo, donde no tuviera que mirarla de frente.

Nos tocó juntos en un trabajo de investigación y me invitó a su casa una noche para avanzarlo. Lo dijo con tanta naturalidad que algo en mí, sin permiso, empezó a entusiasmarse. Volví a mi departamento después de clase y me arreglé. Me arreglé como para una cita, aunque me negaba a decírmelo. Me probé ropa, me miré de costado en el espejo, me solté el pelo. La verdad es que me veía bien. El pantalón claro me marcaba las caderas, y el pecho —que siempre tuve más marcado de lo que un chico debería— apenas se disimulaba bajo la camisa.

Cuando llegué, Bruno me abrió la puerta. Llevaba una camisa abierta sobre una musculosa y un pantalón ajustado que dejaba poco a la imaginación. Nos sentamos a trabajar y la primera hora fue un suplicio. No por el tema, que ni recuerdo, sino por una tensión que llenaba todo el ambiente y me impedía concentrarme. Hoy sé ponerle nombre: era deseo, espeso, imposible de ignorar en un espacio tan chico.

En un momento se levantó a buscar agua y volvió sin la camisa, solo con la musculosa pegada a un torso firme que se le marcaba con cada movimiento. Debí mirarlo de una forma rara, porque se frenó.

—Me saqué la camisa —dijo, casi disculpándose—. ¿Te molesta?

—No, no —contesté, pero me salió tan tembloroso que prácticamente fue una invitación.

—Tranquilo… hay algo que quiero decirte.

—¿Qué cosa? —pregunté, con los ojos demasiado abiertos.

—Sos una persona muy especial. Te pido perdón de antemano por lo que voy a decir, y ojalá no te ofendas.

—Seguí —dije, con la calma de quien no se da cuenta de que tiene el abismo a un paso.

—Sos un chico, sí, pero parecés una mujer hermosa. Y me gustás. Muchísimo.

Me quedé sin aire. Lo desconcertante no fue lo que dijo, sino que, por primera vez en mi vida, lo entendí del todo. Me gustaba escucharlo. Pero esa capa social que nos cubre a todos me exigía negarlo, y obedecí.

—Pero… ¿cómo me decís eso? ¿Estás drogado? No… no.

—Perdoná si te incomodé, no debí. Pero me tentás, me movés algo. Te deseo como se desea a una mujer.

—Yo no soy lo que ves en mí —dije, y la voz me falló.

—Sí que lo sos. Vos no te das cuenta, pero tu manera de hablar, de moverte, de mirar… todo en vos es de mujer. Sos suave. Sos delicada.

—Basta. No es así. Soy cuidado con mis cosas, si querés, nada más.

Me tomó de la mano y no pude soltarme, no sé por qué. Sentí una calidez nueva, una que nunca había conocido, subiéndome por el brazo.

—Defendelo como quieras —siguió, más suave—, pero ya vi esto en otra gente. Tarde o temprano hay un solo cruce de caminos: aceptarte como mujer o no. Y elijas lo que elijas, esa mujer va a seguir viviendo en vos. Estoy seguro de que ya se te apareció más de una vez.

Sus palabras tenían un peso que no se podía esquivar. Surtieron efecto. Quizás siempre supe esto. Quizás solo necesitaba que alguien lo dijera en voz alta. Fue como si un ánimo nuevo —uno que después no me abandonaría nunca— se me metiera en el cuerpo a fuerza de excitación y de deseo. Por primera vez en mi vida era yo. Tiré de su mano hacia mí.

—Vení acá. Te quiero cerca.

Se sentó a mi lado y me atrajo contra su pecho. Buscamos la boca del otro casi al mismo tiempo. Nos besamos despacio primero, después con hambre, lenguas y dientes, como si los dos estuviéramos aliviados de que por fin estuviera pasando. Me sacó la camisa y bajó a lamerme los pezones mientras me apretaba por encima del pantalón. Me miró a los ojos, me dio un beso más y me hizo arrodillar mientras él se bajaba la ropa.

Tenía la verga grande, de verdad grande. Me la acercó a la boca y empezó a moverse despacio, observando cada reacción mía. Después me tomó de la nuca y me la fue metiendo más adentro. Me gustaba. Me gustaba mucho más de lo que jamás hubiera imaginado. Era un mundo entero abriéndose de golpe.

No tardó mucho en terminar dentro de mi boca. Tragué cada gota sin dudarlo, como si llevara años esperando hacerlo. Me levantó hacia él y me besó húmedo, descuidado, sin importarle compartir su propio sabor conmigo.

—Nunca antes había hecho esto —dije, tímida.

—Está bien. Lo hiciste increíble.

Me empujó hacia el sillón, me abrió las piernas y bajó con la boca. Cuando sentí su lengua donde nadie me había tocado nunca, la excitación fue brutal. Hundió la cara contra mí, paciente, hasta que dejé de tensarme. Después empezó con los dedos, entrando y saliendo despacio, preparándome para lo que venía.

—Quiero cogerte —dijo contra mi oído—. ¿Alguna vez tuviste una verga adentro?

—No, nunca. Pero quiero que la tuya sea la primera —respondí, encendida.

—Te va a encantar. Date vuelta y poné el culo en el aire.

¿Qué estaba haciendo? No solo me comportaba como una mujer llena de deseo, sino como una desesperada. ¿De verdad estoy dándome vuelta para ofrecerme entera? No lo podía creer y, al mismo tiempo, no podía esperar. Lo quería. Quería sentirlo. Me untó algo de lubricante, un gesto cuya necesidad recién ahí entendí.

—Ahí voy. Relajate. Puede doler al principio, pero después no vas a querer parar.

Sentí la punta rozándome, frotando despacio para aflojarme. Empezó a empujar de a poco. Me di cuenta de que estaba dejando atrás algo que no me iba a devolver, y que no merecía ni una despedida. Dolió al principio, mientras se abría camino, pero la sensación de apertura me volvía loca. Llegó hasta la mitad y se quedó quieto, dejando que me acostumbrara. Después empezó a moverse, lento, y el dolor se fue convirtiendo en otra cosa. Cuando sentí sus caderas chocar contra mí supe que estaba entero adentro. Era una sensación nueva, y amaba cada segundo de ella. De golpe, salió.

—¿Qué pasa? —pregunté, con la ansiedad de un chico al que le sacan el juguete justo cuando empezaba a gustarle. Lo único que quería era que volviera a entrar.

—Me pongo un poco más de lubricante, así arrancamos en serio y no te lastimo —dijo, con una sonrisa.

Volvió a entrar de una sola estocada firme. Grité, más de emoción que de dolor, y empecé a gemir sin contenerme. Se movía cada vez más rápido, su cuerpo golpeando contra el mío. No podía sostenerme y me desparramé sobre la mesa, con los apuntes hechos un desastre debajo de mí. Me dijo al oído que nunca había cogido así de fuerte. Sabía que después de esa noche nada en mí iba a ser igual, y por primera vez eso no me asustaba: me hacía feliz.

—Date vuelta —pidió.

Le hice caso y me acosté de espaldas frente a él. Bruno me dobló las piernas contra el pecho y volvió a entrar. Fue tan profundo que sentí el empuje en todo el cuerpo. Me sostuvo con una mano en la cadera y la otra cerrándose, suave, alrededor de mi cuello, y empezó a moverse con fuerza. La combinación de esa presión y de tenerlo adentro me llevó al borde. A los pocos minutos me corrí sobre mi propio vientre, sin necesidad de que me tocara.

—Me encanta que termines así, conmigo adentro —dijo, ronco—. Yo estoy por acabar, y quiero que te lo tragues.

—Hago lo que quieras —respondí, y lo decía en serio. Era completamente suya.

Salió y me pidió que me arrodillara otra vez. Puse la cara frente a él mientras se terminaba con la mano. Me agarró de la nuca y me llenó la boca. Sentí el calor cubriéndome la lengua y tragué cada gota. Después se dejó caer encima de mí, agotado, descansando sobre mi cara. No me arrepentí ni un segundo. Fue la experiencia más intensa y más placentera que había tenido en toda mi vida.

—Gracias. Lo disfruté muchísimo —susurró.

—Yo también. Nunca me había sentido tan bien. Gracias a vos —contesté, y era honesto.

—Acostumbrate —dijo, con media sonrisa—. Tengo un aguante interminable, así que te voy a buscar todas las veces que pueda. Y hoy me tomé las cosas con calma. La próxima va en serio.

Me sonrojé y sentí que el cuerpo me respondía otra vez, anticipándose. Sabía que lo mejor todavía estaba por llegar.

Como pudimos, nos recompusimos lo suficiente para cerrar el trabajo de investigación, aunque ya no me importaba en absoluto qué nota nos pusieran. Junté mis cosas y volví a casa. Dormí como no dormía hacía años. Esa noche soñé distinto, y supe que iba a seguir soñando distinto de ahí en más. Había nacido otra vez, con un carácter nuevo y un deseo que me arrastraba hacia lugares que ni siquiera me había animado a imaginar.

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Comentarios (5)

Yuber

buenisimo, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

LectoraNocturna

por favor seguí con esto, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues. No puede terminar asi!

MilaVelarde

que relato mas lindo, me llego de verdad. Bien narrado y sin vulgaridades innecesarias

MarcosMDZ

Bien escrito y con buen morbo, de esos que se leen de un tiron sin parar. Saludos!

curiosa_del_sur

me quede pensando en como sigue la historia... hay segunda parte planeada?

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