Seduje al técnico de internet vestida de femboy
La noche anterior la pasé planificándolo todo. Había ayunado el día entero para que la limpieza fuera más fácil, y eso significaba que ya no había vuelta atrás. Tenía mis juguetes listos, mi ropa preparada, las ganas a flor de piel.
Y entonces lo recordé: a la mañana siguiente venía el técnico a instalar el internet nuevo que había contratado hacía unos días. Me puse nervioso de inmediato. Empecé a calcular tiempos, a pensar cómo encajar una cosa con la otra.
Hasta que se me ocurrió otra idea. Estaba demasiado caliente como para pensar con claridad, y la idea me pareció perfecta: vestirme provocativo, insinuarme, ver hasta dónde llegaba con un desconocido que entraría a mi casa sin sospechar nada. Me fui a dormir emocionado, con la alarma puesta para levantarme un par de horas antes de que llegara.
Por la mañana hice todos los preparativos. Estaba depilado, listo por dentro, y empecé a vestirme con cuidado. Unas medias blancas largas hasta los muslos, de esas que aprietan y marcan la carne. Una falda negra corta que apenas me tapaba los glúteos; me la subí un poco más, solo por el gusto de provocar. Debajo, una tanga blanca.
Arriba me puse un top de manga larga que dejaba el abdomen al aire y que, por lo flojo de la tela, daba acceso libre al pecho si alguien quería buscarlo. Para terminar, me hice dos coletas a cada lado aprovechando que tengo el pelo largo. Me veía cute, y además eran perfectas para que alguien tirara de ellas.
El momento llegó de golpe. Entró una llamada de un número que no conocía y contesté. Era un hombre, voz de unos treinta y cinco años, amable. Me preguntó si estaba para la instalación y le dije que sí. Me avisó que llegaba en media hora.
Apenas colgué, el corazón se me disparó. No sabía si sería capaz, pero ya estaba decidido, así que me puse a pensar maneras de hacerlo más evidente. Dejé parte de mi ropa interior colgada como si se estuviera secando. Repartí algunos juguetes por el departamento: un dildo apoyado en la ducha, otro encima del escritorio. Que los viera. Que sacara sus propias conclusiones.
***
El timbre sonó y pegué un salto. Por un segundo dudé, pero ya era tarde para arrepentirse. Me acerqué a la puerta, tomé aire y abrí.
El técnico se quedó mirándome un instante de más antes de pasar. Me explicó todo con normalidad: cómo iba la instalación, cuánto tardaría, qué tenía que conectar. Después me dijo que necesitaba bajar al auto a buscar unas cosas, pero antes me pidió usar el baño. Le indiqué dónde estaba y entró.
Se me volvió a acelerar el pulso. En el baño estaba el dildo, a la vista. No tenía idea de cómo iba a reaccionar al salir. Esperé cerca de la puerta del departamento, fingiendo naturalidad. Cuando salió, me miró. Se notaba que lo había visto. No dijo nada, solo se fue al auto a buscar sus herramientas.
No podía dejar de imaginármelo encima de mí.
Cuando volvió, ya me sentía listo para empezar de verdad. Al principio fingí descuidos: se me levantaba la falda, me agachaba a recoger algo, lo de siempre. Sentía su mirada clavada en mí cada vez que lo hacía. Entonces le mencioné, como al pasar, que si se podía instalar el router en mi habitación, que ahí tenía la computadora y lo quería lo más cerca posible.
—Habría que ver si se puede —dijo él, midiéndome con la mirada.
Lo llevé hasta el dormitorio. Lo primero que se veía al entrar era el dildo sobre el escritorio, uno color piel, con textura, de unos veinte centímetros. Lo miró con curiosidad y yo le señalé un velador a los pies de la cama, frente al clóset, donde quería el router. Ahí, sobre la ropa, había un plug vibrador. Cuando giró a revisar los enchufes lo vio, y volvió a mirarme con algo nuevo en la cara.
—Acá no puedo instalarlo —dijo al fin—. Falta una caja en la pared por donde pasa la fibra.
Volvimos a la sala y arrancó con la instalación. Conversamos un poco, pero yo ya no aguantaba. Estaba demasiado caliente. Fui un momento a la habitación, saqué un condón y lo agarré con la boca. Salí caminando hacia la sala.
Él estaba de espaldas, trabajando, pero me sintió y se dio vuelta. En ese instante yo estaba levantándome un poco la falda con una mano, mostrando más muslo, y el condón colgando de mis labios.
***
Se levantó despacio y caminó hacia mí. El nerviosismo me invadió otra vez, pero estaba decidido: quería que me follara. Cuando quedó frente a mí, dijo:
—Sabía que estabas intentando algo. No pensé que llegarías a esto.
Me quedé mirándolo. Tomé el condón con la mano y le contesté:
—¿Solo te vas a quedar mirando o me vas a coger?
Él asintió, sin más. Lo tomé de la mano y lo llevé a la habitación. Me agaché frente a él para desabrocharle el pantalón y bajárselo. Su miembro quedó a la vista. Medía unos diecinueve centímetros y era grueso, más grueso que cualquier cosa que me hubiera metido antes, aunque no el más largo.
Lo tomé con la mano y le di una lamida lenta, de la base a la punta. Después me pasé la lengua por los labios, saboreándome. Estaba tan caliente que la boca se me hacía agua de solo verlo. Metí la punta y empecé a chuparlo, moviendo la cabeza adelante y atrás, hundiéndolo cada vez más profundo mientras levantaba los ojos hacia su cara para ver su reacción.
Lo estaba disfrutando, se le notaba. Empecé a jugar con la lengua, a enrollarla alrededor de él, desesperada por más. Solo quería su semen en la boca, quería probarlo. Seguí chupándola sin parar hasta que, sin avisar, se vino.
Lo sentí chocar contra el paladar, parte directo a la garganta, y me ahogué un poco. Lo saboreé y me volvió loca su sabor. Quería más, pero ya necesitaba otra cosa. Necesitaba que me penetrara.
Abrí el condón y me lo puse en la boca. Estaba decidida a sorprenderlo: apoyé los labios sobre su miembro y empecé a presionar, abriendo la boca, dejando que el látex se deslizara por toda su extensión hasta la base. En ese momento volvió a chocar contra mi garganta. Lo saqué de la boca y me subí a la cama.
Me puse en cuatro frente a él, los hombros apoyados sobre el colchón, y estiré las manos hacia atrás para bajarme la tanga hasta la mitad de los muslos. Estaba completamente entregada. Solo quería que entrara.
Sentí sus manos grandes sobre mis glúteos, tomándolos con firmeza, las uñas clavándose apenas. Apoyó la punta contra mi entrada, que estaba apretada pero ya dilatada un poco para evitar el dolor. Aun así, no estaba preparada para semejante grosor.
Cuando empezó a empujar, sentí cómo se abría paso, como si nunca hubiera entrado nada por ahí. Dolió. Me hizo estremecerme y me mordí el labio inferior para recibirlo. Cuando por fin entró del todo, jadeé de alivio.
Pero él tenía otros planes. No me iba a dar ni un segundo de descanso, no después de haberlo provocado tanto. Empezó a moverse adelante y atrás, despacio al principio, según mi cuerpo se lo iba permitiendo. Yo gemía sin parar. Por fin me sentía como quería sentirme.
Y entonces, cuando menos lo esperaba, empezó a embestir con fuerza. Estocadas profundas, repetidas, que sentía chocar en el fondo, como si tocara algo dentro de mí y lo golpeara. Me estaba volviendo loca. Era placer y dolor al mismo tiempo, y no paraba de gemir como una desesperada. Seguramente los vecinos escuchaban todo, pero no me importaba.
Se me empezaron a salir las lágrimas y el maquillaje se me corrió. De repente algo me tiró de la cabeza. Había agarrado una de mis coletas. Como no levantaba la cara, tomó las dos con ambas manos y tiró con fuerza, levantándome la cabeza de golpe.
Mi cerebro se apagó. Solo pensaba en una cosa.
Sexo. Era lo único que quedaba en mi cabeza. El cuarto me daba vueltas, no paraba de gritar y jadear. Sabía que después llegarían reclamos de los vecinos, pero nada de eso importaba. Ese hombre me estaba haciendo suya y yo tenía que complacerlo. No iba a decepcionarlo.
El momento se sentía eterno, y yo tampoco quería que terminara.
***
Después de varias embestidas me tomó del cuello con una mano, apretando apenas, como si fuera un collar. Con la otra me dio una nalgada tan fuerte que me dejó la mano marcada en la piel. Me levantó tirando del cuello, me giró la cabeza y me besó. No fue un beso romántico ni apasionado: solo me estaba usando, su lengua abriéndose paso en mi boca sin pedir permiso.
Dio una última estocada profunda y se vino, llenando el condón. Cuando terminó, me soltó y me dejó tirada en la cama, exhausta, con el condón colgando de mí porque no había salido junto con él. Me sentía como una muñeca usada y abandonada.
El técnico, sin decir una palabra, terminó la instalación como si nada hubiera pasado. Después se marchó.
Yo me quedé con la mente en blanco unos minutos, tirada boca abajo. Cuando reaccioné, me saqué el condón con cuidado de no derramar nada y le até la punta para que no se escapara. Después me lo llevé a la boca, lo reventé con los dientes y dejé que me llenara la lengua de todo lo que había adentro.
Lo bebí entero, ansiosa, saciando una sed que solo él había sabido provocar.