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Relatos Ardientes

El listón amarillo que colgaba de su espejo

Hay viernes que arrancan cansados y terminan en llamas. Ese fue uno de ellos, y todavía sonrío cuando lo recuerdo.

Salí del trabajo arrastrando los pies, con la única idea de llegar a casa, meterme bajo el agua caliente y dormir doce horas seguidas. Pero unos amigos me escribieron para tomar algo en un bar cerca de la oficina, gente que no veía hace meses, y no supe decir que no.

Entre risas y tragos apareció Bruno. Con él habíamos tenido algunos encuentros tiempo atrás, nada serio, pero buenos. Después se enganchó con Lucas, otro del grupo, y aunque durante esa relación me tiraba indirectas cada tanto, yo nunca quise saber nada. No me gusta meterme donde hay pareja.

Esa noche se acercó otra vez, con un amigo brasileño al lado.

—¿Cómo andás? —me dijo, apoyando el codo en la barra.

—Cansada, mucho laburo. ¿Y vos? ¿No vino Lucas?

—No, hace un par de meses que nos separamos.

—Uy, perdón, no tenía idea.

—Tranquila, no pasa nada. Hace rato que no daba para más.

—Bueno, mejor así, entonces. Ahora estás libre —le dije, medio en broma.

—Libre para volver a verte, sin tener que explicarle nada a nadie.

Me reí. La oferta era tentadora, pero esa noche el cuerpo me pedía cama, sola.

—Hoy no, en serio. Estoy muerta, me quiero duchar y descansar.

—Dale, vení a casa un rato. Te duchás allá y recordamos viejos tiempos.

—Ya te dije, suena lindo, pero hoy no.

—Ok, ok, no insisto.

Justo le sonó el teléfono y se apartó para atender. Aproveché para pedir un Uber y empezar a despedirme de los demás. Bruno volvió a mí cuando ya me estaba poniendo el abrigo.

—Avisame cuando quieras y nos vemos —dijo.

—Dale. Y ojo con el morocho brasileño —le contesté guiñándole un ojo.

—Jajaja, no, él es como yo.

—Mejor todavía. Me voy, que llegó mi auto.

***

Salí a la calle fría y me subí a un coche negro. Ni siquiera le vi la cara al conductor; solo sabía por la aplicación que se llamaba Mateo. Saludé sin levantar la vista del celular y arrancamos.

Iba medio recostada contra la puerta, con la ventanilla bajada hasta la mitad, escribiendo cualquier cosa en el teléfono, cuando habló.

—Perdón, pero si vas con el celular conviene que cierres la ventanilla o te corras al medio del asiento. Hace poco le robaron a una pasajera que viajaba justo como vos.

—Ah, gracias. Sí, mejor lo guardo.

Levanté la mirada y nuestros ojos se cruzaron en el espejo retrovisor. Tenía una sonrisa fácil, de esas que desarman, y una voz grave y tranquila. Y entonces lo vi: un listón amarillo colgando del espejo central, balanceándose con cada curva.

Todos sabemos lo que significa ese cordón. Es una señal, un guiño silencioso para quien sepa leerlo.

A ver si es verdad.

El morbo me envalentonó y decidí tantear el terreno.

—Por suerte este frío ya se está yendo —solté, como quien no quiere la cosa.

—Sí, vienen días lindos. Ideales para estar al aire libre.

—Tardes largas, algo rico para tomar…

—Buena compañía, también.

—Eso desde ya. Aunque vos seguro tenés compañía de sobra, ¿no?

—¿Te parece? Yo diría que lo normal. Contame qué creés vos.

—Creo que sí. No deben faltar pasajeras que quieran tu compañía. Sos lindo, y tenés una voz preciosa.

—Gracias, en serio. Pero hoy ando solo. Recién arranco el turno y manejo hasta la madrugada.

—Uf, un montón. Algún descanso te tomarás, igual.

—Sí, pero rinde más si es acompañado.

Risas iban, risas venían, y entre indirectas el aire del auto se fue cargando. Para cuando frenamos frente a mi edificio, yo ya tenía la temperatura por las nubes. Aun así, me propuse no mover ficha.

—Bueno, mi estimado, un placer viajar con usted. Más que merecidas sus cinco estrellas.

—Muchas gracias. Pero… ¿sabés que tengo sed? ¿No me vas a invitar algo fresco?

—¿Seguro? ¿No tenías que trabajar?

—Paro ahora y no vuelvo hasta medianoche.

—Está bien —dije, sintiendo el pulso en la garganta—. Entonces estacione, señor, y acompáñeme.

***

Dejó el coche frente al edificio y, apenas entramos al ascensor, me tomó de la cintura y me dio un beso fuerte, brusco, sin pedir permiso. Una mano se aferró a mi cola mientras su lengua buscaba la mía. El espejo del ascensor nos devolvió una imagen que me erizó la piel.

Entramos al departamento y me acorraló contra la puerta antes de que pudiera prender la luz. Me giró de espaldas, me mordió el cuello, las orejas, mientras apoyaba su bulto contra mí y me masajeaba el pecho con las dos manos.

Metió la mano bajo mi pantalón y enredó los dedos en el elástico de mi tanga azul.

—Mirá la putita que sos —murmuró contra mi nuca—. No sabés cómo te voy a coger, con la tanga corrida a un lado.

Me dio vuelta de nuevo y, tomándome de la cabeza con suavidad firme, me guio hacia abajo. Le desabroché el jean y liberé lo que escondía. No era enorme, pero sí gruesa, de cabeza ancha como un hongo, y por suerte olía a limpio.

Le di un par de besos en la punta y después la tragué entera, hasta el fondo, de una sola vez. Él soltó un gemido ronco y me guiaba la cabeza con las manos, marcando el ritmo, usándome la boca como quería.

La sacaba para respirar, le pasaba la lengua por todo el tronco, le jugaba con los testículos, volvía a la punta y otra vez hasta la garganta. Estuve así de rodillas varios minutos, perdida en el detalle de cada reacción suya.

Me levantó. Apoyó mis manos contra la puerta, me bajó el pantalón, corrió la tanga a un costado y, abriéndome con las dos manos, me clavó la lengua entre las nalgas. Cerré los ojos y me mordí el labio para no gritar. Un gemido tímido se me escapó igual.

Pasaba la lengua húmeda, hundía los dedos, me abría y volvía a chuparme. El roce áspero de su barba era un plus que me hacía temblar las piernas.

—Ahora te voy a coger, nena —dijo bajito, casi al oído.

Me sostuvo de la cadera con una mano y con la otra guio la punta hasta el lugar exacto. Hizo una presión suave y fue entrando de a poco, abriéndose paso hasta el fondo. Volví a gemir, pero no de dolor: de puro placer. Se quedó quieto unos segundos, dejándome sentir cada centímetro, y después empujó hasta el final.

Empezó a moverse rápido, concentrado en su propio goce, y yo lo dejé hacer. Me gusta esa sensación de sentirme usada, de ser el juguete de alguien que no piensa en otra cosa.

Mientras me embestía me chupaba y me mordía el cuello, los hombros, las orejas. Cada vez más fuerte, cada vez más hondo.

Cambiamos de posición. Me dobló boca abajo sobre la mesa del living, me bajó la tanga hasta las rodillas y volvió a entrar de un golpe seco. El choque de su cuerpo contra mis muslos retumbaba en toda la habitación. Yo estaba aferrada al borde de la mesa, sin poder moverme, sin querer moverme, solo gimiendo y disfrutando de ese desconocido desbocado.

La sacaba, escupía y la volvía a meter hasta el fondo. Lo repitió una y otra vez, la saliva escurriéndose por mis piernas con cada vaivén.

Al final me tomó del pelo, me arrodilló otra vez frente a él y me ordenó:

—Agachate, que te quiero llenar la cara.

Le hice caso. Lo miré a los ojos, saqué la lengua y le pedí que me diera todo. Entre gemidos y respiraciones cortadas, terminó sobre mi cara y mi boca. Varios chorros fueron directo a mi garganta; el sabor era dulce y un poco ácido a la vez.

Cuando acabó, me puso la punta en la boca para que la limpiara entera, cosa que hice sin dudarlo, saboreando cada gota.

—¿Podés abrir desde adentro o tenés que bajar conmigo? —preguntó mientras se acomodaba la ropa.

—Puedo hacerlo desde acá.

Se subió el pantalón, se besó la yema del dedo índice y la apoyó sobre mis labios, como un sello. Abrió la puerta, salió, y un instante después sonó el portero: la señal para que le abriera desde arriba.

***

Quedé rendida en el piso, la cara empapada, la tanga en las rodillas y el cuerpo abierto en dos. Pero lejos de quedar satisfecha, estaba en llamas. Ese tipo solo se había ocupado de su placer, y justamente eso me había encendido como hacía mucho no me pasaba. Quería más.

Tomé el teléfono y escribí.

—¿Estoy a tiempo de cambiar de opinión? —le mandé a Bruno.

—Claro que sí. Pero no estoy solo, ando con Iván y no lo voy a dejar tirado.

—Mejor. ¿En cuánto pueden estar acá?

—En una hora.

—Los espero, entonces.

—Dale, nos vemos, putita linda.

Solté el teléfono y me quedé un rato más en el suelo, recuperando el aliento, con la sonrisa de quien sabe que la noche apenas empieza. Me metí en la ducha pensando en lo que faltaba, en las manos que todavía no me habían tocado, en todo lo que esa hora me prometía. El agua caliente me corría por la espalda y yo ya estaba contando los minutos.

Esa ducha que tanto quería al salir del trabajo, finalmente la disfruté. Solo que no sola, ni para descansar, ni para nada de lo que había planeado al empezar el día.

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Comentarios (6)

RomyBA

Increible!!! me dejaste con ganas de saber que paso despues

Dario_GBA

Por favor una segunda parte, esa escena del retrovisor me dejó en suspenso jaja. Muy buen relato

PamperoNocturno

Se nota que tenés talento para crear tension desde el primer parrafo. Lo leí de un tirón sin darme cuenta. Seguí así!

LucioR_lec

Me acordé de una noche viajando solo a las 2am... hay silencios que dicen todo sin decir nada. Excelente

ViajeroNocturno

que buenisimo, lo lei dos veces

curiosoMDP

El detalle del cordon amarillo fue muy bueno, ese tipo de simbolos le dan vida al relato y lo hacen diferente

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