La luna de miel que despertó mi lado femenino
Marco hizo las maletas antes de que saliera el sol. Lo escuché moverse por la suite mientras yo fingía dormir, todavía con el cuerpo deshecho por las dos semanas que llevábamos en Punta Cana, todavía con el sabor de él en la boca.
—Tengo que volver —dijo, sentándose en el borde de la cama—. Me surgió un negocio en Buenos Aires. Pero les dejo la suite pagada otros catorce días, los pasajes de vuelta cubiertos y una segunda luna de miel arreglada para ustedes dos. Romina hizo bien en convencerme. Disfrútenlo.
No supe si alegrarme o entristecerme. Porque si Marco se iba, también se iba esa verga que me había hecho perder la cabeza durante medio mes, esa que me había enseñado lo que mi cuerpo era capaz de sentir.
Así había empezado todo. Mi esposa y yo necesitábamos romper la rutina, y las circunstancias del primer día marcaron el resto. Romina entró a esta misma habitación buscándome y me encontró debajo de Marco, con el culo abierto y gimiendo sin vergüenza. En lugar de salir corriendo, se quedó. Compartimos a aquel hombre. Ella probó una doble penetración. Yo la compartí con un extraño —para ella— que para mí ya era otra cosa. Y me vio. Me vio gozar.
Nos despedimos en la puerta. Marco salió apurado rumbo al aeropuerto y nosotros nos quedamos dormidos, saciados, enredados en las sábanas hasta que el hambre nos despertó.
—Ayúdame a quitarme las prótesis —le pedí a Romina, tirando del sujetador relleno que había usado todas esas noches.
Ella me detuvo la mano.
—Espera. Tengo hambre y en el hotel ya te conocen como la amante de Marco. Podemos sacarle provecho. Quédate así hoy, mañana te cambias. ¿Qué dices?
—Está bien —cedí—. Un día más no me afecta.
***
Empezó mi día como había empezado el primero. Nos bañamos y ella me maquilló con paciencia, delineando cada ojo como si estuviera pintando para una foto. Sin darme cuenta, mientras ella se ajustaba un conjunto de lencería diminuto color morado, yo ya me había colocado el dispositivo de castidad y estaba lubricando el plug.
—¿Por qué te pones eso? —preguntó, divertida.
—No sé. Costumbre. Espera, me lo quito —dije, avergonzada.
—No, nena. Así estás perfecta. Vamos a cenar y a conocer gente.
—Aquí no, por Marco. No quiero que alguien se burle de él.
—Mírate, cuidando a tu hombre —se rió—. Está bien, amiga. Entonces vamos a…
El timbre la interrumpió. Era Camilo, el chofer que Marco había contratado para nosotros, un dominicano alto de hombros anchos y sonrisa fácil.
—Disculpen, señoritas. El señor Marco me dijo que una pareja seguiría aquí su luna de miel, con trato preferencial. Todo VIP.
—Sí, soy… —empecé.
—Mi mejor amiga —saltó Romina—. Y yo. Bueno, somos… no somos…
—Entiendo —asintió Camilo, sin entender nada—. Me encargaron cuidarlas a las dos.
—Es posible que yo me vaya pronto —dije, jugando con el borde de mi falda—. Pero, sabe, mi amiga está caliente y quiere salir a buscar hombres.
—¿Buscar hombres? —se rió él—. Si aquí sobran. Y seguro todos van a querer conocer a una argentina tan hermosa.
***
Salimos a beber y a bailar las dos como un par de zorras. Al final de la noche, ya en la barra, nos pusimos cariñosas la una con la otra. Yo me calenté de más. Un grupo de jóvenes nos miraba desde el otro lado de la pista, y Romina los provocó con sus caderas hasta que cuatro de ellos se acercaron.
—Hola, hermosas. Las vimos solas. ¿Por qué no siguen la fiesta con nosotros en el mejor hotel de la isla?
—Mujeres como ustedes no deberían estar solas —dijo otro—. No vaya a pasarles algo.
—No, gracias, chicos. Estamos bien. Pueden retirarse —corté yo.
—Vamos, Dany —insistió Romina, colgándose de mi brazo—. Suena bien. Y están guapos.
—Nada de eso. Lo siento, pero esta noche nos retiramos. Excelente noche, caballeros.
Salimos del lugar. Nunca había visto a Romina así: borracha, desbocada, sin control de sí misma. Subimos al auto que Camilo manejaba y ella se lanzó hacia el asiento delantero.
—Te la quiero chupar. Sácala, ponla en mi boca.
—No, señorita —dijo él, tenso, sin soltar el volante—. El patrón me mata si se entera.
Pero su erección era evidente bajo el pantalón. Un bulto enorme, grueso, imposible de disimular.
—No te hablaba a ti, mi amigo dominicano —aclaró ella—. Le hablaba a Dany.
—Espera a que lleguemos al hotel —murmuré.
Camilo me buscó por el retrovisor, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—Entonces usted es un… una…
—Una puta —respondió Romina por mí—. Dany es toda una puta insaciable, y ni yo lo sabía hasta hace dos semanas. Hasta que salió su verdadero yo.
Camilo seguía espiándome por el espejo. Y yo, ya caliente, decidí darle función. Abrí las piernas y le mostré mi pequeño aparato de castidad y el plug, tocándolo, dándole golpecitos que me arrancaron un gemido agudo, demasiado femenino. Romina no me siguió el juego: ella quería una verga dentro, o dos, que para eso era mejor. Se estiró desde el asiento de atrás, alcanzó el miembro ya durísimo de Camilo y se lo comió como solo ella sabe hacerlo, dejando su trasero apuntando a mi cara.
No iba a desperdiciarlo. Le comí el culo, me saqué el plug y se lo puse a ella.
—No me digas que ahora solo así vas a poder entrar en mí —jadeó, volteándose.
—Claro que no. Es solo para empezar, mientras llegamos.
—Entonces quítatelo y dame por el culo mientras le saco la leche a tu amigo.
—La llave está en el hotel —confesé.
—Pues apura, mi macho dominicano —le ordenó a Camilo, que pisó el acelerador.
***
En recepción ya nos esperaban con tragos. Subimos a la suite y Romina fue directo al baño; se metió a la ducha con ropa y todo, cantando, mientras yo le servía un vaso a Camilo. Cuando salió, empapada, nos vio conversando, se acercó y nos arrastró a un beso largo de tres en el que me perdí. Después se arrodilló frente a nosotros y yo recordé la llave. Corrí a buscarla. Cuando volví, ella seguía ocupada con la boca llena.
—Dámela —pidió.
—Toma. Quítamela tú —dije, ofreciéndole el cierre.
Ella tomó la llave y, en lugar de abrirme, la lanzó de vuelta al baño entre risas. Luego me jaló para que chupáramos juntas. Y así estuvimos un buen rato, hasta que llamaron a la puerta.
La habíamos dejado entreabierta. Se asomó Thiago, un brasileño descomunal que yo había visto atendiendo el gimnasio del hotel. Nos quedamos congelados. La única que reaccionó fue Romina, que caminó hacia él casi desnuda, con el plug puesto y los pechos al aire.
—Ven, gigante. A ver qué traes ahí. ¿No es un arma, verdad?
—Para nada, señorita —respondió él con un acento curioso, sacándose un miembro monumental, lleno de venas, tan grueso como mi brazo.
—Guau —susurró ella—. Nunca había visto algo así.
Pensé que saldría corriendo de ese monstruo. Pero no. Se arrodilló, le pasó la lengua de la base a la punta y, con las dos manos, intentó tragárselo. Yo no supe en qué momento empecé a tirarme de los pezones y a acariciar mi pene encerrado. Lo raro es que ya tenía la verga de Camilo en la boca, abriéndome la mandíbula hasta el límite.
—Vamos, nena, cómelo todo —me animó él—. Aprende de tu amiga.
Romina se levantó y vino hacia mí.
—Tienes que probar esto —dijo, empujando mi cabeza hacia el mástil de Thiago.
Lo intenté. Ella me acariciaba los pechos, y de pronto sentí que me tiraban de las caderas y mi culo quedó expuesto al aire. No me importó. Seguí comiendo verga hasta que una boca empezó a ensalivar mi entrada. Pensé que era ella, pero era demasiado torpe, demasiado bruto. Quise soltarme, pero Thiago me sostuvo la cabeza con fuerza. Entonces algo duro y caliente empezó a estirarme. Casi me partió. Pero entró, y mi cuerpo se abrió. Sentí lágrimas en las mejillas y no pude moverme. La de Marco había sido grande y hermosa; esta era una tortura deliciosa.
—Con calma, señorita Dany —dijo Camilo, ya por detrás—. Le voy a meter toda mi verga en ese culito.
No pude más que gemir y relajarme. Empezó un vaivén que cada vez llegaba más hondo. Sufría y gozaba al mismo tiempo, me partían por detrás y me llenaban la garganta. En algún momento de lucidez busqué a Romina con la mirada.
—Tu amiga está bien —me tranquilizó Camilo—. Creo que bebió de más. La dejé descansar.
Ella estaba en el sillón, tapada, dormida. Así que seguí.
—Ahora te toca atender a tus invitados —dijo Thiago, sentándose en el sofá—. No seas mala anfitriona.
La postura me dobló más y quedé empinada, de modo que Camilo me llegó tan adentro que sentí que me reacomodaba por dentro. Dejé de chupar y tomé aire.
—No se preocupen, chicos —sonreí, con el maquillaje arruinado pero firme—. Sé que puedo con los dos.
***
Thiago se levantó. Me volteé y lo obligué a sentarse de nuevo.
—Déjame a mí, papi. Yo llevo el ritmo y te doy la mejor cogida de tu vida.
—Claro, nena —dijo él—. Pero no quiero ser pesimista. Muchas no han podido conmigo.
—Lo tomaré como un reto.
Traje el lubricante, ese que me deja el culo capaz de tragar lo que sea. Me dejé caer un buen chorro, me senté frente a él y bajé despacio. Solo la cabeza ya me hizo ver estrellas. Apreté los ojos, abrí la boca, respiré rápido. No podía más. Thiago sonrió y empezó a masajearme los pechos, a tirarme de los pezones, y eso me hizo gemir y pujar, dejándolo entrar de a poco. Entre sus besos, sus caricias y el lubricante, fui descendiendo milímetro a milímetro hasta que sentí mis piernas relajarse y mi peso entero descansar sobre él.
Abrí los ojos.
—Vaya puta que eres —dijo, asombrado—. Te la comiste toda a la primera.
—Shhh.
Lo besé e intenté cabalgar, pero su tamaño apenas me dejaba moverme. Ni las dos semanas con Marco, tres veces al día, me habían preparado para esto. Mis ojos se cerraban y mi boca se abría sola, como si quisiera ayudar a abrir todo mi cuerpo. Entonces Camilo se acomodó y volvió a invadirme la boca. Quedé empalada entre los dos. Me sentí llena, caliente, en control y plena al mismo tiempo. Toda una puta, sin frenos, sin tabúes, sin pensar. Solo disfrutar.
Después de unos minutos, con más soltura, Camilo avisó que se venía. Thiago dijo lo mismo. Yo seguí. Gruñendo, los dos me llenaron a la vez. Los chorros de Camilo, calientes y abundantes, resbalaron por mi garganta sin que alcanzara a saborearlos. Thiago me apretó contra su cuerpo y su miembro llegó tan profundo que me quedé sin aliento. Ese calor, el placer de sentir su semilla tan adentro, no sé cómo describirlo. Simplemente exprimí hasta la última gota a esos dos amantes generosos.
Me levanté con la vista borrosa y traté de colocarme el plug que había rodado junto al sillón donde Romina dormía. Al metérmelo para guardar todo ese semen, me toqué y se me fue casi entera la mano. Tenía el pene mojadísimo. No supe cuántas veces me había venido, pero había sido glorioso.
Cargué a Romina hasta la cama, me lavé la cara y, sintiéndome pegajosa, me di una última ducha. El semen de Thiago goteaba sin parar. Me puse de nuevo el plug, que ahora entraba con una facilidad sospechosa, me quité el aparato de castidad y me abracé a ella, calentita y rendida.
***
A la mañana siguiente me despertó el ardor en el trasero. El plug no estaba. Lo busqué a tientas.
—¿Qué haces, zorra? —murmuró Romina, despertándose—. ¿Por qué te tocas el culo? ¿No te bastó con anoche? Nos cogió el chofer, ¿no? No recuerdo bien, pero algo rico debió ser.
—Si supieras —reí—. Sí, nos cogió muy bien. Pero más a ti.
—¿Verdad? Recuerdo estar comiéndomela en el auto. Y nada más. ¿Estuvo bueno?
—No es que me fijara mucho —mentí—, pero te veías tan satisfecha que tocaste la cama y te desmayaste.
—Bien por mí. Al menos aproveché nuestra salida de amigas. —Me buscó el pene flácido bajo las sábanas—. ¿Ya no se te para?
—Claro que sí.
Apartó las sábanas y se lo comió completo.
—Me encanta. No sabes lo que es tener dos vergas para ti sola —dijo entre lametones—. Me encantó que Marco y tú me penetraran. Nunca había visto una tan grande como la de él.
—Las hay más grandes.
—¿En serio? ¿El chofer? —preguntó, sin dejar de chuparme.
—Algo más grande, sí.
—No me duele nada esta mañana. Creo que me estoy acostumbrando a esos tamaños. Aunque la tuya tampoco está nada mal.
Pensé en Thiago y en su mástil imposible.
—Imagina uno de casi treinta centímetros, grueso como tu brazo.
Romina interrumpió su tarea.
—No. Me dejaría tan abierta que no caminaría en una semana.
—Sí, verdad —dije, sintiendo el ardor muy adentro de mí.
—Anda, métemelo. —Al girarse encontró el plug—. Espera…
Lo escupió, le escupió a su entrada y se lo metió. El plug entró completo con una facilidad sospechosa. Me montó y me cabalgó rico, hasta que se lo sacó y me acarició el pene, ahora tan pequeño que me dio vergüenza. Se puso en cuatro.
—Anda, métemelo, mami.
—¿Mami? —reí—. ¿Acaso una mami te puede hacer esto?
Le escupí el culito y le empujé el plug despacio, venciendo la resistencia de aquel anillo apretado, hasta que entró del todo. Después la cogí fuerte por delante, viéndola gotear, con mis pechos rebotando frente a mis ojos. Me tiré de los pezones, gimiendo, disfrutándola. Ella se vino con un temblor riquísimo y, cuando avisé que me dejaría dentro, me sacó y se lo puso en la boca, jugando con mis nalgas hasta que me corrí muchísimo entre sus labios.
—Vaya puta que eres, mi vida —dijo, lamiéndose—. Te corriste con mi mano entera adentro. Te amo.
—Es que… mira… —empecé, apenada.
—Nada. Qué rico disfrutarte así. Si pudieras verte siempre de este modo, te cogería a diario. Lo bueno es que todavía puedes ponerte esos pechos. Me encantas en tu versión femenina. Y saber que tienes esa verga solo para mí. Le voy a pedir a Marco que…
—¿Que qué?
—Nada. Olvídalo.
***
El resto del viaje lo pasé ya en mi versión masculina. En el hotel se sorprendieron un poco, todos menos Camilo y Thiago, que ya me conocían demasiado bien. El último día, Marco nos llamó por videollamada.
—Hola, niñas… perdón, señor Dany y Romina —se corrigió, riendo—. Espero que hayan disfrutado el viaje. Y espero ver pronto a su amiga Dany. Díganle que ya tengo otro plan: Europa. Y un excelente negocio para los tres. Esperen noticias pronto. Adiós.
La pantalla se apagó. Romina me miró con esa sonrisa que ya conocía y supe que, dijera lo que dijera, yo iba a volver a ser ella.