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Relatos Ardientes

El camionero volvió por su travesti

Hola, soy Romina. Después de varias semanas sin que nadie me tocara, me acordé del camionero que me había traído desde un pueblo a tres horas de la capital. Ese día había pasado una jornada espléndida con su jefe, y en el camino de vuelta el chofer también me había hecho suya dentro de la cabina.

Guardaba el número que él mismo me había dado, aunque no sabía su nombre. La vez que me trajo, ninguno de los dos se molestó en presentarse. Marqué con el corazón acelerado. Cuando contestó, le dije que era Romina, que hacía unas semanas me había traído por encargo de su jefe y que algo muy rico había pasado en el carro.

Se acordó al instante.

—Me llamo Mateo. ¿Dónde estás? —me preguntó.

—Estoy en la capital —le respondí.

—En un par de horas paso por tu casa, me acuerdo bien dónde es. Tú me esperas lista y yo paso por ti. ¿Qué dices?

Le dije que lo esperaba. Colgué y sentí un cosquilleo entre las piernas que no había sentido en semanas.

Llegó cerca de las nueve de la noche. Como ya conté, yo cuidaba una casa grande y vivía sola allí, así que tenía toda la libertad del mundo. Tocó el timbre y abrí. Llevaba minifalda, medias panty con dibujitos, tacones, un top cortito, la peluca rubia y un maquillaje que me hacía sentir poderosa. Estaba sexy y lo sabía. Lo recibí en la puerta con un beso largo, lo hice pasar y él me abrazó, me llenó la cara de besos.

—Pasemos al dormitorio —le propuse.

—No puedo, muñeca. El camión está cargado y tengo que entregar. Pero se me ocurre algo mejor: te llevo conmigo, y mientras descargan, tú y yo lo hacemos en el camarote. Nadie te va a ver.

La idea me encendió. Me ayudó a subir a la cabina y, al hacerlo, le quedó toda mi trasera a la vista, la tanga apretada entre las nalgas.

—¡Qué culo tienes! —dijo, y me apretó con la mano mientras yo terminaba de acomodarme.

***

En una hora llegamos a un depósito enorme. Me escondí en el camarote y corrí la cortina para que nadie me viera desde afuera. Mateo bajó, conversó con el encargado y le avisó que dormiría en el camión esa noche. Tardó unos veinte minutos. Volvió con comida y unas bebidas en una bolsa.

—Tenemos tres horas, las que tardan en descargar —me dijo, y cerró la cortina detrás de él.

Tres horas para nosotros solos. Se desvistió por completo, pero a mí me pidió que me quedara como estaba, con la falda, las medias y los tacones puestos. Se acomodó encima de mí.

—Estás bien rica, muñeca —me susurraba al oído.

Me besaba, jugaba con mi lengua, me chupaba el cuello, las orejas. Cada roce me hacía estremecer. Yo gemía sin pensar en nada más. Sus manos buscaban mi culo y, cuando metió un dedo seco, di un respingo.

—Me duele así —le advertí.

Se mojó los dedos con saliva y volvió, esta vez con dos, girándolos en círculo dentro de mí. Gemí fuerte y él me tapó la boca con un beso.

—Despacio, que los de afuera nos pueden oír —me recordó, y tenía toda la razón.

Me chupaba los pezones, los mordía con cuidado, y yo solo gemía para él, cada vez más excitada. Me levantó las piernas y me bajó la tanga apenas hasta debajo de las nalgas. Su pene, largo y delgado, ya soltaba líquido. Con el glande húmedo se frotaba en la entrada de mi ano, sin entrar todavía, jugando con mi paciencia.

Después me alzó las piernas y bajó la boca. Me lamía el ano con una entrega que me daba la sensación de estar al borde de un orgasmo. Metía la lengua, me mordía los pliegues, me besaba las nalgas. Yo aguantaba las ganas de gritar y gemía bajito, mordiéndome el labio. Sabía usar la boca como nadie.

Llegó el momento. Sacó de la bolsa de la comida los preservativos que había comprado y se puso uno.

—Ahora vas a ser mi mujer, solo para mí —dijo.

Metió el pene de un solo empujón. Lo único que alcancé a soltar fue un quejido antes de que me callara con otro beso. Empecé a gemir y a disfrutar la penetración. Bombeaba y bombeaba, y como yo estaba bien mojada, a veces la sacaba entera y al volver a entrar sonaba el aire. Sacaba, metía, sonaba, y así estuvo un buen rato.

Luego salió, me terminó de quitar la tanga y la minifalda.

—Hagamos un sesenta y nueve —me propuso.

Se quitó el condón y se tendió en el camarote. Le puse el culo encima de la cara y empezó a comérmelo como si fuera de goma, mordiéndome las nalgas, hundiendo la lengua en mi ano ya dilatado. No aguanté más. El orgasmo me llegó de golpe; mi leche cayó sobre su pecho mientras yo, con los ojos cerrados, sentía que me desmayaba y temblaba con cada chorro. Me dejé caer sobre él, extasiada, y le tomé la verga con la boca mientras él seguía lamiéndome y metiéndome los dedos.

Después me puso boca abajo. Antes nos limpiamos el pecho de mi leche. Se colocó otro condón, acomodó una almohada bajo mi vientre para que el culo quedara más alto, y entró con fuerza. La metía y la sacaba, me mordía la espalda y los hombros, me daba nalgadas. Empezó a moverse más rápido.

—Se me viene —avisó.

Sentí cómo la verga se le hinchaba y latía al soltar la leche dentro del condón.

***

Se quedó un rato echado sobre mi espalda.

—Qué rica hembra eres. Tienes un culo maravilloso —me dijo al oído.

Se levantó y le saqué el condón yo misma. Estaba lleno.

—Tómala, por favor —me pidió.

Me puse el condón en la boca y me lo tomé todo. Me dieron arcadas y él se rió, divertido, antes de darme un beso de agradecimiento. Mojó una toalla y nos limpiamos. Él me pasó la toalla por el culo con una delicadeza que me gustó, y yo, con la boca primero y la toalla después, le dejé la verga limpia.

Eran ya las once y media.

—Vamos a cenar —dijo.

En eso le sonó el celular y contestó en altavoz. Era su jefe.

—¿Cómo vas? —preguntó la voz al otro lado.

—Falta una hora para terminar de descargar y regreso con cuidado —respondió Mateo.

—Ah, oye, ¿tú conoces la casa de la chica que llevaste a la capital hace unas semanas? Perdí su número.

Estaba preguntando por mí. Le hice señas a Mateo de que dijera que sí.

—Sí, don Renato.

—Entonces, al regreso, pasas por su casa y le pides el número. Pero tú no la vayas a tocar, ¿eh? Esa es para mí, nada más.

Empezamos a cenar y Mateo se reía solo, pensando en que ya se había cogido a la chica de su jefe. Me contó que don Renato era buena persona, muy trabajador, que estaba separado y vivía con su hijo. Terminamos de cenar y él me daba la comida en la boca, un detalle que me hacía sentir una hembra mimada. Me daba besitos en los labios.

Se acostó a mi lado y con los dedos me recorría el pecho, los labios. La mano fue bajando hasta mi ano y lo acariciaba despacio, encendiéndome otra vez.

—Ahora acaríciame tú —me pidió.

Me puse de costado y empecé a recorrerlo con las manos: el pecho, las tetillas, el ombligo, la verga. Le pedí que se pusiera boca abajo y me senté sobre sus nalgas. Le di masajes en los hombros, los brazos, la espalda; me gusta consentir así a mi pareja. Bajé a las piernas, le acaricié las nalgas duras, le masajeé los pies y volví a subir. Tengo las manos suaves, y se las pasé por las nalgas, se las abrí y le vi el ano cerradito. Pensé que se molestaría, pero cuando lo miré bien me di cuenta de que se había quedado dormido. Seguí con mis caricias un rato más y me eché a su lado, dándole la espalda, con su mano sobre mi culo y un dedo suyo dentro de mí.

Desnuda al lado de un hombre que me había cogido tan rico, todo un semental, pasé una hora despierta sin poder dormir. Cuando ya estaba todo listo, lo desperté con un beso. Mateo bajó, le firmaron los papeles, todo conforme.

Subió a la cabina.

—Nos vamos.

Al arrancar, alguien le gritó desde afuera:

—¡Abusivo, la haces gritar! ¡Eso no se hace! —y se reía.

—¡Amor, me escucharon gritar! —le dije, muerta de vergüenza.

—No hay problema —respondió, y salimos.

Me vestí y me arreglé mientras manejaba.

—Te dejo en tu casa. ¿Te gustó? —me preguntó.

—Claro que sí, amor. ¿Y a ti?

—Eres maravillosa. Tu culo, tus besos, tus masajes… eres una diosa en la cama.

***

Paró a cargar combustible en una estación de servicio y, al llegar a mi casa, me dio la mano para bajar. Me pidió la llave, abrió la puerta y yo pensé que se despediría ahí mismo. Al contrario.

—Vamos adentro —dijo.

Llegamos a la sala y me puso de rodillas sobre el sofá. Sacó la verga y se la chupé. Yo tenía condones en la cartera; se puso uno y me penetró igual, de un solo empujón. Esta vez sí grité, porque estábamos solos y no había nadie que pudiera oírme. Me bombeó un buen rato, sacaba la verga, me agarraba de la cintura, me abría las nalgas y la metía hasta el fondo, moviéndola en círculo. Yo, excitadísima, me agarraba la mía y me la jalaba hasta sentir otro orgasmo.

—¿La quieres en el culo o en la boca? —me preguntó.

—En la boca —le dije.

Se paró, se sacó el condón, y yo de rodillas con la boca abierta esperando.

—Ahí viene, mi amor.

Pero el muy bandido me soltó la leche en toda la cara, en los ojos, y apenas un poco me cayó en la boca. Me quedé de rodillas mientras él iba al baño, se lavaba y volvía con papel. Se reía. Me limpié, me dio un beso rico y, antes de irse, me preguntó si le iba a dar el número a su jefe Renato. Le dije que sí.

—Chau, amor, cuídate —le dije.

—Lo mismo digo —respondió, y se fue.

Me quedé con la tanga por las rodillas, la mini levantada, el culo bien cogido y la cara con leche. Eran las dos de la madrugada. Fui a darme un baño antes de dormir. A veces me siento una puta con todo lo que hago, pero la diferencia es que yo no cobro dinero.

Renato me llamó después y volvimos a pasar un día entero de sexo. Mateo esperaba para traerme de vuelta; sabía bien que tenía su parte reservada en el camino.

Más adelante les contaré mis experiencias en el cine porno. Como siempre les repito, mis relatos son cien por cien reales. Espero sus comentarios, positivos o críticas, que para todo hay tiempo. Quiero tener amigos, así que escríbanme. Besitos.

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Comentarios (6)

Darkero_92

tremendo relato, de los mejores que lei en esta seccion!!!

RuteroNocturno

Espero la segunda parte, quede con ganas de saber como sigue. Muy bueno!

Tomás_BA

Lo que mas me gusto es como describis la expectativa al principio, se siente la tension desde la primera linea. Muy logrado.

caminante_nocturno

corto pero deja con ganas de mas, muy bueno!

MarcelaRios

me recordo a algo que me conto una amiga, casi igual de intenso. Muy real lo que escribiste.

Peke_lect

es ficcion o paso de verdad? se lee muy autentico jaja. igual excelente relato

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