Mi jefe me descubrió siendo travesti en un club
Tomás entraba a la torre de Río Norte a las siete y cincuenta y cinco, puntual como un reloj suizo. Traje azul oscuro dos talles más grande, camisa celeste abotonada hasta el cuello, pelo corto y prolijo. Nadie sospechaba que debajo llevaba un body de encaje negro que le ajustaba los pechos pequeños, ni que el pantalón ancho escondía medias de red hasta la ingle y una tanga de hilo que se le clavaba entre las nalgas a cada paso.
En el locker número ciento ochenta y cuatro del gimnasio del subsuelo dejaba la maleta rígida cada mañana. La misma que recogía al salir, pasadas las seis.
Esa tarde se cambió en el baño accesible del centro comercial Costanera. Cerró con llave, abrió la maleta y respiró hondo. Primero se quitó todo. Quedó desnudo frente al espejo: piel aceituna, dorada, sin un solo pelo desde los dieciséis. Pechos firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo y alto que hacía girar cabezas en la calle aunque fuera vestido de hombre. Entre las piernas, su sexo pequeño y rosado, siempre medio despierto por las hormonas que tomaba desde los catorce.
Se puso el vestido negro, ajustado, de malla transparente en los costados. Sin sujetador: los pezones oscuros se marcaban perfectamente. Debajo, solo una tanga roja de encaje y unos tacones de doce centímetros que le alargaban las piernas. Delineador negro, pestañas postizas, labios rojo oscuro. El pelo suelto, ondulado, hasta la mitad de la espalda.
Ya no era Tomás, analista senior de mercados emergentes.
Era Nadia.
***
Caminó por la Rambla sintiendo el aire fresco en los muslos, la tanga húmeda rozándole el sexo a cada paso. La adrenalina le subía hasta marearla. Un taxi la dejó en la puerta trasera de El Reflejo, el club que funcionaba bajo el antiguo Hotel Lumière y al que solo entraban socios e invitados.
Adentro olía a perfume caro y a deseo. Luces violetas, espejos en cada pared, cuerpos a medio vestir moviéndose al ritmo del bajo. Nadia apenas cruzó la cortina de terciopelo cuando sintió las primeras manos. Un hombre canoso, trajeado, le rozó la cintura al pasar. Otro más joven le susurró al oído algo sobre su culo mientras le apretaba una nalga. Ella sonrió y siguió caminando, contoneando las caderas.
En la barra pidió un gin tonic. No alcanzó a probarlo: un hombre alto, moreno, con la camisa blanca abierta, se le acercó por detrás y le rodeó la cintura con un brazo.
—Te vi entrar y ya me imaginé todo —le dijo al oído, con voz grave.
Nadia giró la cara, lo miró con esos ojos color miel heredados de su madre libanesa y le contestó:
—Entonces dejá de imaginar y hacelo de verdad.
***
Cinco minutos después estaban en uno de los cuartos oscuros del fondo. Él la empujó contra la pared acolchada, le levantó el vestido hasta la cintura y soltó un gruñido al ver la tanga roja hundida entre las nalgas.
—Mirá este culo —dijo, arrodillándose.
Le bajó la tanga de un tirón y enterró la cara entre sus glúteos. Nadia jadeó al sentir la lengua caliente abriéndola. Dos dedos entraron sin aviso, curvándose, buscando ese punto que la hacía temblar.
—Estás empapada —le dijo, poniéndose de pie.
Se sacó el pantalón, apoyó el sexo duro en la entrada ya lubricada y empujó de una. Nadia gritó. Se sintió llena, partida, usada como quería. Él la agarró de las caderas y empezó a moverse con fuerza; cada embestida le hacía rebotar los pechos y rozar el suelo con los tacones.
—Decime qué sos —le ordenó, tirándole del pelo.
—Tuya —gimió Nadia—. Soy tuya y me muero por más.
Él la giró, la puso de rodillas y se la metió en la boca hasta el fondo. Nadia relajó la garganta y lo dejó hacer, mientras se tocaba su sexo pequeño, que goteaba como nunca.
Iba a correrse cuando la puerta se abrió de golpe.
***
Ahí estaba Esteban.
Esteban, el jefe de Tesorería. El mismo que esa mañana le había pedido el informe de curva de tasas con tono seco y profesional. Esteban, con los ojos desorbitados, mirando cómo Nadia tenía una verga en la boca y la otra mano entre las piernas.
El hombre que la cogía se detuvo. Nadia no.
Sacó la verga de la boca despacio, un hilo de saliva colgando de los labios rojos, y miró a Esteban directo a los ojos.
—Hola, Esteban —dijo con voz ronca y tranquila—. Cerrá la puerta, por favor.
Esteban no se movió.
Nadia se puso de pie, el vestido todavía subido, el culo enrojecido, el sexo duro y brillante. Dio dos pasos hacia él, taconeando.
—¿Querés mirar? ¿O querés participar?
Esteban tragó saliva. Sus ojos bajaron a los pezones marcados, al sexo que goteaba, al otro hombre todavía erecto detrás de ella.
—Mañana a las ocho y media tengo la reunión de comité —susurró Nadia—. Y voy a estar sentada frente a vos con el mismo cuerpo que tenés delante ahora.
Le pasó un dedo por los labios.
—Depende de vos si querés seguir fingiendo que no sabés quién soy.
Se dio vuelta, se apoyó en la pared, arqueó la espalda y miró al desconocido.
—Seguí —ordenó—. Y vos, Esteban… decidite rápido. La puerta se cierra desde los dos lados.
***
Esteban dio un paso adentro. La puerta se cerró con un clic seco que sonó como un disparo en la penumbra roja.
Se quedó de pie, la respiración agitada, la camisa blanca impecable, pero con la bragueta ya marcando la erección. El desconocido sonrió de medio lado y volvió a agarrar a Nadia de las caderas como si nada.
—¿Seguimos? —preguntó, rozándola.
Nadia no contestó con palabras. Empujó el culo hacia atrás y se tragó la verga de una sola embestida, gimiendo alto, mirando a Esteban a los ojos.
Esteban dio otro paso. Y otro. Hasta quedar a menos de un metro. Nadia estiró una mano temblorosa y le tocó la corbata azul marino que todavía llevaba puesta.
—Quitátela —susurró—. Quiero verte sin armadura, jefe.
Esteban obedeció. La corbata cayó al suelo. Después los botones, uno a uno, con dedos torpes. Cuando se sacó la camisa, Nadia vio un torso pálido de oficina, sin gimnasio, perfectamente común. Perfectamente excitado.
El desconocido la sacó de golpe y la puso de rodillas frente a Esteban.
—Chupásela —ordenó—. Quiero ver cómo le comés la verga al jefe.
Nadia sonrió, subió la mirada hacia Esteban, que ya tenía los pantalones bajos y el sexo apuntando al techo, y se lo metió en la boca sin preámbulos. Esteban soltó un gemido roto, las manos en el pelo de Nadia.
—Tomás… —empezó a decir, todavía con el nombre de oficina.
Nadia sacó la verga un segundo.
—Acá no existe Tomás —dijo—. Acá solo existe Nadia. Y Nadia se está comiendo la verga del jefe mientras otro la tiene abierta. ¿Te gusta?
Esteban no contestó. Empujó la cadera y volvió a metérsela hasta el fondo.
***
El desconocido se puso detrás, le levantó del todo el vestido y entró otra vez de una estocada. Ahora Nadia tenía una verga en la boca y otra en el culo, y estaba en el cielo.
Los dos hombres encontraron un ritmo casi sin hablar. Cuando uno entraba, el otro salía. Nadia solo podía gemir, el maquillaje corriéndole por las mejillas, la garganta abierta, el culo apretando y soltando como si hubiera nacido para esto.
—Mirá cómo traga —dijo el desconocido, soltándole una nalgada que resonó en el cuarto.
Esteban, perdido, le agarró la cabeza con las dos manos.
—Siempre supe que había algo… —no terminó la frase.
Nadia se corrió primero, sin tocarse, solo con las dos vergas usándola. El orgasmo la atravesó entero; tembló de pies a cabeza alrededor de la verga de Esteban.
Eso desató a los dos. El desconocido se hundió hasta el fondo y se vació con un gruñido. Esteban salió de su boca en el último segundo y terminó sobre su cara, sobre los labios rojos, la nariz, las mejillas. Nadia abrió la boca para recibir lo que pudiera, lamiendo, gimiendo.
Cuando terminaron, los tres quedaron quietos un instante, jadeando.
***
Esteban fue el primero en hablar, la voz rota.
—Mañana… mañana a las ocho y media…
Nadia se limpió la cara con el dorso de la mano, se puso de pie tambaleante y lo miró fijo.
—Mañana a las ocho y media voy a estar sentado frente a vos en la sala de directorio —dijo, tranquila—. Con traje gris, camisa celeste, como siempre. Y vos vas a mirarme a los ojos sabiendo exactamente quién soy.
Se acercó, le dejó un beso suave en la comisura de los labios, un rastro rojo y húmedo.
—Y si querés repetir —susurró—, ya sabés dónde encontrarme.
Se dio vuelta, se acomodó el vestido arrugado y manchado, y salió del cuarto contoneando las caderas. Volvió a la barra como si nada y pidió otro gin tonic. Y sonrió, porque ahora los dos mundos no solo se habían encontrado: se habían tocado, y ninguno volvería a ser el mismo.
***
A las ocho y veintisiete del día siguiente, la sala de reuniones del piso diecinueve ya estaba casi llena. Luz fría de invierno por los ventanales, café en tazas con el logo del banco, olor a loción cara y tensión contenida.
Tomás entró último, como siempre. Traje gris oscuro planchado, camisa blanca, corbata azul marino: la misma que Esteban había dejado tirada en el piso de El Reflejo. El pelo peinado hacia atrás, ni un mechón fuera de lugar. Nadie habría imaginado que doce horas antes esa boca había estado llena de semen.
Tomó asiento en su lugar de siempre, tercera silla a la izquierda del jefe de mesa, exactamente enfrente de Esteban. Esteban ya estaba ahí, con ojeras leves y una corbata roja que nunca usaba. Cuando Tomás se sentó, las miradas chocaron un segundo de más.
—Buenos días —dijo Tomás con su voz neutra, profesional, apenas ronca por la garganta todavía irritada.
Esteban asintió, carraspeó y abrió la carpeta. Empezó la reunión.
***
Curvas de tasas, pruebas de estrés, liquidez en dólares, ruido político. Todo rápido y seco. Tomás exponía con la calma de siempre, voz firme, manos quietas. Nadie notaba que bajo el pantalón ancho llevaba medias de encaje negro hasta medio muslo y que la tanga roja de la noche anterior le rozaba el sexo cada vez que se movía.
Esteban intentaba concentrarse. Pero cada vez que Tomás decía «penetración de mercado» o «posición expuesta», la voz se le quebraba un milisegundo. Solo un milisegundo. Pero Tomás lo notaba.
En un momento, mientras proyectaban la curva de tasas, Tomás cruzó las piernas bajo la mesa. Despacio. El zapato negro rozó el tobillo de Esteban, que dio un respingo casi imperceptible y volvió la vista al frente.
Cuando llegó el turno de preguntas, Esteban levantó la mano con la voz más firme que pudo.
—Tomás, ¿podrías profundizar en el impacto de un shock de cuatrocientos puntos básicos en la posición a un día? —preguntó, mirándolo fijo.
Tomás sonrió apenas.
—Claro, Esteban. Con un shock así, la posición se abre mucho —dijo, y marcó la palabra «abre» con una leve inclinación de cabeza—. Se vuelve extremadamente vulnerable. Pero si se gestiona bien, si se entra y se sale con fuerza, el dolor es breve y el beneficio puede ser muy alto.
Dos segundos de silencio. Alguien carraspeó. Nadie entendió el chiste privado. Esteban se removió en la silla. Tomás notó la erección que empezaba a marcarse bajo la mesa de caoba.
***
La reunión siguió veinte minutos más. Al final, cuando todos recogían laptops y carpetas, Esteban dijo en voz alta:
—Tomás, quedate un segundo. Necesito revisar un detalle del estrés.
Los demás salieron. La puerta se cerró con el mismo clic suave de siempre. Quedaron solos.
Esteban dio la vuelta a la mesa y se paró frente a Tomás, que seguía sentado, tranquilo.
—¿Qué fue anoche? —preguntó en voz baja, temblándole la voz.
Tomás se puso de pie despacio. Eran casi de la misma altura. Se acercó hasta que las corbatas casi se tocaron.
—Anoche fuiste vos el que cerró la puerta desde adentro —dijo, ahora con la voz más baja, más Nadia—. Y terminaste sobre mi cara mientras otro me llenaba. ¿Te arrepentís?
Esteban respiró hondo. Sus ojos bajaron a los labios de Tomás, hoy con solo un bálsamo neutro, pero que él sabía perfectamente cómo se veían pintados de rojo.
—No —dijo al fin—. No me arrepiento.
***
Tomás sonrió. Le puso una mano en el pecho, sobre el corazón que latía como loco.
—Bien —susurró—. Porque cuando termine esta reunión voy a ir al baño de ejecutivos del piso veintiuno. El último cubículo. Cinco minutos después de que entre, vas a tocar la puerta dos veces. Y vas a pasar.
—¿Y si alguien…? —empezó Esteban.
—Nadie va a entrar —lo cortó Tomás—. Y si entra, va a ver exactamente lo que viste anoche: al jefe de Tesorería con la analista más brillante del banco contra la pared.
Le rozó la bragueta con el dorso de la mano. Esteban ya estaba duro.
—O en el piso. O de rodillas. Depende de cuánto tardes en decidirte.
Se apartó, recogió su laptop y caminó hacia la puerta. Antes de abrir, se dio vuelta.
—Ah, y Esteban… el informe actualizado te lo mando antes del mediodía. Como siempre.
Salió.
***
Esteban se quedó solo en la sala, respirando agitado, mirando la puerta cerrada.
Cinco minutos y medio después tocó dos veces la puerta del último cubículo del baño de ejecutivos. La puerta se abrió desde adentro. Y Tomás, con la camisa desabotonada hasta la cintura, el sujetador de encaje negro a la vista y el sexo ya duro bajo la tanga roja, lo tiró adentro y cerró con llave.
Porque ahora los dos mundos no solo se habían encontrado. Se buscaban en horario de oficina. Y ninguno quería parar.