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Relatos Ardientes

La diosa transexual que liberó el deseo del barrio

La influencia de Aurora había dejado de caber entre las paredes del pequeño piso de Bruna. Se desbordaba por las calles estrechas del Carmen, el barrio viejo de Valencia, y se filtraba en cada plaza, en cada portal, en cada conversación que se prolongaba más de la cuenta. Cada postre que cocinaba, cada bocado que repartía entre los suyos, era un hilo más en la red de deseo que ahora envolvía a la ciudad. Lo que empezó como un experimento en un rincón cualquiera se había convertido en una marea imposible de frenar.

Los noticieros locales lo llamaban «el milagro del Carmen». Hablaban de cifras imposibles: divorcios desplomados, peleas vecinales reducidas a cero, una alegría contagiosa que nadie sabía explicar.

Una presentadora informaba en directo desde una calle del barrio, y su sonrisa profesional se le iba escapando hacia algo más blando, más hambriento.

—Por razones que los expertos no logran precisar —decía—, este barrio registra una caída sin precedentes en los conflictos vecinales.

Mientras hablaba, su mano bajó sola hasta el borde de la mesa, después un poco más, y tuvo que apretar las rodillas para no perder el hilo. Sentía el coño palpitándole bajo la falda del traje, mojado hasta empapar las bragas, y le costaba un mundo seguir mirando a la cámara sin meterse dos dedos allí mismo, delante de miles de espectadores.

Los periódicos titulaban «¿El barrio del amor eterno?». Los sociólogos hablaban de un «fenómeno social anómalo» mientras sus teorías se les caían a pedazos; los psicólogos discutían sobre una «liberación del deseo reprimido», algunos con la polla dura bajo la mesa mientras pretendían analizar aquello que ya les follaba el cuerpo. Hasta los párrocos del barrio, entre el temor y la fascinación, predicaban contra un pecado de la carne que esta vez se les antojaba peligrosamente irresistible.

***

La presión mediática terminó por mover a la policía. Se formó un equipo pequeño al mando de la inspectora Marta Sandoval, una mujer de mirada dura y lógica implacable que presumía de no haberse distraído jamás en el trabajo. Se consideraba una fortaleza. Pero bastó con que pisara el Carmen para que esa fortaleza empezara a agrietarse: una calidez extraña le nació en el vientre y le subió despacio hasta hincharle los pezones contra la camisa, y se descubrió sonriendo sin motivo, con las bragas humedeciéndose y dudando por primera vez del control que creía tener sobre sí misma.

Sus agentes ya estaban perdidos. En vez de patrullar con la seriedad de costumbre, reían, se contaban intimidades, y un turista llegó a grabar a dos de ellos besándose contra una pared, una mano metida bajo la camisa del uniforme apretando una teta, la otra restregándole la polla por encima del pantalón reglamentario. Ellos lo achacaban al «buen ambiente». La verdad era que sus cuerpos se rebelaban contra cualquier contención.

Sandoval los reunió en una cafetería para imponer un mínimo de orden. El camarero no disimulaba la erección que le marcaba el pantalón como un bulto obsceno; las camareras se rozaban las tetas al pasar entre las mesas y reían demasiado, con los pezones puntiagudos asomando bajo la tela fina. El agente Núñez, alto y corpulento, se frotaba la verga hinchada por debajo de la barra con la cara roja de vergüenza, apretándose el paquete como si quisiera estrangularlo. La agente Vega, con el pelo recogido, soltaba carcajadas mientras la falda del uniforme se le empapaba entre los muslos sin que pudiera, ni quisiera, evitarlo; se veía la mancha oscura extendiéndose sobre el gris reglamentario.

—Necesitamos concentrarnos —dijo Sandoval, y su propia voz le sonó más suave de lo que pretendía—. Hay algo raro en este barrio. Tenemos que encontrar la fuente de toda esta... felicidad.

—Pero, inspectora, ¡es el mejor turno de mi vida! —soltó Núñez, con una sonrisa boba y la mano todavía apretándose la polla bajo la barra—. Hasta los delincuentes parece que se han enamorado de golpe. No hay nada que hacer.

—Es como si el amor estuviera en el aire —añadió Vega, con los ojos vidriosos y las piernas apretadas—. Y algo más que amor, inspectora. Lo noto en cada esquina. Lo noto entre las piernas, joder, perdón, no sé lo que digo.

Sandoval sintió un estremecimiento que no era de frío. La lujuria que siempre había reprimido con mano de hierro la invadía ahora sin pedir permiso: el clítoris le latía dentro de las bragas, los pezones le rozaban contra el sujetador hasta doler. Se levantó de golpe.

—Suficiente. Volvemos a comisaría. Ahora —dijo, y salió casi huyendo de sí misma, esquivando la mirada de sus propios agentes.

***

Esa noche, al llegar a casa, la irritación de costumbre había desaparecido. En su lugar había una anticipación caliente instalada muy adentro, un hambre de polla que le mojaba los muslos con solo pensarlo. Andrés, su marido, hombre de rutinas y afectos medidos, la recibió en la puerta con su «hola» de siempre. No le dio tiempo a más: Marta se abalanzó sobre él, lo besó con un hambre que lo dejó descolocado y le metió la mano por encima del pantalón. Ya la tenía dura. Se la sacó allí mismo, en el recibidor, y se puso de rodillas.

—Cállate y déjame —le gruñó, antes de tragarse la polla entera de una sola vez.

Andrés soltó un jadeo ronco. Su mujer nunca le había mamado así: hasta el fondo, hasta arcadearse, saboreando el pre-semen con la lengua, chupando el glande hinchado como si fuera lo único importante del mundo. Marta se sacó la polla de la boca solo para lamerle los huevos, uno por uno, y volver a engullirla. Le agarraba el culo, le clavaba las uñas, se follaba la boca contra su verga con una desesperación que no reconocía.

—Marta, joder, Marta, para o me corro —jadeó él.

Ella lo soltó con un chasquido de saliva y se puso de pie. Se levantó la falda del traje, se arrancó las bragas empapadas y se las estampó a él en la boca.

—Chúpalas. Chupa lo mojada que estoy.

Lo arrastró al dormitorio a tirones. Cayó de espaldas en la cama, abierta de piernas, el coño rojo y brillante, hinchado, chorreando sobre la colcha.

—Follame ya. Follame fuerte.

Andrés se subió encima y le metió la polla de una embestida. Marta gritó. No un gemido: un grito ronco, animal, que le salió del vientre. Le clavó los talones en el culo, obligándolo a entrar más hondo. Cada embestida le hacía chapotear el coño, cada golpe de huevos contra el culo le arrancaba un jadeo nuevo. Se corrió a los dos minutos, temblando entera, apretándole la polla por dentro con espasmos que a él le arrancaron un rugido.

—No pares, no pares, no salgas —le rogó, cuando él quiso frenar—. Otra vez. Fóllame otra vez.

Lo giró, se le montó encima. Empezó a cabalgarlo con las tetas al aire, brincando, los pezones duros apuntándole a la cara. Le agarró la mano y se la llevó al clítoris.

—Ahí. Frótame ahí mientras me follas.

Ella misma se apretaba las tetas, se pellizcaba los pezones, se lamía los dedos y se los metía en la boca a él, en un frenesí que había olvidado que existía, si es que alguna vez lo había conocido del todo. Se corrió dos veces más cabalgándolo, arqueada, con los ojos en blanco. Después se puso a cuatro patas, ofreciendo el culo, y le suplicó que la follara así, más fuerte, más profundo, hasta que Andrés no aguantó más y se corrió chorreando dentro de ella, mientras Marta gemía sintiendo cómo el semen caliente le llenaba el coño y le resbalaba por los muslos.

Cuando el último temblor la dejó exhausta junto a Andrés, con el semen escurriéndosele todavía por las nalgas sobre las sábanas, lloró en silencio, deseada y viva como no recordaba haberse sentido nunca. La inspectora de hierro se había redescubierto de carne y hueso, con un coño hambriento entre las piernas.

***

Ajena al revuelo de cámaras y patrullas, Aurora seguía con lo suyo. El candado de castidad que llevaba ceñido era, más que una prohibición, el emblema del dominio que ejercía sobre el mundo mortal. Llevaba un mes y medio encerrada, y esa mañana, por fin, tocaba la liberación.

Tendida en la cama, el cuerpo le pulsaba al ritmo de la jaula, que se había vuelto una extensión de su propia piel. Llevaba semanas acumulando una tensión que ya rozaba lo insoportable: cada latido del corazón le mandaba una punzada dulce y desesperada al miembro apresado. Sabía que ese día, por fin, sería distinto.

El sol entraba por las rendijas de la persiana cuando sonó el timbre. Era Bruna, el pelo cobrizo encendido por la luz del rellano, los ojos oscuros brillando con una chispa traviesa. No había pasado la noche allí, pero llegaba puntual: sabía bien qué prometía ese amanecer. La llave colgaba de un cordón de seda en su cuello, fría y pesada, recordatorio constante de quién mandaba.

—Buenos días, mi Aurora —susurró, inclinándose a besarla.

Aurora gimió contra su boca, las caderas buscándola. —Bruna, por favor. Ya no puedo más. Un mes y medio. Quítamelo.

Bruna rió bajo, una risa que pareció vibrar en el aire. —La espera ha sido deliciosa, ¿no crees? Cada día te veías más encendida. La contención te ha vuelto más poderosa.

—Estoy lista —jadeó Aurora—. Estoy ardiendo. Libérame.

Bruna la observó un instante más, saboreando el poder que tenía sobre ella. Después desenganchó la llave del cordón con una lentitud casi cruel, la encajó en el candado y la giró. El clic resonó en el silencio como una campana. Cuando deslizó la jaula, la polla de Aurora saltó liberada de golpe, disparada hacia arriba, gruesa, palpitante, con el glande morado y la punta ya escurriéndole un hilo espeso de pre-semen. La liberación fue tan brusca que Aurora gritó, un sonido gutural que llenó la habitación, y la primera corrida le salió sin que nadie la tocara: un chorro violento que le salpicó el vientre, el pecho, la barbilla.

—Ahora —dijo Aurora, y la voz le había cambiado: ya no suplicaba, ordenaba—. Ahora siembra conmigo.

La tomó por las caderas y la atrajo hacia sí. Bruna se dejó desnudar a tirones, la falda por los tobillos, las tetas fuera del sujetador, y Aurora se le enterró entre los muslos con la boca abierta. Le lamió el coño de arriba abajo, ancha, glotona, chupándole los labios hinchados, hurgándole el clítoris con la punta de la lengua hasta hacerla temblar. Bruna se agarraba de la cabecera, jadeando, con las piernas abiertas de par en par sobre la cara de Aurora.

—Métemela, joder, métemela ya —le gimió—. Fóllame, mi diosa, fóllame como llevas un mes y medio queriendo.

Aurora la volteó boca abajo, le levantó el culo y le clavó la polla de una sola embestida. Bruna gritó contra la almohada. La segunda embestida la hizo gritar más fuerte. La tercera le arrancó un gemido tan hondo que sonó a rezo. Aurora la follaba con el peso de mes y medio de castidad acumulada, hundiéndose hasta los huevos, sacándola casi entera para volver a clavarla, mientras le apretaba las nalgas con las dos manos, se las abría, se las azotaba. El coño de Bruna chapoteaba, empapado, cada embestida sonaba obscena en el silencio de la habitación.

—Más fuerte —jadeaba Bruna—, más fuerte, no pares, ábreme entera.

Aurora la giró de nuevo, boca arriba, le puso las piernas sobre los hombros y volvió a entrar. Ahora podía verle la cara, los ojos vidriosos, la boca abierta, las tetas botándole con cada embestida. Se inclinó a chuparle un pezón mientras la seguía follando, mordiéndoselo, tirándole con los dientes. Bruna se corrió gritando, arqueándose, apretándole la polla por dentro con contracciones que a Aurora casi le arrancan la corrida.

Pero Aurora no se corrió aún. La sacó, la puso de rodillas, se le metió en la boca hasta el fondo. Bruna se dejó follar la garganta, ahogándose, con las lágrimas cayéndole por las mejillas y una sonrisa de puro éxtasis. Aurora le agarraba la cabeza con las dos manos y le embestía la boca al mismo ritmo que antes el coño. Después la levantó, la sentó sobre su verga y la cabalgaron a la vez, Bruna botando arriba y abajo, Aurora empujándola desde abajo, las dos gimiendo, besándose, mordiéndose los labios.

—Voy a correrme —gruñó Aurora—, voy a llenarte entera, voy a sembrarte hasta que rebosen mis semillas.

—Sí, dentro, dentro, córrete dentro, llename —gemía Bruna.

Cuando Aurora estalló, fue un mes y medio de corrida contenida saliendo de golpe. El semen le brotó a chorros, uno, dos, tres, cuatro, cinco espasmos violentos que llenaron a Bruna hasta rebosarle. Bruna se corrió otra vez sintiendo el calor divino dentro, temblando, apretándole la polla para no desperdiciar ni una gota. Se quedaron enganchadas, Bruna sentada sobre ella, sintiendo cómo la polla seguía palpitando dentro, soltando pequeños chorros residuales.

—Te quiero por esto —jadeó Aurora contra su oído—, por haberme contenido, por haberme enseñado esta otra forma de arder.

Cuando por fin cayeron, empapadas y temblando, con el semen escurriéndole a Bruna por los muslos y manchando las sábanas, ninguna de las dos sabía cuánto tiempo había pasado.

***

La onda que desató esa liberación no se quedó en el piso. Recorrió el Carmen como un maremoto. En un balcón cercano, una anciana que regaba los geranios se estremeció de pies a cabeza y soltó la manguera, riéndose sin saber por qué mientras se le corría el coño dentro de las medias; su marido, dormitando con el periódico, sintió de pronto la polla dura como no la tenía en veinte años, y se miraron con una complicidad que llevaban décadas sin sentir antes de meterse al dormitorio a follar como recién casados. En la panadería de la esquina, el chico que sacaba la bandeja del horno la dejó caer y se corrió dentro del pantalón, de rodillas, deshecho de placer, mientras la dueña, detrás del mostrador, se metía la mano bajo el delantal sin poder contenerse. En el gimnasio del sótano, las pesas golpearon el suelo mientras los cuerpos se convulsionaban en un éxtasis colectivo: un hombre se corría con la polla todavía dentro del pantalón corto, una mujer gemía apretándose contra la máquina de piernas, otra pareja de desconocidos se lanzaba uno sobre el otro y se arrancaba la ropa allí mismo, follando sobre las colchonetas. En las oficinas de la avenida, la productividad se detuvo en seco: nadie acertaba a explicar por qué, de repente, todos temblaban en sus sillas con los coños empapados y las pollas duras rozando la madera de los escritorios. El aire del barrio vibraba con algo que era más que deseo: era el pulso mismo de la ciudad follando consigo misma.

***

Unas horas después, el teléfono de Aurora sonó. Era una videollamada de sus madres. Las dos sonreían desde la pantalla, el aura divina brillando incluso a través del cristal.

—¡Aurora, mi niña! —exclamó Calíope—. Hemos sentido tu liberación. El universo entero ha vibrado contigo. Ha sido glorioso.

—Es hora de que veamos los frutos de tu siembra —añadió Selene, con orgullo—. Vamos a visitarte. Prepara el piso. Llegamos en un par de días.

Aurora se quedó sin palabras. —¿Aquí? ¿En Valencia? —La idea de sus dos madres en su modesto piso terrenal la descolocó por completo.

Calíope rió, una risa como mil campanas. —No te preocupes por nada. Queremos probar tus creaciones, conocer a los tuyos y, por supuesto, ver a Bruna. Hasta pronto, pequeña.

***

Los dos días siguientes Aurora los pasó preparando el piso con una dedicación casi ritual. Cuando por fin llegaron, Calíope y Selene entraron trayendo consigo una intensidad que hizo temblar las ventanas. Aurora, previniendo el caos, se había puesto su jaula de silicona, plana y discreta bajo los vaqueros, de modo que ni con una erección se notara nada.

—¡Mi Aurora! —Calíope la abrazó con una fuerza que la hizo estremecerse, y al rozarle la entrepierna su mano encontró una superficie firme y plana bajo la tela. Frunció el ceño, divertida—. ¿Y esto qué es, mi amor?

—Mi contención, madre —respondió Aurora, con una sonrisa pícara.

Calíope soltó una carcajada. —¡Tu contención! Cuando me hablabas de una «jaula», mi mente imaginaba otra cosa, no un candado mortal. Pero noto cómo te vibra la polla por dentro, pequeña tramposa. Es fascinante. Has crecido. Tu deseo se siente contenido, sí, pero más potente que nunca.

Bruna, algo intimidada por la desinhibición de las diosas, reunió el valor para explicarles el invento.

—Es un candado de castidad —dijo, con la voz temblándole un poco—. Una jaula discreta que contiene la polla sin restar poder; al revés, lo concentra. Si quisieran pasar más desapercibidas en este plano, o probar esa dulce tortura, podría serles útil.

Selene la miró con unos ojos grises que hicieron que a Bruna se le doblaran las rodillas y se le empapara la ropa interior de golpe. —Interesante, mortal. Muy interesante. Aurora, ¿es cierto que amplifica el placer?

—Cada corrida se vuelve más concentrada, madre —asintió Aurora—. Y la espera lo magnifica todo. Cuando finalmente me corro, es como si me vaciara el alma por la punta.

Calíope se humedeció los labios. —Mañana iremos a por uno. Queremos probar esa bendita tortura nosotras mismas.

Después su voz se hizo más ronca. —Pero nuestra naturaleza es desbordarse, Bruna. Fluir, crear, transformar. Y hay costumbres que nuestra hija y nosotras honramos donde quiera que vayamos.

Selene tendió la mano hacia Aurora y la atrajo.

—Ven, pequeña. Celebra con nosotras tu llegada a este mundo. Y tú, mortal, no te quedes ahí temblando. Ven.

No hubo pudor ni preámbulo: para las diosas, el deseo era tan natural como respirar. La ropa cayó al suelo en segundos. Calíope, con las tetas divinas al aire, se puso a Aurora sobre el regazo y le arrancó los vaqueros. La jaula de silicona saltó fuera y la polla de Aurora se desplegó dura al instante. Calíope se la metió en la boca sin ceremonia, tragándola entera, mientras Selene, detrás de Aurora, le lamía el cuello, le apretaba los pezones, le susurraba obscenidades en un idioma que no era del todo humano.

Bruna se arrodilló entre las tres, arrastrada por una marea que su moral mortal ya no era capaz de frenar. Selene la agarró del pelo y le acercó la cara a su coño divino.

—Chupa, mortal. Aprende a servir a una diosa.

Bruna se hundió allí con la boca abierta. El sabor era distinto, dulce y salado a la vez, con un calor que le quemaba la lengua. Chupó, lamió, hurgó, mientras Selene le apretaba la cabeza contra su sexo y gemía en su lengua antigua. Aurora, con la polla en la boca de Calíope, gemía viendo a Bruna comerle el coño a su otra madre.

Después las posiciones se rehicieron. Aurora tumbó a Bruna boca arriba y le clavó la polla, mientras Selene se sentaba sobre la cara de Bruna y le montaba la boca. Calíope, no queriendo quedarse atrás, se puso detrás de Aurora, se ensalivó los dedos y se los metió en el culo, dos, tres, follándola por detrás mientras Aurora follaba a Bruna. La escena era una cadena de placer: Selene cabalgaba la boca de Bruna, Aurora embestía el coño de Bruna, Calíope penetraba el culo de Aurora con los dedos y le tiraba del pelo. Los gemidos se solapaban, subían de tono, se mezclaban con las risas divinas.

Bruna fue colmada por las dos diosas y su hija a la vez y gritó dentro del coño de Selene, los ojos desorbitados, mientras Aurora la besaba y le bebía los gemidos entre embestidas. Se corrieron una y otra vez, sobre la cama, sobre el suelo, contra la pared. Aurora se corrió dentro de Bruna, después dentro de Calíope, después en la boca de Selene, que se tragó todo con una sonrisa. Bruna se corrió tantas veces que perdió la cuenta, con la cara empapada de flujos divinos y semen, el coño chorreando, el culo apretándose alrededor de dedos que no sabía de quién eran. Las diosas se acariciaban entre ellas también, se lamían, se penetraban con manos y lenguas y con juguetes que aparecían del aire, hasta que el placer se volvió un estado y no un instante.

Cuando la noche cayó por fin sobre el Carmen, las cuatro se desplomaron en la cama, enredadas en un abrazo de pura satisfacción, con las sábanas empapadas de sudor, semen y flujos divinos. Aurora se acurrucó entre sus madres y se durmió con una sonrisa, la polla todavía a media asta, sabiendo que aquello era solo el primer día. Bruna, exhausta y encantada, se dejó llevar por el sueño envuelta en un aura que ya no le daba miedo, con el semen de una diosa escurriéndosele todavía por dentro. Afuera, el barrio entero seguía vibrando, ajeno a que la verdadera siembra apenas comenzaba.

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Comentarios(9)

MiguelOsuna

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

NatBaires

Por favor continua la historia, quede con ganas de saber que pasa despues. El personaje de Bruna me intriga muchisimo.

Pasion_Sur

Me encanto la forma en que lo narraste, se siente muy autentico. Sigue escribiendo asi!

ClaudioNac

Esa imagen del barrio entero reaccionando... genial!! Me imagino la escena perfectamente.

Tomas_Rvj

corto pero intenso, justo como me gustan

LectorMDQ

Hace tiempo que no leia algo de esta categoria que me atrapara desde el primer parrafo. Muy buen trabajo, de verdad.

BetoNqn

Hay segunda parte??? espero que si

ValeriaMendez

Buenisimo!!! me recordo a una pelicula que vi hace años, tiene ese mismo ritmo cinematografico que no te suelta

Sergio_Cba

Un relato diferente al resto, con personalidad propia. Se agradece.

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