El elixir que compré para transformar a mi novia
La guerra entre Damián y yo nunca empezó con un grito. Empezó con el silencio. Un silencio espeso que se instalaba después de cada cena, en los pasillos del supermercado, dentro del coche. Era el silencio de todo lo que no nos decíamos, de los reproches guardados en cajas debajo de la cama de nuestras cabezas.
Renata era una mujer de principios, y los usaba como arma. Llevaba siempre el pelo recogido en un nudo práctico, ropa de colores apagados, una belleza que parecía esconder a propósito. No era fea. Se esforzaba en no ser bonita, como si serlo fuera traicionar algo importante.
—El sexo no debería ser una actuación, Damián —me dijo una noche, después de que yo me girara en la cama, harto—. Debería ser una conexión profunda.
Lo que quería decir era que el sexo, para ella, era un trámite mensual con las luces apagadas, en la misma posición de siempre, que terminaba con un «¿estuvo bien para ti?» que me helaba la sangre. El sexo oral era una leyenda. El sexo anal, una ciudad amurallada que defendía con argumentos sobre higiene, dignidad y la firme convicción de que era degradante.
La explosión llegó un martes. Mientras yo me duchaba, ella cogió mi teléfono. No sé qué buscaba, quizás un mensaje de otra. Encontró algo que para ella fue peor: una carpeta oculta llamada «Inspiración».
Eran mujeres que no existen. Cuerpos imposibles, cinturas diminutas, labios inflados, ropa que no escondía nada y solo enmarcaba. Poses de pura disponibilidad. Mujeres que parecían incapaces de tener una opinión y miraban a la cámara con la promesa de obedecer.
Cuando salí del baño, Renata me esperaba en el salón con el teléfono en la mano como si fuera un arma cargada.
—¿Esto es lo que te excita? —susurró, con un asco venenoso—. ¿Una muñeca de plástico? ¿Un agujero que no habla, que no piensa, que solo abre las piernas?
No hubo discusión. Fue un juicio. Me acusó de querer borrarla, de odiarla, de ser un misógino superficial. Y yo, sin excusas, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No era una pelea más. Era la sentencia de muerte de cualquier deseo que quedara entre nosotros.
***
Esa noche me encerré con el portátil. No buscaba porno. Buscaba un milagro. Y en el fondo de un foro que olía a soledad encontré un nombre escrito como un susurro: Madame Poupée.
Hice clic. La pantalla se tiñó de un rosa profundo, como un moretón. Ni menús, ni precios. Solo una dirección: Le Boudoir.
Le Boudoir no figuraba en ningún mapa. Caminé por una calle de adoquines húmedos hasta que un portero de traje negro y rostro borroso me abrió una puerta pesada de terciopelo granate. El aire que me golpeó no era aire: olía a cuero caro, a jazmín frío y a algo metálico, como el miedo.
Y entonces la vi a ella. No caminaba, se deslizaba. Llevaba un vestido de látex del color de una herida fresca, tan ajustado que parecía pintado sobre la piel. Caderas amplias, cintura imposible, un bob platino con un mechón asimétrico que le tapaba un ojo. Pero fueron sus ojos los que me desarmaron: no me miraban, me desmontaban pieza por pieza, calculando mi precio y mi fragilidad.
Se sentó frente a mí y cruzó las piernas despacio. El roce del látex sonó como un susurro eléctrico.
—Damián —dijo. No era una pregunta—. Has venido a comprar un silencio.
—Quiero… cambiar a mi novia —balbuceé, sintiéndome ridículo.
—La gente no cambia, pequeño —su voz era una gota de veneno dulce—. Solo se revela. Tú no quieres cambiarla. Quieres borrarla. Pulir su superficie hasta que solo refleje tu deseo, por patético que sea —sus ojos bajaron hasta mi entrepierna—. Una boca que se niega a abrirse. Un culo cerrado. Qué frustrante.
De un bolso de satén sacó un frasco diminuto. Dentro, un líquido espeso de un rosa violeta casi negro, que brillaba con luz propia.
—Tres gotas al día, durante tres días —ordenó, y la seducción de su voz se volvió acero—. El primer día romperá sus barreras. El segundo esculpirá su forma. El tercero la consagrará. La precisión lo es todo.
Extendí la mano, temblando.
—Un consejo —añadió, con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Ten cuidado con lo que deseas. A veces el deseo te mira de vuelta y decide que le gustarías más como su espejo.
***
A la mañana siguiente el apartamento seguía helado. Renata se movía por la cocina como un fantasma, castigándome con su silencio. Me acerqué con una sonrisa falsa de preocupación.
—Reni, cariño… has estado agotada últimamente. Te compré unas vitaminas. Son naturales, te harán bien.
Quería decir que no. Pero estaba demasiado cansada para pelear. Con un suspiro de rendición extendió la mano. Vertí tres gotas en su zumo de naranja. El líquido rosa se arremolinó y desapareció. Lo bebió sin darme las gracias, como una medicina amarga.
Ese día, en la oficina, empezó a sentirse rara. A media mañana un calor le subía desde el bajo vientre, una fiebre que le licuaba los pensamientos. Los números nadaban en la pantalla. Cada vez que se movía en la silla, la tela del pantalón le rozaba el clítoris de una forma nueva, inquietante, imposible de ignorar.
Se cruzó en el pasillo con Hugo, un compañero al que siempre había visto como un tipo inofensivo. Pero ese día se fijó en la línea de su mandíbula, en el vello de sus antebrazos, y su colonia la golpeó como una ola. Notó un tirón húmedo entre las piernas y se apoyó en la pared para no caer.
Se encerró en el baño. En el espejo, su cara estaba encendida, las pupilas dilatadas, los labios más llenos. No soy yo, pensó. Tengo fiebre. Es eso. Pero sabía que mentía.
***
Esa noche, la cena fue una tortura. Renata se había puesto la ropa más holgada que tenía e intentaba hablar del tráfico, del clima, de cualquier cosa. Cada palabra que yo decía parecía vibrarle en la piel. Apretaba los muslos bajo la mesa para no gemir.
—¿Reni? ¿Estás bien? —pregunté—. Estás un poco ausente.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
—¡No, Damián, no estoy bien! —se le quebró la voz, mezcla de rabia, pánico y deseo—. Siento calor. Me quemo. Y no puedo dejar de pensar en… en…
Las palabras se le atascaron. Se levantó de un salto y se arrodilló frente a mí. Sus manos temblaban mientras me desabrochaban el cinturón.
—Por favor —suplicó, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. No sé qué me pasa. Pero necesito hacértelo. Necesito saber a qué sabes. Por favor.
La miré desde arriba. No dije nada. Solo asentí.
Y ella, con un gemido de alivio, se abalanzó. Lo que la mujer que me había negado todo durante años hizo esa noche con la boca borró años de frustración en minutos. Cuando terminé, me recosté en la silla con la respiración rota. Renata se limpió con el dorso de la mano y luego se lamió los dedos, uno a uno, no con asco, sino con hambre.
Levantó la vista. Sus ojos ya no eran los de una mujer arrepentida. Eran los de un animal que acaba de probar sangre y descubre que es su único alimento.
—Más —susurró—. Eso fue solo el aperitivo.
Se arrancó la camiseta. Se deshizo del pantalón hasta quedar en unas bragas de algodón ya empapadas.
—Quiero que me folles como a una de ellas —dijo, acercándose—. Como una de las muñecas de tu teléfono. Sin pensar. Úsame.
La tumbé boca abajo en la alfombra del salón, la agarré de las caderas y la penetré de una sola embestida. El grito que soltó fue de dolor y placer a la vez. La follé con la furia acumulada de meses de rechazo y silencios.
—¡Más duro! —gritaba, empujando hacia atrás—. ¡Soy tuya!
Y entonces se detuvo. Me miró por encima del hombro, los ojos vidriosos.
—Damián… hay una cosa más. Algo que nunca le di a nadie.
Bajó la frente hasta tocar el suelo, en sumisión total.
—Mi culo es virgen. Siempre dije que era asqueroso, degradante… —una lágrima de vergüenza y deseo le rodó por la mejilla—. Pero ahora lo entiendo. Es lo último que me queda por darte. Rómpeme entera. Por favor.
El universo se me detuvo. La mujer que había levantado una fortaleza ideológica contra esto me rogaba ahora que la reclamara en su último refugio. Me arrodillé detrás de ella. Escupí, lubriqué y presioné despacio. Renata gritó, una mezcla de dolor agudo y un éxtasis que la liberaba.
—¿Eres mía? —pregunté, ya completamente dentro.
—Soy tuya —sollozó—. Totalmente tuya.
Cuando me corrí, ella ya no decía palabras, solo sonidos primarios. Después se acurrucó a mi lado y me lamió el pecho como un animalito, susurrando «gracias» una y otra vez. El viejo Damián se habría sentido culpable. El nuevo se sintió un dios.
***
El segundo día Renata ya no era una sustitución, era una obra en marcha. Y estaba feliz de avanzar.
—¿Y si hiciéramos algunos cambios? —le propuse en el desayuno—. Para que te parezcas más a ellas. Si eso es lo que me gusta… ¿lo harías por mí?
Sus ojos se llenaron de un fervor casi religioso.
—¿De verdad crees que estaría guapa? ¡Sí, Damián, sí! Lo que sea para gustarte más.
La llevé a un estudio de transformación que olía a químico y a promesas. «Platino, blanco como el plástico», le dije a la estilista, una mujer andrógina con la cabeza rapada. Mientras el decolorante convertía su castaño en un amarillo ácido y luego en blanco brillante, una manicura le montaba unas uñas de stiletto larguísimas, de un rosa bebé casi obsceno.
Renata se las miraba, fascinada.
—Están súper largas —dijo, con voz de niña. Luego una idea le iluminó la cara. Por debajo de la mesa, pasó la punta afilada de una uña por toda la longitud de mi erección, sobre el pantalón—. Con estas uñas, las mamadas van a ser mucho mejores.
La estilista propuso un toque final: piercings en los pezones. Renata me buscó con la mirada y yo asentí. Hubo un destello de aguja, un gemido ahogado, y cuando miró los dos aros de titanio en sus pezones sonrió con pura satisfacción. Eran marcas. Eran mías.
Después vino la lencería. La antes tímida Renata salía del probador sin pudor a enseñarme cada conjunto.
—¿Y este? ¿Te dan ganas de follarme solo de verlo? —se giraba frente al espejo, arqueando la espalda.
En la zapatería le trajeron unos tacones de aguja altísimos. Al ponerse de pie casi se cae, y en vez de quitárselos se aferró a mí, riéndose.
—No puedo caminar. ¡Enséñame! Enséñame a caminar para ti.
Y allí, en mitad de la tienda, la fui guiando paso a paso, como a un cachorro. Ella me seguía tropezando, pero con una devoción absoluta, los ojos fijos en mí como si yo fuera el único faro en la tormenta.
Esa noche el sexo fue salvaje. La empujé contra la puerta nada más entrar, le subí la falda de satén y la tomé de pie. Después, en el suelo del salón rodeados de bolsas, ella me cabalgó frenética, las uñas arañándome el pecho, los aros nuevos brillando. Le tiré suavemente de los piercings y gritó de placer.
—¡Dime cómo follarte! ¡Soy tuya!
Cuando acabamos, no se movió. Se quedó pegada a mi costado, susurrando «gracias». Más tarde, mientras dormía, saqué el frasco del cajón y lo miré a la luz de la luna. Mañana era el tercer día. La consagración. Y una idea oscura y perfecta empezó a germinar en mi cabeza.
***
El tercer día me despertó una sensación cálida y húmeda entre las piernas. Bajo las sábanas, el pelo platino de Renata se movía con ritmo devoto.
—Buenos días, papi —susurró, levantando la cabeza, los labios brillantes—. Preparé el café.
Esto era la vida que había soñado: silencio, entrega y sexo a la carta. Mientras yo me duchaba, ella se maquilló con la concentración de una artista: delineado enorme, sombras de neón, labios rojos a punto de estallar. Se puso un body de encaje y unos tacones, aunque no pensara salir.
—¿Te gusto, papi? —preguntó, girando despacio en el centro del cuarto.
—Perfecta —dije, embriagado de poder—. Ahora necesito que limpies el apartamento. Entero.
—Sí, papi.
—No tan rápido. —Abrí la mesilla y saqué una caja de terciopelo con un plug anal de cristal rosa, rematado por una piedra brillante—. Te pondrás esto mientras trabajas. Para que recuerdes a quién perteneces.
Obedeció sin dudar, apoyando las manos en la cama. Lo lubriqué y se lo introduje despacio. Ella gimió, sorprendida.
—Se siente raro… pero bueno.
Y así pasó la mañana: una muñeca de encaje y tacones fregando el suelo, limpiando ventanas, mientras cada movimiento le mandaba una oleada desde el plug. Humillante y excitante a la vez, y amaba cada segundo.
Yo la miraba desde el sofá con un whisky en la mano. Cuando terminó, se acercó a traerme otra copa.
—Lo hice todo, papi. ¿Estás contento?
Me bebí la copa de un trago. Solo entonces noté el ligero tono rosa violeta del líquido.
—¿Qué le pusiste a esto? —pregunté, con una calma que no sentía.
—¡Vitaminas! —dijo orgullosa, señalando el frasco casi vacío—. ¡Le puse casi toda la botella, para que tuvieras súper energía y me follaras durísimo! ¿Soy una novia lista?
Y el mundo se me detuvo.
El éxtasis se evaporó y lo reemplazó un hielo instantáneo, un terror tan puro que me paralizó. Media botella. No, no, no. El néctar. Madame Poupée. Su advertencia: «Te gustaría más como su espejo». El espejo. Yo soy el espejo.
Sentí el primer tirón. No en el cuerpo, primero en el alma, como si me arrancaran todo lo que era. No. Yo soy el amo. Yo la hice. Yo no puedo ser una de ellas.
Luego el tirón se hizo físico. Un dolor brutal me subió hacia el estómago, un calor que me licuaba los huesos. Miré hacia abajo, horrorizado, mientras mi sexo —mi orgullo, mi herramienta de dominio— se retraía y se absorbía en una contracción húmeda, desapareciendo en una hendidura que se abría, ansiosa. Un calor opresivo me explotó en el pecho: dos senos pesados crecían con cada latido. Las caderas se me ensancharon con un crujido sordo. La piel se me ablandó.
El pánico se volvió rosa. El terror se volvió suave. El horror se volvió excitante. Mis pensamientos se fragmentaron. Yo soy… no, soy… me gusta… sí, me gusta… no pensar… solo sentir… Mi último pensamiento como Damián fue un «no» desesperado. El primero como Damiana fue un suspiro de aceptación: «sí».
***
Me desplomé de rodillas en el suelo. Renata se giró, sintiendo el cambio, la ausencia de lo que la llenaba. Sus ojos vacíos pero instintivos recorrieron mi nueva anatomía. No hubo sorpresa. Solo curiosidad y un deseo todavía mayor.
—Oooh —dijo, como ante los fuegos artificiales más bonitos del mundo—. Tienes como yo. ¡Qué lindo! ¡Tienes tetas!
Me tumbó en la alfombra. Nuestras bocas se encontraron, y ya no era el beso de un hombre y una mujer. Era el beso de dos muñecas. Renata, la veterana, tomó la iniciativa. Su boca bajó por mi cuello, por mis pechos nuevos, mordisqueando los pezones ya duros.
—¿Sientes eso, hermanita? —susurró—. Así es, rico. Tus tetas están duritas.
Sus dedos encontraron mi sexo nuevo, húmedo y tembloroso, y me penetraron. Esta vez grité de un éxtasis que no tenía nombre.
—Sí… más… no pares —gemí, con la voz ya transformada, aguda y quebradiza.
Se deslizó entre mis piernas y su lengua lamió la hendidura nueva. El mundo me explotó en mil colores. Nos acomodamos enredadas, dos cuerpos idénticos, dos mentes vaciadas, entregadas por completo al placer mutuo, entre gemidos ahogados y el trabajo húmedo de dos lenguas sin descanso.
—Eres mucho más guapa que yo —dijo Renata, y el cumplido me hizo estremecer en otro orgasmo—. Eres mi hermanita favorita. Ser muñeca es bueno. Y las chicas buenas hacen más chicas buenas.
El orgasmo final nos golpeó a la vez, un grito unificado, y colapsamos en un montón de piel y sudor.
***
A la mañana siguiente el sol entraba por la ventana. En la cama, dos cuerpos perfectos despertaron.
Renata sonrió. Era una muñeca perfecta. Yo era algo más. El néctar, en dosis tan concentradas, no me había transformado: me había perfeccionado. Labios aún más grandes, pecho aún más imposible, pelo más largo, y unos ojos con un vacío todavía más profundo.
—¿Quién… quién soy? —pregunté, con un susurro de muñeca.
—Eres Damiana. Mi hermana. Mi mejor amiga —dijo Renata, con una autoridad que ni sabía que tenía.
Sonreí. El nombre sonaba bien. Sonaba simple. Sonaba tonto.
Nos vestimos con lencería y tacones, listas para otro día de obediencia y espera. Y entonces sonó el timbre. Nos levantamos de un salto, en perfecta sincronía, los tacones marcando un ritmo sobre el parqué.
En el umbral había un repartidor de mediana edad que se quedó congelado al vernos, incapaz de procesar lo que tenía delante.
—Holi —dijo Renata, con su voz de muñeca—. Venimos a buscar nuestro paquetito.
Yo miré la caja de cartón, fascinada, y la toqué con la punta de una uña, como si esperara que se iluminara.
—¿Es para mí? ¿Es brillante? —pregunté—. Reni… ¿me explicas qué es un… pa-que-te?
Renata se rio, una risita cristalina, y me acarició el pelo con la paciencia de una hermana mayor.
—No te preocupes, tonta. No hace falta que lo entiendas. Solo abre la boca.
Y las dos nos acercamos al hombre, dos obras de arte perfectas, una experta y la otra trágicamente nueva, listas para recibir nuestra entrega. El ciclo, como siempre, continuaba.