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Relatos Ardientes

Las diosas que desataron el barrio entero

La mañana llegó al barrio del Carmen envuelta en una niebla que no olía a humedad, sino a la noche larga que la había precedido. En la cama de Vera, los cuerpos seguían enredados, brillantes por un sudor ya seco. Vera, sus dos madres y Renata habían dormido como un solo animal saciado, y al despertar ninguna tenía prisa por separarse.

—Buenos días, mis amores —murmuró Drina, estirándose.

Era la mayor de las dos diosas, la que los suyos llamaban la de Obsidiana. Su cuerpo guardaba a la vez una vulva húmeda y un sexo erecto, largo y pesado, que se frotó sin pudor contra el muslo de Nix mientras se incorporaba. La otra diosa, más esbelta y de mirada nocturna, le respondió con una risa baja.

—Siento curiosidad por este plano —siguió Drina—. Y por esos candados que nos recomendó Renata. Mis paños ya no dan abasto.

Renata se había despertado del todo con esa frase. Hasta hacía dos noches era una escritora discreta, autora de novelas que casi nadie leía. Ahora compartía cama con tres divinidades de cuerpo doble y entendía, con una mezcla de vértigo y deseo, que ya no había vuelta atrás.

Vera se levantó la primera. Su propio sexo, normalmente guardado en una jaula de silicona, pulsaba libre esa mañana.

—Os preparo el desayuno —dijo—. Algo de mi cosecha. Para que sintáis de verdad este lugar.

En la cocina diminuta del piso, Vera se movió como una alquimista. Café, huevos, tostadas. Pero los ingredientes que de verdad le importaban no estaban en la despensa: de la nevera sacó frascos cuidadosamente etiquetados con sus propios néctares. Una cucharada en el café de Drina, unas gotas en los huevos de Renata. La naturalidad con que las diosas tomaban aquello, sin un gesto de extrañeza, terminó de disolver el último pudor de la mortal.

—Vibrante —suspiró Nix, lamiéndose los labios—. Como un amanecer en la lengua.

Renata probó, y un calor le subió desde el vientre hasta las mejillas. Su sexo respondió antes que su cabeza.

***

La ducha del piso, pensada para una sola persona, no daba para tanto. Drina, con su miembro chocando contra los azulejos, gruñó de frustración y de placer contenido a partes iguales.

—Este sitio es estrecho, Nix. Apenas puedo girarme.

—Tienes razón —concedió la diosa nocturna, intentando alcanzar el jabón sin golpear a nadie—. Vera, hija, deberías mudarte a un lugar digno. Algo donde nuestra esencia pueda fluir. Nosotras nos encargamos.

Aun apretadas, las manos no se detenían. Nix se inclinó a lamer una gota de néctar que resbalaba por el muslo de Drina; Drina, sin dejar de reír, acarició entre las piernas de su consorte hasta hacerla arquearse bajo el chorro caliente. Renata, al principio una observadora atónita, se vio arrastrada cuando los dedos de Nix le trazaron una línea ardiente por la espalda. Para cuando Drina le rozó el clítoris con una suavidad experta, la vergüenza ya se le había escurrido por el desagüe junto con el agua.

Ya secas, Vera volvió a colocarse la jaula con un gesto de costumbre. Sus madres se ajustaron paños más gruesos, y sobre la ropa de calle —pantalones holgados, blusas sueltas— el bulto de sus sexos seguía siendo imposible de disimular del todo. Fue Renata quien, arrodillándose con un rubor en la cara pero la voz firme, les ató la base con cintas elásticas para contenerlas hasta conseguir candados propios.

—Así se nota menos —explicó—. Y estaréis más cómodas en la calle.

Las diosas la miraron con un respeto nuevo. Salieron al barrio, y a su paso la gente se rozaba un poco más de lo necesario, las risas se volvían más sonoras, un calor sin causa aparente subía por las nucas de los desconocidos.

***

El Edén Secreto era una tienda discreta de fachada oscura y un neón que parpadeaba. Dentro, un laberinto de luces tenues, estanterías de juguetes, lencería y aceites, y un olor dulzón que flotaba en el aire. Tras el mostrador, un dependiente joven, lleno de tatuajes, levantó la vista y abrió mucho los ojos al reconocer a Vera.

—¡Vera! Cuánto tiempo —tartamudeó, mientras bajo el delantal su propio sexo reaccionaba con un sobresalto doloroso. Había sido de los primeros en sentir lo que en el barrio empezaban a llamar «el milagro».

Drina y Nix no esperaron presentaciones. Sus ojos recorrieron la tienda como quien entra en un arsenal. Drina cogió un consolador grueso, lo sopesó y, sin un instante de duda, se desabrochó el pantalón. Las cintas cedieron y su sexo se liberó, vibrando con vida propia.

—Un tamaño decente —dijo, pensativa, y se lo llevó entre las piernas, lubricándolo con su propio néctar antes de introducírselo con un suspiro—. Mmm. Delicioso.

El dependiente la miró probar el producto con una naturalidad que desafiaba toda comprensión. Nix, mientras tanto, ya había encendido un vibrador y se lo apoyaba en el clítoris, gimiendo.

—Este es fascinante. Siento cómo se me contrae el alma.

Renata notó la oleada de calor subirle desde los pies. La desinhibición de las diosas era magnética, y su cuerpo respondía con una urgencia que no sabía gobernar. La tienda, que un minuto antes era un lugar de transacciones, empezó a transformarse. Los pocos clientes, al principio paralizados, fueron arrastrados por la corriente. Los murmullos se volvieron jadeos; las miradas, manos.

Drina se acercó a un hombre que examinaba un arnés. Su sexo, goteando, le rozó el muslo. El hombre soltó el arnés. Sin una palabra, ella se arrodilló, lo tomó en la boca hasta ponerlo duro y luego lo guió dentro de sí. Con la otra mano alcanzó a un segundo cliente que ya se tocaba con desesperación. Nix, al otro lado del pasillo, había hecho ceder las rodillas de una mujer que ojeaba lencería y la besaba entre las piernas con una devoción tranquila.

Renata, sin rastro ya de su antigua contención, eligió a un hombre que gemía apoyado en la estantería de los lubricantes. Le deslizó la mano por el vientre, le abrió el pantalón y se lo llevó a la boca con un fervor que habría escandalizado a su yo de la semana anterior. Una mujer la observaba desde el fondo con una sonrisa pícara; Renata le tendió la mano, y la desconocida acudió a acariciarla con una pericia que la hizo jadear.

El dependiente intentó protestar, pero su voz se ahogó en un gemido. Drina le lanzó una mirada cargada de tal deseo que él se corrió allí mismo, manchando el delantal, y Nix, sin dudar, fue a limpiarlo con la lengua.

***

Fue entonces cuando Renata sintió la necesidad de unirse del todo. Llevó la pequeña llave que colgaba de su cuello al candado de Vera. El clic resonó como un permiso íntimo. La jaula cedió, el sexo de Vera saltó libre, y Renata se arrodilló a tomarlo con una avidez que solo el deseo largamente reprimido sabe generar.

Las cuatro se entrelazaron en un solo cuerpo. Nix y Drina la penetraban por detrás con un ritmo antiguo; Vera la llenaba la boca. Renata se corrió con un grito prolongado, convulsionando, mientras las dos diosas se vertían a la vez sobre su espalda y Vera sobre su rostro. Quedó bañada, temblando, con una sonrisa que no se parecía a ninguna de antes.

Después, con la tienda convertida en testimonio pegajoso de lo ocurrido, eligieron sus artefactos. Drina señaló un par de candados de silicona negra, más amplios que el de Vera, pensados para sus proporciones.

—Para nuestra medida —dijo con la voz ronca—. Y unos cuantos de esos vibradores. Para la bendita tortura de la espera.

El dependiente, en un estado de devoción permanente, les ajustó los candados con dedos temblorosos pero cuidadosos. La silicona se adaptó a la forma de cada sexo divino, conteniéndolo con una presión exquisita sin cortar el flujo. Drina suspiró al sentir su miembro colosal por fin disimulado bajo el pantalón, apenas una sombra húmeda en la tela como único rastro.

Cuando el hombre entregó las llaves, Renata, con un brillo nuevo de autoridad en los ojos, no se las quedó.

—Madres, estas llaves no son para mí —dijo, y tendió a Nix la del candado de Drina, y a Drina la del de Nix—. Cada una es dueña de la otra. Vuestro placer queda entrelazado: la espera, la contención, la liberación que solo la otra puede conceder.

Las diosas asintieron, los ojos encendidos. El juego de poder de la contención se les manifestó de pronto en toda su crudeza, y les gustó.

***

El regreso al piso fue silencioso, no por falta de deseo, sino por una comprensión nueva. Acostumbradas a una liberación constante en su plano, Drina y Nix empezaban a saborear la exquisitez de la restricción: el aguijón dulce de la espera que volvería cada explosión más gloriosa. Renata, por su parte, ya no era la cronista tímida que había sido. La jornada en el Edén Secreto la había transformado de un modo irreversible; sus límites de antes se habían vuelto un horizonte abierto.

Pocas horas bastaron a los seguidores de las diosas para conseguir un piso señorial, de techos altos y un salón inmenso, en pleno centro de la ciudad. Drina decretó una fiesta de inauguración.

—Este templo debe consagrarse de inmediato —resonó su voz—. El éxtasis que generemos aquí será una onda que bañará la ciudad entera. Y nadie mejor que Vera para el banquete.

Vera convirtió la cocina nueva en su laboratorio. Pasteles, bocados, bebidas frescas; y, con la punta de un dedo, una gota aquí y allá de las esencias que tanto la fascinaban, las divinas y también las que sus fieles recogían por las calles de amantes anónimos. La potencia de las diosas como catalizador, la riqueza humana como matiz. Cada bocado sería una dosis de deseo.

Al caer la noche, cientos de cuerpos llenaron el salón. La música, grave y rítmica, hacía vibrar los cristales. El aire se volvió un perfume espeso de sudor y feromonas, una niebla casi tangible. Parejas que habían llegado juntas se disolvían en tríos improvisados; desconocidos se enredaban en los sofás, en el suelo pulido, contra las paredes. La ropa se volvió opcional. La vergüenza se había esfumado, sustituida por una euforia compartida que borraba jerarquías e inhibiciones.

Renata se zambulló de lleno. Bailó, primero provocativa, luego entregada a roces cada vez más explícitos con hombres y mujeres por igual. Sus manos, que antes solo sostenían la pluma, exploraban ahora curvas ajenas; sus labios, que antes recitaban frases, probaban el sabor de bocas múltiples. Se dejó pasar de un abrazo a otro hasta encontrarse en el centro de un pequeño grupo, manos por todas partes, su propio sexo palpitando sin descanso. La línea entre observar y participar se había borrado: ya no registraba la escena, era la escena.

Y en los momentos en que Vera, arrastrada por el frenesí, alcanzaba un orgasmo sísmico, la fiesta entera se detenía sacudida por un espasmo colectivo. Cada cuerpo, sin importar su postura, se contraía en un éxtasis compartido, un grito al unísono que se expandía mucho más allá de los muros del piso, bañando las calles del centro con una marea de placer.

Cuando la madrugada trajo por fin algo de quietud, las cuatro cayeron exhaustas en la cama, enredadas en un abrazo de satisfacción profunda. Vera se acurrucó contra Drina y se durmió tomando su sexo en la boca, absorbiendo su esencia; Nix la penetró con suavidad por detrás antes de hundirse en el mismo sueño. Renata se quedó a un costado, bañada en los fluidos de las tres, temblando aún por los últimos espasmos, con una sonrisa de plenitud en los labios.

Así terminó el primer día de la visita de las madres, una promesa apenas de la gloriosa siembra de deseo que estaba por venir en la ciudad.

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Comentarios (5)

Mili_lectora

Que buenisimo!! me dejo con la boca abierta desde la primera linea

karinaLP

Por favor continua, quede con muchas ganas de saber que pasa despues con Renata

Roxita_baires

Me encanto, se siente muy real. Sigue escribiendo asi!

duq

Excelente!!!

TobiasBaires

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo, me revolvio todo jajaja. Muy buen relato

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