Las dos trans del bar entraron en mi habitación
Llegué una tarde a una ciudad del sur, después de más de veinte años desde la última vez que había puesto un pie en ella. La encontré casi igual a como la recordaba: los mismos sonidos roncos del tránsito, el mismo olor a tierra húmeda y a panadería vieja. Me gustaba estar ahí, en ese lugar que era mío y a la vez ya no me pertenecía.
Caminé varias horas por el centro, entré y salí de un par de galerías, me tomé dos cervezas en un bar con sillas de plástico. La tarde empezó a irse despacio, como se va todo en las ciudades chicas. Tengo que buscar un hotel, me dije, y empecé a caminar sin rumbo claro.
No sé bien por qué terminé enfilando hacia la vieja estación, esa zona donde se asienta el barrio rojo y donde la noche tiene otras reglas. Todavía no había oscurecido del todo. Encontré un hotel viejo, de paredes de ladrillo desgastado y un cartel tan pequeño que casi paso de largo. Entré igual.
Una mujer mayor me recibió sin levantar mucho la vista. Le pedí una habitación individual, le di mis datos, me cobró por adelantado y me acompañó hasta la 214. Abrió la puerta, me entregó la llave con un gesto cansado y se retiró sin decir mucho más.
La habitación me pareció enorme para una sola persona. Una cama de dos plazas, un radiador encendido que zumbaba bajito y un baño con bañera que parecía un lujo absurdo en un lugar así, pero que me encantó apenas lo vi.
Descansé unos minutos tirado sobre la colcha y después salí a buscar dónde comer algo. Lo encontré muy cerca: ya era de noche y la vida nocturna del barrio había empezado a desperezarse en las esquinas. El pub me esperaba justo en la ochava. Entré. Solo dos mesas estaban ocupadas.
Pedí una cerveza grande y una porción de napolitana. Revisé el celular por costumbre, sin nada que mirar en realidad, y entonces sentí que alguien me observaba. Levanté la vista despacio y me encontré con una mirada clavada en la mía. Una sonrisa apenas torcida, casi perversa, que me obligó a desviar los ojos.
Era una chica trans, morocha, alta, de calzas negras y botas largas, con una campera de jean celeste. La acompañaba otra, más baja, de pelo castaño y cara linda, con una minifalda engomada negra, bucaneras rojas y un tapado largo del mismo color encendido.
Durante casi dos horas las escuché reírse, las vi mirarme de reojo, comentarse cosas entre ellas en voz baja. No me resultaban amenazantes, al contrario: me parecían simpáticas, dueñas de un mundo que yo no entendía y que esa noche me daba una curiosidad tonta. La morocha cruzaba y descruzaba las piernas largas, y cada tanto me sostenía la mirada un segundo de más, como esperando que yo hiciera algo que no hice. Antes de irme, les invité una ronda. Les dije «chau, chicas», pagué, compré un pack de cervezas para el camino y salí rumbo al hotel con una sonrisa idiota, sin imaginar nada de lo que venía.
Llegué a mi habitación, me saqué la ropa y me metí en la ducha. Me bañé rápido, me sequé apenas y me metí en la cama. Dejé un poco de merca en la mesa de luz, para más tarde quizás, y apagué la luz del velador. El radiador seguía zumbando y la pieza estaba tibia. El sueño me alcanzó en muy poco tiempo. La cerveza y la caminata de todo el día me habían dejado pesado, sin ganas siquiera de cerrar bien la puerta con llave. Ese fue mi error, aunque entonces no lo sabía.
***
Desperté sintiendo una respiración agitada en la nuca. Pensé que era un sueño. No lo era. Era demasiado real.
La morocha del pub estaba sentada en mi cama, en ropa interior, tomando con calma de la bolsita que yo había dejado en la mesa de luz. La otra, la bajita, estaba acostada detrás de mí, pegada a mi espalda, apoyando su miembro contra mi cola por encima del calzoncillo.
Quise reaccionar, incorporarme, gritar algo. Estaba sorprendido y furioso a la vez. Pero la morocha, sin perder la calma, me apoyó algo frío y duro en la nuca.
—Te regalaste y perdiste, bebé —me dijo en voz baja.
Sentí el caño de una pistola acariciándome detrás de la oreja. La otra, mientras tanto, jugaba con la entrada de mi cuerpo todavía por sobre la tela. La morocha pasó la hoja fría de una navaja por mi ombligo, despacio, como quien dibuja, mientras su sexo enorme asomaba por el costado de su bombacha roja.
Intenté ser amable. Les pedí, casi en un susurro, que por favor no lo hicieran. Lo único que conseguí fue que la morocha —Brenda, la escuché nombrarse después— me apretara la cara con una mano y me escupiera en la boca, insultándome con una sonrisa.
Noté que la chiquita —Lorena— me bajaba el calzoncillo y filmaba con su celular cómo la punta de su sexo me rozaba la entrada. Cuando se había apoyado antes, ya había sentido que era gruesa. No le adivinaba el largo, pero sí la carne tibia y sin nada que la cubriera.
Brenda la tenía enorme, demasiado gruesa para ser tan larga. Ya la había dejado salir entera por un costado de la bombacha, oscura, brillante de su propia humedad. Había acomodado el celular sobre la mesa de luz para captar cada detalle. A esa altura, yo estaba paralizado por el miedo.
—Te vamos a llenar de leche —dijo Lorena desde atrás.
—Te vamos a coger toda la noche —agregó Brenda—. Jamás te vas a olvidar de este día.
—Y mañana te terminamos de romper —remató la otra, riéndose.
Mientras me lo decía, Brenda volvía a escupirme, a insultarme, y acercaba su sexo a mi boca. Lorena, atrás, ya metía un poco más que la punta, entrando y saliendo de mí casi con suavidad, como midiéndome. El miembro de Brenda mojaba mis labios con su líquido, y entró en mi boca sin la menor delicadeza. Su cabeza tocó el fondo de mi garganta y se quedó ahí un segundo, dejándome sin aire.
Después empezó a bombear, rápido y profundo. Ella de pie al costado de la cama, yo acostado de lado, obligado a chupársela. Cada tanto se agachaba para acercar su boca a la mía y escupirme dentro otra vez.
Cuando mi mente todavía trataba de acomodarse a esa humillación, Lorena me la metió de golpe, hasta el fondo. Sentí que me llegaba hasta la columna. Dolía. Ardía. Cada estocada parecía buscar un punto más adentro. Se movía más rápido, me apretaba las nalgas con las dos manos, y mientras más fuerza ponía, más me dolía. Jadeaba sobre mi nuca, me mordía el cuello, y no soltaba el celular ni un instante.
Las dos me cogían duro, sin tregua, turnándose el ritmo.
—No desperdicies ni una gota —me dijo Lorena al oído.
Y entonces sentí cómo me llenaba por dentro, una cantidad tibia que parecía no terminar. Cuando intenté quejarme, la descarga de Brenda se atoró en mi garganta y me inundó la boca. No sacó su sexo: me obligó a tragar hasta lo último, con la mano todavía cerrada sobre mi mandíbula.
***
Después de un rato, entre cervezas tibias y un par de líneas más, Lorena se metió a bañar. Escuché el agua caer en la bañera de ese baño que tanto me había gustado hacía unas horas, en otra vida.
Creí que ahí terminaba todo. Las vi más tranquilas, más calladas, y pensé que tal vez podía hablarles, recuperar algo de control. Intenté incorporarme de la cama para conversar.
Sentí la mano de Brenda agarrándome del pelo por detrás. Me arrodilló sobre el colchón de un tirón. De un empujón me tiró contra la almohada y dejó caer todo su peso encima de mí. Me juntó las piernas con las suyas y sentí otra vez ese miembro gigante, ya duro de nuevo. Mi cuerpo estaba lubricado con lo que Lorena había dejado adentro, pero el dolor de la entrada fue igual de insoportable, como si fuera a desgarrarme por dentro.
Me cogía con fuerza, queriendo lastimarme. Me insultaba al oído, me decía que siempre, siempre me iba a acordar de ella, y se reía con esa risa baja que ya conocía. No tardó mucho en vaciarse adentro de mí. Acabó durante minutos largos, pero no se salió: su sexo seguía enorme, palpitando.
Lorena, recién bañada, vino y empezó a usar mi boca con mucho ritmo, sosteniéndome la cabeza, mientras Brenda volvía a bombear despacio pero profundo, sin sacarla en ningún momento.
—Tengo lista la otra, Bren —dijo Lorena después de un rato, jadeando.
Brenda empezó a cogerme muy rápido entonces, mientras Lorena se acercaba a filmar de cerca. Entre gemidos y nuevos insultos, la morocha volvió a llenarme y esta vez sí salió, para mirar lo que escurría y filmarlo con su propio celular. Lorena tomó su lugar de inmediato. Me penetró, me mordió la espalda y me cabalgó durante minutos hasta que sentí sus descargas llegando muy adentro, una tras otra.
Eran las cinco de la mañana, y entendí, con un escalofrío que me recorrió entero, que aquello todavía no iba a terminar.