El plan que convirtió a mi marido en Tomasita
Todo empezó un viernes cualquiera, de esos que se repetían idénticos hasta confundirse unos con otros. Vivíamos en un tercero sin ascensor a las afueras de la ciudad, con vecinos que cerraban las persianas al anochecer y un matrimonio que se había vuelto una costumbre tibia. Mi marido, Tomás, llegó del trabajo arrastrando los pies, me rozó la frente con un beso mecánico y se dejó caer en el sofá con una cerveza y el mando del televisor.
Yo, Carla, tenía treinta y seis años y un cuerpo que él ya casi no miraba. Serví la cena con una sonrisa de plástico y comimos en silencio, con el fútbol de fondo. Esa noche, mientras él roncaba al otro lado de la pared, me encerré en el baño, me senté en el borde de la bañera y me toqué pensando en cualquier cosa menos en él. Me corrí mordiendo una toalla, en silencio y con rabia, pero el fuego no se apagaba. Con Tomás nunca se apagaba.
***
Lo conocí al día siguiente, en el supermercado del barrio. Adrián. Alto, moreno, con una camisa ajustada que marcaba cada músculo y una mirada que me atravesó mientras yo fingía elegir tomates. Tomás empujaba el carrito a mi lado, ajeno a todo, hablando de ofertas de detergente.
—Mira, el dos por uno —dijo, señalando una estantería.
Seguí a Adrián hasta el aparcamiento subterráneo con los tacones resonando en el hormigón. Cuando Tomás se agachó a meter las bolsas en el maletero, me acerqué a aquel desconocido por la espalda y le hablé al oído.
—Esta noche. A las doce. Mi marido duerme como un muerto después de su pastilla.
Adrián sonrió de lado y me rozó la mano con un dedo.
—Acordado. Prepárate, casada.
***
A medianoche Tomás se tomó su pastilla para el insomnio y en diez minutos roncaba con la boca abierta. Abrí la puerta en un conjunto de encaje rojo que había comprado a escondidas y arrastré a Adrián al salón, pared con pared con el dormitorio. Me arrodillé en la alfombra y le bajé los pantalones con una urgencia que no sentía desde hacía años.
—Joder, qué bestia —murmuré.
Me la metí en la boca despacio, escuchando los ronquidos del otro lado de la pared como un recordatorio obsceno. Él me agarró del pelo y empujó.
—Chúpala como tu marido no sabe ni mirarte —dijo en voz baja.
Después me tumbó en el sofá, me abrió las piernas y entró de un golpe. El sofá crujía, yo le clavaba las uñas en la espalda y tragaba los gemidos para no despertar a nadie.
—No grites —susurró—, o se despierta y se acaba la fiesta.
Me corrí dos veces antes de que él terminara con un gruñido ahogado contra mi cuello. Tumbados en el sofá, recuperando el aliento, soltó la frase que lo cambiaría todo.
—Imagínate que pudiéramos tenerlo a él también. Vestido de mujer. De rodillas, igual que tú hace un rato.
Me reí, todavía temblando.
—Estás loco. Eso es demasiado, incluso para mí.
Pero la idea se me quedó dentro, retorciéndose con cada latido.
***
Los viernes se volvieron un ritual. Adrián llegaba puntual y yo lo esperaba con lencería distinta cada vez. Me lo follaba en el sofá, contra la encimera de la cocina, una vez en el pasillo mismo, tapándome la boca con la mano mientras Tomás dormía a un par de metros.
Una noche, después de correrme contra la ventana del comedor, volvió a la carga.
—Piénsalo en serio. Tu marido con tetas, con tanga, gimiendo mientras nos sirve el desayuno. Lo tendríamos a los dos.
—Estás obsesionado, cabrón —reí, pero algo se apretó dentro de mí.
Otra vez, con la cara hundida entre mis piernas, me lo explicó como si fuera un plan de negocios. Estrógenos en el café de la mañana. Cremas. Audios mientras duerme. Paso a paso, sin que él se diera cuenta.
—Tú mandas en esa casa —dijo—. Yo solo te guío. Hazlo por placer. Por nosotros.
Polvo tras polvo, noche tras noche, me fue convenciendo. Me enviaba al móvil vídeos de mujeres trans preciosas mientras Tomás trabajaba: «Mira qué cuerpo. Pronto será él». La idea dejó de parecerme una locura y se convirtió en una obsesión compartida.
—Hagámoslo —admití una noche, corriéndome sobre él—. Tu plan es perfecto.
***
Empecé al día siguiente. Cada mañana, mientras Tomás se duchaba, disolvía un polvo fino en su café con leche y lo removía con la cucharilla, sonriendo cuando él sorbía detrás del periódico.
—Está más dulce hoy —dijo.
—Cambié de marca, amor. Te sienta bien.
A las tres semanas el cambio era innegable. Le picaba el pecho a todas horas; se rascaba en el trabajo, en la ducha, en la cama. Una tarde lo pillé frente al espejo del baño, con la camisa abierta, tocándose unos pezones hinchados y enrojecidos.
—Me pica horrible, aquí, todo el día. ¿Qué me pasa, Carla? Voy a ir al médico.
Yo ya tenía la respuesta lista, cortesía de Adrián. Saqué de un cajón un sujetador negro que él había modificado: en las copas había cosido pequeñas tiras de silicona blanda rellenas de crema, para que el estrógeno se absorbiera directamente por la piel.
—Pruébatelo, te calma la irritación al momento —le dije—. Tiene un relleno suave, como un masaje. Solo un rato, ya verás.
Se lo puso a regañadientes, pero le quedaba justo, abrazando esos montículos que empezaban a asomar. Se miró de lado en el espejo empañado.
—Se siente raro. Pero alivia, sí.
—Quédatelo puesto todo el día —susurré, besándole el cuello—. Nadie lo ve bajo la camisa. Es nuestro secreto.
No se lo quitó ni protestó. Lo llevó al trabajo, a cenar con amigos, a dormir pegado a la piel. Entre el café y la crema, sus pechos crecieron más rápido. Le di pastillas rosas «para los dolores de cabeza del estrés» y las tomó sin preguntar. Sus caderas se redondearon, el vello se le caía a mechones por el desagüe. Una tarde lo depilé con cera, siguiendo al pie de la letra lo que Adrián me indicaba.
—Duele, joder, para —gimió, con lágrimas en los ojos.
—Duele como a una mujer de verdad —respondí, besando cada zona enrojecida—. Pronto te encantará.
—¿Quién es ese Adrián que mencionas tanto? —preguntó, confuso.
—Mi amante. El que te está haciendo mujer. Pronto lo conocerás.
***
Los cambios mentales llegaron como una niebla lenta. Tomás dejó el fútbol. Empezó a poner películas románticas, una tras otra, y una noche lloró desconsolado con una escena de besos bajo la lluvia.
—¿Por qué lloro tanto? —preguntó, secándose con la manga—. Si antes me reía de estas cosas.
—Porque ahora eres sensible, amor —dije, abrazándolo y sintiendo sus pechos contra los míos—. Es bonito. Te queda bien.
Cuando sus tetas ya llenaban una copa pequeña y su erección se había vuelto floja y rara, le propuse «algo para mejorar lo nuestro».
—Follamos poco y mal —le dije una noche—. Vamos a ver porno juntos, para inspirarnos.
Él, excitado por el roce constante del sujetador, asintió.
—Vale. Si ayuda. Pero nada raro, ¿eh?
Abrí el portátil, pero en lugar de lo de siempre cargué una carpeta que Adrián me había preparado: solo mujeres trans, pollas duras junto a cuerpos curvilíneos, gemidos agudos.
—Mira qué guapa es —susurré, con la mano subiendo por su muslo—. Sus tetas rebotan como las tuyas pronto. Imagínate sentir eso.
Se sonrojó, pero no apartó la vista. Noche tras noche repetimos esas «sesiones de inspiración». Siempre lo mismo, siempre trans. Yo lo masturbaba despacio mientras él se corría débilmente en mi mano, con los ojos húmedos.
—Es intenso —decía—. Bonito, sí.
Adrián me pasó unos audios disfrazados de «música para dormir», con voces sedosas que repetían cosas por debajo de la melodía. Los ponía bajitos durante las películas y, más tarde, durante el porno, con los auriculares puestos «para mejor sonido». Tomás dormía profundo, pero al despertar tarareaba melodías suaves y se tocaba los pechos con ternura, murmurando palabras que yo no había puesto en su boca.
Una noche lo encontré frente al espejo grande del dormitorio, en tanga negro y sujetador, tocándose con los ojos vidriosos.
—¿Te gusta, verdad? —pregunté desde la puerta.
Se sonrojó hasta las orejas, pero no se lo quitó.
—Solo curiosidad. Me siento raro, pero bien.
—Pues póntelo a diario. Es solo el principio.
***
Un viernes, a las tres de la mañana, lo desperté con la mano sobre su pecho. Adrián esperaba en el salón, desnudo, con lubricante y una sonrisa de lobo. Saqué del cajón un conjunto completo de encaje, medias de rejilla y tacones bajos.
—Pruébatelo todo —ordené.
—¿Qué haces a estas horas? Esto es ridículo —protestó, somnoliento, pero con los ojos curiosos brillando.
—Calla y obedece. Él nos espera.
—¿El de las pastillas, la crema y los audios?
—El mismo. El que te está convirtiendo en una mujer perfecta.
Le bajé los boxers, le subí el tanga, le ajusté el sujetador, le enrollé las medias por los muslos depilados y temblorosos. Le pinté los labios de rojo, una sombra ahumada, pestañas largas. Puse un audio de fondo en el altavoz.
—Estás perfecta, Tomasita —dije, contemplando lo que había creado.
La arrastré al salón, tambaleándose sobre los tacones. Adrián la recibió con la verga ya dura en la mano.
—Mira qué muñeca te traje —anuncié, orgullosa.
Tomasita se quedó paralizada en el umbral, con los ojos inundados de lágrimas.
—De rodillas —ordenó Adrián.
Obedeció, temblando. Yo le empujé suavemente la cabeza y ella abrió los labios pintados, lamió torpe al principio, luego con avidez, gimiendo de una forma nueva, aguda, femenina.
—Buena chica —jadeó él, con las manos en su pelo.
Me senté en el sofá, abrí las piernas y me toqué mirándolos. Adrián la puso a cuatro patas, le bajó el tanga y la fue abriendo con un dedo lubricado, luego dos.
—Duele, pero... también me gusta —gimió Tomasita, con las lágrimas cayendo.
—Aguanta como una mujer de verdad —le dije, acelerando entre mis piernas.
Cuando Adrián entró en ella despacio hasta el fondo, Tomasita gritó y después gimió como nunca había gemido en su vida de hombre, con los pechos rebotando dentro del sujetador. Yo me corrí mirándolos. Ella se corrió sin tocarse, llorando de placer, mientras Adrián la llenaba.
***
La mañana siguiente nos encontró a los tres en la cocina, entre tazas de café derramado y tostadas frías. Adrián en medio, como un rey, con la verga aún goteando. Yo sentada en la encimera. Y Tomasita de rodillas en las baldosas, lamiéndolo con devoción.
De pronto levantó la vista, con los ojos empañados, y habló con una voz rota que ya no reconocía.
—Gracias, Adrián. Sin ti nunca lo habría logrado. Nunca me habría atrevido a ser esto.
Él le tiró del pelo para que lo mirara.
—¿Lo confiesas ahora, delante de tu mujer? ¿Que el plan era nuestro desde antes de que yo la tocara a ella?
Me quedé helada en la encimera.
—¿Qué? —pregunté.
Tomasita asintió, llorando.
—Lo conocí hace meses, Carla. En un foro, en secreto. Le conté que quería ser mujer, que soñaba con esto, pero que tú jamás lo aceptarías. Él dijo que se encargaba de todo. Que te conquistaría, que te haría adicta a él, y que usaría tu deseo para transformarme. Que tú creerías que era idea tuya, pero que en realidad era para él. Me follaba en su coche mientras tú dormías. Me enseñó a chupar, a abrirme con los juguetes que me mandaba. «Cuando ella te vea así, te aceptará, y os tendré a las dos».
Lo miré a él, y Adrián sonrió sin un gramo de culpa.
—Vi vuestra foto en su perfil —dijo—. Una esposa insatisfecha y un hombre desesperado por dejar de serlo. El encuentro del supermercado, los tomates, todo estaba calculado. A ti te convencí con la polla; a él lo entrené aparte. Y funcionó como un reloj.
Debería haber sentido rabia. Y la sentí, un instante. Pero por debajo había otra cosa, una excitación traicionera que me mojaba más que el enfado. Me bajé de la encimera, me arrodillé junto a Tomasita y le levanté la barbilla pintada.
—¿Entonces fuisteis cómplices desde el principio? ¿Me usasteis a mí?
—Sí, amor mío —lloró ella, sonriendo con los labios hinchados—. Pero te quiero. Quería ser esto contigo a mi lado. Perdóname el engaño, pero mira lo que somos ahora.
Me reí. No de rabia, sino de algo más grande, algo que me liberaba por dentro. Me subí a la mesa y abrí las piernas.
—Sois un par de hijos de puta —dije—. Me la jugasteis a lo grande. Y me encanta. Fóllanos a las dos.
Tomasita se subió a la mesa a mi lado, con los pechos al aire y el tanga roto colgando como un trofeo.
—Castíganos, Adrián —pidió—. Tu plan fue perfecto. Sin ti seguiría siendo un marido triste mirando el fútbol. Ahora soy Tomasita.
Adrián se colocó entre las dos, duro como una piedra. Entró primero en mí, con la mesa temblando y el café saltando por los aires; luego la tomó a ella por detrás mientras yo le mordía los pezones. Nos llenó a las dos alternando sin piedad, hasta que la cocina entera olió a sexo, sudor y café frío.
Después, exhausta y radiante, Tomasita se acurrucó contra mi pecho.
—Te quiero, Carla. Perdona el engaño. Pero mira lo que somos: completas, felices, juntas.
La besé con la lengua, el sabor de los tres mezclado en mi boca.
—Perdonado —respondí—. Y gracias a Adrián, por la idea más retorcida y genial que nos unió a los tres.
Él rió, satisfecho, con la verga otra vez lista. Y supe que aquello no era el final, sino apenas el principio.