La noche en que me exhibieron como su trofeo
El salón principal respiraba en voz baja. Bajo la cúpula de vidrio, la luz de los candelabros suspendidos caía sobre las copas de cristal y arrancaba destellos dorados a cada superficie pulida. Las mesas se extendían en semicírculo, ocupadas por mujeres llegadas de todos los continentes: científicas, inversoras, diplomáticas, directivas de corporaciones biomédicas y de casas de moda genética. Ninguna alzaba la voz. Allí el poder no necesitaba gritar.
La cena de gala posterior al simposio había comenzado, y nosotros —los cuatro finalistas, los «casos»— éramos las piezas centrales de la velada.
Cada uno entró escoltado por su patrocinadora, como una obra recién descubierta. O, para ser exactos, como un trofeo. Todas sabían que después del simposio nuestro valor había subido, que sus cuentas se abultarían, que la inversión había rendido. Los otros tres caminaban en fila detrás de sus dueñas, obedientes, con la cabeza gacha. Yo no. Yo, el caso 22.118, por ser el mejor calificado de la edición, avanzaba a la par de la señora Velarde.
Ella lucía un esmoquin de terciopelo azul noche, blusa blanca y corbatín al tono. Sonreía con esa elegancia ligeramente calculada que yo conocía demasiado bien. Su mano descansaba sobre mi cintura con una firmeza tranquila, y sus dedos, fríos y precisos, me recordaban a quién pertenecía. Una leve presión bastaba para indicarme a quién saludar con más cortesía, a quién regalar una de mis sonrisas estudiadas. Bajo el vestido, sin ropa interior —ella lo había ordenado antes de salir de la suite—, mi polla colgaba pesada y a medio hincharse, rozándome el muslo a cada paso. Aún tenía el ano resbaladizo del plug que me había metido esa tarde y que ella me había hecho quitarme diez minutos antes de bajar, «para que no olvides que te acabo de vaciar y que esta noche vas a estar abierto para lo que yo decida».
—Mantén la mirada baja, pero no te escondas —susurró casi sin mover los labios—. Esta noche eres el centro de todo. No te escondas.
Algo nuevo latía en mi interior, un pulso bajo el vientre que todavía no terminaba de comprender. Contenía la respiración. El eco de los tacones contra el mármol se perdía entre los arcos de piedra, como si el salón entero latiera al mismo ritmo que yo, y al ritmo de la humedad tibia que empezaba a escurrirme entre las nalgas.
Nos sentaron en la mesa central, frente a la tarima donde aguardaba la gran anfitriona, erguida como una reina sin corona. Las copas tintineaban. El aroma de especias exóticas se mezclaba con perfumes de sándalo, de vainilla oscura y de algo metálico, esterilizado, que yo había aprendido a asociar con los laboratorios. Sobre el mantel, los cubiertos de oro apenas reflejaban las luces cálidas, como si también ellos guardaran silencio.
Una mujer de la mesa contigua, joven, de manos cargadas de anillos, se inclinó hacia mí mientras servían el primer plato. No me habló directamente; nunca lo hacían. Se dirigió a mi patrocinadora.
—Tiene la piel más suave de lo que muestran los informes —dijo, recorriéndome el brazo con un dedo, como quien comprueba la calidad de una tela—. ¿Es tratamiento o es natural?
—Las dos cosas —respondió la señora Velarde con una sonrisa breve—. El resto es trabajo. Mucho trabajo.
—¿Puedo? —preguntó la desconocida, y sin esperar respuesta deslizó la mano por debajo del mantel. Sus dedos anillados me encontraron el muslo, subieron sin prisa y se cerraron directamente sobre mi polla. La sopesó, tiró del prepucio hacia atrás, pasó el pulgar sobre el glande ya húmedo. Yo mordí el interior de mi mejilla para no gemir. Ella me apretó los huevos con una delicadeza técnica y sonrió—. Densos. Y ya está lubricando. Enhorabuena, señora Velarde, la reprogramación endocrina ha funcionado de maravilla. Se pone dura con solo tocarlo.
—Se pone dura con que lo miren —corrigió mi patrocinadora, sin dejar de sonreír—. Enséñale a la señora, 22.118.
Bajé la vista al plato. Bajo el mantel, la desconocida me abrió las piernas con la mano libre, envolvió mi verga hinchada con la otra y la masajeó despacio, dos, tres pases lentos, sacándome hilos de precum que me mojaron la ingle. Sentí cómo se me endurecía del todo en su puño, pesada, palpitante, y cómo se me contraía el ano vacío buscando algo que no estaba.
Mantuve los ojos en el plato. Había aprendido que el silencio se interpretaba como elegancia, y que cualquier gesto mío podía leerse como una invitación o como una falta. Sentí el dedo de la desconocida bajar hasta mi muñeca, demorarse en el pulso, y retirarse al fin con una lentitud calculada, después de haberse llevado a la boca el pulgar embadurnado de mi líquido para chuparlo delante de mi patrocinadora. Soy una superficie sobre la que las demás escriben su deseo, pensé, y lo más perturbador era que ya no me dolía pensarlo. Lo más perturbador era que mi polla seguía dura contra la tela del vestido, y que el ano me latía como una boca hambrienta.
A una señal de la anfitriona, todas las conversaciones se detuvieron a la vez.
—Señoras —anunció, alzando su copa—, esta noche no celebramos solo el éxito de un simposio. Celebramos la confirmación de un nuevo canon de fertilidad y una mejora sustentable en nuestra calidad de vida y en la de los hombres.
Los flashes discretos de las cámaras holográficas empezaron a parpadear sobre nosotros, fríos como luciérnagas de cristal.
—Esta noche contamos con los cuatro casos más sobresalientes de la edición —continuó—. Pero entre ellos, fruto del enorme esfuerzo científico y económico de sus patrocinadoras, hay uno que ha obtenido la puntuación más alta jamás registrada. Caso 22.118, ponte de pie y acércate a mi lado.
Un estremecimiento me recorrió de arriba abajo. Vergüenza, primero; después, la presión inconfundible de la mano de mi patrocinadora en mi espalda, empujándome con suavidad.
Varias cabezas se giraron hacia mí. No con sorpresa, sino con interés. Interés depredador. Mi número —porque ya no tenía nombre, solo un número— fue repetido en voz baja, en acentos extranjeros, como el precio de un objeto que se desea adquirir.
Me levanté despacio, con la humildad que me habían enseñado. Esbocé una sonrisa, caminé hasta el lugar que me indicaban, alcé la vista apenas lo justo para mirar a todas las presentes, regalé una de mis sonrisas más sensuales y volví a bajar los ojos. La polla todavía dura se me marcaba bajo la seda del vestido, y noté cómo decenas de miradas bajaban a ese bulto obsceno antes de subir a mi vientre preñado.
Una empresaria de ojos almendrados y cabello plateado se inclinó hacia la señora Velarde.
—¿Está disponible? Mi fundación pagaría el doble por la exclusiva reproductiva. Quiero su semen entero durante un año, sin diluir, sin compartir.
Otra mujer, de piel oscura y traje blanco impecable, no esperó turno.
—Nosotras podríamos financiar su mantenimiento vitalicio. Convertirlo en patrimonio cultural vivo. Y follarlo cada solsticio en ceremonia pública.
Mi patrocinadora sonrió, aunque su mirada se endureció un instante. La anfitriona salió al cruce con tacto.
—Lo lamento, señoras. No está en venta. Todavía no.
Un murmullo de decepción y curiosidad recorrió la mesa. Una baronesa de algún viejo país europeo hizo girar su copa con elegancia calculada.
—¿Entonces cuál es su propósito? —preguntó—. Un ejemplar así no se conserva sin razón.
La señora Velarde miró a la anfitriona, pidiendo permiso con los ojos, y tomó la palabra desde su asiento.
—Si me lo permiten, prefiero responder yo misma —dijo—. De momento no está a la venta. Hace apenas unos minutos me han invitado al Congreso Mundial que se celebrará el mes próximo en Estocolmo, para presentar al 22.118 junto al resto de los casos finalistas. Y antes de eso ya me había comprometido a visitar varios países de Oriente, cuyas casas reales desean conocerlo en persona. Y probarlo. Cada una tendrá una noche con él, y todas quedarán preñadas de su semilla antes de que regresemos.
Un escalofrío me bajó por la espalda. Hablaban de mí como si fuera un mueble, una pieza de colección que se presta y se traslada, un semental que se alquila por noches. Decidí quedarme inmóvil. Mis manos heladas reposaban sobre mi vientre ya crecido, mi embarazo notorio, que el vestido dejaba ver gracias a una abertura estratégica, sensual, pensada como marco perfecto para esa curva tierna y redonda. Debajo de esa curva, mi polla seguía latiendo, sin bajar del todo, mostrándose sola.
Las preguntas continuaron durante un rato, todas respondidas por una u otra de las dos mujeres. Minutos después me permitieron volver a mi asiento para cenar tranquilo al lado de mi patrocinadora, mientras presentaban a los demás casos de forma parecida. En algunos, las mujeres ya cerraban una reserva y acordaban negociar la venta más tarde, en privado, con la copa todavía en la mano.
Al sentarme, la señora Velarde deslizó su mano bajo el mantel y me la puso directamente sobre el sexo. Me acarició la polla dos veces, lenta, para comprobar que seguía dura, y después bajó los dedos hasta mi ano todavía resbaladizo. Metió el índice hasta el nudillo sin previo aviso. Yo tragué saliva y sostuve la copa con firmeza para que nadie notara nada.
—Bien —susurró junto a mi oreja, moviéndome el dedo dentro con lentitud médica—. Sigues abierto. Sigues mojado. No te cierres, 22.118. Esta noche vas a necesitar estar así.
Sacó el dedo, se lo llevó a la boca y lo chupó despacio delante de la baronesa, que la miraba desde la mesa vecina con una sonrisa cómplice y hambrienta.
***
Al terminar la cena, la anfitriona nos llamó a los cuatro y nos retiró de la mesa central. Nos condujo en una especie de desfile lento por todo el salón, mientras las invitadas nos felicitaban y nos rozaban al pasar. Manos anónimas se colaban entre los pliegues de los vestidos: dedos que me pellizcaban los pezones a través de la seda, palmas que me abarcaban una nalga y apretaban con fuerza, uñas que me arañaban el bajo vientre. Una mujer alta, de traje granate, se agachó descaradamente a mi paso y me metió dos dedos entre las nalgas por debajo del vestido; me los curvó dentro, encontró la próstata sin buscarla apenas, y me sacó un gemido ahogado que se perdió en la música. Se los llevó a los labios sin dejar de mirarme, mientras yo caminaba con las piernas temblando y la polla goteando.
Esperábamos que nos llevaran afuera. En cambio, las luces fueron bajando de intensidad a nuestro paso, hasta dejar iluminado un único círculo de luz con cuatro tarimas en el centro.
Nos invitaron a subir. El 05.117, sereno, casi translúcido; el 14.640, de mirada altiva pero domesticada; el 26.071, pequeño, con los labios temblorosos, y yo. Las tarimas se elevaron poco a poco hasta un metro de altura. Nuestros vestidos, activados por los tacones de las tarimas, se abrieron por delante y por detrás, desnudándonos de cintura para abajo y dejándonos solo un velo transparente sobre el pecho. Nuestros torsos quedaban expuestos entre transparencias, símbolos vivos de obediencia y de transformación. Las pollas de los cuatro colgaban a la vista, la mía todavía a medio erguir, brillante de precum; la del 26.071, encogida de miedo; las otras dos, hinchadas por algún estimulante que les habían inyectado antes de subir. Nuestros anos, ya preparados, resplandecían con lubricante bajo los focos.
Cada patrocinadora se colocó detrás de su caso, con las manos sobre los hombros, el cuello o el vientre, como quien exhibe una joya irrepetible.
Sentí las palmas de la señora Velarde posarse sobre mi vientre, justo donde latía esa vida ajena que llevaba dentro. No fue un gesto tierno. Fue un gesto de propiedad, y eso me recorrió la piel de una forma que ya no sabía nombrar. Después bajó una mano, me agarró la polla por la base y la levantó para que todo el salón me la viera bien. Con la otra, me abrió una nalga con el pulgar y expuso mi agujero brillante a los flashes. Los aplausos, cuando llegaron, se mezclaron con silbidos elegantes.
La anfitriona levantó la voz por encima del murmullo.
—A partir de esta noche, el caso 22.118 queda reconocido como modelo de referencia para todos los protocolos de fertilidad masculina que vengan. Su polla, su semen y su culo pasan a ser patrón oro.
Hubo aplausos. No cálidos. No humanos. Protocolarios, perfectos, medidos al milímetro. Mi respiración se acompasaba con el chasquido de los flashes. En algún rincón de mí, una pregunta muda golpeó contra la pared de mi silencio interior: ¿qué parte de mí queda todavía sin entregar? La señora Velarde, como si me la hubiera oído, me metió dos dedos en el culo delante de todas y los movió con lentitud didáctica, mostrando cómo se abría mi cuerpo sin resistencia.
Las copas se alzaron de nuevo. El cristal retumbó como un juramento colectivo.
—Por el futuro —dijo la anfitriona—. Por aquellas mujeres que crean, poseen y deciden hacer.
Mi patrocinadora no bebió de inmediato. Me miró desde abajo, con la copa en alto, y sonrió sin ternura, con los dedos aún dentro de mí.
—Disfruta esta noche, 22.118 —murmuró, y se apartó un paso de la tarima, sacándome los dedos con un chasquido húmedo—. Mañana…
No terminó la frase. No hacía falta.
Y entonces empezó la música. Las luces de colores cobraron vida, giraron enloquecidas sobre el salón, y los láseres dibujaron figuras cambiantes sobre la pista. Todas las mujeres abandonaron sus lugares al mismo tiempo para bailar. Desde la altura, sin podernos mover, las veíamos abrazarse, besarse, acariciarse sin pudor, llenando el salón de una alegría obscena y brillante. Vi a la baronesa desabrocharle la blusa a la empresaria de cabello plateado y morderle un pezón; vi a la desconocida de los anillos, la que me había pajeado bajo el mantel, arrodillarse ante la anfitriona y hundirle la cara entre los muslos allí mismo, contra una columna. Nadie se escondía. Éramos el altar, no el público.
La fiesta siguió frente a nosotros durante horas. Permanecíamos arriba, quietos, mientras algunas damas, ya borrachas, bailaban a nuestros pies y, sin reparar en nosotros —o precisamente reparando demasiado—, se turnaban para subirse a la tarima. Una tras otra me agarraban la polla, se la llevaban a la boca dos, tres segundos, chupaban de la punta el precum y volvían a soltarla. Otra me lamió el ano de abajo arriba, larga, sucia, mientras la del traje granate me metía la lengua en la boca. Alguien mordió el vestido, alguien mancho el borde con vino, alguien me escupió en el pecho y frotó la saliva con la palma. Nadie subió a limpiarnos. Nadie nos miró ya como personas. Yo me corrí sin querer entre los dedos de una mujer cuya cara no llegué a ver, con un gemido pequeño que nadie oyó, y ella se lamió la mano manchada de semen y siguió bailando como si nada.
A mi lado, sobre la tarima vecina, el 26.071 temblaba. Era el más joven de los cuatro, el de los labios siempre a punto de romperse en un sollozo. Lo vi cerrar los ojos cuando una mujer le sujetó el mentón desde abajo para enseñárselo a una amiga, y luego le agarró la pollita blanda para forzarle una erección a golpe de muñeca. Supe que él todavía no había aprendido lo que yo ya sabía: que resistirse era el único modo seguro de sufrir, que abrir las piernas y el culo antes de que te obligaran dolía menos. Quise decírselo. No podía hablar. Solo bajé un poco la cabeza, como si rezara, y dejé que las luces giraran sobre mí sin tocarme por dentro, mientras el semen ajeno y el mío propio me resbalaban por los muslos.
Pensé en mi vientre, en ese pulso que crecía sin pedirme permiso, y en la frase que mi patrocinadora había dejado a medias. Mañana… Mañana habría aviones, habitaciones nuevas, manos nuevas, coños y bocas de reinas que yo tendría que llenar hasta la última gota, países cuyos nombres yo nunca pronunciaría en voz alta. Mañana sería otra vez una pieza en tránsito, un semental de exhibición al que se le ordeñaría la polla en camas de sábanas bordadas. Pero esta noche, bajo el círculo de luz, con el culo abierto y el semen escurriéndome por los muslos, era la pieza más valiosa de toda la sala, y una parte vergonzosa de mí se aferraba a esa certeza como a un calor.
Yo me quedé de pie, en el centro exacto del salón, observado, admirado y más prisionero que nunca. Sentía el peso del vientre, el frío de las manos ausentes de mi señora, el calor de cientos de miradas que me recorrían sin pedir permiso, la polla otra vez a media asta, húmeda, dispuesta.
Y, aun así, de un modo que no me atrevía a confesar ni a mí mismo, estaba en paz.