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Relatos Ardientes

La noche en que me exhibieron como su trofeo

El salón principal respiraba en voz baja. Bajo la cúpula de vidrio, la luz de los candelabros suspendidos caía sobre las copas de cristal y arrancaba destellos dorados a cada superficie pulida. Las mesas se extendían en semicírculo, ocupadas por mujeres llegadas de todos los continentes: científicas, inversoras, diplomáticas, directivas de corporaciones biomédicas y de casas de moda genética. Ninguna alzaba la voz. Allí el poder no necesitaba gritar.

La cena de gala posterior al simposio había comenzado, y nosotros —los cuatro finalistas, los «casos»— éramos las piezas centrales de la velada.

Cada uno entró escoltado por su patrocinadora, como una obra recién descubierta. O, para ser exactos, como un trofeo. Todas sabían que después del simposio nuestro valor había subido, que sus cuentas se abultarían, que la inversión había rendido. Los otros tres caminaban en fila detrás de sus dueñas, obedientes, con la cabeza gacha. Yo no. Yo, el caso 22.118, por ser el mejor calificado de la edición, avanzaba a la par de la señora Velarde.

Ella lucía un esmoquin de terciopelo azul noche, blusa blanca y corbatín al tono. Sonreía con esa elegancia ligeramente calculada que yo conocía demasiado bien. Su mano descansaba sobre mi cintura con una firmeza tranquila, y sus dedos, fríos y precisos, me recordaban a quién pertenecía. Una leve presión bastaba para indicarme a quién saludar con más cortesía, a quién regalar una de mis sonrisas estudiadas.

—Mantén la mirada baja, pero no te escondas —susurró casi sin mover los labios—. Esta noche eres el centro de todo. No te escondas.

Algo nuevo latía en mi interior, un pulso bajo el vientre que todavía no terminaba de comprender. Contenía la respiración. El eco de los tacones contra el mármol se perdía entre los arcos de piedra, como si el salón entero latiera al mismo ritmo que yo.

Nos sentaron en la mesa central, frente a la tarima donde aguardaba la gran anfitriona, erguida como una reina sin corona. Las copas tintineaban. El aroma de especias exóticas se mezclaba con perfumes de sándalo, de vainilla oscura y de algo metálico, esterilizado, que yo había aprendido a asociar con los laboratorios. Sobre el mantel, los cubiertos de oro apenas reflejaban las luces cálidas, como si también ellos guardaran silencio.

Una mujer de la mesa contigua, joven, de manos cargadas de anillos, se inclinó hacia mí mientras servían el primer plato. No me habló directamente; nunca lo hacían. Se dirigió a mi patrocinadora.

—Tiene la piel más suave de lo que muestran los informes —dijo, recorriéndome el brazo con un dedo, como quien comprueba la calidad de una tela—. ¿Es tratamiento o es natural?

—Las dos cosas —respondió la señora Velarde con una sonrisa breve—. El resto es trabajo. Mucho trabajo.

Mantuve los ojos en el plato. Había aprendido que el silencio se interpretaba como elegancia, y que cualquier gesto mío podía leerse como una invitación o como una falta. Sentí el dedo de la desconocida bajar hasta mi muñeca, demorarse en el pulso, y retirarse al fin con una lentitud calculada. Soy una superficie sobre la que las demás escriben su deseo, pensé, y lo más perturbador era que ya no me dolía pensarlo.

A una señal de la anfitriona, todas las conversaciones se detuvieron a la vez.

—Señoras —anunció, alzando su copa—, esta noche no celebramos solo el éxito de un simposio. Celebramos la confirmación de un nuevo canon de fertilidad y una mejora sustentable en nuestra calidad de vida y en la de los hombres.

Los flashes discretos de las cámaras holográficas empezaron a parpadear sobre nosotros, fríos como luciérnagas de cristal.

—Esta noche contamos con los cuatro casos más sobresalientes de la edición —continuó—. Pero entre ellos, fruto del enorme esfuerzo científico y económico de sus patrocinadoras, hay uno que ha obtenido la puntuación más alta jamás registrada. Caso 22.118, ponte de pie y acércate a mi lado.

Un estremecimiento me recorrió de arriba abajo. Vergüenza, primero; después, la presión inconfundible de la mano de mi patrocinadora en mi espalda, empujándome con suavidad.

Varias cabezas se giraron hacia mí. No con sorpresa, sino con interés. Interés depredador. Mi número —porque ya no tenía nombre, solo un número— fue repetido en voz baja, en acentos extranjeros, como el precio de un objeto que se desea adquirir.

Me levanté despacio, con la humildad que me habían enseñado. Esbocé una sonrisa, caminé hasta el lugar que me indicaban, alcé la vista apenas lo justo para mirar a todas las presentes, regalé una de mis sonrisas más sensuales y volví a bajar los ojos.

Una empresaria de ojos almendrados y cabello plateado se inclinó hacia la señora Velarde.

—¿Está disponible? Mi fundación pagaría el doble por la exclusiva reproductiva.

Otra mujer, de piel oscura y traje blanco impecable, no esperó turno.

—Nosotras podríamos financiar su mantenimiento vitalicio. Convertirlo en patrimonio cultural vivo.

Mi patrocinadora sonrió, aunque su mirada se endureció un instante. La anfitriona salió al cruce con tacto.

—Lo lamento, señoras. No está en venta. Todavía no.

Un murmullo de decepción y curiosidad recorrió la mesa. Una baronesa de algún viejo país europeo hizo girar su copa con elegancia calculada.

—¿Entonces cuál es su propósito? —preguntó—. Un ejemplar así no se conserva sin razón.

La señora Velarde miró a la anfitriona, pidiendo permiso con los ojos, y tomó la palabra desde su asiento.

—Si me lo permiten, prefiero responder yo misma —dijo—. De momento no está a la venta. Hace apenas unos minutos me han invitado al Congreso Mundial que se celebrará el mes próximo en Estocolmo, para presentar al 22.118 junto al resto de los casos finalistas. Y antes de eso ya me había comprometido a visitar varios países de Oriente, cuyas casas reales desean conocerlo en persona.

Un escalofrío me bajó por la espalda. Hablaban de mí como si fuera un mueble, una pieza de colección que se presta y se traslada. Decidí quedarme inmóvil. Mis manos heladas reposaban sobre mi vientre ya crecido, mi embarazo notorio, que el vestido dejaba ver gracias a una abertura estratégica, sensual, pensada como marco perfecto para esa curva tierna y redonda.

Las preguntas continuaron durante un rato, todas respondidas por una u otra de las dos mujeres. Minutos después me permitieron volver a mi asiento para cenar tranquilo al lado de mi patrocinadora, mientras presentaban a los demás casos de forma parecida. En algunos, las mujeres ya cerraban una reserva y acordaban negociar la venta más tarde, en privado, con la copa todavía en la mano.

***

Al terminar la cena, la anfitriona nos llamó a los cuatro y nos retiró de la mesa central. Nos condujo en una especie de desfile lento por todo el salón, mientras las invitadas nos felicitaban y nos rozaban al pasar. Esperábamos que nos llevaran afuera. En cambio, las luces fueron bajando de intensidad a nuestro paso, hasta dejar iluminado un único círculo de luz con cuatro tarimas en el centro.

Nos invitaron a subir. El 05.117, sereno, casi translúcido; el 14.640, de mirada altiva pero domesticada; el 26.071, pequeño, con los labios temblorosos, y yo. Las tarimas se elevaron poco a poco hasta un metro de altura. Nuestros torsos quedaban expuestos entre transparencias, símbolos vivos de obediencia y de transformación. Cada patrocinadora se colocó detrás de su caso, con las manos sobre los hombros, el cuello o el vientre, como quien exhibe una joya irrepetible.

Sentí las palmas de la señora Velarde posarse sobre mi vientre, justo donde latía esa vida ajena que llevaba dentro. No fue un gesto tierno. Fue un gesto de propiedad, y eso me recorrió la piel de una forma que ya no sabía nombrar.

La anfitriona levantó la voz por encima del murmullo.

—A partir de esta noche, el caso 22.118 queda reconocido como modelo de referencia para todos los protocolos de fertilidad masculina que vengan.

Hubo aplausos. No cálidos. No humanos. Protocolarios, perfectos, medidos al milímetro. Mi respiración se acompasaba con el chasquido de los flashes. En algún rincón de mí, una pregunta muda golpeó contra la pared de mi silencio interior: ¿qué parte de mí queda todavía sin entregar?

Las copas se alzaron de nuevo. El cristal retumbó como un juramento colectivo.

—Por el futuro —dijo la anfitriona—. Por aquellas mujeres que crean, poseen y deciden hacer.

Mi patrocinadora no bebió de inmediato. Me miró desde abajo, con la copa en alto, y sonrió sin ternura.

—Disfruta esta noche, 22.118 —murmuró, y se apartó un paso de la tarima—. Mañana…

No terminó la frase. No hacía falta.

Y entonces empezó la música. Las luces de colores cobraron vida, giraron enloquecidas sobre el salón, y los láseres dibujaron figuras cambiantes sobre la pista. Todas las mujeres abandonaron sus lugares al mismo tiempo para bailar. Desde la altura, sin podernos mover, las veíamos abrazarse, besarse, acariciarse sin pudor, llenando el salón de una alegría obscena y brillante.

La fiesta siguió frente a nosotros durante horas. Permanecíamos arriba, quietos, mientras algunas damas, ya borrachas, bailaban a nuestros pies y, sin reparar en nosotros, mancharon el borde de nuestros vestidos. Nadie subió a limpiarlos. Nadie nos miró ya como personas.

A mi lado, sobre la tarima vecina, el 26.071 temblaba. Era el más joven de los cuatro, el de los labios siempre a punto de romperse en un sollozo. Lo vi cerrar los ojos cuando una mujer le sujetó el mentón desde abajo para enseñárselo a una amiga, y supe que él todavía no había aprendido lo que yo ya sabía: que resistirse era el único modo seguro de sufrir. Quise decírselo. No podía hablar. Solo bajé un poco la cabeza, como si rezara, y dejé que las luces giraran sobre mí sin tocarme por dentro.

Pensé en mi vientre, en ese pulso que crecía sin pedirme permiso, y en la frase que mi patrocinadora había dejado a medias. Mañana… Mañana habría aviones, habitaciones nuevas, manos nuevas, países cuyos nombres yo nunca pronunciaría en voz alta. Mañana sería otra vez una pieza en tránsito. Pero esta noche, bajo el círculo de luz, era la pieza más valiosa de toda la sala, y una parte vergonzosa de mí se aferraba a esa certeza como a un calor.

Yo me quedé de pie, en el centro exacto del salón, observado, admirado y más prisionero que nunca. Sentía el peso del vientre, el frío de las manos ausentes de mi señora, el calor de cientos de miradas que me recorrían sin pedir permiso.

Y, aun así, de un modo que no me atrevía a confesar ni a mí mismo, estaba en paz.

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Comentarios (6)

DevotoLector

tremendo relato!! de los mejores que lei en esta categoria, sin dudas

NikoBA96

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo. Muy bueno!!

LorenaV

Me engancho desde el primer parrafo. Hay algo en la narracion que te mete dentro sin que te des cuenta, muy bien logrado.

Guerrero_lec

Increible como desarrollaste el personaje principal. Se siente autentico, eso no es facil de lograr en este genero.

noctambulo22

ufff!! que bueno esto, mas por favor

Marcos_Lec

Me pregunto si vas a escribir mas historias con esta protagonista... me gustaria leer que pasa despues de esa noche

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