Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Esa noche fui la trans pagada de cuatro hombres

A Sebastián lo conocí un viernes de marzo en la barra de un bar de Palermo. Yo había salido sola, vestida de negro, con un escote que llamaba la atención sin ser obvio. Él me miró desde el otro extremo de la barra durante veinte minutos antes de acercarse. No me preguntó qué tomaba: simplemente le pidió al barman dos copas más de lo que yo ya tenía y se sentó a mi lado.

—Sé lo que sos —me dijo, sin rodeos, después del segundo trago—. Y me parece la cosa más linda que vi esta semana.

Eso me desarmó. No era la primera vez que un hombre se daba cuenta antes de que yo le contara, pero sí la primera vez que alguien lo decía con esa naturalidad, sin morbo barato y sin lástima.

Esa misma noche terminé arrodillada en el baño del bar, con su mano en mi nuca y mis labios alrededor de algo que no esperaba que fuera tan grueso. Cuando salimos, Sebastián me metió un billete grande en el bolsillo del tapado y me dijo, casi al oído:

—No te lo doy porque seas puta, mi amor. Te lo doy porque sé valorar lo que vale. Y vos valés.

Desde esa noche fuimos algo. No exactamente novios; tampoco escort y cliente. Algo intermedio que él disfrutaba alimentar con regalos: ropa interior cara, un perfume importado, un brazalete delgado de oro blanco, un sobre con efectivo cada vez que pasábamos la noche juntos. Aprendí rápido que a Sebastián le gustaba que yo aceptara todo sin disculparme. Cuanto más caro era el regalo, más fuerte me cogía después.

***

Tres semanas después de habernos conocido, Sebastián me invitó a su departamento un jueves por la noche. Vivía en un piso once con vista al río, en un edificio de esos donde el portero te saluda por el apellido. Comimos sushi en la terraza. Yo llevaba un vestido corto color vino y el brazalete que él me había regalado.

Mientras me servía la última copa, Sebastián deslizó un sobre grueso sobre la mesa y me miró fijo.

—Mis amigos ya saben todo de vos —dijo, con esa voz baja que usaba cuando estaba por proponerme algo que sabía que iba a aceptar—. Les conté que tengo una novia trans, hermosa, golosa, con un culo que no se cansa nunca. Quieren conocerte.

Levanté una ceja, sin tocar el sobre todavía.

—¿Conocerme cómo?

—Conocerte de verdad. El sábado vienen al departamento. Tres tipos serios, casados los tres. Quieren probarte. Pero les dejé clarísimo una cosa.

—¿Cuál?

—Que vos no sos puta gratis. Que si te quieren, te pagan. Cada uno trae regalo y trae sobre. Vos no aceptás menos.

Sentí el calor en la cara antes de sentirlo entre las piernas. Levanté el sobre que estaba sobre la mesa, lo abrí sin disimulo. Dentro había un fajo de billetes verdes y una cadena de oro fina, con una piedra negra colgando.

—Esto es por adelantado —dijo Sebastián—. Para que sepas que voy en serio.

—Me encanta que me cojan, Sebas —murmuré, mientras me mordía el labio—. Pero no soy gratis. Si tus amigos quieren probar, que paguen bien.

Él se rió bajito y me apretó la nuca con esa mano que sabía exactamente cuánta fuerza usar.

—Esa es mi chica. El sábado a las once. Vení vestida como lo que sos: una travesti de lujo. Vamos a romperte entre los cuatro, mi amor. Y vas a cobrar cada minuto.

Asentí con la garganta seca.

***

El sábado me preparé como si fuera una sesión de fotos. Pasé toda la tarde en mi departamento depilándome milímetro por milímetro, hidratando la piel, secándome el pelo en ondas largas que me caían hasta media espalda. Maquillaje cargado: ojo ahumado, pestañas postizas, labios rojo sangre. Lencería negra de encaje transparente, liguero, medias de red finas. Vestido rojo brillante, cortísimo, que apenas me cubría las nalgas. Tacones aguja de doce centímetros.

Me miré en el espejo del pasillo antes de salir. Una chica trans alta, delgada, con caderas marcadas y unas piernas que sabía aprovechar. Sonreí. Esa noche no iba a ser la novia de nadie. Esa noche iba a ser otra cosa.

Pedí un taxi y llegué al edificio diez minutos pasadas las once. El portero me miró sin disimular y me hizo subir sin preguntar. Cuando se abrió la puerta del piso once, escuché música baja y voces de hombres conversando.

—Llegó —dijo Sebastián desde adentro.

***

Había tres tipos sentados en el living, copas de whisky en la mano. Sebastián me presentó uno por uno: Tomás, alto y de barba prolija; Ramiro, más bajo, fornido, con cara de empresario joven; Federico, el más callado, con anteojos y una sonrisa que no terminaba de cerrar. Los tres me miraron con la misma expresión: hambre disimulada y un respeto raro, como si supieran que tenían que pagar para tocar.

Sobre la mesa de centro había cuatro cajas envueltas en papel oscuro y cuatro sobres apilados al costado.

—Camila —dijo Sebastián, agarrándome por la cintura y levantándome el vestido apenas, lo suficiente para que se viera el liguero—, te presento a tus chicos de esta noche. Cada uno trajo lo suyo. Vos primero abrís, después decidís.

Tomás se acercó primero. Me entregó una caja larga y un sobre grueso. Dentro de la caja, un collar plateado con un dije pequeño. Dentro del sobre, billetes nuevos. Ramiro me dio unos aros de oro con perlitas y otro sobre. Federico, el callado, me regaló una pulsera fina y un sobre que pesaba más que los otros dos juntos.

Acomodé todo en mi cartera con calma, mientras los cuatro me miraban. Cuando levanté la cara, sonreí.

—Gracias, papis. Ahora pueden hacer lo que quieran. Pagaron bien.

Sebastián me empujó suave del hombro. Caí de rodillas sobre la alfombra del living, frente a los cuatro pantalones desabrochándose al mismo tiempo.

***

Empecé por Sebastián, porque era el dueño de casa y porque conocía el ritmo. Le bajé los pantalones, le saqué el bóxer y me la metí en la boca de un solo movimiento. Él gimió bajo, me agarró del pelo y empezó a marcarme la cabeza al ritmo que quería. Mientras lo chupaba, mi mano izquierda agarró la verga de Tomás y la derecha la de Ramiro. Federico esperó al costado, mirando.

—Mirá esta puta cómo trabaja —dijo Tomás, riéndose nervioso.

Las cambié. Saqué a Sebastián, me metí a Tomás hasta la garganta, me atraganté un poco, escupí saliva sobre los huevos de Ramiro. Federico finalmente se acercó y me ofreció la suya, que era la más gruesa de las cuatro. La agarré con respeto y la lamí desde la base hasta la punta.

—Esta te la voy a guardar para el final —le murmuré.

Él se rió por primera vez en toda la noche.

Sebastián me levantó del piso y me llevó al sillón largo. Me arrodilló sobre el respaldo, con el culo apuntando hacia atrás. Me bajó el tanga hasta los muslos, escupió y deslizó dos dedos para abrirme.

—¿Quién va primero? —preguntó al aire.

—Yo —dijo Tomás.

***

Tomás se ubicó atrás. Sentí la punta apoyarse, presionar, abrir. El primer empujón me hizo apretar los dientes; el segundo me arrancó un gemido largo. La sensación de ser abierta de a poco, hasta que los huevos golpearon contra mí y supe que ya estaba toda adentro, me dejó sin aire.

—Así, papi. Toda. Pagaste, ahora usame.

Tomás empezó a moverse fuerte, agarrándome de las caderas con las dos manos. Mientras tanto, Sebastián me ofreció la suya en la boca y los otros dos esperaban, masturbándose, mirando.

El golpe rítmico contra mis nalgas, el sonido húmedo, el sabor salado de Sebastián entre los labios, el ardor placentero del culo abriéndose alrededor de algo que no era pequeño: era demasiado a la vez. Mi propia verga, atrapada contra el respaldo del sillón, ya goteaba sin que nadie la tocara.

Tomás se vino primero, con un gruñido contenido, soltando todo dentro mío. Apenas salió, Ramiro tomó el lugar.

—Entra fácil después de él —comentó, divertido, mientras se hundía hasta el fondo.

Ramiro era más corto pero más grueso, y movía las caderas en círculos. La presión cambiaba de ángulo todo el tiempo. Cuando empezó a golpearme contra ese punto interno que me hace ver luces, me arqueé sin poder evitarlo.

—Ahí, ahí, ahí, no pares —jadeé.

—¿Vas a venir solo del culo, princesa?

—Sí, papi, sí…

El cuerpo entero empezó a temblarme. Las piernas, los brazos, la espalda. Sentí cómo todo se concentraba abajo, cómo subía sin freno, y de pronto mi propia verga empezó a disparar chorros gruesos contra la tapicería del sillón sin que nadie la hubiera tocado. Ramiro se rió, satisfecho, y siguió hasta correrse adentro él también.

***

Federico llegó tercero. Me dio vuelta sobre el sillón, me puso boca arriba, me levantó las piernas y me las apoyó sobre sus hombros. Los tacones colgaban en el aire, agitándose con cada movimiento. Su verga, la más gruesa, entró con esfuerzo, incluso después de las dos anteriores. Sentí que me partía de nuevo.

Federico cogía despacio, mirándome a la cara, sin decir una palabra. Esa intensidad silenciosa me desarmó más que cualquier embestida brutal. Cuando aceleró, no fue por descontrol: fue porque decidió que era el momento. Y ese cambio de ritmo me arrancó la segunda corrida de la noche, otra vez sin tocarme.

—Esta puta se viene sola —murmuró Sebastián, fascinado, masturbándose al lado.

Federico se vino sin sacarla, presionando hasta el fondo, dejando todo adentro.

***

Después de Federico vino Sebastián, y después de Sebastián vinieron todos otra vez, en un orden que perdí. Me cambiaban de posición cada cinco minutos: contra el ventanal del living, con la cara apoyada contra el vidrio frío y la vista del río atrás; sobre la alfombra, en cuatro patas, con uno en la boca y uno en el culo; sentada arriba de Sebastián mientras Tomás me sostenía la cintura desde atrás y me marcaba el ritmo; doblada sobre la mesa del comedor, las copas de whisky temblando con cada embestida.

Recibí corridas en la boca, en la cara, en las tetas, sobre el pelo. El vestido rojo terminó subido hasta debajo de los pechos, manchado, brillante. Las medias de red, rotas en una rodilla. El maquillaje, corrido. Los labios, hinchados. El culo, abierto, ardiendo, chorreando.

***

Cuando finalmente terminamos, los cuatro se desplomaron en distintos lugares del living. Yo quedé tirada en el sillón largo, las piernas todavía abiertas, los tacones todavía puestos, el ano hinchado y rojo, dejando escapar un hilo espeso que me bajaba por el muslo hasta perderse en el liguero.

A mi lado, sobre la mesa, los cuatro sobres y los cuatro estuches con los regalos. Mi cartera abierta, esperando.

Sebastián se acercó con un vaso de agua y un quinto sobre que sacó del bolsillo del pantalón. Me lo deslizó sobre el muslo, lo más cerca de donde estaba el desastre, y me sonrió con un cariño raro.

—Esto es propina mía. Por cómo te portaste.

Abrí los ojos apenas, le acaricié la mano con dos dedos.

—¿Repetimos? —preguntó.

—Cuando quieras, papi.

—La semana que viene. Te pago el doble. Y traigo dos amigos más.

Me lamí el labio inferior, sintiéndome a mí misma en la comisura. Después cerré los ojos y sonreí, satisfecha, exhausta, rica.

—Soy cara —murmuré—. Pero siempre estoy disponible para quien pague bien.

Valora este relato

Comentarios (7)

Anahi_77

Increible!!! Me dejo sin palabras, que relato tan intenso

noche_cba

necesito la segunda parte ya, no puede terminar asi jajaja

epsilon22

exelente, 10 puntos

Julia_BA

Me encanto la historia, se siente todo muy real. Segui asi que escribis genial

Martin_Cba

me hizo acordar a algo que me paso hace un tiempo... bien escrito, de verdad

LectorNocturno

La forma en que esta contado es unica, te mete adentro de la historia desde la primera linea. Felicitaciones

Veronica_77

Y que habia en las cajas?? jaja me quede con esa curiosidad. Muy bueno el relato!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.