La novia falsa de mi mejor amigo se volvió real
Me miré una última vez en el espejo del baño antes de salir. Cuatro años y medio de hormonas habían reescrito mi cuerpo con una precisión que todavía me sorprendía: cintura estrecha, caderas que llenaban el vestido negro corto sin esfuerzo, los pechos pequeños asomando apenas por el escote en V. Lo que nadie podía ver bajo la falda era la tanga negra de hilo, ridículamente fina, presionando contra mi piel suave y depilada. El encaje se metía entre mis nalgas como una promesa silenciosa. Mi piel ya estaba caliente y la noche todavía no había empezado.
Me llamo Camila. Hace tres años que decidí que ese era mi nombre y, desde entonces, todo en mi vida se acomodó alrededor de esa decisión. Todo, menos Mateo.
El timbre sonó a las nueve en punto. Mateo siempre fue puntual. Abrí la puerta y lo encontré en el palier, con un traje azul oscuro que le quedaba demasiado bien y el nudo de la corbata torcido, como si se lo hubiera hecho a las apuradas frente al espejo del ascensor.
—Gracias, en serio —dijo, sin saber dónde mirar—. Si aparezco solo a esta cena, los pibes de la oficina me van a hacer mierda otros seis meses.
—Tranquilo —le contesté, ajustando el escote con un movimiento estudiado—. Una noche. Soy tu novia perfecta. Sonrío, te tomo del brazo, me río de los chistes que no tienen gracia. Listo.
Mateo me miró de arriba abajo y se pasó la mano por la nuca. Lo conocía desde que tenía memoria. Su mamá y la mía habían sido vecinas en aquel edificio de Rosario donde crecimos. Yo era el chico chiquito que se quedaba en su casa cuando mi vieja trabajaba doble turno; él era el adolescente que me dejaba ver dibujitos en su pieza y me defendía cuando los pibes del barrio me decían cosas que entonces no entendía.
—Sigue siendo raro —murmuró—. Cuidarte ahora… así.
—No me cuides —le dije—. Hacé de novio. Es distinto.
El salón del hotel quedaba en pleno centro y, a las nueve y media, ya estaba lleno. Luces tenues color ámbar, una banda en vivo tocando boleros remixados, mozos circulando con copas de espumante. Mateo me pasó el brazo por la cintura apenas cruzamos la puerta, y no lo soltó. Su mano estaba más caliente de lo que recordaba.
—Mateo, boludo, ¿esta es la chica de la que tanto hablás? —le preguntó un tipo alto, de barba prolija y mirada que no sabía disimular. Bajó los ojos hasta el escote, después hasta las piernas, y volvió a subir sin apuro—. Decime que es ella, así dejo de pensar que la inventaste.
—Camila —dije, extendiendo la mano antes de que Mateo respondiera. Mi voz salió suave, baja, esa voz que practiqué durante meses hasta que dejó de costarme.
—Camila… qué nombre. Y qué todo lo demás —agregó otro, acercándose por el costado y rozándome el brazo con el dorso de la mano. El roce duró un segundo más de lo necesario.
Sentí los dedos de Mateo cerrarse sobre mi cintura. Fuerte. Demasiado fuerte para que fuera un gesto cualquiera.
—Es mía —dijo entre dientes. El «mía» le salió cargado, casi un gruñido contenido bajo la sonrisa de cortesía.
Las dos horas siguientes fueron una coreografía extraña. Yo aprendí rápido el papel: sonreía, asentía, dejaba que Mateo me presentara como su novia, le acomodaba el cuello de la camisa cuando alguien nos miraba. Él, en cambio, se iba poniendo cada vez más rígido. Cada vez que un compañero se acercaba a ofrecerme una copa, cada vez que alguien me preguntaba qué hacía o de dónde era, los dedos de Mateo se hundían un poco más en mi cadera. La respiración le pesaba contra mi oreja cuando se inclinaba para susurrar.
—Estos hijos de puta no te sacan los ojos de encima —me dijo en un momento, mientras yo simulaba reírme de algo que no había escuchado—. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te miren?
No respondí. Solo levanté la copa y di un sorbo lento. Pero por dentro, algo había empezado a pasar. Mi sexo, pequeño y ya muy poco mío, se estaba endureciendo contra el encaje de la tanga, presionado de costado, incómodo y delicioso al mismo tiempo. Cada vez que Mateo apretaba mi cintura, mi cuerpo respondía como si me estuviera marcando.
—Te encanta —murmuró él contra mi nuca, y esta vez sus labios me rozaron la piel.
***
Salimos del salón pasada la una. El aire fresco del centro de Rosario me golpeó la cara como un cachetazo, y agradecí que el viento me bajara la fiebre que tenía adentro. Caminamos hasta el auto sin hablar. Mateo manejaba apretando demasiado el volante.
—¿Vas a estar callado todo el viaje? —le pregunté, cruzando las piernas. La falda se me subió un dedo más.
—¿Qué carajo querés que diga, Camila? —explotó al doblar la esquina—. ¿Que me la pasé las últimas tres horas viendo cómo te babeaban? ¿Que casi le pego al de marketing cuando te puso la mano en la espalda?
—Era parte del papel —contesté, intentando que la voz no me temblara.
—Papel las pelotas —escupió—. Vos te movías como si quisieras que te subieran arriba de la mesa.
El semáforo cambió a rojo. Mateo giró el volante, metió el auto por una calle lateral y frenó al lado de un cartel de neón rosado que decía «El Refugio». Albergue transitorio. Habitación por horas.
—Bajemos.
No le contesté. No hacía falta. Me bajé del auto y entré detrás de él, con el corazón latiéndome entre las costillas y entre las piernas al mismo tiempo.
***
La habitación doce tenía una cama king demasiado grande para el ambiente, espejos en dos paredes y una luz violeta que volvía todo irreal. Apenas cerré la puerta a mi espalda, Mateo me empujó contra ella. El vestido se me subió hasta la cintura de un tirón. Sentí su mano grande meterse entre mis nalgas, enganchar el hilo de la tanga y correrlo bruscamente hacia un costado.
—Mirá esto —dijo, con la voz ronca pegada a mi oreja—. Ya estás dura adentro de esta tanguita ridícula.
—Mateo…
—Y el culito —siguió, presionando la palma contra mi erección pequeña, atrapada—. El culito ya está temblando, Camila. No me mientas.
—No estoy temblando —jadeé, mintiendo descaradamente.
—Sos una mentirosa de mierda.
Dos dedos gruesos presionaron directo contra mi entrada. Solté un gemido ahogado contra mi propio brazo cuando sentí la presión seca, insistente. Mateo se llevó los dedos a la boca, los cubrió de saliva caliente y volvió a frotarme entre las nalgas, esta vez resbalando, abriendo, prometiendo.
—Cuatro años y medio de hormonas y seguís teniendo este culito tan apretado —murmuró—. Pensar que te cargaba en brazos cuando no llegabas al picaporte…
—No digas eso ahora —le pedí con un hilo de voz.
—¿Por qué? ¿Te calienta más?
Apoyé las manos contra la puerta, arqueé la espalda y me ofrecí. El vestido seguía amontonado en mi cintura. La tanga, corrida. Mi cuerpo entero le decía sí antes que mi boca. Escuché el cierre del pantalón de Mateo bajar de un solo movimiento. La sentí pesada y caliente apoyarse contra mis nalgas, gruesa, palpitando.
—Abrí las piernas, Camila.
—Mateo, esperá…
—Abrilas.
Le hice caso. La cabeza ancha presionó contra mi entrada, y al principio el músculo se cerró por puro reflejo, defendiéndose. Mateo gruñó algo contra mi cuello y empujó con paciencia, escupiendo otra vez en la unión entre los dos cuerpos.
—Relajate, mi amor… dejame entrar.
El «mi amor» me desarmó más que el empuje. Cedí. Sentí la primera mitad hundirse despacio, abriéndome milímetro a milímetro hasta arrancarme un grito sordo contra el antebrazo.
—Ahí está… ahí estás.
Empezó a moverse con embestidas cortas, contenidas, ganando terreno con cada vaivén. Cada vez que se retiraba apenas, mi cuerpo se quejaba del vacío; cada vez que volvía a entrar, el sonido era obsceno, líquido, imposible de disimular.
—¿Sentís cómo te tengo? —jadeó contra mi oreja—. Después de tantos años cuidándote, mirá cómo estás ahora. Aplastada contra esta puerta, dejándome hacerte cualquier cosa.
—Sí… —fue lo único que pude responder.
Cambió el ángulo. Una embestida más profunda, más lenta, casi solemne. La cabeza de su miembro rozó el punto exacto que mi cuerpo nuevo todavía no había aprendido a controlar. Las piernas se me aflojaron, la espalda se arqueó como un arco tensado y un chorro tibio salió disparado de mi pequeña erección sin que nadie la tocara, salpicando la madera de la puerta.
—Ahí te tengo —susurró Mateo, asombrado y orgulloso a la vez—. Mirá cómo te chorreás sola, Camila.
Empezó a embestir justo en ese punto, una y otra vez, sin compasión. Cada roce era una descarga que me subía por la columna, me hacía contraer alrededor de él, me hacía babear contra mi propio brazo. La luz violeta del techo se me volvía borrosa.
—Más… más fuerte —le pedí, y no reconocí mi propia voz.
—¿Más fuerte? ¿Querés que te destroce, novia?
—Sí… cogeme como si fuera tu novia de verdad… usame.
Me levantó casi en vilo, me cargó los pasos hasta la cama y me tiró boca abajo sobre la colcha lisa. Me abrió las piernas con las rodillas, se acomodó detrás y volvió a hundirse hasta el fondo de un solo golpe. La cama crujió. Yo enterré la cara en la almohada y dejé de pensar.
El ritmo se volvió frenético. Mis gemidos eran cada vez más altos, más desesperados, y a Mateo dejaba de importarle si los escuchaban en la habitación de al lado. Me mordía el hombro, me agarraba del pelo, me pedía cosas en voz baja que yo nunca le había escuchado decir.
—Estoy por correrme —jadeé contra la tela.
—Correte sin tocarte —ordenó—. Quiero verlo. Quiero ver cómo te corrés solo conmigo adentro.
Tres embestidas más, profundas, posesivas. Sentí que algo dentro de mí se rompía y se reorganizaba al mismo tiempo. Grité su nombre. Mi pequeña erección palpitó debajo de mi cuerpo, soltando chorros cortos y espesos sobre la colcha sin que ninguna mano la rozara. El espasmo fue tan fuerte que me cerré violentamente alrededor de Mateo, y él rugió contra mi nuca, hundiéndose hasta el fondo, derramándose adentro mío con un temblor largo que sentí hasta en las puntas de los dedos.
***
Nos quedamos así un rato largo, jadeando, pegados por el sudor. Mi vestido era un desastre alrededor de la cintura. La tanga seguía corrida. Yo todavía sentía el calor de él adentro mío, lento, tibio.
Mateo no se retiró. Apoyó la frente contra mi nuca, me besó la piel mojada y se quedó ahí, respirando despacio.
—Esta noche no termina acá —murmuró por fin, con la voz ronca—. Y vos ya no sos más mi novia falsa, Camila.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—¿Ah, no? —pregunté, con la voz entrecortada.
—No. Pasás a ser mi novia oficial. De verdad. Mía.
Me di vuelta con cuidado, todavía temblando, y lo miré por primera vez desde que habíamos entrado al cuarto. Tenía el pelo pegado a la frente, la corbata todavía mal hecha y los ojos brillantes de algo que no era solo deseo.
—¿Estás seguro? —le pregunté, porque alguien tenía que preguntarlo.
—Más seguro de lo que estuve nunca de nada —contestó—. Te cuidé toda la vida, Camila. Ahora te quiero cuidar de otra manera. Quiero que cuando alguien te mire como te miraban hoy, sepa que sos mía. Y quiero ser tuyo. Si querés.
Le acaricié la mejilla con la mano que todavía me temblaba. Mi cuerpo dolía en todos los lugares correctos. Mi cabeza, por primera vez en mucho tiempo, estaba en silencio.
—Quiero —dije.
Mateo sonrió. Esa sonrisa de costado que me tenía acostumbrada desde la infancia, pero distinta, nueva, llena de cosas que recién empezábamos a nombrar.
—Entonces volvé a darte vuelta —pidió, bajando la voz—. La novia oficial todavía me debe una segunda ronda.