Mi compañera trans me bajó los humos en el retiro
El BMW de Ricardo expulsaba aire frío contra el bochorno de septiembre. Yo viajaba apretado contra la ventanilla del asiento trasero, junto a Andrés, intentando estirar las piernas sin éxito. El sol filtraba en franjas sobre mi brazo bronceado y la camiseta ajustada que había elegido a propósito esa mañana.
—¿Cuánto queda? —preguntó Tomás desde el copiloto, con esa voz baja que usaba para no molestar.
—Media hora si no nos pilla atasco a la salida —respondió Ricardo, sin apartar la vista de la autopista. La calva le brillaba bajo el techo solar.
Andrés se rascó la barba de tres días.
—¿Y qué nos van a hacer? ¿Saltar al vacío atados con cuerdas?
—Lo de siempre —dijo Ricardo—. Dinámicas. Que nos abracemos, que confiemos. Lo que se inventan en Recursos Humanos para justificar el sueldo.
Solté un bufido. Llevaba tres años fingiendo entusiasmo en estas cosas.
—Por cierto —añadió Ricardo, golpeando el volante—, ¿os enterasteis de lo de Mateo?
—¿Mateo el de Sistemas? —se inclinó Andrés.
—Ese. Resulta que su mujer le mete los dedos por detrás cuando follan. Y a él le ha empezado a gustar.
Andrés soltó una carcajada que sonó más fuerte de la cuenta. Tomás se encogió contra la puerta. Yo sentí cómo se me tensaba la mandíbula.
—Yo siempre lo dije —escupí—. Mateo es un puto maricón. Lo lleva escrito en la cara. Esa forma de andar, de hablar… —imité un movimiento amanerado con la muñeca—. A mí en el culo no me cabe ni un pelo de gamba. Y al que le quepa, que se aplique el cuento.
Ricardo y Andrés cruzaron una mirada por el retrovisor. Conocían el percal. Sabían que conmigo no había forma de discutir esas cosas. Tomás bajó los ojos y siguió mirando los pinos que pasaban por la ventana.
***
El Marbrisa Resort se alzaba contra el mediterráneo con su fachada de cristal y piedra clara. Ricardo aparcó el BMW entre otros coches con la pegatina de la consultora.
Salí primero. Estiré los brazos por encima de la cabeza para que la camiseta se me subiera y dejara ver el inicio del vello que descendía hacia el ombligo. Era un gesto que ya no tenía que pensar.
Las cuatro mujeres bajaban en ese momento por la escalinata principal. Tres llevaban vestidos ligeros, pero la que iba delante vestía falda plisada color crema y blusa de seda champán, con sandalias planas que la hacían caminar como si estuviera de paseo por su salón.
Me quedé quieto. La mujer del frente tenía el pelo rubio ondulado hasta los hombros y unos ojos verdes que parecían capturar la luz de manera distinta. No era solo guapa. Había algo en su forma de ocupar el espacio, una calma extraña, como si el mundo se ajustara a su ritmo y no al revés.
—Joder —murmuró Andrés a mi lado—. ¿Quiénes son?
No respondí porque no podía. La mujer rubia pasó la mirada por el grupo y se detuvo un instante en mí. Un instante muy breve, pero lo sentí como una marca.
—Buenos días —dijo otra de las mujeres, y reconocí la voz antes de identificar el rostro.
Renata.
Ahí estaba, con esa media melena castaña que yo había acariciado tantas veces, y los ojos avellana mirándome con la precisión de quien ya conoce dónde aprietan tus zapatos.
—Renata —dije, intentando que mi voz sonara casual—. No sabía que ibas a estar aquí.
—Yo tampoco sabía que tú estabas en la lista —respondió ella. Pero había una elevación en la última sílaba que dejaba claro que sí lo sabía.
Ricardo, siempre ávido de llenar silencios, hizo las presentaciones. Las cuatro mujeres venían de Finanzas y Análisis. Sofía, Inés y Camila.
Camila dio un paso al frente y me tendió la mano. La rubia. La que me había mirado.
—Encantada —dijo, y el pulgar me rozó la muñeca un segundo más de lo necesario—. Análisis de Datos. Creo que hemos coincidido en algún ticket.
—Diego. Programador senior.
—Lo sé —sonrió, mostrando una pequeña separación entre los incisivos—. He revisado tu código. Es elegante.
No supe qué decir. Renata me observaba sin disimular del todo la curiosidad.
***
La actividad de la mañana era una carrera por parejas asignadas al azar. Cada pareja debía cargar a su compañero cincuenta metros, intercambiarse y volver. Yo escuchaba a medias, calculando probabilidades, hasta que la facilitadora sacó del sombrero el último par de papeles.
—Diego —leyó—. Y Camila.
Camila se acercó con su paso de medio baile.
—Parece que el destino quiere ponernos a prueba.
—El destino no existe —respondí, demasiado seco—. Solo hay estadísticas y ruido.
Se rió, un sonido genuino que venía de dentro.
—Bonito título para un paper.
Decidí que cargaría yo. Confiar en que ella aguantara mi peso era arriesgar más de lo que estaba dispuesto a aceptar. Camila no protestó.
A la voz de salida, corrí hacia ella, la levanté por las caderas —más anchas y firmes de lo que había anticipado— y di cuatro pasos antes de notar que algo se me deslizaba en la rodilla izquierda. En lugar de soltarla con dignidad, intenté compensar girando el torso. Caímos los dos sobre el césped húmedo.
El golpe no me dolió. Lo que me ardió fue oír la risa. No la del grupo, sino una concreta, focalizada: Renata con la mano cubriéndose la boca sin tapar nada.
—¡Vaya bracitos, machote! —gritó alguien desde la línea de meta.
Me incorporé escupiendo tierra. Camila ya estaba de pie, sacudiéndose la falda con calma. Me tendió la mano para ayudarme. La ignoré.
—Estoy bien —dije, a nadie en particular—. El césped estaba mojado.
—Claro —respondió Renata, acercándose—. Siempre es el césped, ¿verdad, cariño?
Camila nos observaba con la atención de quien anota datos.
—Interesante —murmuró cuando Renata se alejó.
—¿El qué?
—La forma en que te defiendes. Es feroz. Como un animal pequeño que quiere parecer grande.
Sentí que algo se me contraía en el pecho. No era enfado del todo. Era otra cosa. Una cosa que no sabía nombrar. Antes de que pudiera responder, la facilitadora anunció el almuerzo.
***
Esa noche, la tormenta obligó a trasladar la fiesta del jardín al gimnasio del resort. El DJ pinchaba reggaetón bajo luces azules y púrpuras que cortaban la oscuridad en fragmentos. Yo bebía cerveza tras cerveza. Había intentado acercarme a Camila tres veces y otras tantas algo me había detenido.
A las dos de la madrugada quedábamos ocho. Los demás se habían retirado con excusas de cansancio. Ricardo, Andrés, Tomás y yo. Renata, Sofía, Inés y Camila. Sentados en círculo sobre colchonetas de yoga, con botellas a medio terminar. La lluvia golpeaba los ventanales como un tambor.
—Estáis muy callados —dije, demasiado alto—. ¿Aquí nadie quiere divertirse?
—El que no para de dar vueltas alrededor de la rubia eres tú —dijo Ricardo, señalando a Camila con su botella.
Sentí el calor en las mejillas.
—Al menos yo tengo huevos para intentarlo.
Renata se inclinó hacia adelante. Sus ojos brillaban con esa luz que yo conocía demasiado bien.
—Propongo algo —dijo—. Estáis todos muy valientes con las palabras. Veamos quién lo es con los hechos.
Bajó la voz.
—En los vestuarios hay un camastro. Y entre todos solo tenemos un condón. Así que solo una pareja folla. El resto, mira o se las arregla en su cuarto.
—¿Y cómo se decide? —preguntó Andrés, con la voz pastosa.
—Sencillo —dijo Renata—. Nos desnudamos. El que tenga la polla más grande elige a su pareja. El resto, suerte con sus manos.
Solté una risa que sonó hueca.
—Esto es absurdo. Estamos en un hotel.
—¿Tienes miedo? —preguntó Renata. La palabra cayó como una piedra.
Me enderecé.
—No tengo miedo de nada.
Renata sonrió. Y en esa sonrisa había algo que debí haber reconocido a tiempo.
—Entonces juremos.
Las manos se fueron superponiendo en el centro del círculo. Andrés vacilante, Sofía con una risa nerviosa, Ricardo encogiéndose de hombros, Tomás mirando a Inés que asintió. Camila puso la suya con calma. Renata la última, mirándome.
—Jura —dijo.
Puse la mano encima. La piel de Camila era cálida bajo la mía.
—Juro.
***
Las prendas fueron cayendo. Andrés se quedó delgado y pálido, cruzando los brazos. Ricardo, blando, riéndose de sí mismo. Tomás e Inés se quedaron en ropa interior, sin avanzar más, mirándose con una complicidad que no necesitaba demostración.
Renata se quitó el vestido de un tirón. Yo me bajé los calzoncillos con una rabia mecánica. Mi erección apuntaba contra el vientre, dentro de la media, como siempre.
Camila se desabrochó la blusa botón a botón. Sus ojos verdes recorrieron el círculo y se detuvieron en mí. Se bajó los pantalones. Las bragas de encaje blanco se ajustaban a sus caderas, el bulto apenas perceptible bajo la tela. Con un movimiento rápido las deslizó hacia abajo.
Su polla se liberó pesada, ya semierecta, la piel clara tirante sobre una longitud que superaba con creces a cualquier otra del círculo. Los testículos, afeitados, colgaban entre sus muslos. La curva del vientre y de las caderas contrastaba sin disimulo con la rotundidad de su sexo.
El silencio se hizo viscoso.
Renata estalló en una risa quebrada.
—¡Joder! ¡Joder, joder, joder!
Sofía se rió con ella, contenida. Andrés se cubrió con las manos. Ricardo dejó caer la mirada y la suya perdió rigidez. Yo me quedé pálido y noté cómo mi propia erección se desinflaba.
Camila no se rió. Bajó la mano lentamente y se acarició hasta que su polla quedó completamente erguida, curvándose hacia el vientre. Levantó los ojos hacia mí.
—Tú —dijo, con una voz más grave de lo que había usado hasta entonces—. Tú me has estado mirando toda la noche. Tú has querido esto.
Retrocedí un paso, tropecé con los pantalones que aún tenía en los tobillos.
—Espera. Esto no es lo que…
—Juraste —susurró Renata, acercándose por detrás—. Sin excusas.
Camila me tendió la mano. La miré sin entender por qué mi propio cuerpo, traidor, ya empezaba a responder.
***
La puerta del vestuario se cerró tras nosotros con un clic. Olía a cloro, a desinfectante. La luz amarilla del techo dibujaba sombras sobre las baldosas. El camastro estaba contra la pared, con una sábana blanca arrugada.
Me quedé de pie en el centro, desnudo, ridículo. Camila se apoyó en la puerta, brazos cruzados.
—¿Tienes miedo? —preguntó. Era la misma pregunta que Renata había hecho antes, pero en su boca sonaba diferente. Sin ironía.
—No sé… qué quieres.
Se acercó. Sus dedos trazaron la línea de mi mandíbula, descendieron por el cuello, se detuvieron sobre el esternón.
—Quiero que dejes de hacerte el macho —murmuró—. Quiero que sientas. Que dejes de pensar en lo que deberías ser.
Su mano envolvió mi erección. Jadeé, dejé caer la cabeza hacia atrás. Algo se me aflojó en el pecho, algo que llevaba años apretado.
Camila me guió hasta el camastro. Me sentó en el borde, se arrodilló entre mis piernas, me separó las rodillas.
—Échate.
Obedecí, apoyándome en los antebrazos. Sentí el aire frío contra una zona en la que nunca había pensado que pudiera importar. Camila bajó la cabeza. Su lengua encontró un punto que yo no sabía que existiera, y el sonido que salió de mi garganta no lo reconocí como propio.
—Relájate —murmuró ella contra mi piel—. Tu cuerpo lo sabe. Solo cállate la cabeza.
Un dedo entró, lento. Sentí la presión, el impulso de cerrarme. Después, otra cosa: una plenitud que no esperaba. Un segundo dedo. Camila encontró un punto que hizo que mis caderas se levantaran solas.
—Eso es —susurró ella, retirando los dedos—. Mírame.
Cuando abrí los ojos, ella estaba de pie, desenrollando un preservativo sobre su longitud. Imponente.
—Vas a sentirme. Toda. Y me vas a pedir más.
Me levantó las piernas, doblándome las rodillas hacia el pecho. Sentí el aire frío, la imposibilidad de ocultar nada.
—Mírame.
La presión empezó. Lenta, paciente, insistente. Gemí, agarré la sábana con las dos manos. Camila avanzó un centímetro, otro, otro. Cuando sus caderas chocaron por fin con mis muslos, yo tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
—No —dijo ella, agarrándome la barbilla—. Aquí.
Abrí los ojos. La cara de Camila estaba sobre la mía, los ojos verdes brillando con una mezcla de ternura y autoridad.
—Eres hermoso así —murmuró—. Deshecho. Honesto.
Empezó a moverse.
***
No oí la puerta cuando se abrió. Lo noté por el cambio en el aire, por las pisadas cuidadosas sobre las baldosas. Intenté girar el rostro pero Camila me sujetó la cara.
—No mires. Solo siente.
Demasiado tarde. En el espejo de la pared opuesta vi las siluetas. Renata delante, sonriendo. Ricardo detrás con la perplejidad pintada en la cara. Sofía cubriéndose los pechos sin dejar de mirar. Andrés. Y, al fondo, Tomás e Inés, cogidos de la mano, sin terminar de entender pero sin marcharse.
—Fóllalo —dijo Renata, y su voz llenó el vestuario—. Que veamos lo que es.
Camila no necesitó más permiso. Cambió el ritmo. Cada embestida me arrancaba un gemido que ya no intentaba contener. Renata se arrodilló junto al camastro. Su perfume era el mismo de hacía años.
—Dilo —susurró—. Dime que te gusta.
Negué con la cabeza, pero el movimiento se volvió otro gemido cuando Camila cambió el ángulo.
—Dilo y te ayudo —insistió Renata. Su mano encontró mi sexo flácido entre mis piernas y empezó a masturbarme con precisión.
—Soy… —empecé, y la palabra se me atragantó.
—Sigue. Eres…
—Soy una putita —solté. La frase fue liberación y derrumbe a la vez—. Me gusta. Me gusta que me follen.
Renata se rió, satisfecha. Su mano trabajó con más fuerza. Camila aprovechó para soltarse, embistiendo con menos paciencia.
—Miradlo —dijo Renata a los demás, sin apartar la mano—. Este es Diego. El duro. Mostrándose como la putita que siempre fue.
El orgasmo se acumuló en una zona que no conocía, más profunda, más completa que cualquier otro que recordara. Cuando explotó, sentí las contracciones desde la base de la columna. Manché el dorso de la mano de Renata. Me oí sollozar.
Camila terminó dentro segundos después, las caderas clavadas hasta el fondo, los dedos blancos sobre las mías.
***
Renata se incorporó lentamente, mirándose la mano. Se inclinó y me besó la frente sudada.
—Mi putita —susurró, solo para mí.
Me quedé tumbado, vaciado, mientras Camila se retiraba con cuidado y dejaba caer el preservativo en una papelera. Los demás se acercaron formando un semicírculo. No podía mirarlos.
—Levantadlo —dijo Renata.
Andrés y Ricardo me tomaron de los brazos sin decir nada y me sentaron en el borde del camastro. Yo colgaba entre ellos, el pelo negro pegado a la frente.
—¿Qué eres? —preguntó Renata, agarrándome la barbilla.
Cerré los ojos. Las lágrimas me quemaban en las mejillas.
—Soy una puta —dije finalmente, y la voz se quebró pero las palabras salieron limpias—. Tu putita, Renata. Una maricona.
—Bien —murmuró ella—. Muy bien.
Me soltó. Caí hacia adelante, sostenido apenas por mis compañeros. Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre el resort. La música del DJ había cesado hacía rato. Solo se oían ocho respiraciones desacompasadas en la oscuridad amarilla del vestuario.
Mañana habría caras que enfrentar. Pero ahora, en ese camastro, noté por primera vez en mi vida el alivio raro de haber dejado de fingir. De fingir que en el culo no me cabía ni un pelo de gamba. Vaya si me cabía.