La diva trans y la jaula de su productor
La cuarta y última gala en directo fue una pesadilla preciosa para Nadia. El plató entero vibraba de expectación, las gradas llenas, las cámaras girando como insectos hambrientos. Salió al escenario con un vestido rojo sangre que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel: pechos pequeños marcados bajo la tela, caderas anchas, ese culo redondo que hacía que el público contuviera el aliento. Entre las piernas, su miembro pequeño ya latía medio duro, traicionado a partes iguales por el miedo y la excitación.
Damián la había mirado desde bambalinas antes de empujarla a la luz.
—Canta como si yo ya estuviera dentro de ti, preciosa —le había susurrado al oído—. Si no quedas primera, te follo hasta que olvides tu propio nombre.
Y Nadia cantó.
Empezó con un grave profundo y oscuro que retumbó en los huesos de toda la sala, una nota baja que parecía salir de algún sótano del alma. Luego subió sin aviso, brutal, hasta un agudo cristalino de soprano, trinos imposibles, una coloratura que llenaba el aire como un orgasmo hecho sonido. Su cuerpo se arqueaba, las caderas se movían, los pechos pequeños subían y bajaban. Entre nota y nota se le escapaban gemidos roncos que el micrófono captaba y el público interpretaba como pura entrega artística.
La gente enloqueció. Aplausos, gritos, lágrimas en las primeras filas. Pero cuando las luces bajaron y el jurado leyó el veredicto, el nombre de Nadia llegó en segundo lugar.
Segunda.
La ganadora era una chica de voz bonita y corriente, nada del otro mundo. Nadia sonrió al público, hizo sus reverencias, lanzó besos al aire. Por dentro se derrumbaba. En el pasillo la esperaba Damián, con esa sonrisa oscura y los ojos brillándole de triunfo.
—Buena chica —murmuró mientras la arrastraba del codo hacia el camerino privado—. Segunda es perfecto. Ahora nadie te va a querer más que yo. Te voy a lanzar al cielo, pero siempre bajo mi ala. Toda mía.
Cerró la puerta con llave y la empujó contra el sofá grande del fondo.
—Desnúdate. Ya. Quiero verte temblando mientras te explico tu nuevo futuro.
Nadia obedeció sin pensarlo. El vestido rojo cayó al suelo como una mancha de sangre. Quedó desnuda, el pecho agitado, el miembro pequeño completamente duro y goteando, el culo expuesto a la luz fría del camerino.
Damián se quitó la ropa despacio, disfrutando del poder. Su polla, gruesa y venosa, ya estaba tiesa.
—De rodillas. Chúpamela mientras te cuento cómo va a ser tu carrera.
Ella se arrodilló sobre la moqueta. Abrió la boca y se tragó la verga hasta el fondo, los ojos llorosos, la garganta cediendo a cada empujón.
Damián le agarró el pelo con una mano y empezó a follarle la boca, lento pero profundo, marcando el ritmo.
—Así, muy bien. Vas a firmar un contrato en exclusiva conmigo —dijo con voz tranquila, casi paternal—. Te lanzo como la nueva diva trans del país. Discos, giras, portadas, entrevistas. Pero todo bajo mi control. Nada de prensa sin mi permiso. Nada de amigos. Nada de libertad. ¿Lo entiendes?
—Mmmh… sí… —vibró Nadia alrededor de su polla, la voz grave y rota.
—Más grave. Cántamelo mientras me la chupas.
Ella bajó el tono hasta un bajo profundo que hizo vibrar la carne de Damián de la punta a la raíz.
Él gruñó, la levantó de un tirón por el brazo y la tiró boca abajo sobre el sofá. Le separó las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el ano sensible.
—Voy a follarte mientras te cuento el resto. Abre bien ese culo para mí.
Empujó de golpe, hasta el fondo.
—¡Aaaah! —chilló Nadia en un agudo puro de soprano, la voz temblándole de dolor y placer a la vez—. Joder… qué grande… mmmh…
Damián empezó a embestirla sin piedad. El sonido seco de la carne contra la carne llenaba el camerino, sus testículos golpeando contra el miembro pequeño de ella.
—Así, muy bien —jadeó él—. Vas a vivir en mi casa. Ensayos solo conmigo. Si te portas bien, te doy fama y dinero. Si te portas mal, filtro esos audios que te dejan como un fraude. ¿Queda claro?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Más fuerte, Damián! —gritaba ella, la voz subiendo y bajando entre graves roncos y agudos imposibles—. Me llegas tan adentro… mmmh…
Él le pasó la mano por debajo y le masturbó el miembro pequeño con fuerza, rápido, sin dejar de embestir.
—Mira cómo goteas. Estás chorreando mientras te uso como un juguete. Dime que eres mía.
—¡Soy tuya! ¡Soy tu diva, tu instrumento, tu voz! ¡Ahhh… me vas a hacer correr!
Damián aceleró, golpeando justo donde ella no podía resistirse.
—Quiero que te corras gritando que me perteneces. ¡Canta!
Y Nadia explotó. Su voz se disparó hasta un silbido sobreagudo, puro y quebrado al mismo tiempo, mientras chorros finos de semen salían de su miembro pequeño y empapaban el sofá. Su ano se cerró sobre la polla de Damián como un puño caliente.
—¡Joder… sí! —rugió él, follándola aún más brutal hasta enterrarse hasta el fondo y vaciarse dentro con gruñidos roncos.
Se quedó dentro, moviéndose despacio, exprimiendo hasta la última gota.
—Buena chica. Buena diva. Esto es solo el principio.
Sacó la polla con un sonido húmedo. El semen espeso salió a borbotones del ano abierto y rojo, corriéndole por los muslos hasta formar un charco en la tapicería. Nadia quedó tirada, jadeando, la voz hecha pedazos.
—Ahh… estoy llena… destrozada…
Damián se sentó a su lado, le acarició el pelo con una ternura falsa y luego le dio una palmada fuerte en una nalga.
—Mañana firmas el contrato. Te mudas a mi ático. Te voy a follar todas las noches y todas las mañanas. Antes y después de cada ensayo, de cada grabación, de cada entrevista. Tu voz va a ser famosa en todo el país. Pero tu boca, tu culo y esa polla de niña que tienes van a ser solo míos.
Ella solo pudo gemir bajito, exhausta y rendida.
—Mmmh… sí… señor.
***
Los meses siguientes fueron la jaula perfecta.
Damián la lanzó al estrellato con la frialdad de un relojero. Primer single en todas las plataformas en una semana. Gira nacional. Portadas de revistas. «La sirena trans de la voz imposible», decían los titulares. Pero todo, absolutamente todo, pasaba por sus manos.
Cada noche, en el ático de lujo con vistas a la ciudad, la sometía.
Una de esas noches, después de una sesión larga en el estudio, la tiró sobre la mesa de la sala de mezclas.
—Quítate todo. Quiero follarte mientras escuchas tu propia voz en los monitores.
Nadia se desnudó deprisa. Damián pulsó play en la pista de su single y la habitación se llenó de su voz grabada, primero grave, luego cristalina. Él la dobló sobre la consola y la penetró de un solo empujón.
—¡Aaaah! —gritó ella, la voz en vivo mezclándose con la del altavoz.
—Canta conmigo —ordenó él, embistiendo al ritmo de la canción.
Y Nadia cantaba y gemía al mismo tiempo, su voz real superponiéndose a la grabada hasta que era imposible distinguir dónde terminaba la música y empezaba el sexo. Él la masturbaba sin parar hasta que ella se corría a gritos, salpicando los controles. Luego volvía a llenarla por dentro, gruñéndole al oído.
—Tu carrera es mía. Tu cuerpo es mío. Tu mente es mía.
Otra mañana, antes de un ensayo importante, la despertó metiéndole la polla en la boca medio dormida.
—Despierta cantando, diva —dijo, follándole la garganta con suavidad—. Y cuando te corras, quiero oír ese agudo imposible.
La puso a cuatro patas sobre la cama, la folló salvaje, le pellizcó los pezones pequeños, le mordió el cuello y la hizo correrse dos veces seguidas mientras le susurraba veneno al oído.
—Nadie te va a creer si hablas. Eres demasiado perfecta para que te dejen marchar. Demasiado mía para ser libre.
Nadia gemía, lloraba de placer y de vergüenza a la vez, pero seguía cantando. Siempre cantaba.
—Ahhh… soy tuya… fóllame más… ¡aaaah!
En las entrevistas sonreía perfecta, segura, luminosa. En privado estaba rota: insomnio, paranoia, la sensación de vivir dentro de un decorado. Cada vez que intentaba resistirse, Damián la aislaba un poco más, le recordaba el contrato millonario, los audios falsos, y luego la follaba hasta que le pedía perdón con la voz quebrada.
Una noche, después de un concierto con todas las entradas vendidas, la llevó al camerino reservado. Le ató las muñecas a la barra de luces, la dejó colgando, las piernas abiertas, los pies apenas rozando el suelo.
—Hoy te voy a follar hasta que se te quiebre la voz —dijo, escupiendo en su ano y metiéndole primero dos dedos, luego tres.
—Ahhh… por favor… —suplicó ella, sin saber muy bien si suplicaba que parara o que siguiera.
Damián la penetró de golpe y la folló suspendida, su polla entrando y saliendo con fuerza, el cuerpo de Nadia balanceándose con cada embestida.
—Canta —le ordenó—. Canta mientras te uso.
Y Nadia cantó entre gritos: graves sucios, agudos rotos, una coloratura de puro placer forzado que resonaba contra las paredes del camerino vacío.
—¡Uhh… sí… me destrozas… me corro otra vez… aaaah!
Se corrió sin que nadie la tocara, los chorros cayendo al suelo. Damián se vació dentro con un rugido ronco, llenándola hasta que rebosó.
Cuando terminó, la desató con cuidado, la abrazó con una dulzura tan falsa que daba más miedo que su crueldad y le susurró contra el pelo.
—Bienvenida al resto de tu vida, diva. Segunda en el concurso, primera en mi cama. Tu voz va a conquistar el mundo. Y yo voy a conquistar cada centímetro de ti, todas las noches, para siempre.
Nadia, con el semen corriéndole por las piernas y la voz hecha jirones, solo pudo gemir bajito.
—Mmmh… sí… señor… soy tuya.
Y así quedó encerrada en su jaula de cristal: famosa, rica, adorada por millones de desconocidos y completamente sometida, en cuerpo y en mente, al hombre que la había convertido en su obra maestra.