Mi transformación en Carla empezó frente al espejo
Desde que tengo memoria, lo que pertenecía a ellas me llamaba como un imán. Tenía seis años la primera vez que me puse los tacones rojos de mi mamá a escondidas. El clic-clac contra las baldosas del living era música. Caminaba balanceando las caderas, sintiendo el tirón en los gemelos, descubriendo que moverse así era una forma de poder.
Me robaba sus faldas floreadas, las que olían a lavanda y a vainilla. Removía ollas imaginarias, tarareaba boleros, fingía una vida que todavía no entendía. Mis rizos largos eran el orgullo de la familia.
«Mirá qué nena linda», decían mis tías mientras me peinaban.
Yo las dejaba ponerme moños y sonreía. Por dentro, esos comentarios me llenaban de algo que entonces no sabía nombrar.
***
A los ocho, mis padres trabajaban todo el día y la casa quedaba mía después del colegio. Me probaba las blusas de seda de mi hermana, la tela fría pegándose a la piel. Una tarde me puse su vestido azul entero y crucé el living. El roce de la tela contra las piernas me erizaba. Me senté en el sillón, crucé las piernas como las actrices de las telenovelas y fantaseé con ser otra: una mujer que cocinaba para alguien que le besaba el cuello.
Mi hermana, Sofía, me descubrió un día. Entró de golpe y me encontró con el vestido puesto.
—¿Qué hacés con eso? —se rió, más sorprendida que enojada.
—Nada… estaba jugando —balbuceé, rojo hasta las orejas—. No le digas a mamá, por favor.
Se acercó y me miró de arriba abajo, como evaluándome.
—Te queda bien, en serio. Pero si papá te ve, se arma. —Hizo una pausa—. Tranquilo, no digo nada. A cambio me dejás maquillarte alguna vez.
Así empezó nuestro secreto. Me prestaba sus brillos, sus aros. Jugábamos a las princesas y ella me pintaba los labios de rosa. Esos ratos eran mi único refugio.
***
En la primaria los varones me molestaban por el pelo largo. Me tiraban de los mechones en el recreo, me gritaban cosas. Pero las chicas me defendían. Una compañera, Lucía, me invitó a su casa, me dejó ponerme su tutú y me dio un beso en la mejilla.
—Sos como una amiga, pero más lindo —me dijo.
Yo asentí, pero por dentro ardía. Quería ser más que una amiga.
A los doce empecé con el maquillaje en serio. Le robaba el delineador a Sofía, miraba tutoriales en la computadora de la biblioteca. Para los trece ya me hacía las sombras yo sola. El espejo del baño del colegio era mi escenario: ojos oscuros, labios brillantes, rizos sueltos. Me sentía yo por primera vez.
En la secundaria descubrí los pantalones ajustados. Las chicas me decían, entre risas y envidia, que tenía mejor cuerpo que ellas. Los varones miraban de reojo. Algunos se burlaban; otros me mandaban mensajes a escondidas, pidiéndome fotos que yo no terminaba de animarme a enviar.
***
En tercer año apareció Ricardo, el profesor de Literatura. Tendría unos cuarenta y siete, casado, barba descuidada, olor a café y a loción barata. Me miraba distinto. Empezó a pedirme que me quedara después de clase «por dudas».
La primera vez cerró la puerta con llave.
—Vos no estás distraído por la materia —dijo, acercándose—. Mostrame qué te tiene tan en otro lado.
El corazón me golpeaba en la garganta. Sentí su mano apoyarse en mi cintura y, en lugar de apartarme, me incliné apenas hacia él.
—Profe… —murmuré.
—Shhh. —Me giró con cuidado contra el escritorio—. Calladita.
Lo que pasó después fue rápido, torpe y prohibido. Sus manos sabían más que sus palabras. Al terminar me deslizó unos billetes doblados en el bolsillo del guardapolvo.
—Comprate algo lindo —dijo, sin mirarme—. La próxima, con tiempo.
Volví dos veces más. Después dejé de cursar sus clases. No por culpa: por miedo a cuánto me había gustado.
***
Terminé la secundaria con dieciocho años recién cumplidos. Mis viejos querían que entrara a trabajar con un tío. Yo quería estudiar Diseño de Indumentaria y, sobre todo, empezar las hormonas. Conseguí el estradiol y la espironolactona seis meses antes de tiempo, con la ayuda de una endocrinóloga que entendió antes que mi familia.
Los cambios fueron una revelación. La piel más suave, los pezones siempre sensibles, las curvas redondeándose. Me miraba desnuda en el espejo y me tocaba el pecho apenas formado, asombrada de lo que estaba ocurriendo. Por fin me parecía a mí.
Fue entonces cuando entré a los foros. Subí fotos cuidadas, sin rostro. La respuesta llegó de un hombre que decía tener cincuenta años y dinero de sobra. Buscaba una chica trans discreta, una arreglo fijo a cambio de un acuerdo mensual. Acepté antes de pensarlo.
***
El primer encuentro fue en una suite del Gran Hotel Belmonte, en el centro. Me había puesto un vestido negro ceñido, tacones rojos altísimos y la mejor lencería que tenía. Labios color sangre. Golpeé la puerta tres veces.
—Pasá —dijo una voz grave desde adentro—. Y cerrá con llave.
Entré. El cuarto olía a whisky y a tabaco. Él estaba sentado en el borde de la cama, la corbata floja, mirándome como quien revisa una compra.
—Date vuelta despacio —ordenó—. Mostrame por qué vine hasta acá.
Giré lento, arqueando apenas la espalda. Sentí sus ojos recorrerme de los tacones a la nuca.
—Más despacio. Así. —Su voz bajó un tono—. Ahora el vestido. Mirándome a los ojos.
Dejé caer los breteles. La tela se deslizó hasta el piso. Me quedé en lencería, temblando entre el frío del aire acondicionado y los nervios.
—Mírense esos pezones —dijo, acercándose—. ¿Te duelen siempre?
—Desde las hormonas —respondí en un hilo de voz—. Todo el tiempo.
Me tomó del mentón con firmeza, no con violencia, midiendo hasta dónde lo dejaba llegar.
—Abrí la boca.
Obedecí. Metió dos dedos y yo los chupé despacio, mirándolo, descubriendo que la sumisión me prendía más que cualquier otra cosa.
—Buena chica —murmuró—. Ahora date vuelta. Manos en la cama.
Me incliné sobre el colchón. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, la curva nueva de mi cuerpo.
—Pedímelo —dijo contra mi oído.
—Por favor —susurré—. Te quiero a vos.
Lo que siguió fue lento al principio, casi cuidadoso, hasta que el ritmo cambió. Yo gemía contra la almohada, las manos aferradas a las sábanas, el cuerpo entero rendido a algo que llevaba años esperando sin saberlo. Él marcaba el compás con palabras al oído, y yo lo seguía como si me hubieran enseñado para eso.
Cuando terminó, me dejó un sobre sobre la mesa de luz.
—La próxima traé algo que se rompa fácil —dijo, abrochándose la camisa—. Y prepará el cuerpo. Voy a tomarme mi tiempo.
Salí del hotel temblando, las piernas flojas, el sobre en la cartera y una sonrisa que no podía borrar. Esa noche apenas dormí, repasando cada orden, cada palabra, cada caricia.
***
Los días entre encuentros se volvieron una espera deliciosa. Aprendí a prepararme con tiempo, a llevar el cuerpo listo para él. En la facultad me sentaba al fondo, cruzaba las piernas y apretaba los músculos imaginando su voz grave dándome instrucciones.
El jueves anterior a vernos le mandé un audio corto. Estaba en mi baño, la luz baja, la falda subida, contándole en susurros cómo lo esperaba. Diez minutos después llegó su respuesta, ronca, casi un gruñido.
—Buena chica —dijo—. Mañana entrás con un collar y una correa. Y prepará a tu amiga: quiero verlas a las dos. Hay más en el sobre si viene.
Le contesté con una sola línea: «Las dos vamos a estar listas, papi».
***
El viernes llegué temprano. Collar de cuero negro, la correa enrollada en la mano, un uniforme de colegiala que había elegido a propósito: la pollera plisada cortísima, la camisa anudada dejando ver el ombligo, las medias tres cuartos. Maquillaje impecable, labios rojos brillantes con sabor a cereza. Mi amiga Daniela esperaba conmigo en el pasillo, igual de nerviosa, igual de excitada.
Golpeé tres veces.
—Entren —dijo la voz—. Y no se paren hasta que yo lo diga.
Nos arrodillamos. La puerta se cerró detrás de nosotras con un clic seco. Él estaba sentado en el borde de la cama, las piernas abiertas, observándonos con una calma que asustaba más que cualquier grito.
—Las dos derechas. Manos atrás. Mírenme.
Obedecimos. Daniela me buscó la mano un segundo, y yo se la apreté para darle valor.
—La camisa —me ordenó a mí primero—. Despacio.
Desanudé botón por botón. Me pellizqué los pezones sin que me lo pidiera, sosteniéndole la mirada, y vi en su cara que ese gesto le gustó.
—Buena chica —dijo—. Aprendiste rápido.
Lo que vino después fue largo, intenso y exigente. Él dirigía cada movimiento, nos turnaba, nos ponía a prueba, y nosotras lo seguíamos como si no existiera nada fuera de esa habitación. Hubo órdenes susurradas, manos firmes, momentos en que tuve que respirar hondo para aguantar lo que pedía. Y, sobre todo, hubo esa entrega que yo había buscado toda la vida sin ponerle nombre: la de rendirme por completo y sentirme, al mismo tiempo, más dueña de mí que nunca.
Cuando todo terminó, me quitó el collar con cuidado, casi con ternura, y me corrió un mechón de la cara empapada.
—La próxima me las llevo a las dos toda la noche —dijo—. Quiero más tiempo.
Daniela y yo nos miramos, despeinadas, el rímel corrido, una sonrisa idéntica en los labios.
—Avisanos cuándo, papi —dije, recogiendo el vestido del piso.
Salimos del hotel abrazadas, las piernas flojas, el olor a perfume y a sexo impregnado en la piel. En el taxi de vuelta apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos, repasando cada instante.
Sabía que esto recién empezaba. Y por primera vez en mi vida, no quería que fuera de otra manera. Había tardado años en convertirme en Carla. No pensaba volver atrás por nada del mundo.