Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La desconocida del bar quería preñarme esa noche

Hola, soy Renata y quiero contarles algo que me pasó hace poco, un fin de semana en que salí a un club con un par de amigos para despejarme la cabeza.

Venía de una racha horrible. En la empresa donde trabajaba hubo recorte de personal y me tocó a mí. De un día para otro me quedé sin sueldo y con un nudo de estrés y angustia que no me dejaba ni dormir.

Siempre me he considerado lesbiana. Salvo un chico con el que salí en la secundaria, todas mis relaciones han sido con mujeres. Curiosamente, casi todas mis amistades son hombres. Me siento más cómoda rodeada de chicos que de chicas.

Entre todos mis amigos tengo dos que son los mejores: Bruno y Bautista. Los doble B, les digo en broma. Cuando se enteraron de que la estaba pasando mal por lo del desempleo, me invitaron a salir a un bar para que me desconectara un rato.

Al principio no me convencía la idea, pero terminé aceptando, y después de un par de horas ahí confirmé que había sido la mejor decisión. Los doble B pagaban todo lo que pedíamos, y no pasó demasiado tiempo antes de que ya estuviera «alegre» por el alcohol.

La verdad es que me solté completa. Me emborraché y me puse alocada, algo que normalmente jamás haría. Así que cuando una chica empezó a coquetearme desde la barra, no dudé en seguirle el juego.

No tardó en acercarse a nuestra mesa. Preguntó si podía sentarse y le dijimos que sí.

—Hola, ¿cómo te llamas? —me dijo con una voz ronquita muy sexy.

—Soy Renata, ¿y tú? —respondí con la que mi borrachera me hacía creer que era mi voz seductora.

—Yo soy Nadia, mucho gusto —contestó tendiéndome la mano. Me la estrechó fuerte y la sostuvo un instante de más.

Platicamos un rato de cosas casuales mientras los doble B iban y venían por todo el bar, ya bailando, ya pidiendo más cerveza directo en la barra.

Hago una pausa para describirme y para describir a Nadia.

Yo soy una chica bajita, tetona, con cara de yo no fui, de esas caras de niña buena. Tengo el cabello negro y largo, aunque a veces me pinto algunos mechones de colores. Piel blanca, ojos café claro y cachetes que delatan cada sonrisa. No soy ni gorda ni flaca, más bien de cuerpo promedio.

Y ahora Nadia... uff, ¡Nadia! Estaba buenísima, con el pelo largo y rizado. Tetas grandes, todavía más que las mías. Era alta y de cuerpo trabajado, con unos brazos firmes que se notaban incluso bajo la blusa.

No tardó en proponerme que nos fuéramos a un lugar más privado para estar a solas. A pesar de lo borracha que estaba, no me atreví a irme con una desconocida. Estaré ebria, pero no soy ninguna tonta. Le dije que no podía dejar tirados a mis amigos.

—Bueno, por lo menos escapémonos al baño. No me digas que no, Reni, no me perdonaría perder esta oportunidad contigo —insistió con su voz ronca.

—Nos vamos a meter en problemas, ni de broma —le dije, aunque por dentro me moría de ganas de aceptar.

—Tranquila, conozco a los dueños del bar. Solo es cuestión de avisarles que cerramos el baño unos cinco minutos.

—¿Cinco minutos es todo lo que aguantas? —la reté.

—Ja, sabía que detrás de esa carita de nena buena se escondía una traviesa.

Apenas terminó de hablar me tomó de la mano y yo me dejé llevar. Caminamos aprisa hacia el baño de mujeres y, en cuanto cruzamos la puerta, empezamos a besarnos. Ni siquiera nos fijamos en si había alguien adentro.

Nos metimos en uno de los cubículos y seguimos con el faje. Como las dos somos tetonas, nuestros pechos se aplastaban uno contra el otro. Nadia me agarraba las nalgas, luego me subía a las tetas y volvía a bajar a las nalgas. Sentía cómo me separaba el culo con las manos e intentaba meterme los dedos por encima del calzón. Esa noche llevaba una falda corta, así que no le costaba nada manosearme a su antojo.

Intenté colar la mano dentro de sus jeans apretados para tocarla, pero me lo impidió.

—Déjame agarrarte, lo necesito, por favor —le supliqué, pero ignoró mis ruegos por completo.

Me bajó la blusa y, casi en el mismo movimiento, también el sostén. Con mis tetas libres, empezó a apretarlas y se lanzó a chuparme los pezones, que ya estaban duros. De vez en cuando me daba mordiscos que me arrancaban gemidos a medio camino entre el dolor y el placer.

Estaba tan mojada que parecía que me había orinado encima. No era solo la calentura: también estaba soltando todo el estrés acumulado de las últimas semanas. En ese momento no quería nada más que me dieran la cogida de mi vida.

Nadia se arrodilló frente a mí y de un tirón me bajó el calzón hasta quitármelo. Yo, dócil, levanté una pierna y luego la otra para facilitarle la tarea. Sentí sus dedos abrirse paso entre el vello, separar mis labios y empezar a comerme con la boca de una forma que casi me hace venir con el primer lengüetazo.

Su lengua se movía como si tuviera vida propia, entrando muy adentro y dibujando remolinos. He tenido muchas parejas, relaciones largas y encuentros de una sola noche como este, pero juraría que fue el mejor sexo oral que había recibido en mucho tiempo. O quizás era el alcohol. Fuera lo que fuera, no quería que se detuviera nunca.

Pero yo también moría por probarla. Me hervía el cuerpo por enterrar la boca, la nariz y la cara entera entre sus piernas. Quería penetrarla con la lengua igual que ella me penetraba a mí.

—Por favor, por favor, déjame probarte. Déjame devolverte el favor, Nadia... ¡por favor! —le rogaba entre gemidos, pero la muy descarada me ignoraba y solo metía la lengua más hondo.

De repente se incorporó y, con fuerza, me volteó dejándome de espaldas a ella. Escuché el ruido del cinturón al desabrocharse y el de una cremallera bajando. Me pareció raro por la posición en que estábamos, pero no le di importancia.

No terminaba de procesarlo cuando sentí algo duro penetrarme de golpe hasta el fondo.

—¡Aaah! ¿Qué es eso? —alcancé a decir, pero no pude continuar porque Nadia, sin perder el tiempo, arrancó un mete y saca rapidísimo.

No soy ajena a las penetraciones. Suelo usar dildos y juguetes con mis parejas. Pero lo que Nadia me estaba metiendo me hacía dudar de si era un juguete o algo de verdad. Y digo «algo», pero más bien era una verga enorme. La sentía topar contra el fondo, en una mezcla intensa de placer y dolor.

La verdad es que recién cuando ya me tenía bien empotrada caí en la cuenta de que Nadia era una mujer trans. Con cada embestida mi cuerpo chocaba contra la taza del baño, y tuve que sostenerme con las manos en el depósito de agua para no perder el equilibrio.

Metió una rodilla entre mis piernas, abriéndomelas más, y se restregó contra mí. Estaba tan mojada y tan sorprendida que ni noté el momento en que sacó la verga para apoyarla en mi ano. Quise frenarla, decirle que por ahí no, pero no me dio tiempo: sentí la cabeza forzar mi entrada y, de un empujón firme, hundirse en mí. Grité. Y enseguida volvió ese mete y saca violento.

—Por favor... no, no. Me estás rompiendo. Por ahí no... por favor —le supliqué entre lágrimas, llorando del dolor.

La muy malvada se apiadó de mí y, sin decir palabra, sacó la verga de mi culo y, sin pensarlo dos veces, la metió otra vez por delante. Quise decirle que se la limpiara primero, que me iba a pegar una infección, quise decirle mil cosas, pero me volvió a embestir con tanta fuerza que no logré articular ni una palabra.

Por alguna razón se me despejó un poco la cabeza y, entre mis propios gemidos, escuché lo que Nadia me susurraba al oído. Que tenía el cuerpo perfecto para «preñar». Que me iba a coger hasta llenarme de semen. Que me iba a dejar sus hijos dentro.

—No, no... ¡por favor, no! No me estoy cuidando. No tomo nada. No, por favor, Nadia... ¡no! ¡Aaah! —apenas pude decir, mientras se me escapaba otro gemido de puro placer.

—Lo siento, nena, pero de aquí no sales hasta que te vayas con la panza bien llena de mí —la escuché decir, con una crueldad que me heló y me encendió al mismo tiempo.

Fue como si un interruptor se activara dentro de mi cerebro. Sacando fuerzas de donde no las tenía, me separé de ella y la empujé para apartarla de mi camino. Me acomodé la falda como pude y salí huyendo hacia la puerta del baño.

La verdad es que nadie me había hablado nunca así. Jamás me había sentido tan deseada, como si fuera algo casi animal. Me asusté muchísimo, no lo voy a negar. Me disculpé antes de irme y les dije a mis amigos que no me sentía bien. Obvio los doble B no me dejaron ir sola y me acompañaron hasta mi casa.

Hasta el día de hoy sigo preguntándome qué habría pasado si me hubiera rendido. Nunca antes había considerado la idea de que me preñaran como una fantasía, pero ahora no puedo dejar de pensar en Nadia y en su forma tan salvaje de cogerme.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (6)

CandyNoche

Dios mio que relato!!! me dejo con la boca abierta jajaja

Valentina_Rdm

Por favor una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

Luna73

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo, aunque en mi caso fue bastante menos intenso. Bien narrado, se siente real

Curioso_Noc

¿y despues que paso? no puedo creer que lo dejaste ahi, que suspenso mas cruel jajaja

SofiLectora

Me encanto como esta escrito, no se siente forzado para nada. Eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de relatos y aca lo conseguiste

Nochera_Baires

Lo que puede pasar en un bar cuando menos lo esperás... increible

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.