Mi primera noche vestida de mujer con un desconocido
Crecí en una familia de lo más común: mi padre, mi madre y dos hermanas. Yo era el del medio, el único varón. Mi papá no era ausente, pero el trabajo lo mantenía viajando casi toda la semana, así que con suerte lo veía un par de veces cuando volvía a Punta Serena. La casa, la mayor parte del tiempo, era un territorio de mujeres, y supongo que algo de eso se me quedó pegado desde muy chico.
La primera vez que la curiosidad pudo más que yo, ni siquiera había cumplido los doce. Mi hermana Carolina, cuatro años mayor, había dejado una pantaleta negra con un moñito sobre la ropa sucia del baño. Yo iba a meterme a bañar, pero al verla ahí, abandonada, no me aguanté y me la probé. Sentí una corriente recorrerme entero. La tela era suave, infinitamente más suave que esa ropa interior masculina áspera que me obligaban a usar.
A partir de ahí, cada vez que me bañaba revisaba si había quedado alguna prenda suya por el cesto. Con el tiempo me animé a abrir su cajón, siempre esperando a quedarme solo en casa, cosa que por suerte pasaba seguido. Al principio era solo eso: tomar una pantaleta, ponérmela, mirarme un segundo en el espejo, quitármela y devolverla a su lugar exacto para que nadie sospechara.
Pasaron los años y la curiosidad fue creciendo conmigo. Empecé a hurgar más a fondo en su ropero y encontraba prendas que ella ya no usaba: faldas, jeans, blusas y uno que otro corpiño. Esperaba con ansias el momento de quedarme solo para ponérmelo todo. Frente al espejo me sentía en otro lado, como si por fin estuviera ocupando el cuerpo correcto.
Para cuando cumplí los dieciocho ya tenía claro que eso no era una fase. Había tenido una que otra novia, nada que pasara de besos y manoseos torpes, pero lo que de verdad me aceleraba el pulso seguía siendo cerrar la puerta y vestirme. Lo que no sabía todavía era cuánto deseaba que alguien más me viera así.
Una noche, volviendo del centro, descubrí esa parte. No eran ni las nueve, pero la calle estaba casi vacía. Un hombre de unos treinta y tantos se me acercó y, con una voz baja y descarada, me dijo que tenía buen cuerpo, que de espaldas parecía una mujer, que le encantaría metérmela por atrás hasta hacerme gritar. Me asusté y aceleré el paso hasta la parada donde había más gente. Pero durante todo el camino a casa no pude dejar de pensar en sus palabras. Las había dicho de una manera tan morbosa, tan sucia, que me revolvió por dentro y sentí la polla endurecerse dentro del pantalón sin poder evitarlo.
Esa madrugada esperé a que todos durmieran y bajé en silencio hasta la ropa sucia. Conseguí una pantaleta azul y un camisón de Carolina y me los llevé al cuarto. Me planté frente al espejo, girando para verme de atrás. El tipo tenía razón: de espaldas yo podía pasar por mujer. Me pasé las manos por las nalgas, apretándolas, imaginando que eran las manos de un desconocido. La tela fina se me metía entre los cachetes del culo, y con cada movimiento la polla se me marcaba más contra el algodón. Esa noche me masturbé distinto a como lo hacen los hombres, frotándome despacio con dos dedos por encima de la pantaleta, como si en lugar de una verga tuviera un clítoris hinchado que había que trabajar en círculos lentos. Me mordí el labio para no gemir alto, aceleré la muñeca hasta que empecé a temblar y me corrí adentro de la pantaleta de mi hermana, sintiendo el semen tibio pegárseme a la piel a través de la tela. Nunca había terminado con tanta intensidad, nunca había sentido esos espasmos largos que me dejaron sin aire.
***
Durante meses mi rutina fue la misma: escuela, casa y la espera ansiosa de quedarme solo para correr al cuarto de mi hermana. Los domingos eran sagrados. La familia visitaba a mis abuelos, pero Carolina había conseguido librarse y poco después logré yo lo mismo, con la excusa de quedarme jugando videojuegos. La condición era limpiar la casa. A cambio tenía horas enteras para mí.
Carolina salía a eso de las dos y volvía cerca de las nueve. Mis padres llegaban pasadas las diez. Apenas se cerraba la puerta, yo me vestía y me movía por toda la casa tratando de comportarme como una señorita, haciéndolo todo de la forma más femenina que podía. Para mí los domingos no eran un día de descanso. Eran el único día en que podía ser quien de verdad era.
Con el tiempo, mis padres me dieron más libertades. Empezaron a dejarme salir a fiestas y volver tarde, a la una de la madrugada. Y una de esas noches no fui a donde había dicho. Me fui a la zona roja de la ciudad. Hoy esa avenida está iluminada y llena de bares, pero en ese entonces era oscura, insegura, dominada por la prostitución.
No iba a ofrecerme. Solo quería ver de cerca ese ambiente del que tanto se hablaba. Vi mujeres con sus padrotes, un par de travestis preciosas, uno que otro hombre suelto. La mecánica era siempre la misma: alguien parado en una esquina, un auto que frena, una conversación corta y la persona que sube o se queda. Estaba por irme cuando un carro se acercó y el conductor, un tipo de unos veinte y tantos, me dijo que subiera. Le dije que no, más por vergüenza que por miedo, y seguí mi camino.
No pude dormir. Esa noche me masturbé imaginando qué habría pasado si aceptaba: cómo me habría abierto las piernas en el asiento trasero, cómo me habría bajado los pantalones y me habría metido la polla en la boca sin preguntar, cómo me habría escupido y me habría follado ahí mismo con la cara pegada al vidrio. Me corrí en la mano pensándolo. Toda la semana le di vueltas a la idea de volver y, esta vez, subir. Me repetía que era una locura, que un desconocido era un riesgo, y me convencía de quedarme. Pero el deseo no se iba.
El sábado seguía diciéndome que no era buena idea. A las seis de la tarde unos amigos me invitaron a una fiesta; les dije que no, pero a mis padres les dije que sí, que iba con ellos. Solo me pidieron que no llegara muy tarde. Casi sin pensarlo, supe que volvería a la zona roja. Aproveché que Carolina no estaba, entré a su cuarto y le saqué una pantaleta negra, comodísima, con un perfume suave que todavía le quedaba prendido. Esa la usaría debajo de mi ropa de hombre.
En esos años, por la moda, yo andaba casi siempre de negro y con pantalones ajustados. Me costó controlar la erección al vestirme, porque cada roce de la tela femenina contra la polla me la ponía a mil, pero camino a la avenida logré calmarla. No lo podía creer: estaba caminando por el centro, de noche, con ropa interior de mujer pegada a la piel, la costura marcándome la raja del culo con cada paso.
***
Llegué cerca de las nueve y media y me senté un buen rato, juntando valor para pararme y «ofrecerme», aunque no terminaba de animarme. Después de un largo rato sin que pasara nada, decidí caminar por toda la avenida a ver qué encontraba. Pasadas las once, había recorrido unas cinco cuadras cuando una camioneta negra frenó despacio a mi lado.
Yo seguía caminando. El hombre del volante, que se veía de unos cuarenta y cinco, me preguntó si no quería subir. La verdad es que me pareció atractivo. No sé si fue el tono con que lo dijo o esas canas de hombre maduro que siempre me llamaron la atención, pero algo en él me detuvo. Me hice el difícil y le dije que no. Insistió, ahora ofreciéndome un aventón. Le pregunté si estaba seguro y, cuando dijo que sí, abrí la puerta y subí.
—Me llamo Rodrigo —dijo apenas me senté—. Me llamaste la atención y quería conocerte.
—Está bien —respondí—. Pero quiero ser honesto: tengo dieciocho.
—Yo tengo cuarenta y cinco —contestó—. ¿Te molesta?
—No, para nada.
—Entonces a mí tampoco me molesta lo tuyo.
Mientras manejaba me contó que hacía poco vivía en la ciudad, que tenía dos hijos y se estaba separando de su esposa. Después dejó caer, casi al pasar, que llevaba mucho tiempo sin coger, que ya ni se acordaba de la última vez que una boca lo había tocado. Yo, haciéndome el inocente, le dije que no entendía a qué se refería.
La curiosidad pudo más y le pregunté qué quería hacer. Me miró de reojo, se relamió los labios y me lo dijo directo, sin rodeos: que quería que se la mamara ahí mismo, en la camioneta, que le abriera la bragueta y le sacara la polla y me la metiera en la boca hasta el fondo. Le respondí que no me sentía cómodo en el auto, que si no podíamos ir a su casa. Se quedó pensando un momento y aceptó, con una condición: que me agachara para que ningún vecino me viera. Antes de llegar bajó el respaldo del asiento del copiloto y me escondí.
Al entrar a su casa sentí una calma extraña. Era un lugar agradable, chico, pero con una habitación amplia y un baño con jacuzzi. Pensándolo ahora, era la casa perfecta de un soltero de cuarenta y pico.
Nunca voy a olvidar el momento en que se acostó en la cama y se desvistió, quedando desnudo apenas cubierto por las sábanas. Alcancé a verle la polla antes de que se tapara: gruesa, larga, con las venas marcadas, ya media dura reposando contra el muslo. Dudé. No sabía si quitarme la ropa o pedirle que mejor me llevara de vuelta. Pero cuando apagó la luz entendí que era ahora o nunca. Respiré hondo y me saqué la playera. Antes de bajarme el pantalón y dejar que viera lo que tenía debajo, le pregunté.
—¿Esto es cosa de una sola vez o tendremos más encuentros?
—Si tú quieres, tendremos más —dijo—. Es tu decisión.
—Bueno, entonces te voy a contar un secreto.
—Dímelo, te escucho.
—Me encanta ponerme ropa de mujer. A veces entro al cuarto de mi hermana, le tomo prestada su ropa y me la pongo. Me gusta fingir que soy una chica. Me siento bien así.
—Se ve que tienes un lindo cuerpo —respondió, mirándome de arriba abajo—. Seguro vestida te ves todavía mejor. Con un culito así, cualquier hombre te haría suya.
—Si tú me consigues ropa, con todo gusto me la pongo para ti. Por ahora solo puedo enseñarte esto.
Me bajé el pantalón despacio, muy despacio, y me quedé parado al lado de la cama con la pantaleta negra de Carolina pegada al cuerpo, marcándome la polla dura contra la tela. Lo escuché soltar un suspiro largo, como si le hubieran sacado el aire de golpe. Se pasó la lengua por los labios.
—Date la vuelta —me pidió con voz ronca—. Quiero verte el culo.
Le obedecí. Me giré despacio y me quedé quieto, mostrándole las nalgas apenas cubiertas por el encaje negro. Escuché el crujido de las sábanas cuando se sentó en el borde de la cama.
—Ven aquí —susurró.
Me acerqué. Me puso las manos en las caderas, me atrajo hacia él y me hundió la cara entre las nalgas por encima de la pantaleta. Sentí su respiración caliente atravesar la tela, su nariz apretándose contra el hueco de mi culo, su boca abriéndose y cerrándose sobre mis cachetes. Me estremecí entero. Me mordió una nalga, después la otra, y me pasó la lengua por la costura de la pantaleta antes de invitarme a meterme con él bajo las sábanas.
Era mi primera vez con un hombre en una cama: él desnudo, yo en lencería de mujer. Tenía buen cuerpo, el pecho ancho cubierto de vello canoso, y me parecía cada vez más atractivo.
—Es la primera vez que estoy así con otro hombre —le dije—. ¿Puedo besarte?
No contestó. Solo me besó en los labios, primero suave, después metiéndome la lengua hasta el fondo, revolviéndomela con la suya, mordiéndome el labio de abajo. Sentí de inmediato cómo se me ponía dura, más dura de lo que había estado nunca, escapándose por el borde de la pantaleta, y noté que a él le pasaba lo mismo: su verga se me clavaba contra el muslo, caliente, palpitando. Me tomó la mano y me la llevó ahí, obligándome a rodearla con los dedos. Era ancha, pesada, me costaba cerrar el puño alrededor. Empecé a moverle la mano de arriba abajo, torpe al principio, escuchándolo gemir bajito contra mi boca.
Bajó su mano hasta mi pantaleta y me apretó la polla por encima de la tela, después me la sacó por un costado y empezó a pajearme despacio, con la palma húmeda de saliva. Me pellizcó los pezones, uno tras otro, hasta ponerlos duros como piedras. Después de un par de minutos así, fui bajando por instinto, besándole el cuello, el pecho, la barriga, hasta llegar a su miembro, que estaba completamente erecto, apuntando al techo, la punta ya brillante de líquido preseminal.
Sabía lo que tenía que hacer, pero no sabía cómo. Primero lo toqué con la mano. Era la primera polla que tocaba que no era la mía, y la de Rodrigo era grande y gruesa, con la piel tirante y una vena gorda recorriéndola por debajo. La rodeé con el puño y la sentí latir contra la palma.
—No sé cómo hacerlo —admití, mirándolo—. Es mi primera vez.
—No te preocupes —dijo, acariciándome el pelo—. Yo te voy guiando. Deja que tu boca encuentre el ritmo sola. Sácame la lengua primero, chúpame los huevos, mójamela toda antes de metértela.
Empecé con timidez, lamiéndolo de la base a la punta, siguiendo esa vena gorda con la punta de la lengua. Después bajé hasta los huevos y me los metí en la boca uno por uno, sintiéndolos pesados contra el paladar. Rodrigo soltó un gruñido y me apretó el pelo con la mano. Volví a subir por el tronco, dejando un rastro de saliva, y le lamí la punta en círculos, saboreando esa gota espesa que ya le salía del glande. No me desagradó. Estaba salado, un poco amargo, y me dio ganas de más.
Me la metí a la boca. Al principio apenas la punta, chupándola con los labios cerrados como si fuera un caramelo. Después un poco más, todo lo que aguantaba, sintiéndola llegar hasta el fondo de la garganta y provocarme una arcada. Me retiré, tomé aire y volví a bajar, esta vez más despacio, aprendiendo cuánto podía tragar sin ahogarme. Me costó, pero con los minutos le tomé el ritmo y empecé a disfrutarlo de verdad. Con la mano derecha lo ayudaba en la base, apretándosela y moviéndola al compás de mi boca; con la izquierda me metí adentro de la pantaleta y me frotaba a mí mismo como si tuviera un clítoris, en círculos rápidos sobre la punta de mi propia polla.
Rodrigo me sujetaba la cabeza con las dos manos, guiándome, marcándome el ritmo. Me empujaba suave para que bajara más, me dejaba subir para que tomara aire y volvía a hundirme. Me babeaba la barbilla, la saliva le corría por la verga hasta los huevos, y yo la subía otra vez con la lengua, chapoteando, dejando que se escuchara. Escuchaba mis propios sonidos húmedos, obscenos, y me excitaba más todavía. La polla se me hinchaba dentro de la pantaleta empapada.
—Así, mi vida, así —jadeaba él—. Chúpamela toda, no la sueltes, mírame mientras me la mamas.
Levanté los ojos sin sacarme la verga de la boca. Él me miraba desde arriba con la boca abierta, la cara roja, el pecho subiendo y bajando. Verme así, en lencería de mujer, arrodillado entre sus piernas con su polla clavada hasta el fondo de la garganta, lo puso al límite. Sentí que se le tensaba todo, que se le hinchaba dentro de mi boca, que la vena de abajo le latía más rápido.
Perdí el control. Sentí un chorro tibio llenarme la boca de golpe, después otro, y otro más, espesos, salados, pegándose al paladar y a la lengua: Rodrigo había terminado sin avisar. Casi me ahogo. Un poco me lo tragué por reflejo, otro poco se me escapó por las comisuras y me chorreó por la barbilla hasta el pecho. Él seguía apretándome la cabeza, obligándome a chupar hasta la última gota, hasta que la polla dejó de sacudirse. No mentía cuando dijo que llevaba mucho tiempo sin acción. Fui al baño a limpiarme la cara y el cuello, y mientras lo hacía me invadió un miedo nuevo: quizás iba a querer penetrarme. Nunca había explorado así, seguramente me dolería, y no sabía cómo decirle que no.
Pero al salir lo encontré recostado, sereno, y me pidió que volviera a la cama. Me acurruqué contra él, todavía con la pantaleta puesta y la polla mía dura reposándome contra el vientre. El primer hombre que me había visto en ropa interior de chica, el que me había dado mi primer beso y a quien le había hecho mi primer sexo oral. Me pasó un brazo por encima y me dejó caer la mano justo sobre el culo, apretándomelo por encima del encaje, jugando con el borde de la pantaleta.
—Otro día te enseño el resto —me susurró al oído—. Cuando estés listo, te voy a abrir con calma, con mucho aceite, hasta que me la pidas tú.
Se me erizó la piel entera. No supe qué contestar. Solo me apreté más contra él y dejé que me siguiera manoseando mientras le contaba cómo había empezado todo, cómo me había animado a salir vestida bajo la ropa. Él me escuchaba y de vez en cuando me metía un dedo por el borde de la pantaleta, rozándome apenas el hueco del culo con la yema, haciéndome contraerme entero.
Estaba por dar las dos de la madrugada y tenía que volver. Le pedí que me llevara y aceptó. Antes de bajar de la camioneta me pidió mi número, y se lo di con una sonrisa que no me cabía en la cara.
En casa me di cuenta de que yo no había terminado, y no me importó al principio: me había sentido tan cómodo con él que el resto daba igual. Subí a mi cuarto, me desvestí y me quedé solo con la pantaleta de Carolina, empapada por delante de mi propio líquido y todavía con restos del semen de Rodrigo pegados a la tela del pecho. Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas y me acaricié por encima del encaje, sintiendo la polla clavarse contra la tela. Me metí dos dedos en la boca, me los mojé bien y volví a meter la mano adentro de la pantaleta, esta vez para tocarme el hueco del culo. Nunca me había animado antes. Aproveché la lubricación y presioné despacio con la yema, sintiendo cómo el músculo se resistía y después cedía apenas, dejándome entrar hasta la primera falange. Pensé en Rodrigo, en lo que me había susurrado, en su polla gruesa abriéndome de a poco, y con la otra mano empecé a frotarme la verga por encima de la pantaleta, en círculos, como una mujer.
Me masturbé despacio, moviendo el dedo dentro y el clítoris imaginario afuera, repasando cada segundo de esa noche: el olor de su piel, el sabor de su leche en mi lengua, el peso de su mano en mi nuca. Aceleré. La cama empezó a crujir bajito y me tuve que morder el brazo para no gemir. Cuando me corrí, lo hice con espasmos largos, uno tras otro, empujando el culo contra mi propio dedo mientras el semen me manchaba por dentro la pantaleta. Terminé con una descarga tan abundante que supe que esa prenda ya no iba a poder devolverla.
Dormí como hacía tiempo no dormía. Y al despertar, lo único en lo que podía pensar era en que, en cualquier momento, Rodrigo iba a llamar.